Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 16 de Diciembre del 2012

Lc 3,10-18
¿Qué debemos hacer?

Los anuncios antiguos de los profetas, cuando se refieren a las promesas de salvación de Dios, suelen superponer eventos futuros destinados a ocurrir en distinto tiempo. Respecto a la venida –adviento– del Señor superponen su primera venida, que ya ocurrió, y su última venida, que esperamos. Lo vemos en la cita del profeta Isaías que leíamos en el Evangelio del domingo pasado: «Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas...”. Y todos verán la salvación de Dios» (Lc 3,4.6). Lo primero, es decir, la voz que clama en el desierto, se cumplió en el ministerio de Juan el Bautista, que fue el precursor de la primera venida de Cristo; pero lo segundo, es decir, que «todos verán la salvación de Dios», está todavía por cumplirse y es lo que estamos esperando nosotros.

El mismo Juan Bautista describe la primera venida de Cristo con rasgos de su última y definitiva venida: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3,9). Cuando se manifestó Jesús, «habiendo tomado la forma de esclavo, hecho semejante a los hombres... humilde y obediente» (cf. Fil 2,7-8), que fue «manso y humilde de corazón» (cf. Mt 11,29) y que, lejos de cortar los árboles con un hacha, «no quiebra la caña trizada y no apaga la mecha que humea» (Mt 12,20), a Juan le costó reconocerlo y fue necesario que Jesús le indicara otros signos de su venida: «Vayan y anuncien a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados» (Lc 7,22).

Pero a nosotros nos sirve que el Precursor tuviera en vista la intervención salvífica definitiva de Dios, que tendrá el resultado de ser guardados en el granero de Dios o ser arrojados al fuego que no se apaga, porque la preparación que él propone nos sirve a nosotros ahora. Debemos hacer ahora la pregunta que hacía entonces la gente a Juan: «¿Qué debemos hacer?». Antes de distinguir entre categorías de personas –publicanos, soldados−, la primera respuesta es general y se dirige a todos: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene y el que tenga comida, que haga semejantemente». Esta es la preparación que hay que tener para la venida final de Cristo que coincidirá con el fin de la historia. Coincide con las indicaciones, mucho más concretas, que nos da Jesús para prepararnos al Juicio Final: «Tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; era forastero, y me acogiste; estaba desnudo, y me vestiste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y viniste a verme» (cf. Mt 25,35-36.42-43).

En estos días, basandose en un calendario indígena, se ha desarrollado una cierta psicosis de que el fin del mundo será el próximo 21 de diciembre. A decir verdad, es algo más bien fomentado por los medios de comunicación que experimentan una cierta fascinación por estos temas. Pero la preparación que se percibe entre los que dan crédito a esa idea no es la que propone Juan Bautista y menos aun la que propone Jesús; en lugar de compartir se ha visto más bien acaparar. Lo cierto es que de aquí en adelante la venida final de Cristo, que esperamos, puede ocurrir en cualquier día, porque Jesús no nos quiso revelar el día preciso: «De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc 13,32). Pero, si hay algún día que debemos excluir es el 21 de diciembre próximo, porque la única indicación que Jesús nos dio es que su venida será en un día imprevisto: «Estén preparados, porque en el momento que no piensen, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles