DIEZ LLAVES
PARA ORAR
Pierre-Marie Delfieux
Reproducimos parcialmente el
libro Diez llaves para la oración, de
Pierre-Marie Delfieux, Narcea Ediciones, Madrid 1995.
Siguiendo la
tradición de Santa Teresa de Ávila, Delfieux considera que en la oración hay
unas moradas con puertas que fácilmente se abren con unas llaves. Éstas no son
sólo acceso a la oración, sino oración misma, de tal forma que quien empiece a
utilizar una de ellas se encontrará orando con Jesús al padre. Porque las
puertas de la oración se abren por dentro, y el Señor que las abre está
deseando ver cómo el orante mete la llave por la cerradura para hacer un
movimiento de ayuda por el otro lado.
Pierre-Marie
Delfieux es un sacerdote francés que en 1975 fundó las Comunidades Monásticas de
Jerusalén, las cuales buscan hacer el “desierto en la ciudad”.
Por su sencillez, profundidad y riqueza bíblica, la lectura y meditación de este texto será, sin duda, un valioso aporte a tu camino de oración, y él mismo se convertirá en ocasión de ora
La oración es lo primero de todo. No es lo esencial: lo
esencial es la caridad, que resume en sí misma la perfección, Dios mismo. Pero
la oración es lo primero.
Sin orar no sabemos cómo se puede vivir, ni por qué hay
que morir, ni de qué manera tenemos que amar. Por eso, siempre encontramos la
oración en primer lugar.
En el
universo
Los seis primeros días de la creación nos llevan hacia el
séptimo. Y el séptimo día, el que da sentido al conjunto de la creación, es el
día de
“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento
pregona la obra de sus manos; el día le pasa el mensaje al día, la noche se lo
susurra a la noche” (Sal 18, 2-3).
“La tierra entera aclama al Señor” (Sal 99, 1).
La oración llena el universo. Y nosotros, antes que nada,
debemos ponernos al unísono con el mundo.
En la
historia de la salvación
Abraham era un hombre enteramente vuelto hacia Dios;
escuchó, obedeció, intercedió, suplicó. Su vida fue una larga marcha vivida
bajo la mirada del Señor, y un diálogo incesante con este Dios de quien llega a
ser su amigo:
“Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe
de Abraham, mi amigo. Tú a quien cogí en los confines del orbe, a quien llamé
en sus extremos, a quien dije: ‘Tú eres mi siervo, te he elegido, y no te he
rechazado’. No temas, que yo estoy contigo; no te angusties, que yo soy tu
Dios: te fortalezco, te auxilio, te sostengo” (Is 41, 8-10).
Moisés vivirá el largo éxodo de su propia existencia en
diálogo incesante con aquél que le revelará, paso a paso, sus más íntimos
secretos: su nombre (cf. Ex 3,14), su alianza (cf. Ex 19,5), su ternura (cf. Ex
34,7), su gloria (cf. Ex 34,29ss).
David y Salomón, Samuel y Elías, los jueces, los sabios,
los profetas y todo el pueblo de los justos, de los santos, de los anawin, viven en oración.
Desde Abraham a Juan Bautista, se puede decir que la
historia de la salvación es una cadena ininterrumpida de oración. Nosotros
somos los brotes nuevos de esta raíz impregnada de oración:
“Al olivo, que son los judíos, se le cortaron
algunas de las ramas, y en su lugar se le injertó el olivo silvestre, que eres
tú. Así llegaste a tener parte en la misma raíz y en la savia del olivo. Pero
no te gloríes, despreciando las ramas naturales. Si lo haces, recuerda que no
eres tú quien sostiene la raíz, sino que la raíz te sostiene a ti” (Rom 11,
17-18)
En Jesús
La vida de Jesús es como una incesante contemplación.
Enteramente orientado hacia el Padre, en la comunión perfecta del Espíritu,
todo él es ofrenda permanente, escucha amorosa y atenta, himno interior de
adoración, de amor, de acción de gracias e intercesión continua por todos los
hombres.
Por la oración, Jesús está tan unificado y tan unido a
Dios, que puede decir que él está en el Padre y el Padre en él:
“Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre está
conmigo; al menos, dejaos convencer por las obras mismas” (Jn 14,11).
Siempre y en todo lugar, Jesús ora:
- en el templo (cf. Lc 2,41; Mt 21,13; Jn 2,16)
- en el monte (cf. Mt 14,23; Lc 6,12; 9,28; Mc 3,13)
- en el desierto (cf. Mc 1,45; Lc 5,19; Mt 14,13)
- o en cualquier parte
- en lo imprevisto de la jornada y del camino (cf. Lc
11,1)
- lo mismo durante el día (cf. Jn 17,1)
- que durante la noche (cf. Lc 6,12)
- solo (cf. Mt 26,36)
- o con sus discípulos (cf. Lc 9,18; 3,21)
- del pesebre a la cruz (cf. Lc 23,46; Jn 19,28)
Jesús vive en oración. En él la contemplación está
verdaderamente injertada en lo nuclear de
“Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro...” (Mt 6,9-13).
En la Iglesia
de los creyentes
La iglesia se construye en la oración y nos reúne a todos
para la oración.
La Iglesia hace de la oración un deber para nosotros,
hasta el punto que nos pide que oremos
constantemente:
“Estad siempre alegres, orad constantemente, dad
gracias a Dios en toda circunstancia, porque esto quiere Dios de vosotros como
cristianos” (1 Tes 5,16-17).
No hay un sólo día, una sola hora, ni un sólo instante,
desde hace dos mil años, en que la Iglesia de Cristo -a semejanza de todas las
religiones del mundo- deje que se apague el fuego de la oración.
En la sombra de las catedrales, de las iglesias, de las
basílicas, de las capillas, de los oratorios, de los monasterios, de las
ermitas y, sobre todo, de los corazones, millares de llamas abrasan, como una zarza ardiente de dimensiones cósmicas,
la superficie de la tierra.
En nuestras
vidas
Lo esencial es amar. Pero no se puede amar sin beber con
la fuente del Amor mismo por el camino de la oración.
De este modo, la oración ilumina nuestras vidas, alimenta
nuestro ser, fortalece nuestra fe, reaviva nuestra esperanza, nos estimula a la
caridad.
Cuando oramos llegamos a ser lo que realmente somos, en
lo más profundo de nosotros mismos, abriéndonos a Dios y dándonos a los
hombres.
Descubrimos maravillados que la oración habita en el
corazón de Dios mismo y que Dios quiere habitar en nuestro corazón.
Así pues, nuestro corazón está totalmente habitado por la
oración:
“Recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos
permite gritar: ¡Abba! ¡Padre!” (Rom 8,15)
Basta con dejarla aflorar.
Nuestra oración se une a la oración del universo creado
por el Padre; a la oración de la historia de la salvación que nos conduce hasta
el Hijo. Y a la oración de la Iglesia de los creyentes, impulsada por el
Espíritu.
Podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad:
“Se acerca la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en
que los que dan culto auténtico darán culto al Padre con espíritu y verdad,
pues, de hecho, el Padre busca hombres que lo adoren así. Dios es espíritu y,
los que lo adoran, han de dar culto con espíritu y verdad” (Jn 4,23-24).
|
Ninguno de nosotros
sabe orar, pero Jesús nos ha enseñado cómo hacerlo. Después de tantas y
tantas generaciones, sus discípulos intentan imitarle, y han ido
desarrollando y precisando, un cierto número de leyes para actualizar y
concretar las enseñanzas del Evangelio. Enseñanzas que, a lo
largo de los siglos, numerosos maestros espirituales han confirmado. Estas enseñanzas nos
abren las puertas del mundo interior de la contemplación. Aquí tienes, hermano,
diez llaves para la oración. |
( PRIMERA LLAVE: ESPÍRITU
SANTO
Es muy importante que tomemos conciencia de una primera
verdad: la oración habita ya en nosotros.
Quizá no habíamos pensado nunca en ello. Sin embargo, ésta es la realidad.
Llevamos en nosotros mismos, inscrito en nuestro ser, el
aliento mismo de Dios, soplado en nuestro pecho desde el principio. Éste es el
don más hermoso de nuestra divina creación.
“Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla
del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en ser
vivo” (Gn 2,7).
En efecto, desde el origen, se puede decir que este ser
vivo que somos nosotros, ontológicamente es un ser orante, puesto que ha sido constituido como ser animado, marcado en lo más profundo
de sí mismo por el sello de la imagen y semejanza:
“Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios
lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1,27).
Con la gracia de la Encarnación redentora, se nos ha dado
este mismo Espíritu inundando nuestros corazones:
“El amor que Dios nos tiene inunda nuestros
corazones, por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom 5,5).
De una forma todavía más maravillosa poseemos las primicias del Espíritu y llevamos en
nosotros su sello:
“Al creer, fuisteis sellados con el Espíritu Santo
prometido...para ser un himno a su gloria” (Ef 1,14).
Es él quien nos anima, pues es nuestra vida. Y si es
nuestra vida, la primera llave de la oración consiste en seguir sus pasos:
“Si el Espíritu nos da vida, sigamos también los
pasos del Espíritu” (Gál 5,25)
Hemos de comenzar por unir nuestro ser a la oración que
ya habita en nosotros. Tenemos que descubrir sus huellas, pues ella va delante
de nosotros. No debemos impedir que aflore. Tenemos que liberarla por nuestra
fe en su presencia y por nuestra docilidad a sus llamadas.
Para orar bien tengo que comenzar por escuchar dentro de
mí mismo, al Espíritu de Jesús orando al Padre del cielo:
“Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su
Hijo, que grita: ¡Abba!¡Padre!” (Gál 4,6).
Desde este momento, ¿qué importancia tiene nuestra
debilidad, nuestra inercia, nuestra falta de experiencia? No es dándonos
cabezazos obstinadamente contra esta situación como lograremos continuar hacia
adelante. En el centro de este gran muro, se ha abierto una puerta y tenemos ya
la llave de su cerradura.
Nosotros no sabemos qué hacer para orar como conviene,
pero eso no es problema. El Espíritu
intercede por nosotros:
“El Espíritu acude en auxilio de nuestra debilidad:
nosotros no sabemos, a ciencia cierta, lo que debemos pedir, pero el Espíritu en
persona intercede por nosotros, con gemidos, sin palabras” (Rom 8,26).
Por tanto, antes que nada debemos orar en el Espíritu
Santo. Él es el maestro de nuestra oración. Puesto que el Espíritu de Dios
habita en nosotros y el Padre no puede negárnoslo si se lo pedimos:
“Si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas
buenas a vuestros niños, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará Espíritu
Santo a los que se lo piden?” (Lc 11,13).
Vivamos a la escucha de este huésped interior, seamos
dóciles a sus deseos, atentos a su presencia, consintiendo a sus llamadas. El
mismo, en persona, acude en auxilio de nuestra incapacidad natural, con la
dulzura de sus gemidos. No frenemos su acción.
( SEGUNDA LLAVE: EN EL
NOMBRE DE JESÚS.
La segunda llave de la oración nos abre la puerta para
orar en el nombre de Jesús.
Con frecuencia, en nuestra oración nos topamos con el
sentimiento de no ser escuchados o de ser mal correspondidos. Pedimos sin recibir,
buscamos sin encontrar y llamamos a la puerta sin que se nos abra.
“Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y
os abrirán; porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que
llama le abren” (Mt 7, 7-8).
Y es que también en esto nos metemos a veces por
callejones sin salida:
“Miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Se
cumple en ellos la profecía de Isaías: Por mucho que oigáis no entenderéis, por
mucho que miréis no veréis, porque está embotada la mente de este pueblo. Son
duros de oído, han cerrado los ojos para no ver con los ojos, ni oír con los
oídos, ni entender con la mente, ni convertirse, para que yo los cure” (Mt 13,
13-15).
“Si pedís, no recibís, porque pedís mal” (Stg 4,3)
Para poder seguir adelante, tenemos que dirigirnos a
Cristo. El Padre no puede negar nada a
quien le pida en nombre del Hijo amado.
Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene
al Hijo de Dios no tiene la vida (1 Jn 5, 12)
Pero, ¿pedimos realmente en nombre de Cristo? Para orar como
conviene, no es suficiente con estar atento, ser fervoroso, generoso, esforzado
o perseverante. Hay que orar en el nombre del Hijo de Dios.
Tenemos que preguntarnos constantemente si lo que
decimos, buscamos o esperamos, en nuestra oración, lo hacemos realmente en el
nombre de Jesús. Es decir, conforme a sus mandamientos y según la voluntad del
Padre.
Si lo hacemos así, podemos estar seguros de que nuestra
oración será escuchada.
Si pedís algo en mi
nombre, nos dice Jesús, yo lo haré.
Y añade:
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos y entonces
yo le pediré al Padre” (Jn 14, 15).
He aquí
“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).
¿Cómo podría el Padre, que nos ama porque amamos a su
Hijo, en quien somos uno, no concedernos todo favor?
“No quiero decir que yo rogaré al Padre por
vosotros: el Padre mismo os quiere, porque vosotros ya me queréis” (Jn 16, 27)
De manera que oramos verdaderamente en el nombre de
Jesús. Oramos como Jesús. Oramos a Jesús, el sumo sacerdote comprensivo y
compasivo, capaz de auxiliar a los que ahora están pasando la prueba del dolor.
“Por haber pasado él la prueba del dolor, puede
auxiliar a los que ahora la están pasando” (Heb 2, 18).
Oramos diciendo: “Jesús”. Y es la mejor oración. Sólo por este nombre somos salvados,
pues él es la puerta.
“Yo soy la puerta: el que entre por mí estará
seguro, podrá entrar y salir y encontrará pastos” (Jn 10, 9).
Y él es también la llave.
“Colgaré de su hombro la llave del palacio de David:
lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá” (Is 22,22).
( TERCERA LLAVE: COMO
NIÑOS
Podemos orar como un niño. Porque si no nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de Dios:
Dejad que se me acerquen los niños y no se lo
impidáis, porque los que son como ellos tienen a Dios por Rey. Os aseguro que
quien no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18,
15-17).
La oración no es una cosa complicada; es cierto que nunca
es fácil, pero es siempre algo sencillo. El Señor se complace en ser alabado
por la boca de los niños, de los
niños de pecho:
“De la boca de los niños de pecho has sacado una
alabanza contra tus enemigos” (Sal 8, 3).
Se entra verdaderamente en el reino de la oración y, por
tanto, en la intimidad con Dios, volviendo a tener un corazón de niño:
“Llamó a un niño, lo puso en medio y le dijo: Os
aseguro que si no cambiáis y os hacéis como estos chiquillos, no entraréis en
el Reino de Dios” (Mt 18, 3).
Lo que Dios oculta a los sabios y entendidos, se complace
en revelarlo a los más pequeños:
“Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la
tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las
has revelado a la gente sencilla; sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido
eso bien” (Mt 11, 25).
Recibiremos el Reino de Dios creyendo en él con toda nuestra
fe de niños. Conmoveremos el corazón de nuestro Padre pidiéndole con todo
nuestro amor de niños.
Pues bien, todos nosotros, ya somos hijos de Dios desde
ahora. El mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios:
“Mirad, no recibisteis un espíritu que os haga
esclavos y os vuelva al temor; sino un Espíritu que os hace hijos y que nos
permite gritar: ¡Abba!¡Padre!. Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu
que somos hijos de Dios” (Rom 8, 16).
Y la prueba de que somos hijos es que Dios envió a
nuestro interior el Espíritu del Hijo.
“La prueba de que sois hijos es que Dios envió, a
vuestro interior, el Espíritu de su Hijo, que grita: “¡Abba! ¡Padre!”. De modo
que ya no eres esclavo, sino hijo y, si eres hijo, eres también heredero, por
obra de Dios” (Gál 4, 6-7).
¿Qué esperamos, pues, para entrar por una oración filial
en la libertad y la
Despojémonos de nuestras máscaras. No juguemos más “a ser
mayores”. Creamos en la ternura del Padre. El está ahí y quiere cogernos en sus
brazos, auparnos como a un bebé hasta sus mejillas.
“Yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en mis
brazos... Con correas de amor los atraía, con cuerdas de cariño... me inclinaba
y les daba de comer” (Os 11, 3-4).
Aceptemos la invitación a nacer de nuevo.
“Te aseguro que si uno no nace de nuevo no podrá
gozar del reinado de Dios... A menos que uno nazca del agua y del Espíritu, no
puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 4-7).
Si no es así, no superaremos nunca el obstáculo de los
falsos miedos, ilusiones y dudas.
La tercera llave de la oración consiste pues, en orar con
un corazón de niño.
( CUARTA LLAVE: ORAR HUMILDEMENTE
El espíritu de la niñez nos abre al espíritu de
La cuarta llave de la oración consiste, efectivamente, en
orar humildemente, como un pobre. El mismo Jesús nos instruye en esto con gran
elocuencia mediante la parábola del fariseo y el publicano:
“A todo el que se encumbra lo abajarán y al que se
abaja lo encumbrarán” (Lc 18, 14).
¡Qué claro está!
El problema de la oración queda reducido aquí a una cosa
muy sencilla: hay que rechazar toda pretensión, toda autosuficiencia, toda
autosatisfacción.
La oración del justo orgulloso no llega hasta Dios; ella
misma es la causa de que no siga adelante.
Por el contrario, la oración del pobre se hace escuchar
por Dios, pues llama con toda la fuerza de su humildad:
“El Señor escucha la súplica del pobre y le hace
justicia inmediatamente” (Eclo 21, 5).
La oración humilde es la oración verdadera; la que no se
hincha, sino que se achica. La oración de un corazón que se dice pecador, porque
de verdad lo es, pero que no tiene miedo de reconocerlo, porque sabe muy bien
que Dios está siempre dispuesto a perdonarle.
Es la oración de aquél o de aquélla que, en lugar de
lamentarse o menospreciarse, se tiene en lo que debe tenerse:
“En virtud de lo que he recibido, aviso a cada uno
de vosotros, sea quien sea, que no se tenga en más de lo que hay que tenerse,
sino que se tenga en lo que debe tenerse, según la medida de la fe que Dios
haya repartido a cada uno” (Rom 12, 3).
Así podrá cantar como María, las maravillas que Dios ha
hecho en ella o en él, fijándose en su humilde servidor, o en su humilde
esclava (cf. Lc 1, 48-49).
La oración humilde es la oración del pobre que se sabe
frágil, inconstante, distraído e incluso literalmente incapaz por sí mismo de
orar (cf. Rom 8, 26). Pero esta verdad nos hace libres. Y esta libertad
conmueve el corazón de Dios.
“Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos
tienen a Dios por Rey” (Mt 5, 3).
Estos piensan, quieren y actúan según el Espíritu de Dios.
Y esta pobreza elegida les abre a las riquezas del Reino de Dios.
“El primer grado de la oración, consiste en rechazar
las sugestiones, con un pensamiento o una palabra sencilla y firme... El
segundo grado es mantener nuestro pensamiento únicamente en lo que decimos y
pensamos... El tercer grado, es el recogimiento del alma en el Señor” (San Juan
Clímaco).
Nada más humilde y más pobre. Pero el alma rendida así a
Dios, abandonada a él, está totalmente habitada por Dios, iluminada, colmada.
Puede avanzar en la humildad.
Esta es la cuarta llave de la oración verdadera.
( QUINTA LLAVE: EN SECRETO
La quinta llave de la oración consiste en orar en
secreto. Jesús nos lo enseña con toda claridad:
“Cuando quieras orar, métete en tu cuarto, echa la
llave y ora a tu padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo
secreto, te recompensará” (Mt 6, 6).
Pero, ¿qué es orar en secreto? Es importante comprenderlo
bien si queremos coger la buena llave.
Orar en secreto no consiste en orar camuflado o en la
oscuridad para huir de la mirada de los hombres evitando así tener que dar
testimonio.
“Con todo el que se pronuncie por mí ante los
hombres, me pronunciaré también yo ante mi Padre del cielo; pero al que me
niegue ante los hombres, lo negaré yo, a mi vez, ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33)
Orar en secreto es, en primer lugar, orar en la
autenticidad, es decir, en la verdad de aquél que busca ser antes que aparentar.
Es también orar en la profundidad más interior del
corazón, en la unión de alma y espíritu, donde penetra la Palabra de Dios, viva
y enérgica, más tajante que una espada de dos filos:
“La palabra de Dios es viva y enérgica, más tajante
que una espada de dos filos,penetra hasta la unión de alma y espíritu, de
órganos y médula, juzga sentimientos y pensamientos”(Hb 4, 12).
Finalmente, y sobre todo, es orar en la intimidad del
amor, que se hace así no solamente filial o de amistad, sino literalmente
nupcial. Como la amada del Cantar de los Cantares, al acercarse al Amado:
“¡Que me bese, con besos de su boca!... ¡llévame
contigo, sí, corriendo, a tu alcoba condúceme, rey mío, a celebrar contigo
nuestra fiesta!” (Cant 1, 2-4).
Hay que quitarse las sandalias y entrar en el secreto del
rey como aquella de cuya belleza Dios está prendado, para escuchar y prestar
oído, prosternándonos ante El:
“Escucha, hija mía, mira: inclina el oído, olvida tu
pueblo y la casa paterna: prendado está el rey de tu belleza, póstrate ante él,
que él es tu señor” (Sal 44, 11-12).
Como María, conservando
y meditando todo esto en su interior (cf. Lc 2, 19 y 51), saboreamos el
gozo de lo indecible.
La presencia del Esposo nos ilumina, nos transforma, nos
diviniza. Y él encuentra su alegría en nosotros:
“Como un joven se casa con su novia, así te desposa
el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la
encontrará tu Dios contigo” (Is 62, 5).
Y nuestra alegría permanece en él:
“Hasta ahora, no habéis pedido nada, alegando mi
nombre. Pedid y recibiréis, así vuestra alegría será completa”(Jn 16, 24).
Vemos lo que ningún
ojo vio nunca, oímos lo que ningún
oído oyó nunca, lo que ningún hombre
ha imaginado, todo lo que Dios ha
preparado para los que le aman.
“¿Quién conoce a fondo la manera de ser del hombre
si no es el espíritu del hombre que está dentro de él? Pues lo mismo: la manera
de ser de Dios nadie la conoce, si no es el Espíritu de Dios. Y nosotros no
hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para
que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado” (1 Cor 2,
9-12).
La oración nos introduce en lo más profundo de la
intimidad divina. Y haciéndonos entrar en el misterio de este secreto, de un
cielo anticipado, la oración nos entrega su llave.
( SEXTA LLAVE:
La oración, aunque nos revela lo más íntimo y lo más
hermoso de la presencia de Dios en nosotros, muchas veces se queda simplemente
en aridez y sequía. El santo monje Abba Agathón incluso decía que la oración es
“un combate hasta el último suspiro”. Por tanto, para llegar a orar es
necesario querer orar.
En efecto, más que cualquier otra cosa, la oración es una
cuestión de voluntad. Por este motivo, Jesús nos invita con firmeza a orar sin desanimarnos (cf. Lc 18, 1). Para
ello, lo más importante es que luchemos
en el combate de la fe.
“Lucha en el noble combate de la fe, conquista la
vida eterna, a la que fuiste llamado” (1 Tim 6, 12).
Pues en la realidad el espíritu es animoso, pero la carne
es débil.
“¿No habéis podido velar ni una hora conmigo? Estad
en vela y pedid no ceder en
Y tropezamos sin cesar con la tentación del adversario.
“Despejaos, espabilaos, que vuestro adversario, el
diablo, rugiendo como un león, ronda buscando a quién tragarse” (1 Pe 5, 8).
¡Demasiado bien lo sabemos nosotros! La oración es el
terreno por excelencia de lo invisible, y a nosotros nos gusta lo verificable.
La oración se sitúa en el terreno de lo insensible y
nosotros buscamos lo que se puede sentir.
La oración nos pone frente a lo incomprensible y nosotros
queremos captar lo inteligible.
¡Es duro amar a un Dios cuyo rostro no hemos visto!
Así pues, la llave de la oración pasa también por este combate para el que Dios ya ha
adiestrado nuestras manos.
“El adiestra mis manos para la guerra y mis brazos
para tensar la ballesta” (Sal 17, 35).
Tenemos que mantenernos
firmes, como dice el apóstol Pablo:
“En la actividad no os echéis atrás; en el espíritu
manteneos firmes, siempre al servicio del Señor. Que la esperanza os tenga
alegres, sed enteros en las dificultades y asiduos a la oración” (Rom 12, 12).
Ya no se trata de “quemarse”, hay que “conservarse”,
mantenerse, ya que se nos ha pedido orar
constantemente.
Es lo que las escrituras llaman perseverancia.
“Los de la tierra buena, son esos que escuchan,
guardan el mensaje en un corazón noble y generoso y dan fruto con su aguante” (Lc 8, 15).
“Tened el delantal puesto y encendidos los candiles:
pareceos a los que aguardan a que su amo vuelva de la boda, para que cuando
llegue, abrirle en cuanto llame” (Lc 12, 36).
Para los que permanezcan
cimentados y estables en la fe e inamovibles en la esperanza que escucharon del
evangelio (cf. Col 1, 23), las puertas de la vida se abren con la llave de
la oración fiel.
Por ella encuentran el modo de avanzar y Dios se complace
en atenderles una vez más.
“Cualquier cosa que pidáis en vuestra oración, creed
que os la han concedido, y la obtendréis” (Mc 11, 24)
Así pues, todo el que quiera orar y luche para mantenerse
en el intento, encuentra la llave en la
gracia de la perseverancia, por donde la fe permite siempre avanzar.
( SÉPTIMA LLAVE: CON TODO
EL SER
La oración no tiene nada de desencarnada porque
compromete a todo el ser.
Si es verdad, como dice Teresa de Jesús, que la oración
consiste en “mirar a Dios amándole”,
la Torah y el Evangelio nos recuerdan que se trata de responder con todo
nuestro amor al amor que Dios nos ofrece primero.
“Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con
toda el alma, con todas las fuerzas” (Dt 6, 5).
Y Jesús añade:
“Y con todo el ser”
(Lc 10, 27).
También el cuerpo está hecho para la oración y hay que
saberlo unir a ella.
En occidente, a fuerza de situarlo todo a nivel de lo
cerebral o de lo racional, hemos olvidado un poquito hacer participar al cuerpo
en
Por eso una de las llaves de la oración consiste en
orientar nuestro cuerpo para que tenga una plena participación en nuestra
oración y que toda nuestra vida alabe a
aquel que nos ha creado (Sal 150).
Los discípulos de Jesús estaban tan impresionados por su
actitud en la oración que comprometía tan visiblemente a todo su ser, que un
día le dijeron:
“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1)
El judaísmo, el islam, las religiones orientales, invitan
a ciertas actitudes de oración en las que el cuerpo se integra totalmente.
Nosotros debemos también a aprender a orar así.
A falta de poder o de saber hacerlo, puede que nos demos
de bruces como contra una puerta cerrada y que corramos el riesgo de quedarnos
mucho tiempo en la antecámara de la contemplación.
¿Aguantaremos mucho tiempo orando tiesos como escobas,
con los brazos cruzados pegados al respaldo de la silla...?
San Ignacio de Loyola lo había comprendido perfectamente
y por eso propone con mucha frecuencia, en sus ejercicios espirituales, que
oremos “aplicando los sentidos”.
Es preciso saber mirar y escuchar, sentir, tocar y
saborear hasta las realidades de lo alto. Si no, se corre el riesgo de pasar
dejando de lado lo esencial del misterio de la Encarnación redentora, pues no
en vano
“La Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14).
El creyente, invitado por la oración y el silencio
contemplativo a entrar en lo más profundo de sí, se descubre a sí mismo al
mismo tiempo que descubre a Dios. Y ya que es verdad que habita corporalmente en Cristo la plenitud total de la divinidad,
hace falta que el creyente descubra que también corporalmente él está unido a Cristo en esta plenitud:
“Porque es en éste en quien habita realmente la
plenitud total de la divinidad, y por él, que es cabeza de toda soberanía y
autoridad, habéis obtenido vuestra plenitud” (Col 2, 9-10).
A partir de este momento, nuestra oración será más
sentida, más verdadera y más plena.
“Por consiguiente, donde hay un cristiano, hay
humanidad nueva; lo viejo ha pasado; mirad,existe algo nuevo”(2 Co 5, 17).
“El cuerpo... es para el Señor y el Señor es para el
cuerpo” (1 Cor 6, 13b).
Por tanto, podemos orar verdaderamente a Dios no sólo con
la mente sino también con el cuerpo.
“Glorificad a Dios con vuestro cuerpo” (1 Cor 6, 20).
Los que sepan hacerlo tienen en la mano la séptima llave
de la oración.
( OCTAVA LLAVE: ORAR EN LA
IGLESIA
Si la oración es un acto eminentemente personal, nunca es
sin embargo un acto individual.
Y ésta no es la menor de las paradojas, porque una nueva
llave de la oración se nos ofrece desde la maravillosa realidad de la oración
eclesial, que es también oración litúrgica y participada.
Quien no sepa orar en la Iglesia, no sabrá orar
verdaderamente.
La Iglesia es la prolongación de Cristo sobre la tierra y
el lugar en el que el Espíritu sitúa a los hombres en la mayor unidad. Es en la
Iglesia donde mejor brilla y se quema la zarza ardiente de la oración.
La Iglesia nació del fuego de la contemplación que
iluminaba la cámara alta.
“Llegados a la casa, subieron a la sala donde se
alojaban; eran: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo,
Santiago el de Alfeo, Simón el Fanático y Judas el de Santiago. Todos ellos se
dedicaban a la oración común, junto con algunas mujeres, además de María, la
madre de Jesús, y sus parientes” (Hch 1, 12-14).
Y se manifestó en primer lugar en el fervor de las
primeras comunidades de Jerusalén, que se mantenían constantes en la oración:
“Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los
apóstoles y en la comunidad de vida, en el partir el pan y en la oración” (Hch 2, 42).
La Iglesia es la morada viva y vivificadora donde
escuchamos unidos al Señor que nos dice que nos
ama.
Es allí donde le decimos unidos que le amamos.
La oración litúrgica expresa, alimenta y construye el amor mutuo, que es el vínculo perfecto.
“Por encima de todo, ceñíos el amor mutuo, que es el
cinturón perfecto” (Col 3, 14).
La oración litúrgica tiene algo que la hace
irreemplazable: que no es una oración improvisada, sino recibida; que no es
individual, sino comunitaria. Es una oración ofrecida, construida, establecida.
En una palabra: eclesial.
Es portadora de una gracia muy particular de fecundidad y
de unidad.
Nada mejor para acercar al hombre a Dios y unir a los
hombres entre sí que la oración litúrgica, que forma el cuerpo de Cristo y une,
anticipando el Reino, el tiempo y la eternidad, la tierra y el cielo.
Quien sabe sumergirse en la divina liturgia, posee con
toda seguridad una de las mejores llaves para la oración.
La liturgia ilumina la vida, explica el pasado y alumbra
el provenir.
Por la liturgia, el orante santifica el tiempo.
La liturgia llena nuestro ser, unifica nuestros
corazones, dilata nuestros espíritus y hace de todos nosotros, unidos, el mismo
cuerpo en el único Espíritu.
“Es un hecho que el cuerpo, siendo uno, tiene muchos
miembros; pero los miembros, aun siendo muchos, forman entre todos un solo
cuerpo. Pues también el Mesías es así, porque también a todos nosotros, ya
seamos judíos o griegos, esclavos o libres, nos bautizaron con el único
Espíritu, para formar un solo cuerpo” (1 Co 12, 12-13).
Lejos de separarnos de lo real, la liturgia nos envía de
nuevo constantemente a lo más cotidiano de nuestras vidas.
La liturgia consolida nuestra esperanza, alimenta nuestra
fe y aviva cada día en nosotros el fuego del amor cuyo epicentro es
( NOVENA LLAVE: DESDE LA
VIDA
Lejos de apartarnos de lo real, la verdadera liturgia nos
hace volver a las exigencias más concretas de lo cotidiano.
Y para guiarnos por el camino de nuestras
responsabilidades de cada día, se nos entrega otra llave, la novena, que nos
enseña a orar desde la vida.
La vida es una maravillosa escuela de oración, si sabemos
también abrir sus puertas por el lado bueno.
No olvidemos nunca que Marta es la hermana de María (cf. Lc 10,38-42) y que la finalidad
de toda vida espiritual no es oponer ni siquiera jerarquizar, sino todo lo
contrario: unificar en nosotros acción y contemplación.
“Muchas veces, nos parece que es difícil coordinar
la vida y
Pensamos que la vida consiste en estar agitados y
que la oración consiste en retirarse a algún lugar y olvidar todo lo referente
a nuestro prójimo y a nuestra situación humana.
Es falso. Es una calumnia sobre la vida y una calumnia
sobre la misma oración” (Monseñor Bloom).
Necesitamos, pues, aprender
a orar desde la vida como tantos santos y místicos han hecho a lo largo de
los siglos.
La mayor parte de nosotros habitamos hoy en las ciudades:
tenemos, pues, que diseñar el camino de la oración a través de
No digamos con demasiada rapidez que la ciudad nos
dispersa, nos distrae o nos impide orar.
Es verdad que la ciudad es ruidosa, molesta, dispersadora
y a menudo incluso paganizada. Pero si sabemos atravesarla con la llave de la
oración, de la oración urbana -que es probablemente lo más maravilloso que
tenemos que experimentar para poder un día mostrarlo y enseñarlo a otros-
descubriremos con admiración, que la ciudad puede muy bien suscitar y alimentar
nuestra oración.
Oración de súplica y de intercesión; oración de alabanza
y de acción de gracias; oración de petición y de agradecimiento.
La ciudad nos ofrece mil ocasiones de orar a lo largo de
la jornada.
Siendo el hombre, y por tanto la ciudad de los hombres,
la imagen más hermosa de Dios, la ciudad
nos habla de Dios:
“Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva,
porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no
existía. Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, la ciudad santa,
Lugar de combate incesante entre la gracia y el pecado,
nuevo desierto purificador, la ciudad nos
conduce a Dios.
Con Jesús y María, que fueron toda su vida ciudadanos, nosotros podemos abrir con
las llaves de la oración, las puertas de la ciudad, anticipando así en lo
cotidiano de la vida, nuestra entrada final en la Jerusalén de arriba que es nuestra madre.
“La Jerusalén de arriba es libre y ésa es nuestra
madre, pues dice la Escritura: ‘Alégrate, estéril, que nos das a luz, rompe a
gritar, tú que no conocías los dolores, porque la abandonada tiene muchos
hijos, más que la que vive con su marido”. (Gál 4, 26).
( DÉCIMA LLAVE: ORAR
CONSTANTEMENTE
La última llave de la oración nos abre a la morada de la
constancia:
“Orad constantemente, dad gracias en toda
circunstancia, porque esto quiere Dios de vosotros, como cristianos” (1 Tes 5, 17)
El mismo Jesús no dudó en decirnos que teníamos que:
“Orar siempre y no desanimarse” (Lc 18, 1)
¿No está Dios siempre
presente en nosotros?:
“Tengo siempre presente al Señor, con él a mi
derecha no vacilaré” (Sal 15,8)
Y su amor por nosotros, ¿no es desde siempre y para siempre?:
“¿Cabe decir más? Si Dios está a favor nuestro,
¿quién podrá estar en contra? Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que
lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos también,
junto con su Hijo, todas las cosas?... Estoy convencido de que nada podrá
separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los
poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente ni lo futuro, ni lo más alto, ni
lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá
separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor! (Rom 8,
31-32.38-39).
La llave de la oración
continua nos lleva, finalmente, a entrar en el misterio de la continuidad
de una mirada de fe, de una actitud de amor. Cuando se cree verdaderamente, se
cree en toda ocasión. Cuando se ama verdaderamente, se ama siempre.
Tenemos realmente en nuestras manos esta última llave de
la oración que puede transformarla en oración
continua en nosotros. Nada más difícil, pero nada más simple al mismo
tiempo. Basta con vivir atentamente, humildemente, afectuosamente, bajo la
mirada de Dios. En una palabra: hay que vivir amorosamente con Dios.
Con un Dios de ternura, que no espera de nosotros más que
ser mirado y aceptado como lo que es un padre, un esposo, un amigo.
Preguntad a los enamorados si tienen necesidad de
esforzarse mucho para pensar en el amado o en
Fijaos bien: necesitamos descubrir la oración continua.
“En la mañana, a lo largo del día y por la noche,
pienso en ti” (cf. Sal 118, vv: 55,62,97,147,148,164).
“En la noche duermo y mi corazón está en vela” (Cant 5,2).
Todo se convierte en ocasión de acogerle en nosotros o de
volver nuestro ser hacia él.
“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20)
Oramos como le vivimos.
Oramos constantemente, pues la vida no cesa en nosotros.
“El verdadero espiritual ora durante toda su vida,
pues orar es para él esfuerzo de unión con Dios; y rechaza todo lo que es
inútil, porque ha llegado ya a ese estado en que, en cierto modo, ha recibido
ya la perfección que consiste en hacer todo por amor” (San Clemente
de Alejandría).
San Clemente concluye con esta admirable fórmula, que se
convierte en nuestro último deseo: “Toda
su vida es una liturgia sagrada”.
Este hombre anticipa la eternidad.