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MOVIMIENTOS APOSTÓLICOS
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Hacer
de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el
gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si
queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las
profundas esperanzas del mundo. .... Antes
de programar iniciativas concretas, hace falta promover una
espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio
educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano,
donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los
agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.
Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón
sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y
cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que
están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además,
capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico
y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus
alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus
necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.
Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo
que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de
Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que
lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es
saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los
otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que
continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer
carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este
camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la
comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más
que sus modos de expresión y crecimiento. Juan Pablo II “Novo Millenio Ineunte”, 43, Roma 06.01.2001
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