Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Octubre del 2017

Mt 22,15-21
Jesús enseña el camino de Dios con verdad

El Evangelio de este Domingo XXIX del tiempo ordinario ya no es una parábola, sino un episodio de la vida real de Jesús, en el cual pesa la situación política en que se encontraba Israel en los tres años del ministerio público de Jesús.

«Los fariseos celebraron un consejo sobre el modo de poner una trampa a Jesús en alguna palabra». No se trata de hacer a Jesús una pregunta como se hacía a un maestro, con el fin de ser instruidos, sino con el fin deliberado de hacerlo caer y así tener de qué acusarlo. «Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos». Para explicar el sentido de la pregunta –con carácter de trampa–, el evangelista agrega a los herodianos. Fariseos y herodianos eran opuestos en todas las materias religiosas, excepto en su oposición a Jesús, como anota Marcos: «Los fariseos se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarlo» (Mc 3,6).

Los fariseos eran la facción más religiosa y observante de Israel y, como tales, consideraban que era una humillación y un castigo que la nación santa estuviera sometida al poder gentil de Roma. Expresa bien esa idea el ex-fariseo, San Pablo, dirigiendose a Pedro: «Nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores» (Gal 2,15). Los fariseos opinaban que los publicanos, que eran judíos que recaudaban los impuestos para Roma –la «Res publica»–, eran, por eso mismo, pecadores y criticaban a Jesús porque, tratando de convertirlos, comiera con ellos. Jesús llamó entre los Doce al mismo evangelista Mateo, publicano (Mt 10,3). Para los fariseos, pagar impuesto a Roma era favorecer a un poder pagano, que practicaba la idolatría, haciendo la imagen del emperador. Para los fariseos regía esta ley: «No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra» (Ex 20,4; Deut 5,8).

Los herodianos, en cambio, eran la facción que había sido cercana a Herodes el grande, que gobernaba en Judea como Rey en el tiempo en que nació Jesús, y ahora, en tiempo del ministerio de Jesús, eran cercanos a su hijo Herodes Antipas, que gobernaba en Galilea. Por su mala gestión los hijos de Herodes habían perdido el título de «Rey» y también el gobierno de Judea, que había sido entregado a un procurador romano, Poncio Pilato. Los herodianos eran el polo opuesto de los fariseos; eran partidarios de asumir la cultura y las costumbres impuestas por Roma y, por tanto, también su moneda, con la imagen del emperador. No se oponían al pago impuesto por Roma; al contrario, opinaban que era necesario sostener el imperio.

Como ocurre con toda trampa hay que comenzar engañando a la víctima. La trampa por definición oculta su intención. Dicen a Jesús: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas». Cualquiera que escuchara esta definición creería que está ante los más fieles seguidores de Jesús y que esperan de él una palabra que les ilumine ese «camino de Dios». Nada hacía pensar que se trata de un engaño. Agregan un detalle delicado: «No te importa por nadie». Están pensando en las autoridades romanas, que eran extremadamente celosas y sensibles ante cualquier acto de subversión. Una facción de judíos subversivos eran los celotes, que prohibían a sus seguidores pagar el impuesto a Roma. También uno de esa facción contaba Jesús entre los Doce, Simón el celote (Lc 6,15). La conversión en discípulos de Jesús había permitido que convivieran como estrechos hermanos un ex-publicano y un ex-celote, Mateo y Simón (no Simón Pedro, sino el celote).

Esta es la trampa: «Dinos qué te parece: ¿Es lícito pagar el impuesto al César o no?». Debemos reconocer que la trampa es hábil. Difícilmente, se pondrá a un político moderno en una situación tan peligrosa. Si Jesús respondía: «Es ilícito, es decir, contrario a la ley judía», los herodianos lo habrían acusado inmediatamente de subversivo. De hecho, a pesar de todo, lo acusaron de eso en su juicio ante Pilato: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey» (Lc 23,2). Si, por el contrario, Jesús respondía: «Es lícito pagar el impuesto al César», habría sido acusado por los fariseos de idólatra pues el César se hacía dar culto. Pero Jesús se revela mucho más hábil que ellos, no se deja adular y los desenmascara: «Hipócritas, ¿por qué me tientan?». Deja en evidencia que está ante una trampa. Pero, la pregunta está hecha y tiene que responder, porque, precisamente, cuando se trata de la verdad, no teme a nada.

«Muestrenme la moneda del impuesto». Un signo de dominación es imponer la moneda. Se trataba de una moneda romana: «Ellos le presentaron un denario». Ellos llevaban consigo esa moneda. Jesús preguntó a la vista de ella: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ya cayeron ellos en su propia trampa. En efecto, están en culpa, por andar trayendo consigo una imagen, cosa prohibida por la ley. Le responden: «Del César». ¡Una imagen idolátrica! La respuesta de Jesús es verdadera, es el camino de Dios, según la Ley judía; pero no da lugar a acusación: «Den entonces al César lo que es del César». Quiere decir: «Deshaganse de ese signo de idolatría». Esto lo entendieron bien los fariseos, que, entonces, no pueden acusarlo. Tampoco pueden acusarlo los herodianos, porque Jesús no prohíbe dar esa moneda a los recaudadores.

El episodio estaba completo hasta aquí. Pero Jesús se va a revelar como el supremo maestro que es. Aprovechando la situación concreta y la expectativa en que todos están, no pierde la oportunidad de enseñar la verdad: «Y den a Dios lo que es de Dios». Estaba prohibido severamente en la ley hacerse una imagen de Dios. Pero era punto básico y esencial de esa misma Ley –el Pentateuco– que la imagen de Dios está impresa en el ser humano: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó» (Gen 1,26.27). Jesús enseña que el ser humano se debe entero a Dios, porque es su imagen. ¡Es realmente un maestro que enseña el camino de Dios con verdad!

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles