Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Enero del 2013

Mt 2,1-12
Hemos venido a adorarlo

El Evangelio propio de la Solemnidad de la Epifanía (manifestación) del Señor es el así llamado de la «adoración de los reyes magos». Comienza con esta noticia: «Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo”».

¿Por qué vienen a adorar al Rey de los judíos? ¿Qué ven en ese rey que los lleve a emprender un viaje que les tomó dos años? Herodes, esperando eliminar a ese niño, «mandó matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos» (Mt 2,16). El título de «Rey de los judíos» lo ostentaba el mismo Herodes y lo heredó su hijo Arquelao (cf. Mt 2,22). Pero a nadie se le ocurriría «adorar» a Herodes o a su hijo. Por otro lado, ellos habían usurpado ese título, porque no eran de la descendencia de David. En el tiempo de la vida pública de Jesús, treinta años más tarde, Roma había puesto en Judea como gobernador uno de los suyos –Poncio Pilato– y el título de «Rey de los judíos» había cesado.

Es claro que los magos no vienen a adorar al Rey de los judíos, sino a ese particular niño que posee ese título como propio, según el anuncio del ángel Gabriel: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1,32). El evangelista Mateo había subrayado esta circunstancia comenzando su Evangelio con estas palabras: «Libro del origen (génesis) de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). El Evangelio de la Epifanía alcanza su punto culminante cuando los magos logran su objetivo: «Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrandose, lo adoraron».

Lo adoran, porque creen que en ese acto consiste su salvación; han hecho ese viaje porque quieren tener parte con aquel que da sentido a la historia y a todo ser humano. San Juan lo resume en el Prólogo de su Evangelio: «A cuantos lo recibieron les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Esto es lo que anhelan esos lejanos magos. Este es el objeto de toda vida humana y mientras no alcanza ese fin vive en la frustración, víctima de la depresión, indignación y otros males. Nada menor que la filiación divina puede satisfacer el corazón del ser humano. Esos magos eran sabios de Oriente y ciertamente se hacían las preguntas que todo ser humano debe responder: ¿Quién decidió mi existencia? ¿Para qué existo yo? ¿Qué me espera después de mi muerte? Esos magos habían encontrado la respuesta en la fe puesta en ese Niño, a quien adoran porque lo confiesan como Dios hecho hombre. Por eso, la conclusión nos muestra a esos sabios regresando a su país en paz: «Avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino».

«A cuantos lo recibieron» no especifica pueblo. El Evangelio de hoy nos muestra que entre ellos se incluyen esos magos provenientes de muy lejos, en todo caso, de fuera de Israel. Nos revela que la salvación aportada por Cristo es universal y no se encierra en límite alguno. De esta manera el comienzo del Evangelio de Mateo concuerda con su conclusión, en la cual Jesús resucitado encomienda a sus discípulos una misión universal: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). Cristo fundó un nuevo Pueblo de Dios que abraza a hombres y mujeres de «toda raza, lengua, pueblo y nación». Recogiendo esta doctrina el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos... Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu» (N. 831).

Que Cristo brille para cada uno de nosotros y acogido por la fe nos conceda la filiación divina y la pertenencia al Pueblo de Dios. En eso consiste la felicidad plena que el corazón humano anhela.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles