Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 27 de Enero del 2013

Lc 1,1-4; 4,14-21
Testigos oculares y servidores de la Palabra

Lucas comienza su Evangelio con una frase circunstancial: «Muchos han emprendido el componer una narración de los hechos que se han verificado entre nosotros, tal como los han transmitido a nosotros los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra». El evangelista nos informa que han sido «muchos» los que han emprendido la narración de esos hechos. Pero no nos dice exactamente cuántos ni quiénes han sido. Tampoco adelanta Lucas a qué hechos se refiere. Lo que sí afirma es que esas narraciones se han basado en lo transmitido por «los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra».

Una «palabra» es una emisión de voz que comunica una idea. Una palabra no es objeto de la vista, sino del oído. ¿Cómo se puede ser «testigo ocular» de una palabra? Más aun, ¿cómo puede ser alguien «servidor de una palabra»? Debemos entender de estas expresiones que la Palabra, de la cual habla Lucas, es una persona. La expresión «testigo ocular de la Palabra» nos sugiere inmediatamente al apóstol Juan, que introduce su primera carta con esa misma idea: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida... lo que hemos visto y oído, lo anunciamos a ustedes, para que también ustedes estén en comunión con nosotros» (1Jn 1,1.3). Ya sabemos qué entiende Juan por la «Palabra de vida». Lo dice en el Prólogo de su Evangelio: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios... Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,1.14).

Uno de esos testigos oculares de la Palabra hecha carne fue Juan. Pero también lo fueron todos los Doce. En efecto, el mismo Lucas refiere la condición indicada por Pedro para ocupar el lugar que quedó vacío por la defección de Judas: «Conviene que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido con nosotros testigo de su resurrección» (Hech 1,21-22). Debía ser, sobre todo, testigo ocular de la resurrección del Señor Jesús; pero también de todo lo que él hizo desde el bautismo de Juan hasta su Ascensión al cielo.

Ellos son también definidos como «servidores de la Palabra». Es la misión que se reservan para sí los Doce, cuando designaron a siete varones para ponerlos a cargo de la distribución de lo necesario para las viudas: «Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (Hech 6,4).

Pero ciertamente el testigo ocular más importante en el concepto de Lucas fue la Virgen María. Ella es la única testigo del anuncio del ángel Gabriel, de la concepción virginal del Hijo de Dios que se encarnó en su seno, de su nacimiento y de todos los hechos de su infancia que narra Lucas.

La frase principal del Prólogo de Lucas nos informa sobre el motivo que lo llevó a redactar el Evangelio: «Después de haber investigado todo diligentemente desde los orígenes, he decidido escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la verdad de las cosas sobre las cuales has sido instruido». El verbo «instruir» traduce el verbo griego «katejeo» de donde procede la palabra cristiana «catequizar». La lectura del Evangelio de Lucas, que seguiremos en la liturgia dominical en este año, debe confirmarnos también a nosotros en la verdad sobre Jesucristo y su misterio de salvación.

El Evangelio de este domingo III del tiempo ordinario tiene una segunda parte en la cual el evangelista narra uno de esos hechos que anuncia en el prólogo. Se trata del momento en que Jesús, después de haber comenzado su ministerio público, toma la palabra en la sinagoga del pueblo donde él se crió: Nazaret. Leyó el texto del profeta Isaías que anuncia a un Ungido por el Espíritu del Señor: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Los escribas leían ese texto como referido a otro; Jesús lo lee como referido a sí mismo. Los escribas explicaban ese texto anunciando un Ungido futuro; Jesús lo lee como cumplido en él: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han oído». Durante los domingos de este año contemplaremos lo que Jesús hizo y enseñó y verificaremos que en él se cumplen todas las promesas de salvación hechas por Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles