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SEMINARIO SOBRE PASTORAL DE MEGÁPOLIS
Santiago de Chile, 11 al 13 de marzo de 2003.
Organización: Consejo Episcopal Latinoamericano Celam.

Saludo Inaugural de Mons. Jorge Enrique Jiménez Carvajal. Obispo de Zipaquirá, Colombia y Presidente del CELAM


Queridos y apreciados cardenales, Arzobispos, Sacerdotes, religiosos (as) y laicos:

Reciban mi cordial y fraternal saludo, y los deseos de que la “gracia y la paz de Dios Nuestro Padre y de Jesucristo el Señor, que entregó su vida para liberarnos de nuestros pecados, estén con todos Ustedes”. Es un buen regalo de Dios Nuestro padre que esta Reunión la podamos realizar en el “tiempo de gracia y el tiempo, de salvación” que es el Camino Cuaresmal en nuestra Iglesia”.

Empezamos apenas a transitar por lo caminos del “Tercer Millennio” que a todas vistas será portador de un desafío superior a los que hasta el momento hemos resuelto.

Esos desafíos no son necesariamente nuevos; son tan importantes que llegaron a ubicarse como interrogantes urgentes desde la década de los años 70s. Globalización, mundialización, migración, ciberespacio y comunición, megápolis son temas que en todas sus variaciones han sido tocados con la misma o mayor pasión que aquellos del genoma humano, de la genética, de la clonación y de muchos otros que constituyen el acicate para la bella labor de encontrar respuestas ojalá correctas y ojalá oportunas.

Hace pocos días el pensador Habermas afirmaba que las preguntas que se formula el ser humano son casi siempre las mismas –así muchos pretendan pasar por originales al formularlas- y que la originalidad verdadera reside sobre todo en las respuestas, que “los escenarios son nuevos” y que es ese ser humano el que aspira que la “respuesta” le permita satisfacer con dignidad “el papel” que debe representar en la brevedad de su vida y en la calidad de la contribución que entrega a su descendencia.

Uno de esos grandes nuevos escenarios e la “ciudad”, que se ha venido transformando en “gran ciudad”, en “Metrópoli”, o en la dimensión de la “megápolis” que hoy nos ocupa. El tema es difícil pero es interesante; difícil porque nuestra percepción es múltiple: en efecto, no es difícil que en una misma semana pasemos de un Municipio del siglo XVIII, a una “ciudad intermedia” del siglo XIX, a una “ciudad” de inicios del siglo XX, a una “metrópoli” de la segunda mitad de ese siglo o a toparnos, igualmente, con la insurgencia de estas “megalópolis” que marcan una tendencia dominante hacia el mañana, el futuro próximo que no aguanta postergaciones.

Este escenario es fascinante y a veces toda esa mezcla nos lleva a proponer a una “polis” desmesurada una pastoral diseñada para un Municipio o –por qué no decirlo- acudir al despropósito para “sorprender” tecnología del Millennio que nace.

Hace cerca de 2000 años el Señor Jesucristo envió a “los suyos” a ir por el mundo –por todas partes- enseñando “la Buena Nueva” y regenerando con el bautismo a quien lo aceptara en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La respuesta no ha cambiado, las preguntas tampoco:; aceptemos que se hayan matizado un poco pero lo que sí es verdaderamente diferentes es el mar de Galilea, los caminos que conducían a Nazareth, a Jesuralem, las construcciones, viviendas, los servicios básicos, las comunicaciones, las necesidades, las maneras –en fin- de percibir y de responder a dimensiones tan importantes como la “cantidad de la vida” y la “calidad de la vida”.

Jesucristo trajo consigo una revolución que dividió el tiempo; no en vano hablamos de a.C. y d.C. después de Cristo. Las grandes revoluciones afirman los pensadores son las que cambian “los tiempos”, su concepción, su dimensión y en ellos “redefinen las preguntas y las respuestas”. Esa tarea ya está hecha por quien se atrevió a decir con verdad que era “el camino, la verdad y la vida”, quien dejó como misión “amar al prójimo como a sí mismo” , comunicar la paz y el perdón, partir el pan con el otro, dar la vida si necesario, y acariciar “la certeza de la resurrección” que es lo que engrandece nuestra fe.

Pero el escenario sí ha cambiando y es nuestra tarea “dar testimonio de Jesús crucificado y resucitado” ante gentes que viven en situaciones diversas, muy diferentes a las del ayer histórico – temporal del pescador de Galilea.

Hoy vivimos enormes paradojas; hablamos de lo global y reivindicamos la necesidad de redescubrir lo local; no en vano se habla de la “globalización”; vivimos la maravilla de las comunicaciones en unas sociedades que se mueren

De aislamiento y de carencia de cercanía; hablamos del derecho de cada quien y naufragamos en la masificación; defendemos la vida y la negamos, somos celosos de una identidad que hace tiempo nos escamotearon los medios de comunicación; hablamos de globalización y sacrificamos a los migrantes; nunca se han producido tantos alimentos, pero tampoco nunca han muerto tantos de hambre y de sed; se han producido grandes medios de transporte pero el “caminante” –a causa de los embotellamientos- recupera lentamente su liderazgo; nunca se ha anhelado tanto la paz ahora que se nos quiere decir que a ella sólo se arriva con la brutalidad de la guerra.

La Megalópolis contiene todo ello; esperanzas y desasosiegos, el sentimiento trágico del vivir y del esperar; la negación de la historia y la aparición de la anécdota y una escala de valores que ansía redefinir sus peldaños y sus prioridades.

La pregunta sobre el hombre, sobre su destino, sobre la salvación, sobre la familia, el amor, la paz reaparecen tanto y tan fuerte como las del conocimiento y las de la comunicación y con ellas viene aparejada el “ansia de vida eterna” que hace la paradoja crucial en este mundo centrado en lo transitorio.

Juan Pablo II, ese gran líder de la Pastoral en las Megalópolis nos ha dicho siempre “Duc in altum” –remen mar adentro, no tengan miedo y nos ha dado tanto en la primicia sinodal de “Iglesia en américa” como en “Tertio Millennio Ineunte” las claves pastorales para “fascinarnos pastoralmente”con este mundo nuevo que anhela ser redimido.

Dándole gracias al Señor que nos permite estar aquí, al Señor Cardenal Francisco Javier Errázuriz, al Señor Nuncio Aldo Cavalli, Monseñor Cristián Precht y a ... y en fin, a todos ustedes los invito a emprender este camino tamático con la certeza de que entre todos y con la ayuda del Espíritu Santo y de María Santísima –encontraremos caminos prospectaremos acciones, pero sobre todo, estaremos dando respuesta cierta, histórica y oportuna a los desafíos que el escenario de las Megalópolis plantea a nuestra misión de predicadores del Evangelio y de constructores de la nueva sociedad.

Comencemos nuestro trabajo que nos será en vano y sabiendo que en él tenemos una respuesta clara a las demandas del Señor Jesucristo.

La ciudad, la Megalópolis, no pueden ser ámbitos de perdición si no ambientes en donde podamos “con alegría y eficiencia” dar cuenta positiva de la “Buena Nueva” que nos fue encomendada.

Dios recompensará nuestros esfuerzos y permítanme decirles algo más: dediquemos este trabajo al Santo Padre por el esfuerzo testimonial que ahora cumple a favor de la reconciliación y de la convivencia; a él primordialmente como a todos nosotros se nos pidió ayudar a construir este “reino de justicia, de amor y paz” que el Señor vino a anunciar y que nosotros debemos realizar”.

Santiago de Chile, 11 de Marzo de 2003.


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