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| PRESENTACIÓN | CARTA |

 

UNA EXPERIENCIA DE IGLESIA ENTRE LOS TRABAJADORES

20 AÑOS DE LA VICARIA DE PASTORAL OBRERA

 
 
1. Cuando hace 20 años, el entonces Arzobispo de Santiago, Cardenal Raúl Silva Henríquez, tomó la decisión de crear la Vicaría de Pastoral Obrera, ponía en obra aquello que 4 años más tarde pidiera Juan Pablo II: " Para realizar la justicia social (...) son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo. Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto de trabajo, la explotación de los trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre."
 
2. Y agregaba: "la Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la "Iglesia de los pobres". Y los "pobres" se encuentran bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano. (Laborem Exercens, 8). Esta ha sido nuestra más honda razón de ser. A través de la labor de la Vicaría, es la Iglesia entera la que ha testimoniado que ser fiel a su Señor es ponernos en actitud de misión al servicio del hombre y de la mujer de trabajo de nuestro país.
 
CELEBRAMOS 20 AÑOS
 
3. No hay mayor dignidad que la de estar llamados a ser sujetos de nuestra propia historia.Dios nos crea y convoca a vivir para que seamos señores del universo y lo somos en la medida que trabajamos. Es por el trabajo que transformamos nuestro entorno en un mundo capaz de ser habitado por seres humanos. Es por el trabajo que nos relacionamos unos con otros reconociéndonos como hijos de un mismo pueblo. Es trabajando como llevamos a la plenitud la obra deliberadamente inconclusa de la creación. Por eso, cuando Dios decidió habitar en nuestra tierra lo hizo trabajando como artesano. Y por esto mismo, cuando la dignidad del trabajo humano resulta violada por el egoísmo, por el afán de dinero y de poder de unos pocos, es Dios mismo quien ve violado su proyecto y es El quien nos solicita ponernos en camino para restituir la dignidad humana violentada.
 
4. La experiencia de estos 20 años ha estado orientada a tratar de hacer verdad esto que acabamos de decir. Han sido 20 años muy duros para los trabajadores y para su Iglesia en Chile. Aunque no siempre se reconoce, los trabajadores han sido, en estos años, quienes han soportado sobre sus espaldas la cuota mayor de sacrificio y han hecho posible con su trabajo el éxito económico relativo que el país exhibe, hoy, con orgullo. Los trabajadores han sido, también, quienes han demostrado, junto a otros actores sociales y políticos, una sólida vocación democrática y una responsabilidad cívica reconocida por todos en los momentos en que los intereses del país así lo han requerido.
 
 
5. En estos 20 años hemos compartido, en cuanto Iglesia de Jesucristo, la angustia de los trabajadores chilenos al ver intervenidas y suprimidas sus organizaciones y su cultura sindical; al experimentar el vacío que dejaba el asesinato y la persecución a muchos de sus dirigentes; al asistir a la desprotección jurídica del trabajador y de sus organizaciones. Pero, también juntos hemos compartido la alegría y construido la esperanza de la difícil rearticulación del tejido social y sus organizaciones; la capacidad de superar los rencores del pasado a fin de hacer posible el diálogo democrático que el país necesitaba; el ansia de comprender, aprender y readecuarse a las nuevas situaciones históricas en aquello que ellas tienen de bueno y de positivo sin descuidar la promoción y defensa de valores morales básicos para una convivencia humana digna.
 
UNA EXPERIENCIA DE IGLESIA
 
6. Este caminar lo hemos hecho como Iglesia, como porción del Pueblo de Dios en Chile. Nuestra acción ha buscado tener siempre un único centro de perspectiva: Jesucristo. El trabajo que hemos realizado con y entre los trabajadores ha buscado nutrirse siempre de su palabra, de su práctica y de su misión: de su palabra, acogida y rezada en comunidades insertas en los lugares de trabajo y en nuestros barrios y poblaciones; de su práctica, una y otra vez contemplada y reflexionada en los equipos de estudio; de su misión, discernida en tiempos y circunstancias muy difíciles, en comunión con nuestros Pastores, en diálogo con hermanos en la fe y con muchos hombres y mujeres de corazón bueno. Podemos decir que estos años han sido años de una verdadera experiencia eclesial de inculturación del evangelio en el mundo del trabajo. Una experiencia llevada adelante principalmente por laicos cristianos, hombres y mujeres que hemos ido aprendiendo que la vida de cada día es nuestro singular camino de seguimiento del Señor.Una experiencia que queremos ver fortalecida en el IX Sínodo Arquidiocesano.
 
7. Hemos vivido una larga y rica experiencia eclesial fundada en la solicitud, el respeto y la confianza de nuestros Pastores Arquidicesanos, los Cardenales Raúl Silva Henríquez, Francisco Fresno y Carlos Oviedo; en la compañía y la cercanía del cuerpo de Vicarios de la Arquidiócesis; en los encuentros que durante años hemos sostenido con más de un centenar de agentes pastorales de Santiago; en el apoyo y la demanda de servicios que hemos recibido de las diversas diócesis del país y de otros países de América Latina. Esto es motivo, una vez más, de gratitud y de confianza.
 
8. Todo ello nos hace sentir, a pesar de nuestra aparente pequeñez, formando parte en comunión y participación eclesial de una nube de testigos, con frecuencia anónimos o desconocidos, inmersos en la realidad del trabajo. Si en el pasado la Iglesia fué sentida como extranjera en el mundo de los trabajadores, hoy podemos decir, con alegría y sencillez, que tanto ella y como el evangelio de Jesús han vuelto a construir su casa allí donde siempre ha estado su morada: en el corazón de miles de hombres y mujeres de trabajo.
 
ENTRE LOS TRABAJADORES
 
9. En estos años hemos madurado y crecido entre los trabajadores. Hemos querido que nuestro trabajo fuera respuesta a sus inquietudes, interrogantes y experiencias. Hubiera sido más fácil hacer una obra "para" los trabajadores sin que ellos fueran partícipes.Pero, no fué ese el camino elegido. De Jesús hemos aprendido a ser hombres y mujeres "para" los demás, "con" y "entre" los demás. Por ello, desde un comienzo optamos por caminar "con" y "entre" los trabajadores, respetando, escuchando, consultando, trabajando por producir acuerdos. No hemos querido, tampoco, caer en la tentación fácil de ser unos simples acompañantes, consentidores de todo. Cuando ha sido necesario, hemos formulado nuestras críticas y desacuerdos aún a riesgo de ser malinterpretados. Sin querer ser conductores hemos intentado, sí, ser fermentos de ideas, de valores y de caminos de renovación.
 
10. Quienes en estos 20 años han hecho posible esta experiencia han provenido del mundo del trabajo o se han dedicado a él con sinceridad y lealtad. Esto ha significado un rico aprendizaje de servicio. Múltiples tensiones han cruzado nuestro trabajo como no podía ser de otra manera. Hemos aprendido a vivir el valor de la pluralidad y el respeto a la diferencia sin perder nuestra identidad eclesial. Hemos aprendido el respeto a la irrenunciable dimensión política que posee la vida de los trabajadores y de sus organizaciones sin intentar manipularlas. Hemos aprendido las dificultades y las posibilidades de unir dicha dimensión con la función gremial específica y nos hemos esforzado por acompañar y formar para esa tarea. Hemos aprendido, finalmente, a acoger y respetar la memoria y la historia de los trabajadores sin ocultar sus vacíos y la necesidad de innovar y crecer. Estos aprendizajes no han sido fáciles; quizá hayamos cometido errores; pero, en estos 20 años podemos decir que estamos agradecidos de haber aprendido un poco más acerca de lo que significa evangelizar el mundo del trabajo.
 
RENOVACION DE UN COMPROMISO ANTE TAREAS NUEVAS
 
11. Hoy día tenemos por delante tareas nuevas e inmensas. En un contexto donde tiende a desaparecer el horizonte del bien común y cada uno busca su propio provecho en el mercado, la exclusión social se profundiza y adquiere nuevos rostros. La existencia de miles de hombres y mujeres empobrecidos y marginados, a causa de nuestra pésima distribución del ingreso, no produce ningún escándalo. Estas personas parecen no contar, porque no valen en el mercado. Muchos de nuestros jóvenes, de nuestras mujeres y de nuestros ancianos padecen la lógica de la exclusión a que los somete un mercado crecientemente desregulado.
 
12. También nosotros: Iglesia, trabajadores y nuestras organizaciones, podemos caer en la dinámica de la exclusión. Ante este peligro tenemos que emprender una doble tarea y asumir un doble compromiso: examinarnos a nosotros mismos, nuestras preferencias y modos de proceder; nuestros estilos de trabajo dejando que ellos sean vulnerables a la pregunta por la suerte de los excluídos; y realizar un esfuerzo educativo y práctico para transformar las lógicas de exclusión presentes en la familia, en nuestras organizaciones, en nuestro quehacer pastoral, en la sociedad, en la política, en la cultura.
Se trata de un trabajo paulatino y paciente por crear una sociedad solidaria que aún no existe, una democracia participativa que aún no se configura, una sociedad incluyente, posible y viable, respetuosa de las diferencias y responsable ante el sufrimiento de los inocentes.
 
13. Una de las responsabilidades más urgentes que tenemos en el Chile de hoy es pasar de los análisis críticos y del descorazonamiento a las propuestas y al reenamoramiento respecto de la dignidad de los hombres y mujeres de trabajo y de sus reinvindicaciones de justicia social. Frente al dogmatismo de un discurso casi único y monocorde, que sólo conoce el reducido vocabulario del crecimiento económico, tenemos que elaborar alternativas viables de un desarrollo humano, sostenible, equitativo, en armonía con el medio natural, orientado por el bien común, capaz de garantizar la ciudadanía plena y la realización de quienes hoy vivimos y de quienes vendrán en el futuro.
 
14. Como Iglesia entre los trabajadores queremos poner atención en procurar que el Estado y la sociedad garanticen, tanto en extensión como en calidad, los derechos ciudadanos básicos: salud, educación, seguridad, vivienda, calidad de vida. Se trata de bienes públicos independientemente de si las familias pueden comprar estos servicio en el mercado. Más que una sociedad de bienestar dedicada a satisfacer las demandas nunca satisfechas de un reducido número de consumidores deseamos trabajar por una sociedad justa donde cada persona y cada familia tenga lo necesario para vivir con dignidad sin necesidad de estar solicitando la caridad privada o de venderse al tráfico de drogas, a la prostitución abierta o disfrazada, a la "coima" fácil, etc.
 
15. Por otra parte, no se nos escapa que en la actualidad las dinámicas económicas vigentes tienden a la competencia internacional bajando los costos laborales, pagando malos salarios y flexibilizando el empleo. Queremos contribuir a impulsar estrategias justas que lleven a una inserción competitiva en los mercados basada en la calificación de las personas y en la expansión de su creatividad apoyando cambios en la concepción de la empresa en el sentido de una verdadera comunidad de trabajo (Centesimus Annus,32)
 
16. Ante la tendencia a subordinar el comportamiento moral al mercado, produciendo efectos destructivos en la comunidad, queremos comprometernos desde el seguimiento del Señor Jesús al establecimiento de una ética pública o civil, tarea en la que somos ciudadanos con los demás, creyentes y no creyentes, responsables de establecer valores morales pertinentes en una realidad en profundo cambio, valores sin los cuales nuestras sociedades no pueden sobrevivir y asegurar la realización de todos. En este esfuerzo queremos ser educadores, con otros, de la vida, de la búsqueda de la verdad, de la justicia, de los derechos humanos, de la lucha contra la corrupción, la paz y la protección de la creación.
 
17. Finalmente, queremos comprometernos a colaborar en los procesos de reflexión, de educación y de iniciativas prácticas orientadas a que las organizaciones de los trabajadores y al movimiento sindical de nuestro país resuelvan, solidaria y eficazmente, los ajustes de crecimiento que plantean los profundos y rápidos cambios en el ámbito del trabajo. No compartimos la opinión de que el sindicalismo esté padeciendo una crisis terminal. Pensamos sí que pasa por una fase de profunda revisión de sus prácticas, de sus estructuras, de sus modos de trabajar y de sus estilos de inserción en la nueva realidad nacional e internacional atravesada por hondos desafíos científico-técnicos, políticos, sociales y culturales. En esto queremos contribuir animando y apoyando, desde nuestra particular misión eclesial entre los trabajdores, todos los esfuerzos e iniciativas que ya se realizan y los que deberán emprenderse a futuro.
 
ESPERANZA Y SOLIDARIDAD
 
18. Queremos celebrar estos 20 año en vísperas de un nuevo 1º de Mayo renovando nuestra esperanza y nuestra solidaridad para con cada uno de ustedes. No dejemos morir los sueños porque un hombre o mujer que no sueña es alguien que ya no vive. No dejemos apagar la hermandad porque un hombre o una mujer egoísta es una persona muerta.
 
Esperanza de que la dignidad de cada hombre y mujer de trabajo sea efectiva y plenamente reconocida, de hecho y no con palabras, en nuestra sociedad. Solidaridad con los esfuerzos y las acciones cotidianos por sembrar y hacer respetar esa dignidad.
 
Esperanza de que podamos dar pasos efectivos hacia una sociedad sin excluídos ni marginados; hacia una sociedad sin ciudadanos de primera y de segunda; hacia una sociedad de derechos y deberes compartidos. Solidaridad con las luchas que esto implica, ya que la ciudadanía plena no es regalo sino conquista de todos los días.
 
Esperanza de que los trabajadores podamos contar con organizaciones fuertes, representativas, participativas, solidarias y responsables; organizaciones reconocidas por los trabajadores como propias; organizaciones vivientes e insertas en el nuevo mundo que está naciendo. Solidaridad con todos aquellos que están dispuestos a consumir sus energías y su tiempo en esta tarea.
 
Esperanza que nos viene de nuestro Dios, Dios de vida, de vida plena; Dios que sufre con el sufrimiento humano; Dios que padece con la injusticia humana; Dios que transforma los fracasos en triunfos; las derrotas en oportunidades nuevas; la muerte en vida.
 
Solidaridad que nos viene de nuestro Dios, un Dios que no ha querido habitar sólo en el universo sino que nos ha llamado a compartir la vida y que se ha comprometido, hasta la muerte en la difícil tarea de hacer que ella sea una realidad para todos y cada uno de los hijos de esta tierra.
 
Un saludo y nuestro compromiso como Vicaría de Pastoral Obrera.
Santiago, Abril, 1997

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