Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de Febrero del 2013

Lc 4,21-30
Cenaré con él y él conmigo

El Evangelio de este Domingo IV del tiempo ordinario es continuación del que se proclamó el domingo pasado y nos relata la reacción que se produjo en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús por primera vez se levantó para hacer la lectura. El modo como Jesús lee la Escritura es único; nadie puede leerla como él, porque él es el único que puede leerla con autoridad, es decir, como su propia palabra. Por eso, cuando Jesús concluyó la lectura y entregó el rollo al asistente, «los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él» (Lc 4,20). Podemos asegurar que estaban impresionados y llenos de curiosidad.

Pero más impactados quedaron con lo que Jesús dijo a modo de explicación: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han escuchado». La primera reacción ante esta declaración fue muy favorable: «Todos daban testimonio de él y estaban admirados por las palabras de gracia que salían de su boca». Tenemos que volver a examinar cuáles fueron esas palabras, que se estaban cumpliendo «hoy», y qué sentido tienen. Jesús había leído como referida a él una importante profecía de Isaías que los comentaristas judíos, hasta hoy, refieren al Mesías, al Ungido, al que todos esperaban como Salvador: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). Los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos, todos esperaban una gracia que se recibiría de aquel ungido por el Espíritu; todas las deudas quedarían perdonadas en aquel Año del Señor que él viene a proclamar. Las palabras de Jesús son palabras de gracia, porque él declara que todo eso se cumple con su venida. ¡Era para admirarse!

Pero inmediatamente surge la pregunta: «¿No es este el hijo de José?». El hecho de que ni siquiera sus mismos coterráneos conozcan quién es Jesús es un testimonio elocuente de su extrema humildad. Nos trae a la mente la síntesis de cristología del himno de la carta de San Pablo a los filipenses: «Siendo de condición divina... Cristo se vació de sí mismo, tomando la condición de esclavo, haciendose semejante a los hombres y apareciendo en su aspecto como un hombre» (Fil 2,6.7).

Surge todavía otra objeción entre los oyentes. Si en Jesús se hace presente la gracia de la salvación divina, ¿por qué no ha comenzado a gozar de esa gracia, en primer lugar, su propio pueblo de Nazaret? ¿Por qué no ha hecho aquí en su pueblo lo que hemos oído que ha hecho en Cafarnaúm? Jesús los refiere a otras ocasiones en la historia en que Dios ha obrado gracias, por medio de sus profetas, a favor de hombres y mujeres que no eran de Israel: Elías fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón y Eliseo curó de la lepra a Naamán el sirio. Lo que Jesús está diciendo es que Dios no restringe su gracia sólo a Israel y que tampoco pueden apropiarse de él sólo los habitantes de Nazaret, el pueblo en que él se crió. Es un primer anuncio de que el Mesías prometido a Israel no es el salvador sólo de Israel y menos aun sólo de Nazaret, sino de todo el mundo. Como prueba de eso la Iglesia de Cristo se encuentra hoy establecida en toda la tierra, sin distinción de raza, pueblo, lengua y nación.

Esta afirmación de Jesús terminó por desencadenar la ira de sus oyentes: «Todos se llenaron de ira en la sinagoga oyendo estas cosas». La ira llegó hasta el extremo de querer acabar con él: «Lo arrojaron fuera de la ciudad, y lo llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo». Jesús vino a dar su vida para ofrecer el rescate de todos nosotros, pero no en ese momento ni tampoco en esa forma, como sigue diciendo el himno cristológico que hemos citado: «Se humilló a sí mismo, haciendose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8).

Si no los convencieron las palabras de gracia de Jesús, los debió haber convencido algo que emanaba de él que hizo que, no obstante ser muchos y estar movidos por una ira homicida, no pudieran conseguir su objetivo. El Evangelio lo sugiere con una frase conclusiva del episodio que revela la majestad de Jesús: «Él, pasando por el medio de ellos, se marchó». Jesús no les dijo ninguna palabra de reproche, ni les impuso algún castigo; pero sufrieron el mayor de los males, que es verse privados de él mismo: «Jesús se marchó». Nos hace recordar la palabra que nos dirige el Señor en el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y golpeo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apoc 3,20). La advertencia es que, si no me abre, seguiré de largo. Corresponde a la norma de conducta que Jesús da a sus enviados: «Si algún lugar no los recibe y no los escucha marchense de allí» (Mc 6,11). Toda nuestra preocupación en esta vida debe ser, entonces, acoger a Jesús para gozar de su salvación.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles