Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Diciembre del 2012

Lc 3,1-6
La Palabra de Dios aconteció

El domingo pasado la afirmación central del Evangelio nos orientaba hacia la venida final de Cristo: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27). Este domingo, el II del Adviento, el Evangelio nos traslada al tiempo de la primera venida de Cristo, que no fue «con gran poder y gloria», sino en la humildad de nuestra carne mortal dentro de nuestra historia.

El evangelista San Lucas nos ofrece una múltiple indicación cronológica de un evento que quiere situar en la historia con precisión: «En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea...». En ese tiempo el personaje más importante del mundo era el César y la cronología hacía referencia a los años de su imperio. Lejos estaba Lucas de imaginar que, pasando el tiempo, la cronología haría referencia a un personaje infinitamente más importante, el más importante que ha venido al mundo: Cristo. Su venida al mundo dividió la historia en antes y después. Todos los hechos se ubican en el tiempo antes de Cristo o después de Cristo, porque él es el centro de la historia. La indicación de Lucas fue fundamental para fijar en las coordenadas anteriores ese centro, que es el nacimiento de Jesús en Belén.

¿Cuál es el evento que Lucas quiere ubicar con tal precisión en la historia? Lo dice textualmente así: «La Palabra de Dios aconteció sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». El sujeto es la Palabra de Dios y el evento es su mismo acontecer. Este mismo sujeto está en la base de toda la creación: «Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos» (Sal 33,6), y en la base de toda la historia: «Mi Palabra, la que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sin que haya realizado lo que quise y haya cumplido aquello a que la envié» (Is 55,11). Esa Palabra estaba viniendo sobre Juan. La pregunta obvia es: ¿Qué le dice? Lucas no lo aclara, porque no es esto lo que interesa; lo que interesa es lo que la Palabra hace: «Juan se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados...». La Palabra hizo de Juan el Precursor del Señor, el que clama: «Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas».

Lo que Lucas quiere afirmar es que la historia de salvación acontece dentro de la historia humana dandole su fundamento y sentido. Ese fundamento y sentido no lo capta sino la fe, porque la Palabra de Dios sólo puede acogerse en la fe. Una cosa son los hechos; otra cosa es su sentido. Los hechos los conoce la historia; el sentido se ofrece sólo a la fe. Reafirma esta distinción Lucas en los Hechos de los Apóstoles, cuando refiere la defensa que hace de sí mismo Pablo ante el Rey Agripa, que era judío: «Bien enterado está de estas cosas el rey, ante quien hablo con confianza; no creo que se le oculte nada, pues estas cosas no ocurrieron en un rincón» (Hech 26,26). En efecto, los discípulos de Emaús se extrañan de que alguien no conociera esos hechos: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han ocurrido en ella?» (Lc 24,18). Agripa bien conocía los hechos, porque son hechos históricos que no ocurrieron en un rincón. Él sabía que Jesús de Nazaret, después de recorrer la Galilea enseñando en las sinagogas y formando una comunidad de discípulos, fue crucificado en Jerusalén; que su cuerpo después de sepultado no fue hallado y que sus discípulos afirman que está vivo. Todo esto es historia. Los discípulos de Cristo son verificables también hoy y también hoy afirman que Cristo está vivo. Pero nada de esto tiene sentido sino en la fe. Por eso, la pregunta siguiente de Pablo a Agripa es esta: «¿Crees, rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees». El rey evade el compromiso de la fe y responde a Pablo: «Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano» (Hech 26,27-28).

En la vida de cada persona ocurre lo mismo que ocurre con la historia. Hay un doble aspecto: el de los hechos externos y el de la fe. La fe nos concede responder a la pregunta: ¿Para qué? Nos referimos al «¿para qué?» del conjunto de la existencia cuya respuesta da sentido a todo lo que la persona hace. El tiempo del Adviento nos invita a detenernos y dar una respuesta a esa pregunta.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles