Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Marzo del 2011

Mt 7,21-27
¿Quién entrará en el Reino de los cielos?

El ser humano ha sido creado por Dios para hacerlo participar de su felicidad, una felicidad que es plena y eterna. Este estado de felicidad plena y eterna es lo que Jesús llama «el Reino de los cielos». Entrar allí es algo que todos anhelamos. Quedar excluidos de él para siempre es el fracaso definitivo.

En el Evangelio de hoy, que nos presenta la conclusión del Sermón de la Montaña, Jesús formula la condición necesaria para entrar en el Reino de los cielos: «Entrará en el Reino de los Cielos el que haga la voluntad de mi Padre celestial». Por tanto, toda nuestra preocupación en esta tierra debería ser descubrir la voluntad de Dios y hacerla. Esto es lo que hizo Jesús en su existencia terrena: «He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). Su última palabra, que define toda su vida, se refiere a esa voluntad de Dios: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). El cumplimiento de la voluntad de Dios define también la vida de la Virgen María: «Soy la esclava del Señor, hagase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). La preocupación de conocer la voluntad de Dios y cumplirla define la vida de todos los santos. Ellos, al fin de sus vidas, han podido decir: «Todo está cumplido» y han entrado en el Reino de los cielos.

¿Cómo podemos descubrir la voluntad de Dios? La Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros en la Persona de Jesucristo. Jesús es la Palabra de Dios personificada, como lo expresa el mismo Dios en el monte de la Transfiguración: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchenlo» (Mt 17,5). Es voluntad de Dios que escuchemos a Jesús y hagamos lo que él dice.

Por eso Jesús afirma que la salvación depende del cumplimiento de su palabra. Por medio de una comparación, analiza las dos alternativas opuestas: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica... el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica». El primero se compara a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca; el segundo se parece al hombre necio que construyó su casa sobre arena. Sobre ambas casas se abaten la lluvia, los vientos y los torrentes. La que está edificada sobre roca permanece en pie; la que está edificada sobre arena sufre la ruina total.

La lluvia, los vientos y los torrentes son las dificultades de esta vida, la pobreza, la enfermedad y, sobre todo, la muerte, cosas que a todos sobrevienen. Los que han fundado su vida en el cumplimiento de la palabra de Cristo permanecen firmes y en paz en medio de esas pruebas. En cambio, los que han fundado sus vidas en las riquezas, los placeres, y en cosas más vanas aun, como un cantante o un futbolista, ante esas pruebas sucumben. No pueden permanecer en el trance de la muerte, porque todas estas cosas son sólo de esta tierra, como dijo Dios al rico que se preocupó únicamente de pasarlo bien: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?» (Lc 12,20). Haciendose eco de la enseñanza de Jesús, San Juan nos exhorta: «Queridos, no amen el mundo ni lo que hay en el mundo... Porque el mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1Jn 2,15.17).

¿Cómo descubrir la voluntad de Dios sobre aquellos temas que en el tiempo de Jesús no se presentaban y sobre los cuales no pudo hablar, por ejemplo, en el campo de la bioética y de otras áreas de la ciencia? Jesús ciertamente sabía que la ciencia progresaría y presentaría problemas nuevos. Por eso, para ayudar a los hombres a descubrir la voluntad de Dios en esas nuevas situaciones fundó su Iglesia y dijo a Pedro y sus sucesores: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 16,18.19). «Atar y desatar» es la expresión del poder de establecer las condiciones para ser admitido o excluido del Reino de los cielos, es decir, el poder de exponer ante los hombres y mujeres de hoy la voluntad de Dios. La Iglesia no ha dejado de cumplir su misión. Tenemos, entonces, hoy cómo conocer la voluntad de Dios para que, cumpliendola, podamos entrar en el Reino de los cielos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles