Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de Diciembre del 2012

Lc 21,25-28.34-36
Todo ojo lo verá

Con el tiempo del Adviento, que comienza este domingo, comienza también un nuevo Año litúrgico. Un lector atento habrá notado que leemos el Evangelio según San Lucas. Si ese lector tiene algún conocimiento de la liturgia de la Iglesia sabrá que este es el Evangelio propio del ciclo C de lecturas y que este ciclo de lecturas se usa en los años múltiplos de tres. Estamos hablando del año calendario 2013 que es casi coextensivo con el Año litúrgico.

El tiempo del Adviento se extiende hasta la Navidad. Este tiempo litúrgico nos pone ante los ojos el misterio de la venida de Cristo. En la primera parte ponemos nuestra atención en su venida final y en la parte más cercana a la Navidad contemplamos su venida en la historia en la humildad de nuestra carne mortal.

«Entonces verán al Hijo del hombre que viene en una nube con gran poder y gloria». ¿Por qué la Iglesia enseña que esa venida de Cristo es «final», es decir, coincide con el fin del mundo? Porque los signos precursores que Jesús indica no pueden significar otra cosa: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas... las fuerzas de los cielos serán sacudidas». Lo da por entendido el evangelista San Mateo en la escena del juicio final: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos» (Mt 25,31-32). Lo dice explícitamente San Pablo en la primera de sus cartas que es también el primer escrito del Nuevo Testamento: «Les decimos esto como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo... bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor» (1Tes 4,15-17). Cuando escribió esa primera carta, San Pablo pensaba que la Venida de Cristo tendría lugar en el tiempo de su vida.

Ese evento final será improviso y universal: «Vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». Llama la atención la diferencia de apreciación de unos y otros. Para unos será terrificante: «Habrá angustia de las gentes... los hombres morirán de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo». En cambio, para otros será el cumplimiento gozoso de su esperanza: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, ustedes cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación». ¿De qué depende que se viva de una u otra forma? Depende de la vida que conduzca cada uno. Los primeros son advertidos así: «Que no se hagan pesados sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida». Son los que aman este mundo más que a Dios. Hay que ver el auténtico fervor con que asisten muchos a los espectáculos de las «ladies Gagas» y otros del mismo tipo. Obviamente, para ellos el fin de este mundo es el desastre máximo. Los que se alegrarán, en cambio, son los que Jesús espera encontrar en esta otra actitud: «Estén en vela, orando en todo momento, y así tengan fuerza para escapar a todo lo que está por ocurrir y para estar en pie delante del Hijo del hombre».

«Verán al Hijo del hombre que viene». ¿Quiénes lo verán? En primer lugar, todos los que estén en ese momento en la tierra. Lo dice Jesús: «Vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». ¿Y los que ya hayan muerto, cuyo número es imposible estimar? Ellos también verán a Jesús lleno de poder y gloria. Lo afirma el libro del Apocalipsis: «Miren, viene con las nubes y lo verá todo ojo, incluso los que lo traspasaron» (Apoc 1,7). Entre todos, destaca a los que más lo humillaron y despreciaron en su primera venida. Pero aquí están incluidos todos los que lo han despreciado a lo largo de toda la historia. Todos lo verán. En el tiempo del Adviento cada uno debe verificar que se cuente entre los que se alegrarán con la Venida del Señor.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles