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La Reconciliación
Catequesis de los Obispos de Chile para el tiempo Jubilar
Septiembre 1999

En este Año del Padre, como preparación al Gran Jubileo del Año 2000 el Papa Juan Pablo II nos ha pedido destacar el sacramento de la reconciliación como una forma de acercarnos a Dios y a nuestros hermanos. De este modo podremos celebrar los 2000 años de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo en un espíritu de fe y fraternidad. La reconciliación -como decimos los obispos en esta catequesis- no es una táctica. No se reduce a un gesto ni a un momento. La reconciliación es una gracia propia de la Redención. Es Jesucristo el que en su Cuerpo ha derribado todos los muros de la enemistad. Y gracias a Jesucristo hemos comprendido que la vida de una persona madura, de un pueblo maduro, de una Iglesia madura, es una vida reconciliada. Lo importante, entonces, es aprender a vivir con un corazón reconciliado.

"Dios Padre a nosotros los chilenos, nos quiere unidos como hermanos, formando una gran familia. Respetándonos y aceptándonos en nuestras diferencias, tan legítimas. Por eso, es tan necesario mirarnos y reflexionar profundamente sobre nuestras faltas y pedir perdón, como también saber perdonar a quienes nos han ofendido. Es esto lo que oramos en el Padre Nuestro perdona nuestras ofensas, así como nosotros, perdonamos a los que nos ofenden" (Mt. 6,12).

Esta catequesis -"La Reconciliación como tarea y como don"- nos ayudará a profundizar en forma personal y comunitaria en esta reflexión. De todo corazón deseo que estas orientaciones que con cariño, les entregamos los obispos cumplan con esta finalidad. Invoco, con afecto, para todos quienes trabajarán con estas reflexiones, la bendición de Dios Padre y la protección de la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile.


La Reconciliación como tarea y como don

DANOS UN ESPIRITU NUEVO

Señor y Padre de la vida, nos encontramos unidos en tu presencia,
para pedirte que sanes las heridas de nuestra patria.
Ponemos ante tu mirada nuestros sufrimientos y temores.
te entregamos nuestras actitudes y pensamientos.
y ante Tí abrimos nuestras mentes y corazones
para que nos llenes de tu Espíritu.
Padre misericordioso
llegamos hasta Tí como una tierra necesitada de tu bendición y tu gracia.
Danos la sabiduría de amar la verdad y la vida de saber escuchar y comprender,
como también la generosidad de pedir perdón y perdonar.
Infunde en nosotros un espíritu nuevo,
y enséñanos a vivir según el corazón de tu Hijo:
como familiares tuyos y constructores de tu Reino
de justicia, de amor y de paz.
Santa María, Reina de Chile y Madre de la Esperanza,
ruega por nosotros, pecadores,
Ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.


Introducción

En la proximidad de la celebración del Gran Jubileo 2.000 en que la Iglesia celebra el bimilenario del nacimiento de Jesucristo, surgen en el fondo del alma renovadas esperanzas de poder construir juntos una nueva humanidad. Es verdad que el simple cambio de una hoja del calendario puede ser un acto indiferente. Sin embargo, no lo son los años nuevos en que sinceramente nos deseamos vida nueva. Y al dar vuelta la hoja del dos mil, con la mirada puesta en Jesucristo, quisiéramos convertir el hecho cronológico en un acontecimiento litúrgico lleno de significado y de nuevas posibilidades. Lo hacemos con la mirada puesta en Jesucristo, Dios hecho hombre, el que inicia y consume nuestra fe, y nos guía como cabeza de la humanidad hacia la consumación de la historia (Cf. Heb 12,2).


1.- Un tiempo nuevo: tiempo de esperanza

Nuestra palabra de obispos es un mensaje de esperanza. No desconocemos ni ignoramos las dificultades de la vida cotidiana ni los grandes desafíos nacionales. No cerramos nuestros ojos ante las rupturas familiares y las heridas que aún supuran en nuestra convivencia nacional. No estamos exentos de las incoherencias que se manifiestan en nuestra vida personal. Sin embargo, creemos profundamente en las posibilidades de la persona humana, habitada por el Espíritu de Dios, por la que Jesucristo se ha entregado para que ésta tenga vida en abundancia (Cf. Jn 10.10). Creemos firmemente en la realidad de la salvación manifestada en Jesucristo, que sana, reorienta y resucita nuestras vidas. Creemos que Dios, el Padre, nos regala los tiempos de la historia y nos ofrece siempre nuevas oportunidades para recomenzar nuestra vida personal, familiar, de nación, de humanidad.

Con este espíritu recibimos el nuevo milenio: como una nueva oportunidad que no quisiéramos desaprovechar. Este se presenta ante nuestros ojos como un tiempo propicio, un tiempo de conversión. Y por eso recogemos el llamado del Papa Juan Pablo a reconocer sinceramente nuestras culpas para entrar en el tercer milenio de la fe aligerados de la carga que nos ha mantenido atados, desfigurados, heridos y maltrechos (Cf. TMA 33). Pero, que quede claro: la conversión es siempre un paso hacia el futuro, una mirada nueva sobre nuestra historia personal y social, un reencuentro con Dios Padre que va atrayendo a las personas y las criaturas hacia su plena realización.

La conversión nunca ha sido un regreso hacia el pasado. El que pone su mano en el arado y vuelve hacia atrás la mirada, no es digno del Reino de los Cielos. La conversión es una nueva oportunidad que el Padre nos ofrece porque confía plenamente en nosotros que somos obras de sus manos. Ni siquiera el pecado grave nos arranca de su corazón amante. Por el contrario, El nunca pierde la esperanza y nos regala todos los medios posibles para que intentemos de nuevo una vida según su voluntad. Por eso, la Iglesia nos invita a examinar nuestra vida a la luz de la misericordia de Dios (Ritual Penitencia N. 6) y no con los ojos de carne que juzgan, rechazan y condenan.

Examinamos nuestra vida para dar un paso nuevo. Examinamos nuestra vida para descubrir las presencias de Dios que no hemos sabido reconocer en nuestro pasado. Por lo tanto, si miramos el pasado no es para quedarnos obsesivamente en nuestras culpas.

Eso no es cristiano. Eso no es sano. Lo hacemos sólo para examinar sinceramente nuestra conciencia y poner humildemente nuestra conversión en manos de la Iglesia. Así, inmersos en la gracia que recrea, nos podremos levantar perdonados, como nuevas criaturas. Por eso la esperanza.


REFLEXION

Dios nos ofrece nuevas oportunidades para recomenzar nuestra vida.

- ¿Estamos dispuestos a acoger este regalo de Dios Padre?

- ¿Estamos dispuestos a tener un cambio en nuestras vidas?

- ¿Estamos dispuestos a examinar nuestra vida, para dar un nuevo paso y así recibir el nuevo milenio?


2.- Un tiempo viejo: ocasión de vida nueva

Con esta mirada positiva, de quien cree en la gracia más que en el pecado, contemplemos brevemente algunas contradicciones de estos tiempos, para dar un paso nuevo en nuestra historia.

Grandes son las paradojas que ha tratado consigo la historia reciente: Nunca el ser humano ha estado más comunicado como hoy día y nunca en la historia ha habido tanta exclusión: guerras espantosas, limpiezas étnicas, persecuciones inmisericordes, antagonismos ideológicos y sociales, pobrezas y miserias clamorosas... realidades todas de las cuales no ha estado exenta nuestra convivencia nacional y que condicionan el futuro de paz que con razón anhelamos.

Nunca el ser humano ha tenido tanta posibilidad de libertad para elegir su proyecto de vida, la persona con quien constituir una familia, lo que quiere comer, vestir, habitar... y nunca como hoy ha habido tantas rupturas familiares, ni tantas adicciones al alcohol, a la droga, al sexo y hasta al trabajo compulsivo.

Nunca en la historia hemos dispuesto de más información que hoy día, tanto que no sabemos ni cómo procesarla, y nunca ha habido tanta manipulación de la verdad, tanto espionaje de la intimidad, tanta exclusión del saber que aleja a tantas y a tantos de la posibilidad de un verdadero desarrollo.

Nunca como hoy ha habido tanto interés por la cultura, la manera de vivir de personas y de pueblos, sus creencias religiosas y tradiciones ancestrales... y pocas veces tanta intolerancia de unos hacia otros.

Nos hemos acostumbrado a la existencia de los pobres y a vivir con un lujo escandaloso. Nos hemos habituado a exhibir conductas diferentes en público y en privado, y a vivir de la imagen más que de las realidades. Nos hemos allanado a traficar con influencias, a aceptar la ganancia a cualquier precio. Y nos hemos olvidado tristemente de qué hacer cuando nos visita el dolor y la desgracia, o simplemente cuando fracasan nuestros proyectos y tenemos que comenzar otra fase de la vida. Parece que todo tuviera que ser éxito, brillo, una vida de ganadores que sacrifican la calidad de su vida, personal, familiar y de nación, por lograr un tipo de progreso y desarrollo que no nos hace vivir más felices, ni más tranquilos, ni más seguros.

Y, con humildad reconocemos, nuestra Iglesia que es santa y pecadora, tiene que pedir perdón por los pecados de sus hijos (Cf. TMA 33) como lo hace constantemente el Santo Padre. Esta Iglesia Madre tiene que pedir perdón por no saber acoger a todos sus hijos, por no aprender a decir la verdad en la caridad, por presentarse muchas veces segura de sí misma y no como humilde servidora de la Verdad, por las veces en que el poder la encandila y no se ofrece al mundo como servidora de la humanidad. Y por cada vez que alguno de nosotros, laicos o sacerdotes, religiosos u obispos ha "desfigurado el rostro de la Iglesia, impidiéndole reflejar plenamente la imagen del Señor crucificado, testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre". (TMA 35)

Esta breve enumeración de las incoherencias de nuestra humanidad podría llevarnos a perder la esperanza, a desvalorizarnos ante nuestros propios ojos, a sentir que no es posible el cambio. Sin embargo, San Pablo, maestro de la conversión, nos enseña el camino: "Ay de mí quién me librará de este cuerpo de muerte ... Pero, cúantas gracias doy a Dios por Jesucristo, nuestro Señor" (Rom 7,24).

Así es, dejados solos - y entregados a nuestras propias fuerzas - el mal que no queremos y sin embargo hacemos, podría sepultar nuestra esperanza. Sin embargo, precisamente por eso se ha hecho carne Jesucristo, para anunciar que el Reino está cerca (Cf. Mc 1,14) y mostrarnos el Camino con su Verdad y con su Vida (Cf. Jn 14,6 ). Por eso la exclamación del apóstol: ¡ Cuántas gracias le doy a Dios por Jesucristo, nuestro Señor !.


REFLEXION

Hemos señalado las incoherencias de nuestra humanidad.

Los invitamos a reflexionar por nuestras paradojas personales, familiares y de nación.

- ¿Existe alguna incoherencia especial, por la que me gustaría pedir perdón?


3.- Un proyecto de vida reconciliada

LA CERCANIA DE DIOS

El anuncio de Jesucristo, con que comienza su ministerio apostólico, nos invita a entrar en el tiempo del Evangelio, que es el tiempo de la gracia. Es la invitación a convertirnos a la cercanía de Dios que abate para siempre la duda que hiere el corazón humano. Desde el pecado original tenemos dudas del amor de Dios, desconfiamos de que le interese nuestra vida, nos sentimos lejos y alejados, como si tuviéramos que conmoverle el corazón a Dios. Y eso no tiene nada que ver con Dios, nuestro Padre, que constantemente toma iniciativas salvadoras para devolvernos la confianza.

El primer paso que Jesús nos pide es, pues, convertirnos a la cercanía de Dios Padre y creer en este Evangelio (Mc 1,14). Saber que su Reinado está al alcance de la mano. Para eso el Hijo de Dios se hace hombre. Para eso su Palabra que confesamos con los labios y creemos con el corazón (Rom 10,8-9). Para eso los sacramentos de la fe, en que celebramos la presencia viva y salvadora de Jesucristo. Para eso, el gran sacramento del prójimo, pues convertirnos a la cercanía de Dios, es reconocer la cercanía de cada persona humana y hacernos prójimos unos de otros (1 Jn 4, 12).

UN PROYECTO DE VIDA

Así como necesitamos convertirnos a la cercanía del Padre, necesitamos también aprender a vivir con la dignidad de los hijos. No nos hace bien pasar por la vida llevados por toda clase de sentimientos o de doctrinas, como hojas que se lleva el viento. No nos hace bien dejarnos vivir por los acontecimientos y ser pasivos en la aventura de la vida. No nos hace bien. Hemos sido creados y capacitados constantemente por Dios, para que seamos protagonistas de nuestra vida personal, familiar y social. Necesitamos un proyecto de vida que nos identifique, nos entusiasme, nos potencie.

Las heridas del pueblo de Chile no las vamos a solucionar quedando obsesivamente en el pasado. Se necesita verdad, se necesita justicia, se necesita perdón. Pero, sobre todo, necesitamos un Proyecto de País que nos identifique, nos entusiasme, nos potencie...En términos del recordado Cardenal Silva Henríquez, tenemos que ser fieles al "alma de Chile" superando el pragmatismo que nos achata y nos asfixia. Un proyecto donde los pobres y los excluidos tengan prioridad en el corazón de los chilenos, donde estemos dispuestos a aportar todos juntos a la mesa común, donde mejoremos las instituciones democráticas y nos atrevamos a asumir el hermoso riesgo de hacer una sociedad solidaria en un mundo que sólo se construye sobre el lucro. Una patria en que Dios sea primero, en que proclamemos y respetemos los valores propios del Evangelio y de una recta conciencia, en que a los jóvenes les propongamos sueños y desafíos, y les demos un lugar para desplegar sus vidas. Una patria en que los ancianos tengan respeto y una pensión digna, y en que los niños jamás sean maltratados.

Las heridas de muchas familias, no se arreglan con la separación ni menos con el divorcio. Normalmente estos remedios aparentes ahondan el dolor, especialmente en los hijos. Lo que necesitamos es un Proyecto de Familia que nos identifique, nos entusiasme, nos potencie... Seguramente hay modelos diferentes: los tiempos han cambiado y también las condiciones de vida. Pero, lo que es común a todos es madurar nuestras relaciones, profundizar en los roles paternos y maternos a la luz de la Paternidad de Dios, atrevernos al hermoso proyecto de comunión que incluye el compartir de bienes, de talentos, y la decisión de jugar hasta el final el sí que constituye el matrimonio. Y para lograr nuestros proyectos, tener una legislación que favorezca y proteja a la familia en toda su riqueza y dignidad.

Las heridas personales no las superamos solos ni se solucionan con el tiempo. Es importante tomar nuestra vida entre las manos y, con la gracia del Espíritu de Dios que nos habita, aclarar nuestro propio Proyecto de Vida personal que nos identifique, nos entusiasme y nos potencie... Mirando a Jesús, nuestro Maestro, y los rasgos de su vida que nos llenan de amor y de sentido releyendo las Bienaventuranzas y el Sermón de la Montaña... dejándonos tocar la vida por los grandes santos de la Iglesia como Santa Teresa, el Padre Alberto, Laurita... podemos configurar nuestro proyecto: ¿quién soy?, ¿cómo queremos ser ? ¿por qué queremos vivir, luchar ? ¿cuáles son los grandes amores de la vida ? ¿por qué vale la pena entregar la propia vida ? Estas y otras no son sólo preguntas que se formulan a los jóvenes y a los niños. También los adultos y los ancianos necesitamos aclarar nuestros proyectos, madurar nuestros caminos, rehacer nuestros senderos.

Las heridas eclesiales y las intolerancias que a veces dividen a los creyentes, no las vamos a superar sólo pidiéndonos disculpas. Necesitamos proyectarnos al futuro, buscando el Proyecto de Dios para la Iglesia que nos identifique, nos entusiasme, nos potencie. Por eso el Santo Padre nos insta a revalorizar el Concilio Vaticano II, y en su reciente carta sobre la Iglesia en América, nos pone como fundamento de los tiempos nuevos, el encuentro personal y eclesial con Jesucristo Vivo. Hacia El deben converger nuestras devociones y convicciones, El debe ser la medida de nuestras fidelidades de comunidad, grupo o movimiento,

El quien nos siga instruyendo por la Palabra y acogiendo en los sacramentos de la fe. Y, si el encuentro es sincero, este debe proyectarse en una vida de sincera comunión y de ardiente solidaridad.


REFLEXION

Los invitamos a leer las Buenaventuranzas en Mt. 5 y configurar nuestro proyecto de vida.

- ¿Cómo queremos ser?, ¿por qué queremos vivir ?, ¿por qué vale la pena entregar la propia vida?


4.- ¡ Déjense reconciliar por Dios !

Nada de esto, sin embargo, se dará en plenitud si no nos dejamos penetrar profundamente por la gracia de Dios - por el Espíritu del Señor - hasta lo más profundo de la vida. El tiene la iniciativa. El tiene la claridad. El tiene la fuerza y la suavidad. El es quien mejor sabe cuál es el proyecto de Chile, de familia, de persona y de Iglesia que nos va a hacer vivir en plenitud.

Nada de esto se dará si no entramos profundamente en la sabiduría de la Cruz que nos hace ver que nunca somos más fuertes que en nuestra debilidad, como Cristo dando su vida en el madero de la Cruz. Ese es el centro de la fe que predicamos (Ver 1 Cor 2, 1, 18 a 2,9). Reconocer el poder de Dios y nuestra propia debilidad nos conduce por caminos de humildad, nos invita a pedir ayuda, nos abre a la necesidad de salvación y a Jesucristo, el único hombre sobre la tierra que nos la puede dar.

De ahí que, cualquier proyecto futuro, pase necesariamente por una profunda reconciliación con nosotros mismos, con nuestras familias, con nuestros hermanos y adversarios, con nuestra Patria y hasta con la misma creación. ¡Si uno es cristiano, es nueva criatura dice el apóstol Pablo, lo antiguo ha pasado, ha llegado lo nuevo. Y todo es obra de Dios, que nos reconcilie consigo por medio de Cristo y nos encomendó el ministerio de la reconciliación!.

La reconciliación no es una táctica. No se reduce a un gesto ni a un momento. La reconciliación es una gracia propia de la redención. Es Jesucristo el que en su Cuerpo ha derribado todos los muros de la enemistad. Y gracias a Jesucristo hemos comprendido que la vida de una persona madura, de un pueblo maduro, de una Iglesia madura, es una vida reconciliada. Lo importante, entonces, es aprender a vivir con un corazón reconciliado.

 

Tan grande es el misterio de la reconciliación y tanta su importancia, que Jesucristo le ha confiado a la Iglesia el sacramento de la Reconciliación. De esa manera, forma parte integrante de nuestro ministerio al servicio de la humanidad. En ese gran sacramento de la fe, los creyentes que son conscientes de haber pecado, se acercan al ministro de la Iglesia a confesar la bondad de nuestro Dios que lo llama a conversión, a acusar sinceramente sus culpas y a recibir, por manos del ministro, la absolución de sus pecados. Hermoso sacramento que se prolonga en una vida cristiana de mejor calidad, reparando el mal causado y haciendo de nuestra vida un acto de culto para nuestro Dios. (Cf. Rom 12,1-4)

Así como Jesucristo ha derribado en su Cuerpo los muros de toda división, en su Cuerpo que es la Iglesia, El sigue derribando todo lo que nos separa, ungiendo nuestras llagas y devolviéndonos la plena dignidad de hijos e hijas de Dios, al celebrar este sacramento de misericordia. Tiempo oportuno nos ofrece el Jubileo, y especialmente este año dedicado al Padre, para renovar la celebración de este Gran Sacramento, a veces descuidado, a veces maltratado.

La reconciliación nunca termina. Siempre hay más, pues siempre se puede crecer en el amor. La reconciliación nunca es plenamente comprendida, hay en ella un misterio que atrae más en la medida en que se vive. La reconciliación es un don de Dios y un aporte que los creyentes podemos hacer al mundo, porque la hemos conocido en la Persona, la Vida, el Misterio y el Ministerio de Jesucristo, el Señor.

Basados pues, en su Palabra también nosotros les decimos:

Somos embajadores de Cristo y es como si Dios hablase por nosotros. Por Cristo les suplicamos: ¡ Déjense reconciliar con Dios !.

EN EL MES DE LA PATRIA

Al comenzar el mes de la Patria, hemos querido conversar con Uds. sobre el don y el desafío de la reconciliación. Lo hacemos con esperanza, llenos de confianza en las bondades que hay en el alma de Chile y en las muestras que hemos dado, a lo largo de la historia, de saber recomponer nuestras fracturas. Lo hacemos con esperanza, puesto que ponemos en manos de Dios los nuevos pasos que queramos dar en el plano personal, familiar, social y eclesial. Y lo hacemos con profunda humildad puesto que ponemos a la Virgen María, mujer de corazón reconciliado, como Madre e intercesora de esta Iglesia y de este pueblo que con tanto amor siempre la venera.

 

Exámen de conciencia

Nos ponemos en la presencia de nuestro Dios para revisar nuestra fidelidad al Evangelio. Queremos ver nuestra vida a la luz de la Palabra de Jesucristo.

Lo hacemos EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPIRITU SANTO AMEN.

· Nos dice Jesús: "Ustedes son la luz del mundo. Ustedes son la sal de esta tierra" Padre, perdónanos. Estamos en la oscuridad. La tierra no tiene sabor.

· Nos dice Jesús: "Todo el que trate con ira a su hermano será condenado por el tribunal. El que lo insulte, será condenado porel Consejo".Padre, perdónanos. Nos hemos tratado muy mal.

· "Todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo en ella, ya ha cometido adulterio en su corazón". Padre, perdónanos. No tenemos la mirada limpia.

· "Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen"Padre, perdónanos. Hemos buscado destruirlos.

· "Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha". Padre, perdónanos. Buscamos llamar la atención.

· "Tú, cuando quieras orar, entra en tu pieza, ponle llave y ora a tu Padre que está en lo escondido Padre, perdónanos. Dialogamos muy poco contigo.

· "Si ustedes perdonan sus culpas a los demás, también el Padre les perdonará a ustedes".

Padre, perdónanos. Ayúdanos a perdonar.

· "Déjense de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y el orín las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban. No se puede servir a Dios y al dinero". Padre, perdónanos. Las riquezas nos corrompen.

· "No anden agobiados, pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Ya sabe el Padre del cielo, que de todo eso tienen necesidad. Padre, perdónanos. No tenemos confianza en ti.

· "No juzguen y no los juzgarán" Padre perdónanos. Hacemos muchos juicios. Tenemos muchos prejuicios.

· "Pidan y se les dará. Busquen y encontrarán. Llamen y se les abrirá" Padre perdónanos. No pedimos. No buscamos. No llamamos.

· "No basta con decir: Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos. Hay que poner en obra la voluntad de mi Padre que está en el cielo". Padre, perdónanos. No ponemos en práctica nuestra fe.

· Con las palabras de Jesús, te decimos: PADRE NUESTRO... EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPIRITU SANTO. AMEN

 


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