Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 12 de Mayo del 2013

Lc 24,46-53
Él dará testimonio de mí

En la conclusión del Evangelio de Lucas, que leemos en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, el evangelista hace una afirmación que a primera vista parece incomprensible, pero que él no explica, porque la considera obvia para sus lectores. Debemos verificar si es obvia también para nosotros.

El evangelista relata el momento en que Jesús resucitado, después de aparecerse a sus discípulos por última vez, abandona la escena de este mundo y asciende al cielo: «Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». El evangelista habla claramente de una separación. La reacción que sería de esperar es la tristeza. Y, sin embargo, la reacción de los discípulos es esta otra: «Se volvieron a Jerusalén con gran gozo». ¿Por qué al evangelista le parece obvia esta reacción?

Para responder a esta pregunta hay que fijar la atención en las últimas palabras de Jesús: «Miren que yo envío sobre ustedes la Promesa de mi Padre. Ustedes pues permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto». Dos cosas buenas les anuncia Jesús, que en realidad son una sola: la Promesa de su Padre y el poder de lo alto. La segunda de estas realidades nos lleva al comienzo de todo, cuando el ángel Gabriel anuncia a María la encarnación del Hijo de Dios en su seno: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). La Promesa del Padre es el Espíritu Santo; el poder de Dios, que fue anunciado a María y que actuó en ella, es el mismo que ahora Jesús anuncia a la comunidad de sus discípulos. Hay motivo para estar expectantes.

Pero todavía debemos responder por qué el Espíritu Santo prometido es mayor motivo de gozo para la comunidad de los discípulos que la presencia física de Jesús. Este mismo punto lo enfrenta directamente Jesús en los discursos de despedida que nos transmite el Evangelio de Juan: «Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, yo lo enviaré a ustedes» (Jn 16,7). Pero esta explicación la da Jesús precisamente porque al anunciar a sus discípulos su partida, «sus corazones se llenaron de tristeza» (cf. Jn 16,6).

¿Por qué la venida del Espíritu Santo al corazón de los discípulos es mayor motivo de gozo que la presencia física de Jesús? El punto central del cristianismo es la fe en que Jesús, siendo un hombre, es verdadero Dios y Señor. Este es el punto crítico. Esto es lo que los judíos, formados en un monoteísmo absoluto y en la trascendencia de Dios, no aceptaban; es más, consideraban una blasfemia inaceptable que merecía la muerte por lapidación: «Queremos apedrearte por una blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn 10,33). Los cristianos tenemos que creer que este hombre es el Dios verdadero. Pero no hay ninguna posibilidad de creer esta enormidad gracias al sólo contacto físico con Jesús, aunque él haga milagros admirables. Milagros también se obraron por las manos de los apóstoles y de otros santos y a nadie se le ocurre creer que son Dios. Para que surja en el cristiano esa fe es necesario que el Espíritu Santo dé testimonio sobre la identidad de Jesús en su corazón. A esto se refiere Jesús cuando, prometiendo el Espíritu Santo, asegura: «Él dará testimonio de mí» (Jn 15,16).

Lucas da por sentado que todos sus lectores tienen esto claro. Por eso considera superfluo explicar ulteriormente el motivo de gozo de los discípulos cuando Jesús les anuncia la venida sobre ellos de la Promesa de su Padre. Ellos saben que la intimidad con Jesús y la unión con él es mucho más estrecha ahora, gracias a la efusión del Espíritu Santo en sus corazones, que durante todo el tiempo de la presencia física de Jesús con ellos en esos tres años en Palestina. Cada uno debe examinarse para ver si tiene ese motivo de gozo que tuvieron los discípulos y que expresa de manera precisa San Pablo: «El que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él» (1Cor 6,17). Que la Ascensión del Señor sea, entonces, también para nosotros motivo de gran gozo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles