Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Enero del 2013

Lc 3,15-16.21-22
“Abbá, Padre”

Muchos opinan que el santo que más se ha asemejado a Jesucristo es San Francisco de Asís, quien recibió incluso los estigmas de la pasión de Cristo. Por su parte, San Vicente de Paul, refiriendose a San Francisco de Sales, decía: «Veo en él al hombre que mejor ha reproducido al Hijo de Dios cuando vivía en la tierra» (Retrato de San Francisco de Sales). Lo mismo se podría decir de todos los santos. Pero, sin duda, el que más se ha asemejado a Jesús fue Juan el Bautista.

En efecto, antes de que Jesús se manifestara públicamente, «estaba el pueblo a la espera, y pensaban todos en su corazón acerca de Juan si no sería él el Cristo». Y después que Jesús se manifestó y su fama se difundió, a la encuesta sobre la identidad de Jesús, la mayoría de la gente responde que él es Juan el Bautista, que entretanto había sido decapitado por Herodes Antipas.

Pero el mismo Juan no piensa así. Él sabe bien la inmensa diferencia que hay entre él mismo y el Cristo. Y para sacar al pueblo de su error, expresa esa diferencia en estos términos: «Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo... Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego». Es una expresión profética que el mismo cielo confirmó: «Bautizado Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma». Juan estaba lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre; por eso se asemeja a Jesús. Pero Jesús no sólo fue concebido virginalmente por obra del Espíritu Santo y posee la plenitud del Espíritu Santo, sino que él puede comunicarlo a otros: «Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego».

La voz del cielo que se oyó, con ocasión del bautismo de Jesús, cuando el cielo se abrió y vino sobre él el Espíritu Santo, dijo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco». El Espíritu Santo con el cual Jesús bautiza concede a quien lo recibe reproducir la imagen de él, sobre todo, su condición de Hijo de Dios. Lo aclara Jesús en la última cena cuando promete: «Él recibirá de lo mío y lo anunciará a ustedes» (Jn 16,14). Eso, que es suyo y que el Espíritu Santo nos comunica a nosotros, es su condición de Hijo de Dios. San Pablo habla de un doble envío, por el cual se completa nuestra elevación a hijos de Dios: «Dios envió a su Hijo nacido de mujer... para que recibieramos la filiación adoptiva». Pero esto no llega a plenitud, sino con el segundo envío: «Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su hijo que clama “Abbá, Padre”» (Gal 4,4.5.6). «Abbá» es el nombre que Jesús daba a su Padre cuando oraba. La traducción más exacta de ese término arameo es «Padre», como traduce San Pablo que conocía bien el arameo y el griego. El Espíritu Santo, entonces, es quien clama en nuestros corazones cuando oramos: «Padre nuestro que estás en el cielo».

Nosotros hemos sido bautizados por Jesús con Espíritu Santo y fuego. El Espíritu Santo nos concede la filiación divina, como afirma San Pablo: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom 8,14). Por su parte, el fuego es signo del ardor de la caridad que movió a Jesús a entregar su vida por nuestra salvación. Ese fuego impide que gocemos del don divino de manera individualista e intimística y nos impulsa a anunciarlo a otros con el mismo celo que tenía Jesús: «Fuego he venido a arrojar sobre la tierra y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!» (Lc 12,49). Todo bautizado debe acceder al Sacramento de la Confirmación que le concede una más plena efusión del Espíritu Santo y consiguiente configuración con Cristo, y enciende en él un celo apostólico más vivo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles