Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Marzo del 2013

Lc 19,28-40
El que no tome su cruz no puede ser discípulo mío

La Semana Santa se abre con el Domingo de Ramos, que pone ante nuestros ojos la imagen de Jesús entrando a Jerusalén montado en un asno aclamado por la multitud con gestos de gran entusiasmo. El Domingo de Ramos es una de las celebraciones más populares del Año litúrgico. Ejercen una particular fascinación los ramos que todos agitan en sus manos mientras la procesión se dirige hasta la Iglesia donde continuará la celebración eucarística, caracterizada por la lectura de la Pasión del Señor.

Tal vez la popularidad de esta fiesta provenga del profundo reconocimiento de la inconstancia humana. En efecto, todos saben que esa misma multitud que hoy manifiesta su adhesión a Jesús aclamandolo a su paso, pocos días después, se disociará completamente de él y ante Pilato pedirá su muerte gritando: «Crucificalo». El evangelista Lucas, que es más sensible a estos rasgos humanos, trata de mitigar el contraste aclarando que es la «multitud de los discípulo» quienes, «llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto».

Nos preguntamos qué pasa por la mente de Jesús en esos momentos. Es claro que él quiso entrar en Jerusalén como el Rey prometido por Dios en los profetas y claramente anunciado a la Virgen María en su concepción virginal: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Lc 1,32). El relato insiste en que Jesús quiso entrar montado en la cabalgadura usada por los reyes en su entronización y que hizo de eso una necesidad. Dos veces se repite acerca del pollino que lo transportaba: «El Señor tiene necesidad de él». Y logró su objetivo, pues la gente lo aclama gritando: «¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas». No es una aclamación que Jesús considere indebida. Al contrario, cuando los fariseos protestan, Jesús responde: «Les digo que, si éstos callan, gritarán las piedras».

Por otro lado, está clara en la mente de Jesús la meta de su camino, como él mismo lo había declarado en repetidas ocasiones: «Miren que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron sobre el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará» (Lc 18,31-33). Su camino tiene el paso obligado de la muerte en la cruz; pero su meta es la resurrección. Así lo aclaró el mismo Jesús hablando de lo ocurrido con él: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y así entrara en su gloria?» (Lc 24,26). La respuesta enfática es: «Era necesario».

«Jesús caminaba delante, subiendo a Jerusalén». Jesús va delante mostrando el camino que es necesario que siga todo discípulo suyo: «El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,27). En su primera homilía el Santo Padre Francisco nos confirmaba ya en esta condición esencial del discípulo, afirmando: «Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor» (Misa con los cardenales, 14 marzo 2013).

No nos debe extrañar que el Santo Padre se ponga en el caso de que, si no se abraza la cruz, se pueda ser incluso «papa» y no discípulo de Cristo, porque lo vimos en el mismo Pedro, quien ante la perspectiva de la cruz negó a Jesús. Pero a él Jesús le aseguró su oración, le anunció su futura rehabilitación y le indicó su misión que dura hasta hoy: «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribarte como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). El ejercicio de esa misión de confirmar a los hermanos es lo que hemos visto en estos días con toda claridad en el Sucesor de Pedro, Francisco. Acogiendo sus palabras debemos dedicar estos días de la Semana Santa a contemplar a Jesús que muere en la cruz por nuestros pecados y resucita para llevarnos con él a la gloria celestial.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles