Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de Marzo del 2013

Lc 15,1-3.11-32
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre

Para todos es claro que Jesús usó como método de enseñanza las parábolas. Se puede decir que él popularizó este método. No lo usan en la misma medida otros escritores de esa época. Nadie ignora la parábola del buen samaritano, o la parábola del sembrador o la parábola de la cizaña o la parábola de la oveja perdida...; pero, sin duda la más popular de todas es la parábola del «hijo pródigo», que leemos en este Domingo IV de Cuaresma.

Para captar la enseñanza de las parábolas hay que saber en qué consiste este método. Se trata de presentar ante el auditorio una escena o una historia tomada de la vida real para mover a los presentes a tomar partido, a comprometerse respecto de algún punto de esa historia. Una vez que han tomado partido se los lleva a ser coherentes y mantener esa misma posición respecto a la verdad –esta vez una verdad salvífica– que se quiere inculcar. Dado que la parábola debe comprometer a los oyentes, es esencial para su comprensión tener en cuenta el contexto en que fue pronunciada.

«Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban...». Este es el contexto de la parábola del hijo pródigo. Hay dos categorías de personas. Por un lado, están los pecadores a quienes Jesús acoge y, por otro lado, los fariseos y escribas que murmuran reprochandole a Jesús esa conducta. Jesús quiere ganar a unos y otros: que los pecadores sientan dolor de haber ofendido a Dios y que los fariseos comprendan que la salvación es un don gratuito inmerecido. El evangelista continúa: «Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos...». Podemos suponer a priori que la parábola tendrá dos estrofas, cada una de las cuales concluye con el mismo estribillo: «Este hijo mío (este hermano tuyo) estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado».

El hijo menor, después de reclamar la parte de la herencia que le corresponde, sin importarle para nada abandonar a su padre, parte para un país lejano. Allí derrocha todo su dinero y comienza a vivir en la miseria. Entonces decide volver a su padre. Pero su motivación no es el amor al padre o el dolor de haberlo ofendido, sino únicamente su propio interés: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre...». El padre sabe que vuelve por interés, movido por la necesidad; pero es padre y no puede dejar de conmoverse por su hijo: «Estando él todavía lejos, lo vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente». No sólo lo acoge, sino que lo restituye a su condición de hijo y hace para él una magnífica fiesta: «Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida...». Aquí concluye la primera estrofa. ¿Al ver la acogida de su padre, sintió ese hijo dolor por haberlo ofendido? Todos los oyentes responden: «Sí». Han tomado partido. Es lo que tienen que hacer los pecadores respecto de Dios, cuya acogida revela Jesús con su conducta: «Acoge a los pecadores».

El hijo mayor, al enterarse del regreso de su hermano y de la alegría de su padre y de la celebración que le hizo, «se indignó y no quería entrar». Este hijo reprocha la actitud del padre y describe su propia conducta con los rasgos de un fariseo: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás he dejado de cumplir una orden tuya; pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos». Es cierto que observa los mandamientos de su padre; pero no lo hace por amor, sino para exigir su recompensa. Por eso no se alegra con lo que el padre se alegra. A éste también el padre lo trata con amor, explicandole que toda su recompensa es la compañía de su padre: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo...». ¿Depuso este hijo su indignación y entró a la fiesta para no arruinar la alegría del padre? Todos los oyentes responden: «Sí». Han tomado partido. Es lo que tienen que hacer los fariseos y comprender que la salvación es un don gratuito que no podemos merecer con nuestro propio esfuerzo.

En la parábola los dos hijos encarnan respectivamente a los pecadores y a los fariseos. Pero el padre encarna a Jesús: acoge al hijo pecador y es reprochado por el hijo observante. Tendemos espontáneamente a ver a Dios en la actuación del padre. Y tenemos razón, porque la actuación de Jesús nos revela al Padre, según su misma aclaración: «En verdad, en verdad les digo: el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre...» (Jn 5,19). La clave para leer la parábola del hijo pródigo la ofrece Jesús: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Así es Dios. Ahora sabemos cómo debemos ser nosotros con él.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles