Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Febrero del 2013

Lc 4,1-13
Jesús, Hijo de Dios

Jesús comenzó su ministerio público presentandose al bautismo de Juan. En esa ocasión, «bajó sobre él el Espíri-tu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado”» (Lc 3,22). Es una cita del Salmo 2 que habla de un Ungido (un Mesías) a quien el Señor dice esas palabras. Ese Ungido te-nía que ser hijo de David. Por eso el evangelista considera necesario intercalar la genealogía de Jesús, donde se vea esa filiación. El lector sabe que Jesús había sido concebi-do en el seno de María de manera virginal. Pero viene a ser hijo de José, porque José estaba casado con María, su ma-dre. La genealogía, entonces, es la de José. Es José quien da a Jesús la filiación de David que debía tener el Cristo: «Tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años, y era, según se creía, hijo de José, hijo de Helí, hijo de Mattat... hi-jo de Natán, hijo de David, hijo de Jesé...» (Lc 3,23-24.31-32). La genealogía sigue remontando hasta el primer eslabón: «...hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán». En este último eslabón coincidimos todos los que compartimos la naturaleza humana. Adán es cabeza de la estirpe, a la cual pertenece también Jesús, porque él es verdadero hom-bre.

Pero el evangelista agrega un eslabón fuera de serie: «Hijo de Dios». Este eslabón no es coherente con los demás de la serie ni se suma a ellos. En el Antiguo Testamento nadie pretendió ser «hijo de Dios», ni Adán ni ningún otro. En esta genealogía divina el eslabón es uno solo: Jesús Hi-jo de Dios. Así explica el evangelista la voz del cielo: «Tú eres mi Hijo». Jesús es de naturaleza divina; él es consustancial con Dios.

El Evangelio de este I Domingo de Cuaresma nos presen-ta las tentaciones a que fue sometido Jesús al cabo de cua-renta días de ayuno en el desierto. Lucas ubica este episo-dio después de esa genealogía divina: «Jesús, Hijo de Dios» (Lc 3,38). El diablo quiere verificar si Jesús responde a esa condición. Por eso, en dos de las tentaciones comienza con el condicional: «Si eres Hijo de Dios...».

Según los criterios del diablo, al hijo de Dios co-rresponde, si tiene hambre, convertir una piedra en pan y saciar su hambre (primera tentación). Los criterios del Hi-jo de Dios hecho hombre y lleno del Espíritu Santo son dia-metralmente distintos, porque él precisamente «se vació de su condición de Dios y tomó la condición de hombre» (Fil 2,6-7). Según los criterios del diablo corresponde al Hijo de Dios ostentar esa condición demostrando que los ángeles lo sirven: «Si eres Hijo de Dios, tirate de aquí abajo, porque está escrito: “A sus ángeles te encomendará para que te guarden”...» (tercera tentación). Según los criterios del diablo al Hijo de Dios corresponde el poder sobre todos los reinos de la tierra (segunda tentación). Pero está pro-fundamente errado. No sabe cómo entender a Jesús. Jesús no calza con sus esquemas, porque él está conducido por el Es-píritu de Dios. Él no busca el placer de este mundo –comer y beber–, él no hace ostentación de su condición divina, él no ambiciona el poder y la gloria de este mundo. Esto es lo que el diablo no puede entender.

Hay una analogía profunda entre Jesús y su Iglesia. La Iglesia está formada por los que han recibido la condición de «hijos de Dios» en el Bautismo y oran diciendo: «Padre nuestro que estás en el cielo». La Iglesia está integrada por todos los que, habitados por el Espíritu Santo, repro-ducen la imagen de Cristo, «para que fuera él el primogéni-to entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Por eso, a la Iglesia no calzan los criterios con se analizan otras instituciones puramente humanas. Quienes quieren entender a la Iglesia aplicando esos criterios caen en profundo error.

Hemos asistido en estos últimos días al anuncio de Be-nedicto XVI de la dimisión de su cargo de Sucesor de Pedro. Él es el único a quien Jesús asegura personalmente: «Lo que ates en la tierra queda atado en el cielo y lo que desates en la tierra queda desatado en el cielo» (Mt 16,19). Por tanto, la decisión, que él tomó, en plena posesión de sus facultades y en conciencia, ha sido querida por Dios; de ese modo el Espíritu Santo conduce a su Iglesia. Esto es lo que algunos medios de comunicación no pueden entender e in-sisten en aplicar a la Iglesia una lógica humana de poder: algunos afirman que la decisión de Benedicto XVI obedece a presiones políticas, a ocultas insidias, a ambiciones, a una «mano negra» que hay en el Vaticano... No pueden enten-der que esta es una decisión que ha tomado el Santo Padre «movido por el Espíritu» y que la razón es la que él mismo ha dado sencillamente: «En el mundo de nuestro tiempo... para gobernar al nave de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario también tener cierto vigor del cuerpo y del alma que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal modo que debo reconocer mi incapacidad para desempeñar bien el ministerio a mí encomendado» (11 febrero 2013).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles