Luego de la reunión ordinaria
del mes de junio, los Obispos de la Provincia Eclesiástica
de Santiago, que comprende las Diócesis de Santiago,
Valparaíso, Linares, Rancagua, San Felipe y Talca,
han dado a la publicidad una Carta Pastoral sobre la situación
actual del país.
Los Obispos de la Zona Central de Chile,
al reflexionar sobre la situación de nuestra patria,
sentimos la urgencia de dirigirnos a los católicos
de nuestras diócesis.
Partimos de un hecho fundamental: Chile es un país
que está en un fuerte proceso de cambios. Nuestra
reflexión y nuestra palabra la situamos y expresamos
en la perspectiva de nuestra fe cristiana y no en el nivel
de las ciencias humanas.
Cambios habrá siempre. Es nuestra
condición humana buscar la meta definitiva, prometida
ya por Cristo: la resurrección final, cuando El
venga. El hombre siempre buscará un modelo de sociedad
más justo y verdadero, porque lleva en su corazón
la inquietud del Dios creador: "poseerás la
tierra"; y, creyente o no, sentirá el mandato
de Cristo a hacerla más fraternal, porque "este
es mi mandamiento: que se amen unos a otros como Yo los
he amado".
Este es el plan positivo de Dios. Cada
paso del cambio debiera conducir efectivamente a una vida
más justa, más llena de amor fraterno, en
la medida que sea orientado por el Evangelio de Cristo.
Hay cambios que toman una dirección equivocada
cuando son inspirados por concepciones materialistas o
no toman en cuenta la complejidad del hombre, que es fuerza
y debilidad, bondad y maldad, mezcla de gracia y pecado.
En esta perspectiva queremos decir una
palabra sobre nuestra situación de Chile.
Estamos preocupados por la marcha del
país, por el desarrollo de los acontecimientos.
Nos duele ver las largas colas de chilenos, -las millones
de horas que se pierden cada semana-, sufriendo la humillación
de vivir en esas condiciones. Parece un país azotado
por la guerra.
Nos preocupa el mercado negro, desatado
por la inmoralidad de quienes negocian en forma injusta
con los alimentos y otros productos esenciales.
No aprobamos, por principio, el éxodo
de profesionales. El país debe encontrar caminos
realistas y verdaderos para evitar esta sangría.
Es deber moral de todo chileno permanecer en la tierra
que lo vio nacer y le proporcionó su profesión.
Nos preocupa que los medios de comunicación
no sean veraces y sobre todo que inciten al odio. Al destruir
la verdad y el amor faltan a sus deberes fundamentales,
son inmorales.
Contemplamos, con angustia, la inflación
que nos invade en forma creciente de día en día
y la crisis de nuestra economía.
En estos días presenciamos el
problema de los mineros del cobre de El Teniente, con
las implicaciones que tiene en la vida sindical, en la
marcha de la economía. Condenamos la violencia
que crece en este conflicto laboral y pensamos en sufrimientos
que habrían podido evitarse.
Entendemos que el mal está más allá
de las palabras, y que no bastan consejos de bondad. Sabemos
que el papel de la Iglesia no es dar soluciones técnicas,
pero queremos aportar algunas reflexiones que pueden iluminar
la situación que vivimos, sin pretender decirlo
todo.
I. Es falsa la división del país entre socialistas
y capitalistas.
Socialismo y Capitalismo son dos expresiones
ideológicas que se han convertido en símbolo.
Querer reducir todo el problema chileno a estas dos palabras
es una simplificación que no se ajusta a la verdad.
La realidad es mucho más compleja que los símbolos
y sistemas, porque los hombres somos mucho más
que una palabra.
Vivimos realidades mezcladas con mitos,
con utopías, y no basta repetir una palabra para
creer que todo está solucionado.
Hasta ahora en Chile la palabra socialismo
representa un sistema bastante indeterminado. Y tampoco
es posible dar el nombre de capitalismo a todo lo existente
hoy día. No puede estructurarse la sociedad partiendo
del principio que somos un conjunto de enemigos. La paz
no vendrá del dominio de un grupo sobre otro. El
bien de la sociedad requiere el aporte y la colaboración
de todos y el pleno reconocimiento de todos los derechos.
Pedimos buscar más lo que nos
reúne y no lo que divide. Nos parece necesario
servir más a los hombres concretos, con nombres
y con rostros, antes de jugar con definiciones o palabras.
Valen más los hombres que los sistemas; importan
más las personas que las ideologías. Las
ideologías dividen; la historia, la sangre, la
lengua común, el amor humano y la tarea semejante
que los chilenos tenemos hoy deben ayudarnos a formar
una familia. Nuestra palabra no tiene otro objetivo ni
otra esperanza que la de ayudar a mirarnos como iguales,
como hermanos. No merecemos vivir en la angustia, la incertidumbre,
el odio o la venganza
II La idolatría del poder.
La lucha por el poder, la estrategia por poseerlo, afianzarlo
o recuperarlo, aparecen como metas de la vida humana,
especialmente en la política.
Ya no importa el precio que se pague:
el poder constituye el ídolo y el espejismo para
muchos. Olvidamos lo que dice la fe: la vida de toda persona
es sagrada. Todo hombre es mi hermano.
El poder fácilmente puede corromper
el corazón de quienes lo tienen. La Historia lo
demuestra. Quien adora el poder termina cazado en su propia
trampa.
Nos preocupa la tendencia al estatismo
absoluto, sin la adecuada participación.
El poder sólo es un medio para
el bien común. Más que poderosos se requieren
servidores. Cristo nunca ambicionó el poder. Insistió
siempre en que El venía a servir: "Quien desee
ser el mayor entre vosotros será el servidor"
(Marcos 10,48).
La idolatría del poder lleva necesariamente
a la quiebra de los valores morales a la ambigüedad
entre lo que es moral, o inmoral. El principio de Maquiavelo,
"el fin justifica los medios", está siempre
latente en el corazón del hombre.
La Iglesia siempre ha denunciado el totalitarismo.
Bajo ese nombre se esconde cualquier sistema total y absoluto,
basado generalmente en ideologías que pueden ser
muy diferentes y a veces antagónicas y que no tolera
ningún contrapeso, ninguna crítica, ninguna
fuerza de equilibrio.
Recordemos las palabras de Cristo: "No
se puede servir a dos señores". Es imposible
servir a Dios y al dinero. No se puede servir a Dios e
idolatrar al poder.
Todos tenemos culpa y tenemos pecado.
Pecamos por acción, y mucho más por omisión.
Hay cobardías. Hay silencios culpables. Debemos
dar pasos de sinceridad y de verdad.
III. El aporte original de los cristianos.
Nuestra meta es construir el Reino de
Dios. Es edificar la Iglesia al servicio de los hombres
y de la sociedad en que vivimos. Eso solamente se puede
conseguir con el Evangelio, en una conversión del
corazón y en una fidelidad siempre mayor al espíritu
de Cristo. Hacer esto es apasionante y justifica nuestra
vida. También es tarea ardua, difícil y
conflictiva, porque el corazón humano es así.
Decimos: no, a la mentira; no, a la prepotencia;
no, al odio. Como los apóstoles, nosotros hemos
creído en el Amor. Y éste siempre produce
sinceridad, justicia, misericordia, fraternidad.
El camino cristiano es el único:
lo creemos el mejor, porque pasa por el corazón
del hombre para transformar las estructuras.
Queremos comprender la impaciencia de
quienes buscan caminos aparentemente más eficaces
para mejorar el país; pero, en definitiva, el único
camino realmente liberador pasa por los criterios y la
mentalidad de Jesucristo. Por eso la Iglesia ha denunciado
los errores y los males tanto del capitalismo como los
del marxismo.
Lo que realmente convence es la integridad
de la vida, el ser consecuente con lo que se cree y con
lo que se es.
El mejor aporte que la Iglesia puede
dar al país es entregarle cristianos amantes de
la verdad y de la justicia. Es formar cristianos que luchan
por la construcción de la paz. Ese es nuestro problema;
somos poco cristianos y tal vez excesivamente verbalistas.
Se acerca la fiesta de Pentecostés.
Para quienes creemos en la acción del Espíritu
Santo será la oportunidad de pedirle a Dios que
repita el milagro de ese día. Los hombres que hablaban
idiomas diferentes lograron entenderse y superar las distancias.
El amor lo hizo acercarse. Sólo con amor se es
capaz de construir un país.
La Virgen estaba presente en Pentecostés.
Ella es la Madre de la Iglesia. Ha sido la Madre de nuestra
Patria, desde sus comienzos por voluntad de nuestros próceres,
Ella nos ayudará a superar la difícil situación
de nuestro Chile. Es nuestro mensaje, nuestro ferviente
deseo, nuestra oración.
+Raúl Cardenal Silva Henríquez,
Arzobispo de Santiago; +Emilio Tagle,
Arzobispo de Valparaíso; +Augusto Salinas,
Obispo de Linares; +Alejandro Durán,
Obispo de Rancagua; +Enrique Alvear,
Obispo de San Felipe; +Raúl Silva Silva,
Obispo Titular de Eudossiade; +Carlos González,
Obispo de Talca; +Fernando Ariztía,
Obispo Auxiliar de Santiago; +Ismael Errázuriz,
Obispo Auxiliar de Santiago.