Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Febrero del 2013

Lc 9,28-36
Quien a ustedes escucha, a mí me escucha

Es claro que el evangelista San Lucas en su versión de la Transfiguración del Señor, que leemos en este Domingo II de Cuaresma, quiere vincular ese importante momento de la vida de Jesús con otro anterior: el Bautismo de Jesús en el Jordán.

La vinculación con el Bautismo se deduce de varios indicios. En primer lugar, Lucas presenta a Jesús en ambos momentos en oración. Cuando relata el Bautismo, escribe: «Bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma» (Lc 3,21-22). Por su parte, en la Transfiguración leemos: «Jesús subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante...». Pero la vinculación más evidente entre el Bautismo y la Transfiguración es que en ambos casos una voz reconoce a Jesús como Hijo. En el Bautismo: «Vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy”» (Lc 3,22). En la Transfiguración: «Vino una voz desde la nube, que decía: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchenlo”». Para saber de quién es Hijo Jesús hay que determinar de quién es la voz. En el caso del Bautismo es claramente la voz de Dios, porque proviene del lugar de Dios: el cielo. En el caso de la Transfiguración la voz viene de una nube que se formó y los cubrió. En la Escritura la nube es el modo usado a menudo para indicar la presencia de Dios (cf. Ex 13,21-22; 14,19; 19,9, etc.). La voz de la nube es, entonces, la voz de Dios. Jesús es identificado en ambos casos como el Hijo de Dios.

Pero hay un progreso. En efecto, en el Bautismo la voz de Dios se dirige solamente a Jesús, en tanto, que en la Transfiguración se dirige a los presentes y agrega una orden: «Escuchenlo». La Transfiguración, en la cual están presentes Moisés, por medio del cual Dios entregó su ley, y Elías, que representa a los profetas, por medio de los cuales Dios habló a su pueblo, es una representación de lo que escribe el autor de la carta a los Hebreos en su introducción: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Toda nuestra preocupación debe ser entonces conocer lo que Jesús hizo y enseñó y escuchar su Palabra para hacerla vida en nosotros.

¿Cómo podemos escuchar hoy la Palabra del Hijo? Es cierto que tenemos el Evangelio donde encontramos su Palabra. Pero la voz del cielo nos manda «escuchar», no «leer». Además, Jesús, él mismo, no escribió nada que podamos leer, y hubo un tiempo largo –entre 20 y 30 años–, después que Jesús ascendió al cielo, en que los Evangelios aún no habían sido escritos. En esos años toda la Palabra del Hijo estaba confiada a los Doce apóstoles. Por eso, Pedro, cuando se trató de encomendar la provisión de las viudas de los griegos a siete varones elegidos, agrega: «Nosotros (se refiere a los Doce) nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra» (Hech 6,4). Pero –podría objetarse– eso era escuchar a los Doce, no al Hijo. Esa objeción la deshace el mismo Hijo que había asegurado a sus apóstoles: «Quien a ustedes escucha a mí me escucha» (Lc 10,16). Es una sentencia de Jesús que el evangelista Lucas registra poco después de relatar el episodio de la Transfiguración y referir el mandato del cielo: «Escuchenlo».

Para escuchar al Hijo hoy no basta con leer el Evangelio de manera individualista y en forma privada. Eso no es más que escuchar la propia voz. La voz de Cristo se «escucha» cuando se lee el Evangelio en la vida de la Iglesia, es decir, en comunión con los sucesores de los apóstoles, que son hoy día los Obispos, en particular en comunión con el Sucesor de Pedro que tiene la misión única de «confirmar a sus hermanos» (Lc 2 2,32).

Dentro de pocos días el Santo Padre Benedicto XVI cesará en su ministerio de Sucesor de Pedro. Toda la Iglesia se sentirá huérfana, porque le faltará quien le haga escuchar la voz del Hijo. Pero creemos en la promesa de Jesús: «No los dejaré huérfanos» (Jn 14,18), y confiamos en que Dios nos concederá en breve tiempo otro Pastor que nos permita cumplir el dulce mandato de Dios: «Escuchenlo».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles