Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 30 de Diciembre del 2012

Lc 2,41-52
Padre nuestro, hagase tu voluntad

El domingo siguiente a la Solemnidad de la Navidad, la Iglesia celebra a la Sagrada Familia de Jesús, María y José. De esta manera quiere la Iglesia subrayar el hecho de que el Hijo de Dios, debiendo hacerse hombre y nacer de una mujer, lo hizo en el seno de una familia, es decir, una «comunidad de vida y amor, fundada en el matrimonio».

Si todo es ejemplar en el Hijo de Dios hecho hombre, también lo es el hecho de ser engendrado y nacer en el seno de una familia. Todo niño tiene derecho a nacer y ser educado en el seno de una familia, con un padre y madre unidos como una sola cosa. Jesús dice acerca de esa unión: «Ya no son dos, sino una sola carne», y agrega un mandato: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). Dios ha unido al hombre y la mujer y a los hijos nacidos de esa unión en una comunidad que es la célula fundamental de la sociedad: la familia.

Los que creemos que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios dirigida al ser humano, debemos buscar en ella la voluntad de Dios para saber qué estamos pidiendole cuando oramos: «Padre nuestro que están en el cielo... hagase tu voluntad en la tierra como en el cielo». La voluntad de Dios es que todo ser humano, cuya alma inmortal es creación inmediata y exclusiva de Él, venga a la existencia por generación, es decir, por la unión del hombre y la mujer. En los relatos de la creación del ser humano esto es claro: «Dios creó al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Y Dios los bendijo y Dios les dijo: Sean fecundos y multipliquense...» (Gen 1,27-28). Y en el segundo relato de la creación del ser humano, después de formar a Adán, Dios dice: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada (textual: «que acople con él»)... Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre formó una mujer... Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Gen 2,18.21-22.24). Imposible encontrar en estos relatos, y en toda la Escritura, el más mínimo vestigio de unión homosexual; esas uniones están fuera de la mente de Dios y de la voluntad de Dios. Los pocos textos de la Palabra de Dios en que se mencionan esas uniones es para reprobarlas. Cuando pedimos a Dios: «Hagase tu voluntad» estamos pidiendo que todo niño nazca de la unión estable de un hombre y una mujer en el seno de una familia. Dada nuestra situación actual, debemos pedirlo con mayor insistencia.

El Evangelio de esta solemnidad de la Sagrada Familia nos muestra que esa familia ejemplar era fiel a sus deberes con Dios: «Sus padres (José y María) iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua». El relato se refiere a uno de esas peregrinaciones al lugar santo: «Cuando (Jesús) tuvo doce años, subieron ellos, como de costumbre, a la fiesta». Lo que va a ocurrir en esa ocasión es también una enseñanza para toda familia: los hijos se deben a Dios por encima de todo y la familia debe ayudar a esa vocación de cada uno de sus miembros, en la certeza de que ese es el Bien supremo de ellos.

«El niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres... al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo». Por primera vez será revelado que Jesús tiene una doble filiación, una subordinada a la otra. En efecto, su madre le pregunta: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andabamos buscando». Ella se refiere a la obediencia respecto de su padre terrenal, José. En su respuesta Jesús afirma que él debe, sobre todo, obediencia a su Padre celestial, Dios: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en lo de mi Padre?». Ellos –José y María– no comprendieron en ese momento esa respuesta. Pero no por eso la rechazaron. Comprenden que es un misterio que deben respetar. Todo cristiano que ora como nos enseñó Jesús diciendo: «Padre nuestro que estás en el cielo» tiene la misma doble filiación que tiene Jesús: a Dios y a José. Los padres deben reconocer que prevalece la obediencia de sus hijos a la voluntad de Dios y deben ayudarlos a cumplir esa voluntad. En esto consiste la educación cristiana que deben dar los padres a sus hijos. En esta fiesta de la Sagrada Familia la Iglesia ora para que los padres comprendan esta sublime misión que Dios les encomienda al darles un hijo y la asuman con responsabilidad y generosidad. Para el cumplimiento de esa misión tienen el modelo sagrado de José y María.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles