Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 18 de Noviembre del 2012

Mc 13,24-3
Marána thá: Señor, ven

El domingo XXXIII del tiempo ordinario que celebramos hoy es el penúltimo del Año litúrgico. Nos ha acompañado durante este año el Evangelio de Marcos, que hemos leído desde el domingo I de Adviento hasta este domingo, en que el Evangelio nos ofrece un anticipo de la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, con la cual concluye el Año litúrgico.

En efecto, leemos en el Evangelio de este domingo la afirmación central y solemne de Jesús: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria». Viene en su condición de Rey del Universo. El mismo que, según los repetidos anuncios a sus discípulos, sería sometido a la máxima humillación de la pasión y muerte en cruz, vendrá «con gran poder y gloria». El adverbio de tiempo «entonces», que introduce la afirmación de Jesús, nos induce a hacer la pregunta que se han hecho todas las generaciones: «¿Cuándo?».

El Evangelio da indicaciones respecto a ese momento. Pero no son suficientemente precisas como para poder ubicar el día y la hora. Ese momento lo conoce solamente Dios y, en su bondad y sabiduría infinitas, ha juzgado conveniente no revelarlo al ser humano, como lo aclara Jesús: «Sobre aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». De las indicaciones que Jesús nos ofrece sobre los signos precursores de ese evento se deduce, sin embargo, algo importante: el momento de la venida del Hijo del hombre con gran poder y gloria coincide con el fin de la historia humana, coincide con el fin del mundo.

Jesús advierte que antes del fin deben cumplirse dos hechos. El primero es este: «Es preciso que antes sea proclamado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13,10), es decir, que se cumpla el mandato misionero: «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones» (Mt 28,19). El segundo hecho precedente es la gran tribulación que sufrirán los elegidos: «Serán odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará... aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber» (Mc 13,13.19).

En el tiempo de Jesús estaba lejos de producirse la explosión comunicacional que existe hoy y desde ese punto de vista –el de Jesús– tal vez pueda considerarse cumplido hoy el anuncio del Evangelio a todas las naciones. En efecto, hay comunidades cristianas en todas las naciones y la interconectividad de todo el mundo permite que el Evangelio llegue hoy a todos. Por otro lado, cada uno puede juzgar hasta qué punto se ha cumplido la gran tribulación.

Son muy claros los términos con que Jesús describe el fin: «Después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas». Hoy día sabemos que el desarrollo de la vida humana sobre la tierra –que es un punto infinitesimal en el espacio– depende de innumerables circunstancias. Cualquier mínimo cambio en cualquiera de ellas haría imposible la vida humana, como es imposible en todos los otros cuerpos celestes conocidos hasta ahora. Con mayor razón, si el sol se oscurece o caen las estrellas del cielo. Esto es evidente expresión del fin del mundo. Coincidente con esos hechos finales Jesús agrega: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene».

Las palabras de Cristo son la revelación de que su venida final con la plenitud de gloria que le pertenece como Dios verdadero y hombre verdadero, como Hijo del hombre, pondrá fin a la historia humana. Este evento final es la Parusía, palabra griega que significa: Venida. Todos debemos anhelar ese momento, como lo anhelaban los primeros cristianos suplicando: «Marána thá: Señor, ven» (1Cor 16,22). En la medida en que lo amamos a él y vivimos en esta vida unidos a él, en esa medida anhelamos su venida gloriosa. Cada uno debe examinar su corazón para ver si desea que Cristo venga pronto.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles