Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de Junio del 2013

Lc 9,11-17
Para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder

«La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cris-tiana. Los demás sacramentos, como también todos los minis-terios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» (Catecismo N. 1324). Este domingo la Iglesia celebra la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es decir, este misterio en el cual está contenido «todo su bien espiritual, Cristo mis-mo», que se nos da como alimento de vida eterna.

En la última cena con sus discípulos, Jesús instituyó la Eucaristía, tomando el pan, partiendolo y dandolo a sus discípulos con las palabras: «Esto es mi cuerpo» y luego tomando el cáliz lleno de vino y distribuyendolo a ellos con las palabras: «Este es el cáliz de mi sangre». Acabada la distribución, les dio el mandato: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19). Podemos afirmar que los apóstoles acogie-ron este mandato y comenzaron a repetir esos gestos y esas palabras haciendolos en memoria de Cristo. El libro de los Hechos de los Apóstoles lo atestigua: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la frac-ción del pan y a las oraciones» (Hech 2,42). «La fracción del pan» es el primer nombre que recibió esa actuación.

En la catequesis que la comunidad primitiva hacía para explicar la eficacia de ese signo se usaba el relato de la multiplicación de los panes, obrada por Jesús para alimen-tar a una multitud. Por eso, este milagro se encuentra en los cuatro Evangelios y en dos de ellos –Marcos y Mateo–, repetido. En el Evangelio de este domingo leemos la versión de Lucas. En el punto central del milagro se encuentra la actuación de Jesús que evoca lo hecho por él en aquella úl-tima cena: «Tomó Jesús los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la ben-dición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente».

¿Qué es lo que ocurrió en esa ocasión? Se encontraba Jesús rodeado de una multitud –5.000, contando sólo los hombres– y tenía solamente cinco panes y dos peces. De cualquier tamaño que hubieran sido esos cinco panes y esos dos peces era imposible nutrir con ellos a esa multitud. No sólo eso, sino que, después que todos se saciaron, de lo que sobró se recogieron doce canastos. ¿Cómo se puede pasar de cinco panes y dos peces a doce canastos, dejando de lado todo lo consumido? Tiene que haber mediado un acto creador de esa cantidad de pan. El hecho demuestra que Jesús puede crear, como lo hace Dios.

De aquí se deduce la verdad sobre su poder de conver-tir el pan en su cuerpo y el vino en su sangre y darlo como comida y bebida. Esa conversión es también un acto creador: ese pan comienza a ser el Cuerpo de Cristo y ese vino co-mienza a ser su Sangre. La comunidad primitiva entendió que a eso se referían las palabra de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54).

Podemos ver una analogía con otro episodio de la vida de Jesús. Cuando le presentan delante un paralítico postra-do en su camilla, Jesús le dice: «Hombre, tus pecados te son perdonados» (Lc 5,20). En el lector surge inmediatamen-te la pregunta: ¿Fue eficaz esa declaración o fue una blas-femia? ¿Cómo se verifica la eficacia de esa declaración de Jesús? Para que los presentes supieran que esa palabra de Jesús había producido su efecto, dijo al paralítico: «A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Esta orden tuvo un efecto visible y el paralítico se levantó y salió caminando con su camilla. De esta manera, Jesús de-muestra que esa otra palabra suya, que no tiene un efecto visible –«Tus pecados te son perdonados»– también fue efi-caz y el efecto se produjo.

En esta misma relación está la multiplicación de los panes con la Eucaristía. La actuación de Jesús en la multi-plicación de los panes, que evoca su actuación en la última cena, tuvo un efecto verificable –comió la multitud y so-braron doce canastos– para que nosotros sepamos que su ac-tuación en la institución de la Eucaristía produce el efec-to declarado, aunque no sea verificable por los sentidos: «Para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder...». En este sentido la multiplicación de los panes es un antece-dente y un signo de la Eucaristía. Con su Cuerpo y su San-gre Jesús nos sacia la sed que tenemos de Dios y de eterni-dad y que ninguna otra realidad creada puede saciar.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles