Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Diciembre del 2018

Lc 3,1-6
Preparen el camino del Señor

En el evangelio de este Domingo II de Adviento, Lucas nos explica la relación entre el ministerio de Juan el Bautista y la Palabra de Dios, que es el verdadero protagonista de la historia de salvación.

Lucas está muy consciente de ser un historiador que quiere hacer un relato bien informado sobre los hechos más importantes que han acaecido en la historia humana: «Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han realizado entre nosotros, tal como las han transmitido a nosotros los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,1-4). A los informantes de esta narración ordenada de los hechos los llama Lucas: «Testigos oculares y servidores de la Palabra». ¿Quiénes son ellos?

Dos episodios narrados por el mismo Lucas nos permiten responder a esta pregunta. En efecto, después que Jesús ascendió al cielo Pedro consideró necesario completar el grupo de los Doce, que había quedado reducido a once, con la traición y posterior suicidio de Judas. La condición para ocupar ese lugar fue expresada por Pedro así: «Es necesario que de entre los varones que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entró y salió entre nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado de entre nosotros, uno de ellos sea con nosotros testigo de su resurrección» (Hech 1,21-22). De entre los ciento veinte presentes, se encontraron sólo dos, que cumplieran la condición: José Barsabás y Matías. Para consultar cuál era el elegido por Dios lo echaron a suerte y la suerte cayó sobre Matías, que así fue agregado al grupo de los Doce. Ellos son «desde el principio testigos oculares».

Más adelante, cuando creció el número de los discípulos, y fue necesario ocuparse del sustento de las viudas de los helenistas, los Doce convocaron a la asamblea de los discípulos y propusieron elegir a siete varones para esa tarea, diciendo: «No está bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas... nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (Hech 6,2.4). Los Doce son, entonces, desde Pentecostés, «servidores de la Palabra». Ellos son «desde el principio testigos oculares y servidores de la Palabra». Ellos son la fuente de información de Lucas. Lucas no fue apóstol; pero su Evangelio es enteramente «apostólico».

Predicando en casa de Cornelio, que fue el primer gentil (no judío) que recibió el Bautismo de Cristo, Pedro dice: «Dios ha enviado la Palabra a los hijos de Israel, evangelizándoles la paz por medio de Jesucristo. Él es Señor de todos. Ustedes saben lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo» (Hech 10,36-37). Cuando se trata de la venida de Jesucristo, ningún relato evangélico puede omitir a Juan Bautista. Él es el precursor y, por eso, es personaje del Adviento, tiempo litúrgico en que nos ponemos en la situación de la humanidad, cuando estaba a la espera de la Salvación de Dios. En el Evangelio de este domingo Lucas nos refiere el momento preciso de la historia humana –nos da seis referencias cronológicas de ese trascendental momento– en que la Palabra de Dios fue enviada a Juan.

«En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». El protagonista de la historia de salvación es la Palabra de Dios. ¿Qué hizo esa Palabra en Juan? «Se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados». De este rito propio de Juan, que consiste en un baño con agua, se origina el nombre con el cual es conocido: Juan Bautista. Dado que es impulsado por el Espíritu de Dios, entra en la serie de los profetas, pero definido por el mismo Jesús: «Más que un profeta» (Lc 7,26).

Las primeras generaciones de cristianos vieron en el ministerio de Juan el cumplimiento de una profecía que anunciaba un precursor de la salvación de Dios: «Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la Salvación de Dios”» (cf. Isaías 40,3-5). Para que la Salvación de Dios, que se ofrece a todos los seres humanos, pueda venir y ser vista por todos, es necesario prepararle un camino expedito. Es claro que se trata de un lenguaje metafórico y que ese camino tiene que hacerlo cada uno en su propia vida. Por eso se habla de «un bautismo de conversión, para perdón de los pecados». Lo que impide que la Salvación de Dios haga su obra es el pecado. Este es el obstáculo que hay que remover de nuestras vidas para que opere la salvación, que es descrita como la venida del Señor. El tiempo de Adviento nos pone ante el mensaje de Juan Bautista: «Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles