Cuentos o relatos
para reflexionar
1. El hijo, el hijo, ¿quién se lleva al
hijo?
18. Asamblea en la carpintería
1. El hijo, el hijo, ¿quién se lleva al hijo?
Un hombre rico y su hijo tenían gran pasión por el arte.
Tenían de todo en su colección, desde Picasso hasta
Rafael. Muy a menudo, padre e hijo se sentaban juntos a admirar las grandes
obras de arte.
Cuando el conflicto de Vietnam surgió, el hijo fue a
El muchacho extendió el paquete: "Yo se que esto no
es mucho. Yo no soy un gran artista, pero creo que a su hijo le hubiera gustado
que usted recibiera esto."
El padre abrió el paquete. Era un retrato de su hijo
pintado por el joven soldado. El contempló con profunda admiración la manera en
que el soldado había capturado la personalidad de su hijo en
" Oh no señor, yo nunca podría pagarle
lo que su hijo hizo por mí. Es un regalo."
El padre colgó el retrato arriba de la repisa de su
chimenea. Cada vez que los visitantes e invitados llegaban a su casa, les
mostraba el retrato de su hijo antes de mostrar su famosa galería.
El hombre murió unos meses más tarde y se anunció una
subasta para todas las pinturas que poseía. Mucha gente importante y de
influencia acudió con grandes expectativas de hacerse con un famoso cuadro de
la colección.
Sobre la plataforma estaba el retrato del hijo. El
subastador golpeó su mazo para dar inicio a la subasta. "Empezaremos los
remates con este retrato titulado "El Hijo". ¿Quién ofrece por este
retrato?" Hubo un gran silencio. Entonces una voz del fondo de la
habitación gritó: "¡Queremos ver las pinturas famosas! ¡Olvídese de
ésta!" Sin embargo el subastador persistió: ¿Alguien ofrece algo por esta
pintura?, ¿$100.00 dólares?, ¿$200.00 dólares?".
Otra voz gritó con enojo: "¡No venimos por ésta
pintura! Venimos a ver los Van Goghs, los Rembrants. ¡Vamos a las ofertas de verdad!" Pero aun
así el subastador continuaba su labor: "¡El Hijo!, ¡El Hijo! ¡¿Quién se
lleva "El Hijo"?!
Finalmente, una voz se oyó desde muy atrás del cuarto:
"¡Yo doy diez dólares por la pintura!" Era el viejo jardinero que por
muchos años había servido en la casa con el padre y el hijo. Siendo muy pobre,
no podía ofrecer más.
"¡Tenemos $10 dólares!, ¡¿Quién da $20?!" gritó
el subastador.
"¡Dásela por $10! ¡Muéstranos de una vez las obras
maestras!", dijo otro exasperado."
"¡$10 dólares es la oferta! ¡¿Dará alguien $20?!
¿Alguien da $20?"
La multitud se estaba poniendo bien enojada. Nadie mas quería aquella pintura, "El Hijo". Querían las
que representaban una valiosa inversión para sus propias colecciones. El
subastador golpeó por fin el mazo: "Va una, van dos, ¡VENDIDA por $10
dólares!"
Un hombre que estaba sentado en segunda fila gritó feliz:
"¡Ahora empecemos con la colección!"
El subastador soltó su mazo y dijo: "Lo siento mucho
damas y caballeros, pero la subasta llegó a su final."
"Pero, ¿qué de las pinturas?"
"Lo siento. Cuando me llamaron para conducir esta
subasta, se me informó de un secreto estipulado en el testamento del dueño. Yo
no tenía permitido revelar esta estipulación hasta este preciso momento.
Solamente la pintura de "EL HIJO" sería subastada. Aquel que la
comprara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre,
incluyendo las famosas pinturas. ¡El hombre que compró EL HIJO se queda con
todo!
Reflexión:
Dios nos ha entregado a su Hijo Jesús que murió para
salvarnos. Así, como el subastador, su mensaje hoy es: "¡EL
HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA EL HIJO?" Quien ama al Hijo lo tiene todo.
Mateo 6:33 "Buscad primero su Reino y su justicia, y
todas esas cosas se os darán por añadidura."
Cuando has llorado en angustia y dolor...
Dios ha contado tus lágrimas.
Cuando crees que tu vida se ha detenido y el tiempo solo
pasa...
Dios espera contigo.
Cuando estás solo y tus amigos están muy ocupados, aún para una llamada telefónica...
Dios está a tu lado.
Cuando has tratado todo y no sabes hacia donde ir...
Dios te mostrará el camino.
Cuando nada tiene sentido y estás frustrado sin saber
hacia dónde ir...
Dios tiene la respuesta.
Si de repente tu mirada al mundo exterior se hace más
brillante y encuentras senderos de luz...
Dios te ha susurrado en el oído.
Cuando las cosas van bien, y tienes mucho que agradecer...
Dios te ha bendecido.
No importa si te sientes bien o mal. Dios siempre está
contigo y te acompaña en las buenas y en las malas.
Nunca dejes de hablar con Dios y contarle tus problemas , pues
muchas personas buscan a alguien con quien hablar y desahogarse, sin embargo no
hablan con el único que siempre va a escuchar con misericordia y paciencia, sin
sacar a relucir tus errores.
Busca a Dios de corazón y cuéntale tus problemas, pues
El siempre te acompaña y te cuida... lo creas o no...te guste o no... El nunca te abandona...porque te ama.
Una noche soñé que caminaba a lo largo de una playa
acompañada por Dios.
Durante la caminata muchas escenas de mi vida fueron
proyectándose en la pantalla del cielo.
Según
iba pasando cada una de esas escenas, notaba que unas huellas se formaban en la
arena.
A
veces aparecían dos pares de huellas, otras solamente aparecía un par de ellas.
Esto
me preocupó grandemente porque pude notar que durante las escenas que reflejaban
etapas tristes en mi vida, cuando me hallaba sufriendo de angustias, penas o
derrotas, solamente podía ver un par de huellas en la arena.
Entonces
le dije a Dios: -“Señor, tú me
prometiste que, si te seguía, tú caminarías siempre a mi lado. Sin embargo, he
notado que durante los momentos más difíciles de mi vida sólo había un par de
huellas en la arena: ¿Por qué cuando más te necesitaba no estuviste caminando a
mi lado...?”
El
Señor me respondió: -“Las veces que has visto sólo un par de huellas en la
arena, hijo mío... ha sido cuando te he llevado en mis brazos”.
La hija de un hombre le pidió al sacerdote que fuera a su
casa a hacer una oración para su padre que estaba muy enfermo. Cuando el
sacerdote llegó a la habitación del enfermo, encontró a este hombre en su cama
con la cabeza alzada por un par de almohadas. Había una silla al lado de su
cama, por lo que el sacerdote asumió que el hombre sabía que vendría a verlo.
- "Supongo que me estaba esperando", le dijo.
- "No, ¿quién es usted?", dijo el hombre.
- "Soy el sacerdote que su hija llamó para que orase
con usted. Cuando vi la silla vacía al lado de su
cama supuse que usted sabía que yo iba a venir a verlo".
- "Oh sí, la silla",
dijo el hombre enfermo. "¿Le importa cerrar la puerta?".
El sacerdote, sorprendido, la cerró. "Nunca le he
dicho esto a nadie, pero... toda mi vida la he pasado sin saber cómo orar.
Cuando he estado en la iglesia he escuchado siempre al respecto de la oración,
que se debe orar y los beneficios que trae, etc., pero siempre esto de las
oraciones me entró por un oído y salió por el otro, pues no tengo idea de cómo
hacerlo. Por ello hace mucho tiempo abandoné por completo
José continuó hablando: "Es así que lo hice una vez y
me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde
entonces. Siempre tengo mucho cuidado que no me vaya a ver mi hija, pues me
internaría de inmediato en la casa de los locos".
El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le
dijo a José que era muy bueno lo que había estado haciendo y que no cesara de
hacerlo, luego hizo una oración con él, le extendió una bendición, los santos
óleos y se fue a su parroquia.
Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para
decirle que su padre había fallecido. El sacerdote le preguntó: "¿Falleció
en paz?". "Sí", respondió la hija. "Cuando salí de la casa
a eso de las dos de la tarde me llamó y fui a verlo a su cama. Me dijo lo mucho
que me quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer compras una hora más
tarde ya lo encontré muerto. Pero hay algo extraño al respecto de su muerte,
pues aparentemente justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado
de su cama y recostó su cabeza en ella, pues así lo encontré. ¿Qué cree usted
que pueda significar esto?".
El sacerdote se secó las lágrimas de emoción y le
respondió: "Ojalá que todos nos pudiésemos ir de esa manera".
Autor desconocido.
No hace mucho tiempo, dos hermanos que vivían en granjas
adyacentes cayeron en un conflicto. Este fue el primer conflicto serio que
tenían en 40 años de cultivar juntos hombro a hombro, compartiendo maquinaria e
intercambiando cosechas y bienes en forma continua .
Esta larga y beneficiosa colaboración terminó repentinamente. Comenzó con un
pequeño malentendido y fue creciendo hasta llegar a ser una diferencia mayor
entre ellos, hasta que explotó en un intercambio de palabras amargas seguido de
semanas de silencio.
Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al
abrir la puerta, encontró a un hombre con herramientas de carpintero. -"Estoy buscando trabajo por unos
días", dijo el extraño, "quizás
usted requiera algunas pequeñas reparaciones aquí en su granja y yo pueda ser
de ayuda en eso". "Sí", dijo el mayor de los hermanos,
"Tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo aquella
granja, ahí vive mi vecino, bueno, de hecho es mi hermano menor. La semana
pasada había una hermosa pradera entre nosotros y el tomó su buldózer y desvió
el cauce del arroyo para que quedara entre nosotros. Bueno, el pudo haber hecho
esto para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Ve usted aquella pila de
desechos de madera junto al granero? Quiero que construya una cerca, una cerca
de dos metros de alto, no quiero verlo nunca más."
El carpintero le dijo: "Creo que comprendo
El hermano mayor le ayudó al carpintero a reunir todos
los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir por provisiones al
pueblo. El carpintero trabajo duro todo el día midiendo, cortando, clavando.
Cerca del ocaso, cuando el granjero regresó, el carpintero justo había
terminado su trabajo.
El granjero quedó con los ojos completamente
abiertos, su quijada cayó. ¡No había ninguna cerca de dos metros! En su lugar
había un puente -¡un puente que unía las dos granjas a través del arroyo!- Era
una fina pieza de arte, con todo y pasamanos.
En ese momento, su
vecino, su hermano menor, vino desde su granja y abrazando a su hermano le
dijo: "¡Eres un gran tipo, mira que construir este hermoso puente
después de lo que he hecho y dicho!".
Estaban en su reconciliación los dos hermanos, cuando
vieron que el carpintero tomaba sus herramientas. "¡No, espera!",
le dijo el hermano mayor.
"Quédate unos cuantos días. Tengo muchos proyectos
para ti”, le dijo
el hermano mayor al carpintero. "Me
gustaría quedarme", dijo el carpintero, "pero tengo muchos puentes por construir".
Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación le
informaron que el tren en que ella viajaría se retrasaría aproximadamente una
hora. La elegante señora, un poco fastidiada, compró una revista, un paquete de
galletas y una botella de agua para pasar el tiempo. Buscó un banco en el andén
central y se sentó preparada para
Imprevistamente, la señora observó cómo aquel muchacho,
sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas,
lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente. La mujer se
molestó por esto, no quería ser grosera, pero tampoco dejar pasar aquella
situación o hacer de cuenta que nada había pasado; así que, con un gesto
exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la exhibió frente al joven y se
la comió mirándolo fijamente a los ojos. Como respuesta, el joven tomó otra
galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió. La señora ya enojada, tomó una
nueva galleta y, con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra,
manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho.
El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y
galleta. La señora cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente.
Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete sólo quedaba la última
galleta.
"- No podrá ser tan descarado", pensó mientras
miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas.
Con calma el joven alargó la mano, tomó la última galleta, y con mucha
suavidad, la partió exactamente por
"¡Gracias!" - dijo la mujer tomando con rudeza
aquella mitad.
"De nada" - contestó el joven sonriendo
suavemente mientras comía su mitad.
Entonces el tren anunció su partida...
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón.
Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho todavía sentado en
el andén y pensó:"¡Qué insolente, qué mal educado, qué será de nuestro
mundo!".
Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la
boca reseca por el disgusto que aquella situación le había provocado. Abrió su
bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando
encontró, dentro de su cartera, su paquete de galletas intacto.
Cuántas veces nuestros prejuicios, nuestras decisiones
apresuradas nos hacen valorar erróneamente a las personas y cometer las peores
equivocaciones. Cuántas veces la desconfianza ya instalada en nosotros, hace
que juzguemos injustamente a personas y situaciones, y sin tener un por qué,
las encasillamos en ideas preconcebidas, muchas veces tan alejadas de la
realidad que se presenta. Así por no utilizar nuestra capacidad de autocrítica
y de observación, perdemos la gracia natural de compartir y enfrentar
situaciones, haciendo crecer en nosotros la desconfianza y
Dice un viejo proverbio...
"Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo
suficiente,
pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de
serenidad,
se consigue más de lo que se espera".
"Esa ciudad no estaba habitada por personas, como
todos las demás ciudades del planeta.
Esa ciudad estaba habitada por pozos vivientes... pero pozos al fin.
Un día llego a la ciudad la "moda" que seguramente había nacido en
algún pueblito humano: La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se
aprecie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no
es lo superficial sino el contenido. Así fue como los pozos empezaron a
llenarse de cosas. Algunos se llenaban de Joyas, monedas de oro y piedras
preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos
mecánicos. Algunos más, optaron por el arte y fueron llenándose de pinturas,
pianos de cola y sofisticadas pinturas modernas. Finalmente los intelectuales
se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y revistas especializadas.
Pasó el tiempo. La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no
pudieron incorporar nada más. Los pozos no eran todos iguales, así que, si bien
algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para
seguir metiendo cosas a su interior. Alguno de ellos fue el primero; en lugar
de apretar su contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose. No
paso mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada,
todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder
hacer más espacio en su interior.
Un pozo, pequeño y alejado de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas
ensanchándose desmedidamente. Ël pensó que sí seguían
hinchándose de tal manera, pronto se confundirían los bordes y cada uno
perdería su identidad.
Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su
capacidad era crecer pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más
hondo en lugar de más ancho.. Pronto se dio cuenta que
todo lo que tenía dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Sí
quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido. Al principio tuvo
miedo al vacío, pero luego, cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo.
Vacío de posesiones el pozo empezó a volverse más profundo, mientras que los
demás se apoderaban de las cosas que él se había desecho
.
Un día , sorpresivamente el pozo que crecía hacia
adentro tuvo una gran sorpresa: adentro, muy adentro , y muy en el fondo
encontró agua¡¡¡¡¡¡¡¡¡. Nunca antes otro pozo había encontrado agua.
El pozo superó la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo
las paredes salpicando los bordes y por último sacando el agua hacia afuera.
Así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua empezó a
despertar. Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto, en árboles y en
flores.
Todos le preguntaban como había conseguido el milagro. Ningún milagro, hay que
buscar en el interior, hacia lo profundo. Muchos quisieron seguir el ejemplo
pero desdeñaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo
tenían que vaciarse.
En otra punta de la ciudad otro pozo, decidió correr el riesgo del vacío. Y
también empezó a profundizar. Y también llegó al agua. y
también salpicó hacia afuera creando un segundo oasis verde en el pueblo.
Un día casi por casualidad los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que
habían encontrado en el fondo de sí mismos era
de
(colegio Santa Ursula LIma Perú)
Hay un viejo cuento que nos habla de una mujer, cuyo único
hijo había muerto. En su dolor, fue a consultar a un hombre sabio, a quien
preguntó:
-¿Qué oraciones, o qué encantamiento mágico tiene usted
para traer a mi hijo de nuevo a la vida y quitar así mi tristeza?
El sabio, en vez de despedirla o razonar con ella, le
dijo:
-Tráigame una semilla de mostaza de una casa donde nunca
hayan conocido
La mujer partió de inmediato en busca de aquella semilla
mágica.
Se dirigió primero a una hermosa mansión, en un barrio
residencial; tocó la puerta, y dijo:
-Estoy buscando un lugar donde nunca hayan conocido la
tristeza, ¿es aquí por ventura? Esto es una cosa muy importante para mí.
Le respondieron:
-¡Qué pena, usted vino al lugar equivocado! Y comenzaron a
relatarle todas las tragedias familiares que recientemente les habían ocurrido.
La mujer se dijo a sí misma:
-¿Quién mejor que yo con toda mi desgracia para ayudar a
estas pobres y desafortunadas personas? Y se quedó para consolarlos.
Partió luego hacia otros lugares, en búsqueda de una casa
donde nunca hubiera acontecido tristeza alguna. Pero, donde ella iba, ya fuesen
palacios o chozas, siempre encontraba algún caso de tristeza o dolor.
Finalmente... quedó tan ocupada y contenta en consolar el
dolor ajeno, que se olvidó de la búsqueda de la semilla mágica, sin darse
cuenta que el hecho de consolar a otros, había expulsado la tristeza de su
corazón y de su vida.
Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas
que colgaban a los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una
de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y
conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta
la casa de su patrón, pero cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad
del agua.
Durante dos años completos esto fue así diariamente, desde
luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía
perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada
estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque
solo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.
Después de dos
años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: -"Estoy
avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas solo
puedes entregar la mitad de mi carga y solo obtienes la mitad del valor que
deberías recibir."
El aguador apesadumbrado, le dijo compasivamente:
-"Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que
crecen a lo largo del camino." Así lo hizo
El aguador le dijo entonces -"Te diste cuenta de que
las flores sólo crecen en tu lado del camino?. Siempre
he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré
semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas y todos los días
las has regado y por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el
altar de mi Madre. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos,
no hubiera sido posible crear esta belleza."
Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Todos
somos vasijas agrietadas, pero debemos saber que siempre existe la posibilidad
de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados. Uno no deja de reír
por hacerse viejo, se hace uno viejo por dejar de reír.
Hubo un tiempo en el que en una isla muy pequeña,
confundida con el paraíso, habitaban los sentimientos como habitamos hoy en
Pero se olvidó rápido del miedo y cuidó de que todos los
sentimientos se salvaran. Todos corrieron y tomaron sus barcos y corrieron, y
subieron a una montaña bien alta, donde podrían ver la isla siendo inundada
pero sin que corriesen peligro.
Sólo el amor no se apresuró, el amor nunca se apresura. Él
quería quedarse un poquito más en su isla, pero cuando se estaba casi ahogando
el amor se acordó de que no debía morir. Entonces corrió en dirección a los barcos
que partieron y gritó en busca de auxilio.
La Riqueza, oyendo su grito, trató luego de responder que
no podría llevarlo ya que con el oro y con la plata que cargaba temía que su
barco se hundiera.
Pasó entonces la Vanidad que también dijo que no podría
ayudarlo, una vez que el amor se hubiese ensuciado ayudando a los otros, ella,
la Vanidad, no soportaba la suciedad.
Por detrás de la Vanidad venía la Tristeza que se sentía
tan profunda que no quería estar acompañada por nadie.
Paso también la Alegría, pero esta tan alegre estaba que
no oyó la suplica del amor.
Sin esperanza el Amor se sentó sobre la última piedra que
todavía se veía sobre la superficie del agua y comenzó a menguar.
Su llanto fue tan triste que llamó la atención de un
anciano que pasaba con su barco. El viejito tomó al Amor en sus brazos y lo
llevó hacia la montaña más alta, junto con los otros sentimientos.
Recuperándose, el amor le preguntó a la Sabiduría quién
era el viejito que lo ayudo... a lo que ésta respondió..... "El
Tiempo"..... el Amor cuestionó: ..."¿Por qué
solo el Tiempo pudo traerme aquí?".... La Sabiduría entonces respondió:
"Por que sólo el Tiempo tiene la capacidad de ayudar
al Amor a llegar a los lugares más difíciles"...
El joven discípulo de un sabio filósofo llega a casa de
éste y le dice:
-Oye, maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con
malevolencia...
-¡Espera! lo interrumpe el filósofo-. ¿Ya has hecho pasar
por las tres rejas lo que vas a contarme?
-¿Las tres rejas?
-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que
quieres decirme es absolutamente cierto?
-No. Lo oí comentar a unos vecinos.
-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que
es
-No, en realidad no. Al contrario...
-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario
hacerme saber eso que tanto te inquieta?
-A decir verdad, no.
-Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni
bueno, ni necesario, enterrémoslo en el olvido.
Le llamaremos Juan. Está despeinado, descalzo, su camisa
agujereada; su pantalón anda en las mismas. Así vistió durante sus cuatro años
de estudios universitarios. Es brillante... mas, es un tanto callado; se
convirtió a Cristo mientras estudiaba. Frente a la universidad hay una iglesia:
conservadora, de gente refinada. Tienen deseos de poder evangelizar a los
jóvenes estudiantes, mas, no saben cómo hacerlo.
Un buen día, Juan decide visitar dicha iglesia. Entra,
descalzo, con su vieja y rota ropa y su cabello despeinado. La misa ha
comenzado; camina por el pasillo en busca de un lugar para sentarse. Como está
llena la iglesia, no halla lugar. La gente se ve algo incómoda, mas, nadie se
atreve hablar. Juan se acerca al púlpito, mas, no hallando lugar, se sienta en
el piso alfombrado (conducta aceptada en la universidad, pero que jamás había
ocurrido tal en esta iglesia).
¡Hay tensión en el medio ambiente... la gente está
incómoda! Ahora el sacerdote observa cómo un bien vestido, anciano y canoso
diácono se encamina lentamente hacia Juan. Es un hombre piadoso, culto y
refinado.
Mientras camina hacia Juan, la gente piensa dentro de sí:
"No podemos culparle por lo que va hacer. Después de todo, no es de
esperarse que un anciano reprenda a un joven, y mucho menos, sentado así en el
piso."
Tarda en llegar hasta el frente... su bastón va sonando
según camina. El silencio es absoluto. Ni siquiera se oye el respirar de los
presentes.
Tampoco puede continuar el sacerdote ante su expectativa
de lo que habrá de hacer el anciano diácono.
De momento, observan cómo éste suelta su bastón sobre el
piso y con gran dificultad se sienta en el piso junto a Juan con el fin de,
junto a éste, adorar a Dios. La emoción no tarda en embargar a todos los
presentes.
Luego de que el sacerdote logra calmar sus propias
emociones, le dice a los presentes: "Lo que yo voy a predicar, tal vez
ustedes nunca lo recordarán. Mas, lo que acaban de ver, jamás lo olvidarán.
Tengan sumo cuidado de la manera en que viven. "Podría ser que ustedes
sean la única "Biblia" que algunas personas alcancen a leer."
Cuando otro actúa de esa manera, decimos que tiene mal
genio; pero cuando tú lo haces, son los nervios.
Cuando el otro se apega a sus métodos, es obstinado; pero
cuando tú lo haces, es firmeza.
Cuando el otro no le gusta tu amigo, tiene prejuicios;
pero cuando a ti no te gusta su amigo, sencillamente muestras ser un buen juez
de la naturaleza humana.
Cuando el otro hace las cosas con calma, es una tortuga;
pero cuando tú lo haces despacio es porque te gusta pensar las cosas.
Cuando el otro gasta mucho, es un despilfarro; pero cuando
tú lo haces, eres generoso.
Cuando el otro encuentra defectos en las cosas, es
maniático; pero cuando tú lo haces, es porque sabes discernir.
Cuando el otro tiene modales suaves, es débil; cuando tú
lo haces, eres cortés.
Cuando el otro rompe algo, es torpe; cuando tú lo
haces eres enérgico.
¿Por qué te fijas en
las astillas que tiene tu hermano y no te fijas en la viga que tienes en el
tuyo?
Veamos las virtudes de los demás, y dejemos de juzgar, que
conforme a nuestro juicio seremos juzgados.
He aquí un hombre que nació en una aldea insignificante.
Creció en una villa oscura. Trabajó hasta los 30 años en
una carpintería.
Durante tres años fue predicador ambulante.
Nunca escribió un libro.
Nunca tuvo un puesto de importancia.
No formó una familia.
No fue a la universidad.
Nunca puso sus pies en lo que consideraríamos una gran
ciudad.
Nunca viajó a más de trescientos kilómetros de su ciudad
natal.
No hizo ninguna de las cosas que generalmente acompañan a
los grandes.
No tuvo más credenciales que su propia persona.
La opinión popular se puso en contra suya.
Sus amigos huyeron. Uno de ellos lo traicionó.
Fue entregado a sus enemigos.
Tuvo que soportar la farsa de un proceso judicial.
Lo asesinaron clavándolo en una cruz, entre dos ladrones.
Mientras agonizaba, los encargados de su ejecución se
disputaron la única cosa que fue de su propiedad: una túnica.
Lo sepultaron en una tumba prestada por la compasión de un
amigo.
Según las normas sociales, su vida fue un fracaso total.
Han pasado casi veinte siglos y hoy Él es la pieza central
en el ajedrez de la historia humana.
No es exagerado decir que todos los ejércitos que han
marchado, todas las armadas que se han construido, todos los parlamentos que
han sesionado y todos los reyes y autoridades que han gobernado, puestos
juntos, no han afectado tan poderosamente la existencia del ser humano sobre la
tierra como la vida sencilla de Jesús.
Jorge Bucay
Caminaba distraídamente por el camino y de pronto lo vio.
Allí estaba el imponente espejo de mano, al costado del
sendero, como esperándolo.
Se acercó, lo alzó y se miró en él. Se vio bien.
No se vio tan joven, pero los años habían sido bastante
bondadosos con él.
Sin embargo había algo desagradable en la imagen de sí
mismo.
Cierta rigidez en los gestos lo conectaba con los aspectos
más agrios de la propia historia:
La bronca,
el desprecio,
la agresión,
el abandono,
la soledad.
Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente
desechó esa idea.
Ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para
cargar con otra más.
Decidió irse y olvidar para siempre ese camino y ese
espejo insolente.
Caminó dos horas tratando de vencer la tentación de volver
atrás hacia el espejo. ese misterioso objeto lo atraía
como los imanes atraen a los metales.
Resistió y aceleró el paso.
Tarareaba canciones infantiles para no pensar en esa
imagen horrible de sí mismo.
Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde
siempre, se metió vestido en la cama y se tapó la cabeza con las sábanas.
Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni la
imagen de él mismo reflejada en el espejo; pero no podía evitar la memoria de
esa imagen:
la del resentimiento,
la del dolor,
la de la soledad,
la del desamor,
la del miedo,
la del menosprecio.
Había ciertas cosas indecibles e impensables...
...Pero él sabía dónde había empezado todo esto.
Empezó esa tarde, hace treinta y tantos años...
El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor
del maltrato de los otros.
Esa tarde el niño decidió borrar, para siempre, la letra
del alfabeto. Esa letra. Era la U.
La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.
La letra imprescindible para hablarle
a los demás, al dirigirles la palabra.
Sin manera de nombrarlos dejarían de ser deseados... y entonces
no habría motivo para sentirlos necesarios... y sin motivo ni forma de
invocarlos, se sentiría, por fin, libre.....
EPÍLOGO:
Escribiendo sin "U" puedo hablar hasta el
cansancio de mí, de lo mío, del yo, de lo que tengo, de lo que me pertenece...
Hasta puedo escribir de él, de ellos y de los otros.
Pero sin "U" no puedo hablar de vosotros, del
tú, de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo, de lo tuyo, ni siquiera de lo
nuestro.
Así me pasa...
A veces pierdo
Sin "U" yo me quedo pero tú desapareces...
Y sin poder nombrarte, ¿cómo podría disfrutarte?
Como en el cuento... si tú no existes, me condeno a ver lo
peor de mí mismo reflejándose eternamente, en el mismo mismísimo tonto espejo.
Un grupo de vendedores fue a una convención de ventas. Todos
le habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes
por la noche.
Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y llegaron
retrasados
Al aeropuerto. Entraron todos con sus boletos y portafolios,
corriendo por los pasillos.
De repente, y sin quererlo, uno de los vendedores tropezó
con una mesa que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron volando
por todas partes. Sin detenerse, ni voltear para atrás, los vendedores
siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al avión.
Todos menos uno. Éste se detuvo, respiró hondo, y
experimentó un sentimiento de compasión por la dueña del puesto de manzanas. Le
dijo a sus amigos que siguieran sin él y le pidió a uno de ellos que al llegar
llamara a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde.
Luego se regresó a la terminal y
se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue
enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era una niña ciega. La
encontró llorando, con enormes lágrimas corriendo por sus mejillas.
Tanteaba el piso, tratando, en vano, de recoger las
manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin
importarle su desdicha. El hombre se arrodilló con ella, juntó las manzanas,
las metió a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente.
Mientras lo hacía, se dio cuenta de que muchas se habían
golpeado y estaban magulladas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando
terminó, sacó su cartera y le dijo a la niña: "Toma, por favor, estos cien
pesos por el daño que hicimos. ¿Estás bien?"
Ella, llorando, asintió con
Conforme el vendedor empezó a alejarse, la niña le gritó:
"Señor...".
Él se detuvo y volteó a mirar esos ojos ciegos. Ella
continuó: "¿Es usted Jesús...?"
Él se paró en seco y dio varias vueltas, antes de dirigirse
a abordar
otro vuelo, con esa pregunta quemándole
y vibrando en su alma:
"¿Es usted Jesús?”
Una vez
una persona andaba buscando al Señor. Le habían comentado de una invitación que
hacía a todos para llegar hasta su Reino, donde dicen que tenía reservada una morada
para cada uno de sus amigos, y él también tenía ganas de ser amigo del Señor.
¿Por qué no? Si otros lo habían logrado, ¿qué le impedía a él llegar a ser uno
de ellos? Averiguando acerca del paradero, se enteró de que el Señor se había
ido monte adentro con un hacha, a fin de preparar para cada uno de sus amigos,
lo que necesitaría para el viaje y se largó a campearlo. Los golpes del hacha
lo fueron guiando hasta una isleta. Atravesó el bosque tratando de acercarse al
lugar de donde provenían los golpes. Al fin llegó y se encontró con el
mismísimo Señor que estaba preparando las cruces para cada uno de sus amigos,
antes de partir hacia su casa, a fin de disponer un lugar para cada uno.
-¿Qué
estás haciendo? -le preguntó el joven al Señor. -Estoy preparando a cada uno de
mis amigos la cruz con la que tendrán que cargar para seguirme y así poder
entrar en mi Reino.
-¿Puedo
ser yo también uno de tus amigos? -volvió a preguntar el muchacho-
-¡Claro
que sí! -le dijo Jesús-. Es lo que estaba esperando que me pidieras. Si quieres
serlo de verdad, tendrás que tomar también tu cruz y seguir mis huellas. Porque
yo tengo que adelantarme para ir a prepararles un lugar.
-¿Cuál es
mi cruz, Señor? -Esta que acabo de hacer. Sabiendo que venías y viendo que los
obstáculos no te detenían, me puse a preparártela especialmente y con cariño
para ti.
La verdad
que muy, muy preparada no estaba. Se trataba prácticamente de dos troncos
cortados a hacha, sin ningún tipo de terminación ni arreglos. Las ramas de los
troncos habían sido cortadas de abajo hacia arriba, por lo que sobresalían
pedazos por todas partes. Era una cruz de madera dura, bastante pesada, y sobre
todo muy mal terminada. El joven al verla pensó que el Señor no se había
esmerado demasiado en preparársela. Pero como quería realmente entrar en el
Reino, se decidió a cargarla sobre sus hombros, comenzando el largo camino, con
la mirada en las huellas del Maestro. Y cargó la incómoda cruz. Hizo también su
aparición el diablo, es su costumbre hacerse presente en estas ocasiones, y en
aquella circunstancia no fue diferente, porque donde anda Dios, acude el
diablo.
Desde
atrás le pegó el grito al joven que ya se había puesto en camino.
-¡Olvidaste
algo! Extrañado por aquella llamada, miró hacia atrás y vio al diablo muy comedido,
que se acercaba sonriente con el hacha en la mano para entregársela.
-Pero
¿cómo? ¿También tengo que llevarme el hacha? - preguntó molesto el muchacho.
-No sé
-dijo el diablo haciéndose el inocente. Pero creo es conveniente que te la
lleves por lo que pueda pasar en el camino. Por lo demás, sería una lástima
dejar abandonada un hacha tan linda.
La
propuesta le pareció tan razonable, que sin pensar demasiado, tomó el hacha y
reanudó su camino. Duro camino, por varias cosas. Primero, y sobre todo, por la
soledad. Él creía que lo haría con la visible compañía del Maestro. Pero
resulta que se había ido, dejando sólo sus huellas.
Siempre la
cruz encierra la soledad, y a veces la ausencia que más duele en este camino es
la de no sentir a Dios a nuestro lado. Algo así como si nos hubiera abandonado.
El camino
también era duro por otros motivos. En realidad no había camino. Simplemente
eran huellas por el monte. Hacía frío en aquel invierno y la cruz era pesada.
Sobre todo, era molesta por su falta de terminación. Parecía como que las
salientes se empeñaran en engancharse por todas partes a fin de retenerlo. Y se
le incrustaban en la piel para hacerle más doloroso el camino.
Una noche
particularmente fría y llena de soledad, se detuvo a descansar en un descampado.
Depositó
la cruz en el suelo, a la vez que tomó conciencia de la utilidad que podría
brindarle el hacha. Quizá el Maligno -que lo seguía a escondidas- ayudó un poco
arrimándole la idea mediante el brillo del instrumento.
Lo cierto
es que el joven se puso a arreglar
Primero,
mejorar el madero. Y segundo, se agenció de un montoncito de leña que le vino
como mandado a pedir para prepararse una hoguera con el que calentar sus manos
ateridas. Y así esa noche durmió tranquilo.
A la
mañana siguiente reanudó su camino. Y noche a noche su cruz fue mejorada,
pulida por el trabajo que en ella iba realizando.
Mientras
su cruz mejoraba y se hacía más llevadera, conseguía también tener la madera
necesaria para hacer fuego cada noche.
Casi se
sintió agradecido al demonio porque le había hecho traerse el hacha consigo.
Después de
todo había sido una suerte contar con aquel instrumento que le permitía el
trabajo sobre su cruz.
Estaba
satisfecho con la tarea, y hasta sentía un pequeño orgullo por su obra de arte.
La cruz tenía ahora un tamaño razonable y un peso mucho menor. Bien pulida,
brillaba a los rayos del sol, y casi no molestaba al cargarla sobre sus
hombros. Achicándola un poco más, llegaría finalmente a poder levantarla con
una sola mano como un estandarte para así identificarse ante los demás como seguidor
del crucificado. Y si le daban tiempo, podría llegar a acondicionarla hasta tal
punto que llegaría al Reino con la cruz colgada de una cadenita al cuello como
un adorno sobre su pecho, para alegría de Dios y testimonio ante los demás.
Y de este
modo consiguió su meta, es decir, sus metas. Porque para cuando llegó a las
murallas del Reino, se dio cuenta de que gracias a su trabajo, estaba
descansado y además podía presentar una cruz muy bonita, que ciertamente
quedaría como recuerdo en
Llamó a
gritos, anunciando su llegada. Y desde lo alto se le apareció el Señor
invitándolo a entar.
-Pero,
¿cómo, Señor? No puedo. La puerta está demasiado alta y no la alcanzo.
-Apoya la
cruz contra la muralla y luego trepa por ella utilizándola como escalera -le
respondió Jesús-. Yo te dejé a propósito los nudos para que te sirviera. Además
tiene el tamaño justo para que puedas llegar hasta la entrada.
En ese
momento el joven se dio cuenta de que realmente la cruz recibida había tenido sentido
y que de verdad el Señor la había preparado bien. Sin embargo, ya era tarde. Su
pequeña cruz, pulida, y recortada, le parecía ahora un juguete inútil.
Era muy
bonita pero no le servía para entrar. El diablo, astuto como siempre, había
resultado mal consejero y peor amigo.
Pero, el
Señor, es bondadoso y compasivo. No podía ignorar la buena voluntad del
muchacho y su generosidad en querer seguirlo. Por eso le dio un consejo y otra
oportunidad.
-Vuelve
sobre tus pasos. Seguramente en el camino encontrarás a alguno que ya no puede
más, y ha quedado aplastado bajo su cruz. Ayúdale tú a traerla. De esta manera
tú le posibilitarás que logre hacer su camino y llegue. Y él te ayudará a ti, a
que puedas entrar.....
18. Asamblea en la carpintería
Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña
asamblea.
Fue una reunión de herramientas para arreglar sus
diferencias.
El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le
notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además,
se pasaba el tiempo golpeando.
El martillo acepto su culpa, pero pidió que también fuera
expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que
sirviera para algo.
Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez
pidió la expulsión de la lija.
Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía
fricciones con los demás.
Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera
expulsado el metro que siempre se la pasaba midiendo a los demás según su
medida, como si fuera el único perfecto.
En esto entro el carpintero, se puso el delantal e inició su
trabajo.
Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo.
Finalmente la tosca madera inicial se convirtió en un fino mueble.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea
reanudó la deliberación.
Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:
-"Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos,
pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace
valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en
la utilidad de nuestros puntos buenos”.
La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el
tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas
y observaron que el metro era preciso y exacto.
Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de
calidad. Se sintieron orgullosos de su fortaleza y de trabajar juntos.
Ocurre lo mismo con los seres humanos. Observen y lo
comprobarán.
Cuando en una empresa el personal busca a menudo defectos en
los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio al tratar con
sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, es cuando florecen los
mejores logros humanos.
Es fácil encontrar defectos, cualquier tonto puede hacerlo.
Pero encontrar cualidades, eso es para los espíritus superiores que son capaces
de inspirar los éxitos humanos.
Este cuento es de Mamerto Menapace
Un niño entró en una
tienda de animales y preguntó el precio de unos cachorros que estaban en venta.
-Entre 30 y 50
euros, respondió el dueño.
El niño sacó unas
monedas de su bolsillo y dijo:
-Sólo tengo 2 euros...¿Podría ver los perritos?
El dueño de la
tienda sonrió y llamó a Fifi, la madre de los
cachorritos, que vino corriendo, seguida de cinco bolitas de pelo. Uno de los
cachorritos venía el último y caminaba con dificultad.
El niño, señalando a
aquel cachorrito, preguntó:
-¿Qué le ha pasado?
El dueño de la
tienda le dijo que el veterinario le había examinado y descubrió que tenía un
problema en el hueso de la cadera, de manera que siempre caminaría con
dificultad.
El niño se animó y
dijo con los ojos llenos de alegría:
¡Ése es el perrito
que quiero comprar!
El dueño de la
tienda respondió:
-No, a este no lo
puedes comprar. Si de veras lo quieres, te lo regalo.
El niño guardó
silencio y con los ojos llenos de lágrimas, miró fijamente al dueño de la
tienda y le dijo:
-Yo no quiero que
usted me lo regale. Este perrito vale igual que cualquiera de los otros y yo
voy a pagarlo todo. Le doy ahora 2 euros, y le iré pagando cinco euros cada
mes, hasta pagar todo.
Sorprendido, el
dueño de la tienda le contestó:
-¿Cómo vas a comprar
este perrito? Nunca podrá correr, saltar o jugar contigo y con los otros
perritos.
El niño, muy serio,
se agachó y se descubrió lentamente la pierna izquierda, dejando ver la
prótesis que usaba para andar... Y, mirando al dueño de la tienda le respondió:
-Mire...a mí me
falta una pierna...Yo no corro muy bien y el perrito va a necesitar de alguien
que lo entienda.
A veces despreciamos
a las personas con quienes convivimos todos los días a causa de sus defectos,
cuando en realidad todos somos iguales o peor que ellas. No nos damos cuenta de
que esas mismas personas necesitan de alguien que las comprenda y las ame, no
por lo que ellas pudieran hacer, sino por lo que realmente son. Amar a todos es
difícil, pero no imposible.
Un día, un niño se
compró un helado de chocolate. Cuando iba a destaparlo, se acordó de que a su
hermano mayor le encantaba el chocolate. Fue a casa, lo guardó en la nevera y
le dijo a su hermano que había comprado su helado preferido. Éste se puso muy
contento y le dijo que ya se lo comería más tarde. Pasó un rato y el hermano
mayor fue a coger su helado. Pero cuando iba a destaparlo, su hermana pequeña
le agarró de las piernas y se lo pidió. Al final, acabó dándoselo.
La hermana pequeña
se fue muy contenta con su helado. Se sentó en una silla del comedor y se puso
a mirar el helado. Estuvo pensando un momento, y después fue rápidamente a
buscar a su madre. La encontró en la terraza tendiendo
A mediodía llegó el
padre a casa cansado del trabajo. Hacía mucho calor, y la madre, al oírle
llegar, le dijo que se comiera el helado de chocolate que había en
Entonces recordó que
a sus hijos les encantaba el chocolate. Mientras se comía el helado, fue a la
tienda de abajo y compró una tarta helada de chocolate. Cuando llegó la hora de
comer, todos se llevaron una gran sorpresa con aquella tarta. Al pensar los
unos en los otros, habían salido todos ganando.
Un campesino estaba
haciendo un pozo en su campo. Cuando llevaba horas cavando con su pala,
encontró un cofre enterrado. Lo sacó de allí y al abrirlo vio lo que nunca
había visto en su vida: un fabuloso tesoro. El cofre estaba lleno de diamantes,
monedas de oro, joyas bellísimas, collares de perlas, esmeraldas, zafiros y un
sin fin de objetos preciosos que harían las delicias de cualquier rey.
Pasado el primer
momento de sorpresa, el campesino se quedó mirando el cofre. Viendo las riquezas
que contenía pensó que era un regalo que Dios le había hecho. Pero aquello no
podía ser para él solo, era demasiado. Él era un simple campesino que vivía
feliz trabajando
Muy decidido, cargó
el cofre en una carretilla. Tomó el camino que conducía a la casa donde vivía
Dios para devolvérselo. Al rato de ir por allí, encontró a una mujer llorando
al borde del camino. Sus hijos no tenían nada para comer y los iban a echar de
la casa donde vivían por no poder pagar el alquiler. El campesino se compadeció
de aquella mujer y, pensando que a Dios no le importaría, abrió el cofre y le
dio un puñado de diamantes y monedas de oro. Lo suficiente para solucionar el
problema.
Más adelante vio un
carromato parado en el camino. El caballo que tiraba de él había muerto. El
dueño estaba desesperado. Se ganaba la vida transportando cosas de un lugar a
otro. Ahora ya no podría hacerlo. No tenía dinero para comprar otro caballo. El
campesino abrió el cofre y le dio lo necesario para un nuevo caballo.
Al anochecer, llegó
a una aldea donde un incendio había arrasado todas las cosas. Los aldeanos
dormían en
Y así iba
recorriendo el camino aquel campesino. Siempre se cruzaba con alguien que tenía
algún problema. Fueron tantos que, cuando ya le faltaba poco para llegar a la
casa de Dios, sólo le quedaba un diamante. Era lo único que le había quedado
para devolverle a Dios. Aunque poco le duró, porque cayó enfermo de unas
fiebres y una familia le recogió para cuidarle. En agradecimiento, les dio el
diamante que le quedaba.
Cuando llegó a la
casa de Dios, éste salió a recibirle. Y, antes de que el campesino pudiera
explicarle todo lo ocurrido, Dios le dijo:
-Menos mal que has
venido, amigo. Fui a tu casa para decirte una cosa, pero no te encontré. Mira,
en tu campo hay enterrado un tesoro. Por favor, encuéntralo y repártelo entre
todos los que lo necesiten.
Había una vez una
jaula muy grande que estaba llena de jilgueros. Todas las mañanas, cuando salía
el sol, todos comenzaban a cantar. En pocos lugares se escuchaban unos cantos
tan bonitos como aquellos. Pero había un jilguero que destacaba por lo bien que
lo hacía. Nunca se había oído cantar a un pájaro de esa manera.
Un hombre muy rico
oyó hablar de este jilguero y quiso tenerlo en su casa. Fue al dueño y le
ofreció una fortuna a cambio del pájaro. Pero el dueño le dijo que había un
pequeño problema. Como todos eran tan parecidos, no sabía distinguir cuál de
ellos era. Aunque la cosa era de fácil solución; cuando le oyera cantar, se
fijaría en él y le haría una marca. Así que, el hombre rico quedó en volver al
día siguiente para llevárselo.
El dueño se puso a
buscar al que cantaba tan bien. Cuando lo descubrió, lo cogió y le arrancó una
pluma de
Por la noche, todos
los jilgueros que vivían en la gran jaula estaban muy preocupados. Habían caído
en la cuenta de que el dueño quería vender al que mejor cantaba. Estaban muy
unidos y no querían perder a un buen amigo. Por eso, buscaron la manera de
impedir que su amigo fuera vendido. Después de estar un rato pensando, a uno de
ellos se le ocurrió una brillante idea. Arrancarse todos la
misma pluma de
A la mañana
siguiente, llegó el hombre rico a por el jilguero. El dueño lo acompañó hasta
la jaula diciéndole que ya estaba todo solucionado. Pero cuando empezó a
buscarlo, se dio cuenta de que a todos
les faltaba la misma pluma de
Había una vez un
gusano que iba por el campo. Era de color blanco con puntitos verdes en
La única distracción
que tenía era subirse a lo alto de un árbol y ver volar a las mariposas. Daría
cualquier cosa por volar como ellas. Se pasaba allí horas y horas
observándolas. Pero cuando bajaba al suelo, volvía a encontrarse con las mismas
burlas e insultos de siempre. Cansado de todo esto, decidió subirse a lo más
alto de un árbol para que nadie pudiera encontrarlo. Nunca más volvería a bajar
al suelo.
Un día, una mariposa
se puso a descansar en la rama donde estaba él. Éste se acercó hacia ella y
comenzaron a hablar. Al final, se
hicieron muy amigos.
Y desde entonces, pasaban largos ratos
hablando y estando juntos. Después de un tiempo, el gusano le hizo esta
pregunta:
- ¿Por qué has
querido ser mi amiga si nadie me quiere por lo feo y repugnante que soy?
Y la mariposa le
respondió:
- Lo que importa
para ser amigos, no es cómo eres por fuera, sino lo buena persona que eres por
dentro.
El gusano estaba muy
contento porque había encontrado un amigo de verdad. Estaba tan feliz que, una
noche, mientras estaba durmiendo en lo alto de su árbol, su cuerpo comenzó a
transformarse. A la mañana siguiente, se había convertido en una mariposa
bellísima, como nunca se había visto. Cuando su amiga mariposa vino a verle, y
vio lo que le había ocurrido, se alegró mucho y le dijo:
- Ahora has sacado
hacia fuera la belleza y lo buena persona que antes eras por dentro.
Y las dos mariposas
se pusieron a volar juntas. Desde ese momento, cada vez que veían a un gusano
triste en lo alto de alguna rama, bajaban y se ponían junto a él. Y se volvía a
repetir la misma historia.
Había una vez tres
instrumentos musicales que no se llevaban nada bien. La flauta, la guitarra y
el tambor siempre estaban discutiendo por ver quién era el mejor: La flauta
decía que su sonido era el más dulce de todos. La guitarra decía que ella era
la que hacía mejores melodías. Y el tambor decía que él llevaba el ritmo mejor que
nadie.
Todos se creían los
mejores y despreciaban a los otros. Por eso, cada uno se iba a tocar a una
parte distinta de la habitación donde vivían. Pero el sonido del tambor
molestaba a la flauta, la flauta molestaba a la guitarra y la guitarra
molestaba al tambor.
Allí no había quien
pudiera tocar tranquilo. En lugar de hacer música hacían ruido. Y si alguien se
paraba a escucharles, pronto sentía un fuerte dolor de cabeza. Siempre pasaba
lo mismo.
Hasta que un día
llegó una batuta a vivir con ellos. Al ver lo que ocurría, les dijo que ella
podría ayudarles si querían. Pero los tres instrumentos estaban convencidos de
que nadie podía ayudarles. La mejor solución era separarse y que cada uno se
marchara a vivir a otra parte. Así podrían tocar a gusto, sin tener que
soportar lo mal que tocaban los demás.
La batuta les
propuso intentar hacer una cosa: tocar juntos una misma canción. Ella les
ayudaría a hacerlo. Al principio no estaban muy convencidos; pero al final,
aceptaron. Les dijo lo que tenía que tocar cada uno y, después de un breve
ensayo, comenzó a sonar la canción.
Los tres
instrumentos miraban fijamente a la batuta, que les indicaba a cada momento
cómo y cuándo tenían que tocar. La canción iba sonando muy bien. La flauta, la
guitarra y el tambor no salían de su asombro. Estaban tocando juntos una misma
canción y les estaba saliendo bien. Habían comenzado a hacer música.
Cuando acabaron de
tocar, estaban tan contentos de cómo les había salido, que se felicitaron. Era
la primera vez que se ponían de acuerdo en algo. Le pidieron a la batuta que
les hiciera tocar otra vez la misma canción. La estuvieron tocando todo el día
cientos de veces. Todo el que pasaba por allí, al escucharles, se quedaba
admirado de lo bien que tocaban.
Al unirse y poner en
común lo mejor de cada uno, habían conseguido formar una pequeña orquesta.
Desde entonces, se dedicaron a dar conciertos por todas partes y se hicieron
famosos por lo bien que tocaban juntos.