DIEZ LLAVES PARA ORAR

Pierre-Marie Delfieux

 

 

 

Reproducimos parcialmente el libro Diez llaves para la oración, de Pierre-Marie Delfieux, Narcea Ediciones, Madrid 1995.

 

 

Siguiendo la tradición de Santa Teresa de Ávila, Delfieux considera que en la oración hay unas moradas con puertas que fácilmente se abren con unas llaves. Éstas no son sólo acceso a la oración, sino oración misma, de tal forma que quien empiece a utilizar una de ellas se encontrará orando con Jesús al padre. Porque las puertas de la oración se abren por dentro, y el Señor que las abre está deseando ver cómo el orante mete la llave por la cerradura para hacer un movimiento de ayuda por el otro lado.

 

 

Pierre-Marie Delfieux es un sacerdote francés que en 1975 fundó las Comunidades Monásticas de Jerusalén, las cuales buscan hacer el “desierto en la ciudad”.

 

 

Por su sencillez, profundidad y riqueza bíblica, la lectura y meditación de este texto será, sin duda, un valioso aporte a tu camino de oración, y él mismo se convertirá en ocasión de ora

 


LA ORACIÓN ES LO PRIMERO

 

            La oración es lo primero de todo. No es lo esencial: lo esencial es la caridad, que resume en sí misma la perfección, Dios mismo. Pero la oración es lo primero.

            Sin orar no sabemos cómo se puede vivir, ni por qué hay que morir, ni de qué manera tenemos que amar. Por eso, siempre encontramos la oración en primer lugar.

 

En el universo

 

            Los seis primeros días de la creación nos llevan hacia el séptimo. Y el séptimo día, el que da sentido al conjunto de la creación, es el día de la alabanza. Es el día en que el universo encuentra su pleno y definitivo sentido, transformándose en el templo de la gloria del Creador. Desde ese momento,  el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, comienzan a orar.

 

“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos; el día le pasa el mensaje al día, la noche se lo susurra a la noche” (Sal 18, 2-3).

 

“La tierra entera aclama al Señor” (Sal 99, 1).

 

            La oración llena el universo. Y nosotros, antes que nada, debemos ponernos al unísono con el mundo.

 

En la historia de la salvación

 

            Abraham era un hombre enteramente vuelto hacia Dios; escuchó, obedeció, intercedió, suplicó. Su vida fue una larga marcha vivida bajo la mirada del Señor, y un diálogo incesante con este Dios de quien llega a ser su amigo:

 

“Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe de Abraham, mi amigo. Tú a quien cogí en los confines del orbe, a quien llamé en sus extremos, a quien dije: ‘Tú eres mi siervo, te he elegido, y no te he rechazado’. No temas, que yo estoy contigo; no te angusties, que yo soy tu Dios: te fortalezco, te auxilio, te sostengo” (Is 41, 8-10).

 

            Moisés vivirá el largo éxodo de su propia existencia en diálogo incesante con aquél que le revelará, paso a paso, sus más íntimos secretos: su nombre (cf. Ex 3,14), su alianza (cf. Ex 19,5), su ternura (cf. Ex 34,7), su gloria (cf. Ex 34,29ss).

 

            David y Salomón, Samuel y Elías, los jueces, los sabios, los profetas y todo el pueblo de los justos, de los santos, de los anawin, viven en oración.

 

            Desde Abraham a Juan Bautista, se puede decir que la historia de la salvación es una cadena ininterrumpida de oración. Nosotros somos los brotes nuevos de esta raíz impregnada de oración:

 

“Al olivo, que son los judíos, se le cortaron algunas de las ramas, y en su lugar se le injertó el olivo silvestre, que eres tú. Así llegaste a tener parte en la misma raíz y en la savia del olivo. Pero no te gloríes, despreciando las ramas naturales. Si lo haces, recuerda que no eres tú quien sostiene la raíz, sino que la raíz te sostiene a ti” (Rom 11, 17-18)

 

En Jesús

 

            La vida de Jesús es como una incesante contemplación. Enteramente orientado hacia el Padre, en la comunión perfecta del Espíritu, todo él es ofrenda permanente, escucha amorosa y atenta, himno interior de adoración, de amor, de acción de gracias e intercesión continua por todos los hombres.

            Por la oración, Jesús está tan unificado y tan unido a Dios, que puede decir que él está en el Padre y el Padre en él:

 

“Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre está conmigo; al menos, dejaos convencer por las obras mismas” (Jn 14,11).

 

            Siempre y en todo lugar, Jesús ora:

            - en el templo (cf. Lc 2,41; Mt 21,13; Jn 2,16)

            - en el monte (cf. Mt 14,23; Lc 6,12; 9,28; Mc 3,13)

            - en el desierto (cf. Mc 1,45; Lc 5,19; Mt 14,13)

            - o en cualquier parte

            - en lo imprevisto de la jornada y del camino (cf. Lc 11,1)

            - lo mismo durante el día (cf. Jn 17,1)

            - que durante la noche (cf. Lc 6,12)

            - solo (cf. Mt 26,36)

            - o con sus discípulos (cf. Lc 9,18; 3,21)

            - del pesebre a la cruz (cf. Lc 23,46; Jn 19,28)

 

            Jesús vive en oración. En él la contemplación está verdaderamente injertada en lo nuclear de la vida. Pues bien, nosotros mismos vivimos y oramos siguiendo los pasos de Cristo:

 

“Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro...” (Mt 6,9-13).

 

En la Iglesia de los creyentes

 

            La iglesia se construye en la oración y nos reúne a todos para la oración.

            La Iglesia hace de la oración un deber para nosotros, hasta el punto que nos pide que oremos constantemente:

 

“Estad siempre alegres, orad constantemente, dad gracias a Dios en toda circunstancia, porque esto quiere Dios de vosotros como cristianos” (1 Tes 5,16-17).

 

            No hay un sólo día, una sola hora, ni un sólo instante, desde hace dos mil años, en que la Iglesia de Cristo -a semejanza de todas las religiones del mundo- deje que se apague el fuego de la oración.

            En la sombra de las catedrales, de las iglesias, de las basílicas, de las capillas, de los oratorios, de los monasterios, de las ermitas y, sobre todo, de los corazones, millares de llamas abrasan, como una zarza ardiente de dimensiones cósmicas, la superficie de la tierra.

 

En nuestras vidas

 

            Lo esencial es amar. Pero no se puede amar sin beber con la fuente del Amor mismo por el camino de la oración.

            De este modo, la oración ilumina nuestras vidas, alimenta nuestro ser, fortalece nuestra fe, reaviva nuestra esperanza, nos estimula a la caridad.

            Cuando oramos llegamos a ser lo que realmente somos, en lo más profundo de nosotros mismos, abriéndonos a Dios y dándonos a los hombres.

            Descubrimos maravillados que la oración habita en el corazón de Dios mismo y que Dios quiere habitar en nuestro corazón.

            Así pues, nuestro corazón está totalmente habitado por la oración:

 

“Recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Padre!” (Rom 8,15)

 

            Basta con dejarla aflorar.

            Nuestra oración se une a la oración del universo creado por el Padre; a la oración de la historia de la salvación que nos conduce hasta el Hijo. Y a la oración de la Iglesia de los creyentes, impulsada por el Espíritu.

            Podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad:

 

“Se acerca la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre con espíritu y verdad, pues, de hecho, el Padre busca hombres que lo adoren así. Dios es espíritu y, los que lo adoran, han de dar culto con espíritu y verdad” (Jn 4,23-24).

 

 

 

Ninguno de nosotros sabe orar, pero Jesús nos ha enseñado cómo hacerlo.

 

Después de tantas y tantas generaciones, sus discípulos intentan imitarle, y han ido desarrollando y precisando, un cierto número de leyes para actualizar y concretar las enseñanzas del Evangelio.

 

Enseñanzas que, a lo largo de los siglos, numerosos maestros espirituales han confirmado.

 

Estas enseñanzas nos abren las puertas del mundo interior de la contemplación.

 

Aquí tienes, hermano, diez llaves para la oración.

 

 


( PRIMERA LLAVE: ESPÍRITU SANTO

 

            Es muy importante que tomemos conciencia de una primera verdad: la oración habita ya en nosotros. Quizá no habíamos pensado nunca en ello. Sin embargo, ésta es la realidad.

            Llevamos en nosotros mismos, inscrito en nuestro ser, el aliento mismo de Dios, soplado en nuestro pecho desde el principio. Éste es el don más hermoso de nuestra divina creación.

 

“Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2,7).

 

            En efecto, desde el origen, se puede decir que este ser vivo que somos nosotros, ontológicamente es un ser orante, puesto que ha sido constituido como ser animado, marcado en lo más profundo de sí mismo por el sello de la imagen y semejanza:

 

“Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1,27).

 

            Con la gracia de la Encarnación redentora, se nos ha dado este mismo Espíritu inundando nuestros corazones:

 

“El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom 5,5).

 

            De una forma todavía más maravillosa poseemos las primicias del Espíritu y llevamos en nosotros su sello:

 

“Al creer, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido...para ser un himno a su gloria” (Ef 1,14).

 

            Es él quien nos anima, pues es nuestra vida. Y si es nuestra vida, la primera llave de la oración consiste en seguir sus pasos:

 

“Si el Espíritu nos da vida, sigamos también los pasos del Espíritu” (Gál 5,25)

 

            Hemos de comenzar por unir nuestro ser a la oración que ya habita en nosotros. Tenemos que descubrir sus huellas, pues ella va delante de nosotros. No debemos impedir que aflore. Tenemos que liberarla por nuestra fe en su presencia y por nuestra docilidad a sus llamadas.

            Para orar bien tengo que comenzar por escuchar dentro de mí mismo, al Espíritu de Jesús orando al Padre del cielo:

 

“Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba!¡Padre!” (Gál 4,6).

 

            Desde este momento, ¿qué importancia tiene nuestra debilidad, nuestra inercia, nuestra falta de experiencia? No es dándonos cabezazos obstinadamente contra esta situación como lograremos continuar hacia adelante. En el centro de este gran muro, se ha abierto una puerta y tenemos ya la llave de su cerradura.

            Nosotros no sabemos qué hacer para orar como conviene, pero eso no es problema. El Espíritu intercede por nosotros:

 

“El Espíritu acude en auxilio de nuestra debilidad: nosotros no sabemos, a ciencia cierta, lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros, con gemidos, sin palabras” (Rom 8,26).

 

            Por tanto, antes que nada debemos orar en el Espíritu Santo. Él es el maestro de nuestra oración. Puesto que el Espíritu de Dios habita en nosotros y el Padre no puede negárnoslo si se lo pedimos:

 

“Si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros niños, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Lc 11,13).

 

            Vivamos a la escucha de este huésped interior, seamos dóciles a sus deseos, atentos a su presencia, consintiendo a sus llamadas. El mismo, en persona, acude en auxilio de nuestra incapacidad natural, con la dulzura de sus gemidos. No frenemos su acción.


          ( SEGUNDA LLAVE: EN EL NOMBRE DE JESÚS.

 

            La segunda llave de la oración nos abre la puerta para orar en el nombre de Jesús.

            Con frecuencia, en nuestra oración nos topamos con el sentimiento de no ser escuchados o de ser mal correspondidos. Pedimos sin recibir, buscamos sin encontrar y llamamos a la puerta sin que se nos abra.

 

“Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán; porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama le abren” (Mt 7, 7-8).

 

            Y es que también en esto nos metemos a veces por callejones sin salida:

 

“Miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Se cumple en ellos la profecía de Isaías: Por mucho que oigáis no entenderéis, por mucho que miréis no veréis, porque está embotada la mente de este pueblo. Son duros de oído, han cerrado los ojos para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con la mente, ni convertirse, para que yo los cure” (Mt 13, 13-15).

 

“Si pedís, no recibís, porque pedís mal” (Stg  4,3)

 

            Para poder seguir adelante, tenemos que dirigirnos a Cristo.  El Padre no puede negar nada a quien le pida en nombre del Hijo amado.

 

Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida (1 Jn 5, 12)

 

            Pero, ¿pedimos realmente en nombre de Cristo? Para orar como conviene, no es suficiente con estar atento, ser fervoroso, generoso, esforzado o perseverante. Hay que orar en el nombre del Hijo de Dios.

            Tenemos que preguntarnos constantemente si lo que decimos, buscamos o esperamos, en nuestra oración, lo hacemos realmente en el nombre de Jesús. Es decir, conforme a sus mandamientos y según la voluntad del Padre.

            Si lo hacemos así, podemos estar seguros de que nuestra oración será escuchada.

            Si pedís algo en mi nombre, nos dice Jesús, yo lo haré. Y añade:

 

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos y entonces yo le pediré al Padre” (Jn 14, 15).

 

            He aquí la llave. Orando en él, oramos a través de él. Llegamos a ser hijos en el Hijo. Nuestra oración se une a la suya y la suya se convierte en la nuestra. Ya no somos nosotros los que oramos, es Jesús quien ora en nosotros:

 

“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

 

            ¿Cómo podría el Padre, que nos ama porque amamos a su Hijo, en quien somos uno, no concedernos todo favor?

 

“No quiero decir que yo rogaré al Padre por vosotros: el Padre mismo os quiere, porque vosotros ya me queréis” (Jn 16, 27)

 

            De manera que oramos verdaderamente en el nombre de Jesús. Oramos como Jesús. Oramos a Jesús, el sumo sacerdote comprensivo y compasivo, capaz de auxiliar a los que ahora están pasando la prueba del dolor.

 

“Por haber pasado él la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora la están pasando” (Heb 2, 18).

 

            Oramos diciendo: “Jesús”. Y es la mejor oración. Sólo por este nombre somos salvados, pues él es la puerta.

 

“Yo soy la puerta: el que entre por mí estará seguro, podrá entrar y salir y encontrará pastos” (Jn 10, 9).

 

            Y él es también la llave.

 

“Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá” (Is 22,22).


                       ( TERCERA LLAVE: COMO NIÑOS

 

            Podemos orar como un niño. Porque si no nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de Dios:

 

Dejad que se me acerquen los niños y no se lo impidáis, porque los que son como ellos tienen a Dios por Rey. Os aseguro que quien no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18, 15-17).

 

            La oración no es una cosa complicada; es cierto que nunca es fácil, pero es siempre algo sencillo. El Señor se complace en ser alabado por la boca de los niños, de los niños de pecho:

 

“De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos” (Sal 8, 3).

 

            Se entra verdaderamente en el reino de la oración y, por tanto, en la intimidad con Dios, volviendo a tener un corazón de niño:

 

“Llamó a un niño, lo puso en medio y le dijo: Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como estos chiquillos, no entraréis en el Reino de Dios” (Mt 18, 3).

 

            Lo que Dios oculta a los sabios y entendidos, se complace en revelarlo a los más pequeños:

 

“Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien” (Mt 11, 25).

 

            Recibiremos el Reino de Dios creyendo en él con toda nuestra fe de niños. Conmoveremos el corazón de nuestro Padre pidiéndole con todo nuestro amor de niños.

            Pues bien, todos nosotros, ya somos hijos de Dios desde ahora. El mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios:

 

“Mirad, no recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor; sino un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba!¡Padre!. Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rom 8, 16).

 

            Y la prueba de que somos hijos es que Dios envió a nuestro interior el Espíritu del Hijo.

 

“La prueba de que sois hijos es que Dios envió, a vuestro interior, el Espíritu de su Hijo, que grita: “¡Abba! ¡Padre!”. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo y, si eres hijo, eres también heredero, por obra de Dios” (Gál 4, 6-7).

 

            ¿Qué esperamos, pues, para entrar por una oración filial en la libertad y la gloria de los hijos de Dios? ¿Qué esperamos para atrevernos a decirle al Altísimo: “Papá”? ¿Creemos verdaderamente que se enfadará?

            Despojémonos de nuestras máscaras. No juguemos más “a ser mayores”. Creamos en la ternura del Padre. El está ahí y quiere cogernos en sus brazos, auparnos como a un bebé hasta sus mejillas.

 

“Yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en mis brazos... Con correas de amor los atraía, con cuerdas de cariño... me inclinaba y les daba de comer” (Os 11, 3-4).

 

            Aceptemos la invitación a nacer de nuevo.

 

“Te aseguro que si uno no nace de nuevo no podrá gozar del reinado de Dios... A menos que uno nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 4-7).

 

            Si no es así, no superaremos nunca el obstáculo de los falsos miedos, ilusiones y dudas.

            La tercera llave de la oración consiste pues, en orar con un corazón de niño.


               ( CUARTA LLAVE: ORAR HUMILDEMENTE

 

            El espíritu de la niñez nos abre al espíritu de la humildad. Y la humildad nos hace entrar en la oración más verdadera.

            La cuarta llave de la oración consiste, efectivamente, en orar humildemente, como un pobre. El mismo Jesús nos instruye en esto con gran elocuencia mediante la parábola del fariseo y el publicano:

 

“A todo el que se encumbra lo abajarán y al que se abaja lo encumbrarán” (Lc 18, 14).

 

            ¡Qué claro está!

            El problema de la oración queda reducido aquí a una cosa muy sencilla: hay que rechazar toda pretensión, toda autosuficiencia, toda autosatisfacción.

            La oración del justo orgulloso no llega hasta Dios; ella misma es la causa de que no siga adelante.

            Por el contrario, la oración del pobre se hace escuchar por Dios, pues llama con toda la fuerza de su humildad:

 

“El Señor escucha la súplica del pobre y le hace justicia inmediatamente” (Eclo 21, 5).

 

            La oración humilde es la oración verdadera; la que no se hincha, sino que se achica. La oración de un corazón que se dice pecador, porque de verdad lo es, pero que no tiene miedo de reconocerlo, porque sabe muy bien que Dios está siempre dispuesto a perdonarle.

            Es la oración de aquél o de aquélla que, en lugar de lamentarse o menospreciarse, se tiene en lo que debe tenerse:

 

“En virtud de lo que he recibido, aviso a cada uno de vosotros, sea quien sea, que no se tenga en más de lo que hay que tenerse, sino que se tenga en lo que debe tenerse, según la medida de la fe que Dios haya repartido a cada uno” (Rom 12, 3).

 

            Así podrá cantar como María, las maravillas que Dios ha hecho en ella o en él, fijándose en su humilde servidor, o en su humilde esclava (cf. Lc 1, 48-49).

 

            La oración humilde es la oración del pobre que se sabe frágil, inconstante, distraído e incluso literalmente incapaz por sí mismo de orar (cf. Rom 8, 26). Pero esta verdad nos hace libres. Y esta libertad conmueve el corazón de Dios.

 

“Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por Rey” (Mt 5, 3).

 

            Estos piensan, quieren y actúan según el Espíritu de Dios. Y esta pobreza elegida les abre a las riquezas del Reino de Dios.

 

“El primer grado de la oración, consiste en rechazar las sugestiones, con un pensamiento o una palabra sencilla y firme... El segundo grado es mantener nuestro pensamiento únicamente en lo que decimos y pensamos... El tercer grado, es el recogimiento del alma en el Señor” (San Juan Clímaco).

 

            Nada más humilde y más pobre. Pero el alma rendida así a Dios, abandonada a él, está totalmente habitada por Dios, iluminada, colmada. Puede avanzar en la humildad.

 

            Esta es la cuarta llave de la oración verdadera.


                         ( QUINTA LLAVE: EN SECRETO

 

            La quinta llave de la oración consiste en orar en secreto. Jesús nos lo enseña con toda claridad:

 

“Cuando quieras orar, métete en tu cuarto, echa la llave y ora a tu padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6).

 

            Pero, ¿qué es orar en secreto? Es importante comprenderlo bien si queremos coger la buena llave.

            Orar en secreto no consiste en orar camuflado o en la oscuridad para huir de la mirada de los hombres evitando así tener que dar testimonio.

 

“Con todo el que se pronuncie por mí ante los hombres, me pronunciaré también yo ante mi Padre del cielo; pero al que me niegue ante los hombres, lo negaré yo, a mi vez, ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33)

 

            Orar en secreto es, en primer lugar, orar en la autenticidad, es decir, en la verdad de aquél que busca ser antes que aparentar.

            Es también orar en la profundidad más interior del corazón, en la unión de alma y espíritu, donde penetra la Palabra de Dios, viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos:

 

“La palabra de Dios es viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos,penetra hasta la unión de alma y espíritu, de órganos y médula, juzga sentimientos y pensamientos”(Hb 4, 12).

 

            Finalmente, y sobre todo, es orar en la intimidad del amor, que se hace así no solamente filial o de amistad, sino literalmente nupcial. Como la amada del Cantar de los Cantares, al acercarse al Amado:

 

“¡Que me bese, con besos de su boca!... ¡llévame contigo, sí, corriendo, a tu alcoba condúceme, rey mío, a celebrar contigo nuestra fiesta!” (Cant 1, 2-4).

            Hay que quitarse las sandalias y entrar en el secreto del rey como aquella de cuya belleza Dios está prendado, para escuchar y prestar oído, prosternándonos ante El:

 

“Escucha, hija mía, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: prendado está el rey de tu belleza, póstrate ante él, que él es tu señor” (Sal 44, 11-12).

 

            Como María, conservando y meditando todo esto en su interior (cf. Lc 2, 19 y 51), saboreamos el gozo de lo indecible.

 

            La presencia del Esposo nos ilumina, nos transforma, nos diviniza. Y él encuentra su alegría en nosotros:

 

“Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” (Is 62, 5).

 

            Y nuestra alegría permanece en él:

 

“Hasta ahora, no habéis pedido nada, alegando mi nombre. Pedid y recibiréis, así vuestra alegría será completa”(Jn 16, 24).

 

            Vemos lo que ningún ojo vio nunca, oímos lo que ningún oído oyó nunca, lo que ningún hombre ha imaginado, todo lo que Dios ha preparado para los que le aman.

 

“¿Quién conoce a fondo la manera de ser del hombre si no es el espíritu del hombre que está dentro de él? Pues lo mismo: la manera de ser de Dios nadie la conoce, si no es el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado” (1 Cor 2, 9-12).

 

            La oración nos introduce en lo más profundo de la intimidad divina. Y haciéndonos entrar en el misterio de este secreto, de un cielo anticipado, la oración nos entrega su llave.


    ( SEXTA LLAVE: LA GRACIA DE LA PERSEVERANCIA.

 

            La oración, aunque nos revela lo más íntimo y lo más hermoso de la presencia de Dios en nosotros, muchas veces se queda simplemente en aridez y sequía. El santo monje Abba Agathón incluso decía que la oración es “un combate hasta el último suspiro”. Por tanto, para llegar a orar es necesario querer orar.

            En efecto, más que cualquier otra cosa, la oración es una cuestión de voluntad. Por este motivo, Jesús nos invita con firmeza a orar sin desanimarnos (cf. Lc 18, 1). Para ello, lo más importante es que luchemos en el combate de la fe.

 

“Lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado” (1 Tim 6, 12).

 

            Pues en la realidad el espíritu es animoso, pero la carne es débil.

 

“¿No habéis podido velar ni una hora conmigo? Estad en vela y pedid no ceder en la prueba. El espíritu es animoso, pero la carne es débil” (Mt 26, 41).

 

            Y tropezamos sin cesar con la tentación del adversario.

 

“Despejaos, espabilaos, que vuestro adversario, el diablo, rugiendo como un león, ronda buscando a quién tragarse” (1 Pe 5, 8).

 

            ¡Demasiado bien lo sabemos nosotros! La oración es el terreno por excelencia de lo invisible, y a nosotros nos gusta lo verificable.

            La oración se sitúa en el terreno de lo insensible y nosotros buscamos lo que se puede sentir.

            La oración nos pone frente a lo incomprensible y nosotros queremos captar lo inteligible.

            ¡Es duro amar a un Dios cuyo rostro no hemos visto!

            Así pues, la llave de la oración pasa también por este combate para el que Dios ya ha adiestrado nuestras manos.

 

“El adiestra mis manos para la guerra y mis brazos para tensar la ballesta” (Sal 17, 35).

 

            Tenemos que mantenernos firmes, como dice el apóstol Pablo:

 

“En la actividad no os echéis atrás; en el espíritu manteneos firmes, siempre al servicio del Señor. Que la esperanza os tenga alegres, sed enteros en las dificultades y asiduos a la oración” (Rom 12, 12).

 

            Ya no se trata de “quemarse”, hay que “conservarse”, mantenerse, ya que se nos ha pedido orar constantemente.

            Es lo que las escrituras llaman perseverancia.

 

“Los de la tierra buena, son esos que escuchan, guardan el mensaje en un corazón noble y generoso y dan fruto con su aguante” (Lc 8, 15).

 

“Tened el delantal puesto y encendidos los candiles: pareceos a los que aguardan a que su amo vuelva de la boda, para que cuando llegue, abrirle en cuanto llame” (Lc 12, 36).

 

            Para los que permanezcan cimentados y estables en la fe e inamovibles en la esperanza que escucharon del evangelio (cf. Col 1, 23), las puertas de la vida se abren con la llave de la oración fiel.

            Por ella encuentran el modo de avanzar y Dios se complace en atenderles una vez más.

 

“Cualquier cosa que pidáis en vuestra oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis” (Mc 11, 24)

 

            Así pues, todo el que quiera orar y luche para mantenerse en el intento, encuentra la llave en la gracia de la perseverancia, por donde la fe permite siempre avanzar.


                  ( SÉPTIMA LLAVE: CON TODO EL SER

 

            La oración no tiene nada de desencarnada porque compromete a todo el ser.

            Si es verdad, como dice Teresa de Jesús, que la oración consiste en “mirar a Dios amándole”, la Torah y el Evangelio nos recuerdan que se trata de responder con todo nuestro amor al amor que Dios nos ofrece primero.

 

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” (Dt 6, 5).

 

            Y Jesús añade:

            “Y con todo el ser” (Lc 10, 27).

 

            También el cuerpo está hecho para la oración y hay que saberlo unir a ella.

            En occidente, a fuerza de situarlo todo a nivel de lo cerebral o de lo racional, hemos olvidado un poquito hacer participar al cuerpo en la oración. Por no saber hacerlo, corremos el riesgo de tener que soportar algunas dificultades inútiles o querer contrarrestar esta frustración esencial mediante algunas compensaciones demasiado carnales.

            Por eso una de las llaves de la oración consiste en orientar nuestro cuerpo para que tenga una plena participación en nuestra oración y que toda nuestra vida alabe a aquel que nos ha creado (Sal 150).

            Los discípulos de Jesús estaban tan impresionados por su actitud en la oración que comprometía tan visiblemente a todo su ser, que un día le dijeron:

 

“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1)

 

            El judaísmo, el islam, las religiones orientales, invitan a ciertas actitudes de oración en las que el cuerpo se integra totalmente. Nosotros debemos también a aprender a orar así.

            A falta de poder o de saber hacerlo, puede que nos demos de bruces como contra una puerta cerrada y que corramos el riesgo de quedarnos mucho tiempo en la antecámara de la contemplación.

            ¿Aguantaremos mucho tiempo orando tiesos como escobas, con los brazos cruzados pegados al respaldo de la silla...?

            San Ignacio de Loyola lo había comprendido perfectamente y por eso propone con mucha frecuencia, en sus ejercicios espirituales, que oremos “aplicando los sentidos”.

            Es preciso saber mirar y escuchar, sentir, tocar y saborear hasta las realidades de lo alto. Si no, se corre el riesgo de pasar dejando de lado lo esencial del misterio de la Encarnación redentora, pues no en vano

 

“La Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14).

 

            El creyente, invitado por la oración y el silencio contemplativo a entrar en lo más profundo de sí, se descubre a sí mismo al mismo tiempo que descubre a Dios. Y ya que es verdad que habita corporalmente en Cristo la plenitud total de la divinidad, hace falta que el creyente descubra que también corporalmente él está unido a Cristo en esta plenitud:

 

“Porque es en éste en quien habita realmente la plenitud total de la divinidad, y por él, que es cabeza de toda soberanía y autoridad, habéis obtenido vuestra plenitud” (Col 2, 9-10).

 

            A partir de este momento, nuestra oración será más sentida, más verdadera y más plena.

 

“Por consiguiente, donde hay un cristiano, hay humanidad nueva; lo viejo ha pasado; mirad,existe algo nuevo”(2 Co 5, 17).

 

“El cuerpo... es para el Señor y el Señor es para el cuerpo” (1 Cor 6, 13b).

 

            Por tanto, podemos orar verdaderamente a Dios no sólo con la mente sino también con el cuerpo.

 

“Glorificad a Dios con vuestro cuerpo” (1 Cor 6, 20).

 

            Los que sepan hacerlo tienen en la mano la séptima llave de la oración.


                ( OCTAVA LLAVE: ORAR EN LA IGLESIA

 

            Si la oración es un acto eminentemente personal, nunca es sin embargo un acto individual.

            Y ésta no es la menor de las paradojas, porque una nueva llave de la oración se nos ofrece desde la maravillosa realidad de la oración eclesial, que es también oración litúrgica y participada.

            Quien no sepa orar en la Iglesia, no sabrá orar verdaderamente.

            La Iglesia es la prolongación de Cristo sobre la tierra y el lugar en el que el Espíritu sitúa a los hombres en la mayor unidad. Es en la Iglesia donde mejor brilla y se quema la zarza ardiente de la oración.

            La Iglesia nació del fuego de la contemplación que iluminaba la cámara alta.

 

“Llegados a la casa, subieron a la sala donde se alojaban; eran: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Fanático y Judas el de Santiago. Todos ellos se dedicaban a la oración común, junto con algunas mujeres, además de María, la madre de Jesús, y sus parientes” (Hch 1, 12-14).

 

            Y se manifestó en primer lugar en el fervor de las primeras comunidades de Jerusalén, que se mantenían constantes en la oración:

 

“Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles y en la comunidad de vida, en el partir el pan y en la oración” (Hch 2, 42).

 

            La Iglesia es la morada viva y vivificadora donde escuchamos unidos al Señor que nos dice que nos ama.

            Es allí donde le decimos unidos que le amamos.

            La oración litúrgica expresa, alimenta y construye el amor mutuo, que es el vínculo perfecto.

“Por encima de todo, ceñíos el amor mutuo, que es el cinturón perfecto” (Col 3, 14).

 

            La oración litúrgica tiene algo que la hace irreemplazable: que no es una oración improvisada, sino recibida; que no es individual, sino comunitaria. Es una oración ofrecida, construida, establecida. En una palabra: eclesial.

            Es portadora de una gracia muy particular de fecundidad y de unidad.

            Nada mejor para acercar al hombre a Dios y unir a los hombres entre sí que la oración litúrgica, que forma el cuerpo de Cristo y une, anticipando el Reino, el tiempo y la eternidad, la tierra y el cielo.

            Quien sabe sumergirse en la divina liturgia, posee con toda seguridad una de las mejores llaves para la oración.

 

            La liturgia ilumina la vida, explica el pasado y alumbra el provenir.

            Por la liturgia, el orante santifica el tiempo.

            La liturgia llena nuestro ser, unifica nuestros corazones, dilata nuestros espíritus y hace de todos nosotros, unidos, el mismo cuerpo en el único Espíritu.

 

“Es un hecho que el cuerpo, siendo uno, tiene muchos miembros; pero los miembros, aun siendo muchos, forman entre todos un solo cuerpo. Pues también el Mesías es así, porque también a todos nosotros, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, nos bautizaron con el único Espíritu, para formar un solo cuerpo” (1 Co 12, 12-13).

 

            Lejos de separarnos de lo real, la liturgia nos envía de nuevo constantemente a lo más cotidiano de nuestras vidas.

 

            La liturgia consolida nuestra esperanza, alimenta nuestra fe y aviva cada día en nosotros el fuego del amor cuyo epicentro es la Eucaristía. Mientras nos eleva hacia el cielo, la liturgia nos guarda en el corazón del hoy de Dios.


                     ( NOVENA LLAVE: DESDE LA VIDA

 

            Lejos de apartarnos de lo real, la verdadera liturgia nos hace volver a las exigencias más concretas de lo cotidiano.

            Y para guiarnos por el camino de nuestras responsabilidades de cada día, se nos entrega otra llave, la novena, que nos enseña a orar desde la vida.

 

            La vida es una maravillosa escuela de oración, si sabemos también abrir sus puertas por el lado bueno.

            No olvidemos nunca que Marta es la hermana de María (cf. Lc 10,38-42) y que la finalidad de toda vida espiritual no es oponer ni siquiera jerarquizar, sino todo lo contrario: unificar en nosotros acción y contemplación.

 

“Muchas veces, nos parece que es difícil coordinar la vida y la oración. Es un error. Un error total debido a que tenemos una falsa idea tanto de la vida como de la oración.

Pensamos que la vida consiste en estar agitados y que la oración consiste en retirarse a algún lugar y olvidar todo lo referente a nuestro prójimo y a nuestra situación humana.

Es falso. Es una calumnia sobre la vida y una calumnia sobre la misma oración” (Monseñor Bloom).

 

            Necesitamos, pues, aprender a orar desde la vida como tantos santos y místicos han hecho a lo largo de los siglos.

 

            La mayor parte de nosotros habitamos hoy en las ciudades: tenemos, pues, que diseñar el camino de la oración a través de la ciudad. Tenemos que vivir la oración en la ciudad y la ciudad en la oración.

            No digamos con demasiada rapidez que la ciudad nos dispersa, nos distrae o nos impide orar.

            Es verdad que la ciudad es ruidosa, molesta, dispersadora y a menudo incluso paganizada. Pero si sabemos atravesarla con la llave de la oración, de la oración urbana -que es probablemente lo más maravilloso que tenemos que experimentar para poder un día mostrarlo y enseñarlo a otros- descubriremos con admiración, que la ciudad puede muy bien suscitar y alimentar nuestra oración.

            Oración de súplica y de intercesión; oración de alabanza y de acción de gracias; oración de petición y de agradecimiento.

 

            La ciudad nos ofrece mil ocasiones de orar a lo largo de la jornada.

            Siendo el hombre, y por tanto la ciudad de los hombres, la imagen más hermosa de Dios, la ciudad nos habla de Dios:

 

“Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía. Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres; él habitará con ellos y ellos serán su pueblo; Dios en persona estará con ellos” (Ap 21, 1-3).

 

            Lugar de combate incesante entre la gracia y el pecado, nuevo desierto purificador, la ciudad nos conduce a Dios.

            Con Jesús y María, que fueron toda su vida ciudadanos, nosotros podemos abrir con las llaves de la oración, las puertas de la ciudad, anticipando así en lo cotidiano de la vida, nuestra entrada final en la Jerusalén de arriba que es nuestra madre.

 

“La Jerusalén de arriba es libre y ésa es nuestra madre, pues dice la Escritura: ‘Alégrate, estéril, que nos das a luz, rompe a gritar, tú que no conocías los dolores, porque la abandonada tiene muchos hijos, más que la que vive con su marido”. (Gál 4, 26).


             ( DÉCIMA LLAVE: ORAR CONSTANTEMENTE

 

            La última llave de la oración nos abre a la morada de la constancia:

 

“Orad constantemente, dad gracias en toda circunstancia, porque esto quiere Dios de vosotros, como cristianos” (1 Tes 5, 17)

 

            El mismo Jesús no dudó en decirnos que teníamos que:

 

“Orar siempre y no desanimarse” (Lc 18, 1)

 

            ¿No está Dios siempre presente en nosotros?:

 

“Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré” (Sal 15,8)

 

            Y su amor por nosotros, ¿no es desde siempre y para siempre?:

 

“¿Cabe decir más? Si Dios está a favor nuestro, ¿quién podrá estar en contra? Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos también, junto con su Hijo, todas las cosas?... Estoy convencido de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente ni lo futuro, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor! (Rom 8, 31-32.38-39).

 

            La llave de la oración continua nos lleva, finalmente, a entrar en el misterio de la continuidad de una mirada de fe, de una actitud de amor. Cuando se cree verdaderamente, se cree en toda ocasión. Cuando se ama verdaderamente, se ama siempre.

            Tenemos realmente en nuestras manos esta última llave de la oración que puede transformarla en oración continua en nosotros. Nada más difícil, pero nada más simple al mismo tiempo. Basta con vivir atentamente, humildemente, afectuosamente, bajo la mirada de Dios. En una palabra: hay que vivir amorosamente con Dios.

            Con un Dios de ternura, que no espera de nosotros más que ser mirado y aceptado como lo que es un padre, un esposo, un amigo.

 

            Preguntad a los enamorados si tienen necesidad de esforzarse mucho para pensar en el amado o en la amada. Piensan en él o en ella constantemente, ya que le aman siempre.

 

            Fijaos bien: necesitamos descubrir la oración continua.

 

“En la mañana, a lo largo del día y por la noche, pienso en ti” (cf. Sal 118, vv: 55,62,97,147,148,164).

 

“En la noche duermo y mi corazón está en vela” (Cant 5,2).

 

            Todo se convierte en ocasión de acogerle en nosotros o de volver nuestro ser hacia él.

 

“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20)

 

            Oramos como le vivimos.

            Oramos constantemente, pues la vida no cesa en nosotros.

 

“El verdadero espiritual ora durante toda su vida, pues orar es para él esfuerzo de unión con Dios; y rechaza todo lo que es inútil, porque ha llegado ya a ese estado en que, en cierto modo, ha recibido ya la perfección que consiste en hacer todo por amor” (San Clemente de Alejandría).

 

            San Clemente concluye con esta admirable fórmula, que se convierte en nuestro último deseo: “Toda su vida es una liturgia sagrada”.

 

            Este hombre anticipa la eternidad.