Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de Diciembre del 2012

Lc 1,39-45
Bien sé yo en quién he puesto mi fe

El Evangelio de este IV Domingo de Adviento tiene su propia introducción temporal: «En aquellos días...». Se trata de los días inmediatamente sucesivos al anuncio que el ángel Gabriel, enviado por Dios, hizo a María: «Concebirás en el seno y darás a luz un hijo y lo llamarás con el nombre de Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32). Dos nombres para la misma Persona divina: Jesús e Hijo del Altísimo. El relato del Evangelio se ubica en los primeros días en que Dios mismo –el Hijo del Altísimo− hecho hombre –Jesús− ya es parte de la historia humana.

«Se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». Es poco común en la Biblia que en alguna escena intervengan solamente mujeres. Es necesario explicar por qué el dueño de casa, Zacarías, y por consiguiente también José, el esposo de María, están completamente ajenos. El lector sabe que Zacarías no puede intervenir, porque está mudo. El mismo ángel Gabriel, cuando le anunció el nacimiento de su hijo Juan, le dijo: «Mira, estarás en silencio y no podrás hablar hasta el día en que estas cosas ocurran, porque no has creído a mis palabras que se cumplirán en su momento» (Lc 1,20). Zacarías no puede hablar. Por eso, el saludo lo intercambian Isabel y María.

No conocemos el contenido del saludo de María; pero ciertamente tuvo su desarrollo en el Magnificat que ella pronuncia en esta misma escena. «Apenas oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su vientre, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo». El niño en el vientre de Isabel tiene seis meses de gestación. Acerca de él dijo el ángel a su padre: «Estará lleno de Espíritu Santo desde el vientre de su madre» (Lc 1,15). Ahora queda llena de ese Espíritu también su madre. De esta manera, se explica su saludo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». Tres cosas le ha revelado el Espíritu Santo: que esa joven que tiene ante sí tiene un hijo en su vientre; que ese hijo es bendito y que, a causa de él, su madre es «bendita entre las mujeres», entre todas las mujeres.

El Espíritu Santo le ha revelado, sobre todo, la identidad de ese hijo de María a quien llama «bendito». Esto explica que atribuya a María mayor dignidad, no obstante su juventud, y pregunte: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?». Están una frente a otra la madre de Juan, el que tenía la misión de preparar el camino al Señor, y la Madre del mismo Señor. Una madre, aunque es de edad avanzada y venerable, no se considera digna de ser visitada por la otra, aunque es joven. La misma situación se repetirá treinta años más tarde entre los hijos de una y otra, cuando Jesús se presentó para ser bautizado por Juan: «Soy yo quien tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?» (Mt 3,14).

María ya es madre. Ella es madre desde el momento en que concibió a su hijo. Esto se puede decir de toda mujer que concibe. Desde ese momento el hijo de sus entrañas es una persona humana y, por eso, ella es madre. Pero lo importante en este caso es madre de quién. Isabel lo llama «mi Señor». ¿Es la misma persona a quien más adelante llama «el Señor», refiriendose claramente a Dios? No es la misma persona, son dos Personas. La misma distinción hace Jesús poniendo en boca de David el Salmo 110: «Dijo el Señor a mi Señor: sientate a mi derecha» (Lc 20,42). Son dos personas distintas, pero del mismo nivel divino. Y esto no es posible si esas dos Personas no son la misma y única sustancia divina, el mismo y único Dios. Cuando Isabel llama al hijo de María «mi Señor» se está refiriendo a una Persona divina, el Hijo de Dios. El texto es claramente trinitario, porque ese conocimiento no lo puede tener Isabel sino por revelación del Espíritu Santo, una tercera Persona divina, también él el mismo y único Dios.

«Bienaventurada la que creyó que las cosas que le fueron anunciadas de parte del Señor, tendrían cumplimiento». Isabel formula esta bienaventuranza en tercera persona, porque quiere contrastar «la que creyó» con «el que no creyó», insinuando a su esposo Zacarías que está allí presente, pero mudo. Según esa bienaventuranza, dos cosas son necesarias a la fe: conocer las cosas que han sido anunciadas por el Señor, sobre todo, conocer a Jesús y todo lo que él hizo y enseñó, y creer que todo eso es verdad, es decir, fundar en ello nuestra vida. Lo más urgente y necesario en este Año de la fe es aumentar nuestro conocimiento de Cristo, de manera que podamos decir, como San Pablo: «Bien sé yo en quién he puesto mi fe» (2Tim 1,12).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles