Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Marzo del 2013

Jn 8,1-11
En adelante no peques más

A menudo Jesús enseñó que nosotros no debíamos emitir juicios apresurados contra nuestro prójimo, porque no cono-cemos su corazón y porque la medida que usamos para juzgar el prójimo no es la misma que usamos para juzgar nuestras propias acciones. Decía: «No juzguen, para que no sean juz-gados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no repa-ras en la viga que hay en tu ojo?... Hipócrita, saca prime-ro la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano» (Mt 7,1-3.5; Lc 6,37.41-42).

En el Evangelio de este Domingo V de Cuaresma se nos presenta un episodio en que esa enseñanza de Jesús tiene aplicación concreta. Como era su costumbre, durante su es-tadía en Jerusalén, «de madrugada Jesús se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles». No se nos informa sobre el contenido de esa enseñanza; pero en este caso la enseñanza es comunicada por la actitud de Jesús. En la actitud de Je-sús vemos a Dios mismo según su declaración: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Sabemos que Dios había declarado por medio de sus profetas: «Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva» (Ez 33,11). Esto es lo mismo que quiere Jesús. Pero esto era algo que los escribas y fariseos no entendían. Ellos quieren la muerte del pecador.

Los escribas y fariseos traen una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y dicen a Jesús: «Maestro, es-ta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué di-ces?». Está presenciando esta escena todo el pueblo que ha-bía acudido a escuchar la enseñanza de Jesús. Por un lado, está Jesús que no quiere la muerte de la mujer, sino que se convierta y viva; por otro lado, están los escribas y fari-seos que no vacilan en exponer a esa mujer y condenarla, no por interés de la justicia, sino «para poner a prueba a Je-sús y tener de qué acusarlo».

¿Qué decía exactamente la ley de Moisés? Uno de los mandamientos del Decálogo dice: «No cometerás adulterio» (Ex 20,14; Deut 5,18). En Israel la ley había sido dada pa-ra que la observaran, sobre todo, los varones. ¿Qué castigo debía darse al que violara esa ley? «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer el mal de Israel» (Deut 22,22). En el ca-so que presentan a Jesús, si la mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio, ¿dónde está el varón? ¿Por qué no lo trajeron a él, a quien la ley obliga más? Además, era público en Israel que Herodes vivía con la mujer de su her-mano en ostensible adulterio. ¿Por qué no van a apedrearlo a él y a la mujer? Cuando Moisés estableció jueces en Is-rael, les mandó: «En el juicio ustedes no harán acepción de personas» (Deut 1,17). El único que se atrevió a enrostrar su pecado a Herodes fue Juan Bautista, que le decía: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Y le costó la vida.

Jesús dilataba su respuesta y entretanto escribía con el dedo en la tierra. No sabemos qué escribía. Pero el úni-co otro caso en que alguien escribe con el dedo es Dios mismo y lo que Él escribe es su ley: «Después de hablar con Moisés en el monte Sinaí, el Señor le dio las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios» (Ex 31,18; Deut 9,10). Respecto de esa misma ley, que Jesús recuerda con su gesto de escribir con el dedo, los escribas y fariseos tienen doble estándar: quieren aplicar-la contra una pobre mujer, pero no la aplican contra Hero-des ni tampoco contra el varón sorprendido junto a la mu-jer. Y ese pecado en ellos es mayor que el de la mujer. Por eso Jesús dictamina que se ejecute la ley; pero que la eje-cute el que la cumple: «Aquel de vosotros que esté sin pe-cado, que le arroje la primera piedra». Todo el pueblo era testigo de esa situación. Por eso los acusadores tuvieron que retirarse: «Se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos».

Quedaba pendiente el juicio de Jesús: «Se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio». Jesús es el único sin pecado. Pero precisamente por eso él está lleno de mi-sericordia. El pecado y la misericordia no van juntos. Je-sús ya ha salvado a la mujer de la sentencia de la ley que decretaba su muerte física por apedreamiento. Pero todavía quiere para ella dos cosas que son mucho más importantes que nuestra vida terrena; quiere que se convierta y viva. Jesús quiere que pase de pecadora a santa y que de esta ma-nera tenga la vida eterna, que es la verdadera: «Vete, y en adelante no peques más». Este dictamen de Jesús debe escu-charlo cada uno como dirigido a sí mismo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles