Santiago, Navidad de 1973.
Navidad trae un mensaje de paz, de amor
y de unidad. La unidad entre los hombres no es como podría
parecer algo natural, algo fácil, algo que cae
de su propio peso. Ella es un don; un don de Dios a los
hombres, un don que se pide con humildad y se recibe con
gratitud; un don que trajo al mundo Jesús, el Señor,
el Príncipe de la Paz.
La fiesta de Navidad trae consigo cada
año a los que la celebran con buena voluntad, un
aumento de ese espíritu unitario, una disposición
renovada a buscar la paz: la paz íntima, la de
la conciencia, la paz con Dios que es el fundamento de
la otra, la paz entre los humanos, la paz social, la paz
política, que tanto necesita nuestro país.
Algunos en efecto preguntan ¿cómo
celebrar Navidad en una patria dividida?, ¿cómo
hablar de paz y de amor allí donde existe un estado
de guerra?
La respuesta es ésta: suplicando
al que fue llamado por los profesores el Príncipe
de la Paz que haga caer sobre Chile como un rocío
la reconciliación.
La reconciliación tiene sus exigencias.
Exige un esfuerzo personal, difícil,
casi imposible para las fuerzas humanas, de parte de los
"vencedores" y de parte de los "vencidos".
El vencedor de hoy es el vencido de ayer.
El vencido de hoy, el vencedor de ayer.
Queremos detener las oscilaciones del
péndulo-fatal.
"No hay ni vencedores ni vencidos",
dijo desde un comienzo el Presidente de la Hon. Junta
de Gobierno. Noble frase que más que afirmar un
hecho, expresa un deseo.
Queremos que nuestro mensaje sea para el Chile esperanzado
y también dolorido de 1973 un simple eco del eterno
y universal mensaje del Pesebre. Queremos salir simplemente
lo que dirían al pueblo chileno José, María
y Jesús, lo que tal vez nos están diciendo
con su silencio, su sencillez, su pobreza y su paz.
Nos dirían ciertamente: "Sean
hermanos; no sean vencedores ni vencidos". Que los
que ganaron no tengan alma de vencedores. Que los que
perdieron no tengan alma de vencidos. Que tengan todos
el alma de María y de José, el alma de los
pastores y de los Reyes Magos, el alma de los discípulos
de Jesús, de los seguidores del Evangelio.
¿Qué significa el no tener
alma de vencedor?
Significa saber perdonar y saber pedir
perdón. Aplicarse la palabra de Cristo: "Aquél
que esté sin pecado, ése tire la primera
piedra".
Significa no sacar provecho de la victoria
en beneficio de los propios intereses con perjuicio de
los demás.
Significa no asumir la actitud de juez,
que sólo corresponde a quienes tienen la difícil
y temible obligación de serlo.
Significa decir "no" a la represalia,
a la delación, al odio.
Significa aceptar que no todo lo que
los vencidos pensaron, dijeron o hicieron fue siempre
errado, siempre falso, siempre malo.
Significa tener compasión de los
que sufren, con o sin culpa, simplemente porque sufren;
y hacer cuanto uno pueda para aliviar ese sufrimiento.
Significa invitar a los caídos
a participar en la obra de la reconstrucción del
país, hacerles sentir que se les necesita, que
para todos hay un lugar en la tarea común, que
en Chile no sobra ningún chileno.
¿Qué significa no tener
alma de vencido?
Significa también y en primer
lugar perdonar y pedir perdón. Uno solo no tuvo
necesidad de pedir perdón. El que dijo: "¿Quién
de Uds. puede acusarme de algún pecado?".
Significa reconocer que no todo lo que
uno pensó, dijo o hizo fue siempre justo o siempre
bueno.
Significa reconocer que tal vez en otro
tiempo uno hizo sufrir, queriéndolo o no queriéndolo.
Significa pensar que los grandes ideales
por los que muchos lucharon, la promoción de los
pobres, la igualdad entre todos, la justicia para todos,
la participación de todos, la felicidad al alcance
de todos, son metas imperecederas, que se pueden lograr
por diversos caminos, que no son exclusivos de unos pocos,
que son el patrimonio del pueblo chileno, la fuerza invencible
que anima su historia.
Significa aceptar que más allá
de algunas ideologías a veces equivocadas, a veces
incompletas, a veces ilusorias, está la verdad
-nunca plenamente alcanzada- . Pero siempre ardientemente
buscada, con apertura, con humildad y con caridad, en
el respeto y con la ayuda de los demás.
Significa por fin creer que la verdad
no se sirve solamente con el poder, sino también
con el estudio, la reflexión, la palabra persuasiva,
el testimonio convincente.
Pastores o reyes magos, sencillos o sabios, poderosos
o débiles, éste es para nosotros el mensaje
del Pesebre.
¿Que llegamos hasta él
con el corazón oprimido por la angustia? También
la sombra de la cruz se extendía sobre el pesebre
en que estaba reclinado el Niño Dios.
¿Que nos embarga la esperanza?
También en aquella noche de invierno una inmensa
esperanza brilló sobre el mundo. Es hora de ser
fieles a esa esperanza, no a otras. Esa esperanza es la
nuestra, es la de Chile, que está decidido a salir
del estado de guerra, y a entrar para siempre en el estado
de paz, el definitivo.
Nuestro recuerdo lleno de cariño
va a todos los hogares chilenos, a nuestros niños,
a nuestras autoridades, a nuestros soldados, marinos,
aviadores y carabineros que tanto trabajaron por Chile
en estos últimos meses, a los ancianos, a los enfermos,
a los que están detenidos o encarcelados, sometidos
aún a interrogatorios o ya condenados, a los que
se fueron y a los que vuelven, a los que lloran a sus
seres queridos, a los que trabajan con desinterés
y entusiasmo en la reconstrucción de Chile, a todos
desde el Pesebre les deseamos una Navidad de Paz, de amor,
de consuelo, de alegría y de reconciliación.
Anhelamos que pudiéramos todos unidos elevar la
oración de los ángeles y que repetimos cada
año en Navidad: ¡Gloria a Dios en el cielo
y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
Por los Obispos de Chile,
El Comité Permanente del Episcopado
Santiago, Navidad de 1973.