Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 11 de Noviembre del 2012

Mc 12,38-44
Mi alma engrandece al Señor

El Evangelio de este domingo XXXII del tiempo ordinario nos presenta a Jesús enseñando en el templo de Jerusalén. Sabemos que, antes de su pasión, el tiempo que Jesús pasó en la ciudad santa lo dedicó a la enseñanza en el templo, como lo hace ver a los que de noche vinieron a detenerlo en el huerto de los olivos: «¿Como contra un salteador han salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a ustedes enseñando en el templo, y no me detuvieron» (Mc 14,48-49). De esta manera, Jesús subraya la injusticia de esa acción, que ellos no se atreven a hacer en público y a la luz del día.

Como suele ocurrir, la enseñanza de Jesús toma pie de hechos muy concretos de la vida real y de comportamientos que él ve en la gente. En algunos casos, los destaca para reprobarlos y advertirnos contra ellos y, en otros, para recomendarlos y ponerlos como ejemplo a imitar.

Unos personajes importantes en la vida pública de Israel eran los escribas. Ellos eran la gente instruida de ese tiempo y aparecen a menudo en el Evangelio como los que saben. Pero, a causa de su ciencia, cedían a la pasión de la vanagloria y el orgullo. Contra esta pasión Jesús previene a sus discípulos: «Guardense de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; que devoran las casas de las viudas y, en apariencia, oran largamente. Esos tendrán una sentencia más rigurosa». No usan su ciencia para servir a los demás, sino para mendigar la admiración de los demás. También San Pablo previene a los cristianos contra esa actitud: «La ciencia hincha; el amor, en cambio, edifica» (1Cor 8,1).

Otros mendigan admiración de la gente con su dinero aparentando generosidad en sus donaciones. Esas donaciones, aunque sean abundantes, no impresionan a Jesús: «Jesús se sentó frente al arca del tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del tesoro: muchos ricos echaban mucho». Era obligación de los judíos contribuir a la mantención del templo y al culto. Entre todos los que echaban su ofrenda en la alcancía, el evangelista destaca solamente a los ricos, porque ellos echaban mucho, aparentando mucha piedad. Podemos imaginar la admiración de los presentes ante esa ostentación. Pero, viendo eso mismo, Jesús no lo celebra en absoluto. Él conoce el corazón y sabe que no están movidos por el amor a Dios y el celo por su Casa, sino por el amor a sí mismos y el celo por su propia gloria. Los deja que con su dinero se procuren ese gusto vano. Pero esto no tiene nada que ver con Dios.

Entre todos los que echan su ofrenda se destaca también una viuda pobre. Ella se destaca, no porque echa mucho, sino porque echa muy poco: «Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as». Esto sí que impacta a Jesús. Mientras los demás se admiran por lo mucho que dan los ricos, Jesús se admira por lo que da esa viuda. Y quiere destacar su ejemplo: «Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir». Ella ha echado más que todos, porque ella está movida por verdadero amor a Dios y auténtico celo por el culto de Dios. Ella, que no tiene nada, quiere contribuir a la gloria de Dios, quiere engrandecer al Dios infinito, y para lograr eso da todo lo que tiene para vivir. ¡Y lo ha logrado! Eso lo logra sólo el amor y éste consiste en el don de sí mismo. Todo se puede comprar con dinero; excepto el amor, que no se puede comprar sino con el don de sí mismo.

Jesús nos enseña que para Dios no tiene interés la grandeza material de nuestros actos. A Dios interesa el amor con que hagamos los actos cotidianos más ocultos. El acto de esa anónima viuda fue insignificante para los ojos de los hombres. No aparece en ningún libro de historia. Pero fue tan grande a los ojos de Dios que quedó registrado en el Evangelio –el libro más leído de la humanidad− y como ejemplo para nosotros y para todas las generaciones de cristianos. Esa viuda nunca supo que su acto de amor tendría esa trascendencia. Ahora ciertamente lo está gozando en el cielo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles