Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 27 de Febrero del 2011

Mt 6,24-34
Todo lo necesario se les dará por añadidura

La Constitución Dogmática «Dei Filius» del Concilio Ecuménico Vaticano I afirma que Dios puede ser conocido por la luz natural de la razón humana: «La santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas; porque “lo invisible de El, comprendido a partir de las creaturas del mundo, por medio de lo que ha sido hecho, puede ser visto” (Rom 1, 20)». El mismo Concilio condena a quien niegue esta posibilidad de la razón humana: «Si alguno dijere que Dios vivo y verdadero, Creador y Señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, N. 36). Pero la razón humana con su sola luz natural no puede decir nada más sobre Dios. Sólo puede decir que Dios, principio y fin de todas las cosas, existe y que difiere de todas las cosas en cuando que ellas son limitadas, en tanto que Dios es infinito. Las cosas creadas son esto o aquello, y cuando son esto ya no son aquello; son, por tanto, limitadas. Dios, en cambio, es el Ser mismo sin limitación. Su esencia, lo que Él es, es su misma existencia. Todo esto lo puede conocer la razón del ser humano con certeza.

Esto no quiere decir que todos los seres humanos lleguen a demostrar de hecho la existencia de Dios por medio de la razón humana. Para esto hay que tener una capacidad de razonamiento que no todos han desarrollado. En Chile hemos asistido en estos días a una discusión sobre el origen del universo que demuestra que la existencia de un Ser que es principio y fin de todas las cosas no es para todos evidente. Para Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, la existencia de Dios no era objeto de fe; para él era una verdad que podía demostrar razonando, como pueden ser afirmadas con certeza otras verdades filosóficas y científicas.

Pero la relación de Dios con el mundo, sobre todo, su relación de amor con el ser humano, esto es estrictamente objeto de fe y lo conocemos, no por la luz natural de la razón humana, sino solamente porque Dios mismo lo ha revelado. El punto culminante de la revelación es su Hijo único, Dios verdadero, hecho hombre. Él nos reveló el amor de Dios: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Él nos reveló que nosotros, en el Hijo hecho hombre, estamos llamados a ser hijos de Dios: «A cuantos lo acogieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a cuantos creen en su Nombre» (Jn 1,12).

En el Evangelio de hoy Jesús nos revela hasta qué punto está Dios en todo momento involucrado en su creación. Él alimenta a cada pajarito del cielo, como lo afirmaba ya el Salmo 104,28: «Abres tu mano y todos se sacian de bienes». A cada flor del campo Dios la viste con un esplendor que no alcanzó Salomón en toda su gloria, que era proverbial. La conclusión que Jesús nos invita a sacar es esta: Si Dios alimenta a las aves del cielo, que no se preocupan de guardar en graneros, «¿no valen ustedes más que ellas?». «Si a la hierba del campo... Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes?». A quien dude de esto Jesús lo llama «hombre de poca fe».

Un agnóstico afirma que no se puede conocer la existencia de Dios, y que si Dios existe no se puede conocer nada sobre Él. Un cristiano cree en la existencia de Dios y cree que Dios vela en cada momento por su creación y la provee de todo lo necesario. Un hombre de fe cree en la Providencia de Dios; cree que Dios vela, sobre todo, por el ser humano, que a sus ojos vale infinitamente más que las aves del cielo y que la hierba del campo. Por eso la conclusión es esta: «No se inquieten por qué comerán o con qué se vestirán. Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura». Enseñanza muy consoladora y oportuna en este día en que se cumple un año del terrible terremoto y maremoto que azotó gran parte de Chile y en que muchos tienen la tentación de inquietarse por el futuro.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles