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Fe
cristiana y actuación política
Conferencia Episcopal de Chile
Publicación
hecha el 16 de octubre de 1873.
Santiago, agosto de 1973.
Introducción
En la Asamblea Plenaria ordinaria del Episcopado
del 6 al 11 de abril de este año, celebrada en Punta de
Tralca, después de una profunda y amplia reflexión
teológica-pastoral sobre la orientación doctrinal
y disciplinar del clero y de los religiosos, los Obispos llegaron
a la siguiente decisión: "No puede un sacerdote y/o
religioso(a) pertenecer a ese Movimiento ("Cristianos por
el socialismo")". (Sesión XVI, 11 de abril de
1973, n. 139).
Se acordó, sin embargo, diferir la publicación
de esa norma pastoral hasta no tener un texto de un documento
doctrinal en que se explicara la fundamentación y perspectiva
de la misma norma.
Dicho documento doctrinal fue trabajado -básicamente-
en su contenido medular, en sus líneas y orientaciones
y, desde luego, en su parte normativa, en el mismo transcurso
de la Asamblea Plenaria de Punta de Tralca. Allí quedó
redactado un esquema del documento, que tuvo por primer título
provisional "Preocupación por situación confusa
acerca de la misión de la Iglesia en el mundo".
La Asamblea Plenaria del Episcopado delegó
al Comité Permanente para redactar el texto definitivo
de dicho documento y se dio un plazo para que todos los Sres.
Obispos aportaran sugerencias y observaciones al primer esquema.
En efecto, se recibieron varios y valiosos aportes que fueron
incorporados al texto y el Comité Permanente se dedicó
en los meses posteriores a proseguir la elaboración de
dicho documento. En el método de trabajo, para redactar
el documento, se estudió toda la literatura posible de
conocer del Secretariado de "Cristianos por el Socialismo",
de Santiago, y del grupo de Concepción -que editaba periódicamente
un Boletín de Encuentros, Jornadas, etc. y de aquellos
miembros más representativos de este grupo. Aunque no haya,
después, en el texto una prolijidad exhaustiva de citas
o de notas, han sido tenidos permanentemente en cuenta los contenidos
de esos escritos.
La demora en llegar al texto final fue la prolija
ponderación de todo el documento, ya que no se ignoraba
que -a pesar de ser algo propio de la Conferencia episcopal chilena-
él tendría indudablemente una repercusión
latinoamericana. Existía, por tanto, como un compromiso
y responsabilidad tácita frente a las demás Conferencias
episcopales latinoamericanas.
Mientras tanto, como se había llegado
a conocer que el Episcopado chileno preparaba este documento,
se difundió la especie -que hasta figuró entre las
informaciones de alguna agencia noticiosa latinoamericana- que
el entonces Presidente de la República había hecho
gestiones para que dicho documento no apareciera. La verdad es
que tales gestiones nunca existieron. Y algunos políticos
católicos militantes en partidos de izquierda, al conocer
el fondo del contenido del documento, comprendieron perfectamente
que se trataba de un texto doctrinal sobre la Iglesia y que no
era un documento político. Efectivamente, la finalidad
de este Documento es clarificar y terminar ambigüedades respecto
de la misión de la Iglesia.
El texto definitivo del documento estaba listo
a mediados de agosto. Y aunque el Presidente y el Secretario de
la Conferencia episcopal estaban autorizados por el Comité
Permanente para hacer su publicación se prefirió
esperar una lectura final en la próxima sesión del
Comité. Dicha sesión debería tener lugar
el 12 de septiembre.
La aprobación final del texto se hizo en la sesión
del 13 de septiembre de este año, aportándose todavía
algunas observaciones.
Las circunstancias, de público dominio,
del 11 de septiembre, que cambiaron tan notoriamente la situación
histórica de Chile, dejaron como inactuales varios párrafos
de este documento que se referían precisamente al contexto
chileno de la primera mitad de 1973, cuando se elaboró
su texto. Se resolvió, sin embargo, publicar el documento
tal como estaba sin rehacerlo, ya que su parte doctrinal y disciplinar
no sufría modificaciones por ello.
Finalmente, es conveniente destacar la coherencia
de este documento "Fe cristiana y actuación política"
con todos los anteriores documentos colectivos del Episcopado
chileno, que tratan argumentos semejantes, desde aquél
del 25 de septiembre de 1970 hasta ahora, y especialmente con
los acuerdos de la Asamblea Plenaria ordinaria de Temuco (abril
de 1971) y su correspondiente documento de trabajo "Evangelio,
Política y Socialismo". La novedad del actual documento,
sin embargo, está principalmente en que no es un centro
una preocupación disciplinar, sino que va más profundamente
a clarificar la misión de la Iglesia en el contexto histórico
chileno.
Santiago, 16 de octubre de 1973.
Mons. Carlos Oviedo Cavada
Obispo Auxiliar de Concepción
Secretario General de la Conferencia Episcopal de Chile.
Conferencia Episcopal de Chile
Secretariado General
Ref.: 363/1973.
Fe
cristiana y actuación política
I Introducción
Presiones políticas sobre la Iglesia.
1. El país vive hoy un proceso de transformaciones
sociales que, como es natural, no puede dejar indiferentes a los
cristianos. Este proceso tiene hondas consecuencias morales y
espirituales sobre la vida de los creyentes y de la Iglesia misma;
y a la inversa, la maduración de la fe, al abrazar la totalidad
de la existencia, se convierte en principio inspirador de las
diversas opciones y compromisos político-sociales de los
católicos. Los Obispos de Chile vemos, sin embargo, con
creciente preocupación que, al calor del debate político
nacional, determinados sectores pretenden asignar a la Iglesia
tareas a obtener de Ella intervenciones o apoyos que nos corresponden
a su propia misión, y que aún la deforman en aspectos
substanciales de la fe y la moral evangélica.
2. Frente a esta presión y a su efecto
desorientador sobre los creyentes, estimamos nuestro deber decir
una palabra de claridad y tomar medidas disciplinarias que salvaguarden
la verdadera misión de la Iglesia y de su Jerarquía.
Nos dirigimos, por eso, a los que son o desean ser hijos de la
Iglesia; a quienes han crecido en ella y pueden entender su lenguaje;
a los que comparten nuestra solicitud por todos los hombres; ya
nuestros hermanos colaboradores, los sacerdotes. Particularmente
queremos referirnos al movimiento llamado "Cristianos por
el socialismo", y también a los demás cristianos
que, en forma consciente o inconsciente, utilizan la Iglesia y
el Evangelio para defender sus propias opiniones e intereses políticos.
Lo hacemos en respuesta a numerosas consultas que nos llegan de
los fieles, y teniendo en consideración diversos documentos
que se han hecho públicos en el ámbito nacional.
3. El grupo arriba mencionado, reunido bajo en
nombre cristiano, y dirigido por sacerdotes, por sacerdotes, asume
posiciones tan definidas políticamente, que ya no se distingue
de los partidos políticos o de las corrientes análogas
de opinión y acción. Lo que sería legítimo
en sí, al menos para los laicos, dentro de la libertad
y el pluralismo que les es propio, si no fuera que el contenido
de esa opción deja mucho que desear desde el punto de vista
doctrinal y práctico. Además, este grupo erige su
programa de acción en norma cristiana, como el programa
que la propia Iglesia debería asumir si quiere permanecer
fiel a su misión, con la consiguiente descalificación
de los cristianos que no piensan como ellos o que sostienen opciones
contrarias.
4. Otros cristianos, al ver cuestionadas o en
peligro ciertas instituciones o formas de vida tradicionales de
la sociedad, que les parecían intangibles, urgen a la Iglesia
a organizar la defensa de esas instituciones amenazadas, en nombre
de la democracia, la libertad, la familia, la religión,
etc., sin distinguir bastante entre los valores cristianos esenciales
del orden social, y aquellas formas institucionales contingentes
que no es misión de la Iglesia custodiar o defender, por
más que los católicos puedan, en uso de su libertad
personal, estimarlas mejores o aun necesarias dentro de los límites
de la fe.
5. Para evitar malentendidos, conviene repetir
aquí lo que ya expresamos en el Documento de Trabajo Evangelio,
política y socialismo: no negamos la posibilidad y la legitimidad
de que católicos asuman posiciones de izquierda o militen
en partidos de izquierda si lo hacen dentro de las condiciones
que rigen el compromiso político de todo católico,
sea cual fuere su posición (cf. 67). Si dedicamos atención
preferente al
movimiento señalado, más que a las desviaciones
de signo contrario, es porque éstas últimas tienen
un carácter político y no pretenden formular una
nueva idea de la Iglesia y su relación con el mundo, cosa
que ocurre programáticamente con los "Cristianos por
el Socialismo", cuyo error doctrinal exige un esclarecimiento
también explícito por parte de los Pastores.
6. No es nuevo este intento de usar a la Iglesia
como apoyo del orden temporal que se cree mejor o más legítimo,
ni el afán de comprometerla orgánica y jerárquicamente
con la propia posición política. Pero, puesto que
hoy el fenómeno rebrota en distintas formas y con un carácter
especialmente conflictivo y desorientador, por sus consecuencias
doctrinales, queremos analizarlo con alguna detención.
Al mismo tiempo queremos formular, al hilo de ese análisis
y con el detalle que el asunto y las circunstancias requieren,
ciertos principios generales para la actuación temporal
de los cristianos.
7. Nuestra voluntad es salir al paso de cualquier
utilización indebida por la Iglesia en el dominio cívico.
Afirmamos que los modos de pensar y actuar arriba mencionados
desfiguran a la Iglesia y al Evangelio, oscurecen su universalidad
-su catolicidad-, disminuyen su credibilidad, deforman su verdad
y obstaculizan su verdadera acción. Detrás de estas
tendencias se adivina el deseo, conscientes o inconsciente, de
manipular a la iglesia y al Evangelio en función de intereses
políticos precisos, y de hacer propaganda a favor de determinadas
opciones temporales, utilizando el nombre del cristianismo en
su servicio.
Misión de los laicos y misión
de la iglesia.
8. No nos extraña que surjan esas polarizaciones.
En su base hay aspectos verdaderos que tocan a la relación
entre la Iglesia y el mundo. Estamos ya lejos de aquel prejuicio
que circunscribía la fe a la intimidad privada de las conciencias,
dejando la historia -la historia profana de las instituciones,
leyes, regímenes- entregada a su libre curso temporal,
sin posible contacto con la salvación personal. Tal cosa
es imposible: no vivimos en el limbo. El destino del hombre -su
destino eterno- se juega en el corazón de la vida social
y política de los pueblos, que encierra siempre graves
problemas morales. La Iglesia continúa en la tierra la
misión de Cristo, "liberar a todos los hombres de
tosas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado, la ignorancia,
el hambre, la miseria, la opresión, en una palabra la injusticia
y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano"
(Medellín, Justicia, 3), por más que esta misión
sólo pueda alcanzar un resultado siempre imperfecto en
la tierra. Hoy más que nunca, necesita la Iglesia juzgar
por las doctrinas y situaciones sociales, y mover a sus fieles
a la acción en el interior de todas las instituciones humanas.
9. Comprendemos, entonces, que quienes han hecho
suyo el anhelo salvador de Cristo, y por otra parte encarnan ese
anhelo en determinada ideología o posición política,
terminen por inferir que esa opción expresa cabalmente
el Evangelio y es como consubstancial a la manifestación
del mismo Cristo en el mundo; de tal modo que otras opciones distintas
o contrarias les parezcan opuestas al propio Evangelio; y que
la universalidad de la misma iglesia, que tolera y aun fomenta,
el pluralismo político en su interior, se les muestre como
indefinición o prescindencia frente a los graves problemas
actuales, o peor aún, como complicidad con determinados
intereses temporales.
10. Pero en esa impresión hay una inferencia
indebida, cuyo error no podemos silenciar. Y es que esos católicos,
al sentir el imperativo de determinada acción social o
política, le atribuyen un carácter propio de la
Iglesia corporativamente considerada, como si esa acción
no pudiera ser suya, laical, personal, propia de ciudadanos cristianos,
sino que debiera ser una empresa conjunta del Pueblo de Dios,
fieles y sacerdotes y Jerarquía. Tal vez poco preparados
laicalmente para conjugar el "yo", buscan el amparo
del "nosotros", extendiendo ese plural no ya a los componentes
de determinado grupo particular -lo que sería legítimo-
sino a la íntegra comunidad eclesial. Confunden entonces
según el espíritu evangélico las cosas temporales,
con la misión universal y sobrenatural de la Iglesia misma
y de su Jerarquía, que no consiste en resolver cuestiones
económicas, sociales, jurídicas, etc., sino en santificar,
enseñar y regir, suministrando a los fieles aquella energías
renovadoras de la gracia que ellos proyectarán en su tarea
ciudadana, por su cuenta y riesgo, con la libertad y responsabilidad
personal que corresponde a los laicos.
11. Pedimos, pues, que, a propósito de
los asuntos temporales, se haga siempre esta elemental distinción
entre la tarea ciudadana y secular de los laicos, y la actuación
de la Iglesia misma y de su Jerarquía. El Concilio pide
más todavía "distinguir netamente entre la
acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan
a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con
su conciencia cristiana, y la acción que realizan en nombre
de la Iglesia, en comunión con sus Pastores" (Gaudium
et Spes, 76). Tanto los Obispos y sacerdotes como los fieles todos,
son parte viva y actuante del Pueblo de Dios; el Espíritu
Santo ha sido derramado en los corazones de unos y otros, y hoy
más que nunca se aprecia el valor santificante de la existencia
laical en medio del mundo. Pero, de cara a las actividades temporales,
los derechos y deberes de unos y otros son muy distintos. Los
ciudadanos laicos actúan en su propio nombre, representándose
sólo a sí mismos, con una preparación humana
y unos méritos políticos, laborales, técnicos,
etc., que no vienen de la Iglesia sino de su propio esfuerzo humano,
y con unos títulos y derechos que ellos deben ganarse por
sí mismos ante la sociedad, como cualquier otro ciudadano;
actúan, al mismo tiempo, según su conciencia cristiana,
ilustrada a la luz del Evangelio y de las enseñanzas sociales
de la Iglesia, compromiso que ellos saben hacer suyo en forma
igualmente laical, es decir, sin implicar en él a la Iglesia
jerárquica o a los demás fieles.
12. Por el contrario, quienes en la Iglesia actuamos
"en nombre de Cristo, Cabeza de su Cuerpo Místico"
-los Obispos y nuestros colaboradores, los sacerdotes- tenemos
hacia los laicos, el deber pastoral de conducirlos al encuentro
del Señor "que es fuente de toda santidad", de
formarlos en la fe y en la proyección social de ésta;
tarea sobrenatural que nos exige respetar su libertad en sus propios
compromisos temporales, en lo que éstos tengan de opinables
y contingentes. Somos los pastores de una Iglesia que no se identifica
con civilización, cultura, régimen, ideología
o partido alguno en este mundo (cf. Gaudium et Spes, n. 76). Por
eso, nos situamos en una perspectiva distinta a las opciones particulares
de los fieles, y sólo las juzgamos a la luz de los valores
evangélicos, es decir, cuidando que se mantenga dentro
de las exigencias de la fe y de la moral cristiana.
13. Proceder de otra manera entraña un
peligro para la Iglesia: convertirla en un elemento más
del mundo, y no como Jesús quiere que sea: "Padre,
ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en
el mundo y yo voy a Ti... Cuida en tu nombre a los que me has
dado para que sean uno como nosotros... No te pido que los retires
del mundo, sino que los guardes del Maligno". (Juan 17,11-15).
Ella vive para vincular a los hombres con el Dios vivo, Padre
de Jesucristo, para incorporarlo vital y conscientemente a la
Persona de Jesús, para transformarlos en templos del Espíritu
Santo e instrumento de su acción en el mundo.
14. Por eso, el concilio nos dice: "La misión
propia que Cristo confió a su Iglesia o es de orden político,
económico o social. El fin que le asignó es de orden
religioso. Pero precisamente de esta mismo misión religiosa
derivan funciones, luces y energías que pueden servir para
establecer y consolidar la comunidad humana según la ley
divina. Más aún, donde sea necesario, según
las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la
Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio
de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo,
las obras de misericordia y otras semejantes. La Iglesia reconoce,
además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo
social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso
de una sana socialización civil y económica. La
promoción de la unidad concuerda con la misión íntima
de la Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento,
o sea signo e instrumento de la unión íntima con
Dios y de la unidad de todo el género humano. Enseña
así al mundo que la genuina unión social exterior
procede de la unión de los espíritus y de los corazones,
esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento
indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las energías
que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican
en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica".
(cf. Gaudium et Spes, N. 42).
15. Pero así como en esta última
tarea no debe la Iglesia arrogarse una responsabilidad o dirección
que no le corresponde -pues ello atentaría contra la autonomía
del orden temporal-, así tampoco es la ciencia humana o
el deseo de los hombres quien determina la misión propia
de la Iglesia, sino el mandato de Cristo, su Fundador.
Y aunque no podemos pedir a los no creyentes
que miren a la Iglesia con otros ojos que los del mundo, sí
podemos rogarles que sepan y aprecien la manera como Ella se ve
a sí misma; y podemos pedir, y, aún más,
exigir a los creyentes, miembros de la iglesia, que la contemplan
con los ojos de la fe; que la miran no "según la carne"
sino "en el Espíritu" (cf. II Cor 5,16; 1 Cor
2,13 - 3,1), no con la sabiduría del mundo, sino con la
de Dios.
II. El grupo "Cristianos por el Socialismo"
16. Hemos leído la mayor parte de los
escritos publicados por este grupo. Su representatividad eclesial,
y las formulaciones doctrinales que contienen, son muy diversas
y desiguales. En ellos no se pretende hacer una exposición
de la fe ni se manifiesta en forma sistemática una doctrina
teológica. Hay muchos aspectos importantes de la fe cristiana
que se omiten. El pensamiento que se refleja en ellos no está
concluido. Las posiciones, los conceptos y el lenguaje son difusos
e indeterminados. Las afirmaciones particulares se mezclan con
enunciados universales sin mayor precisión, los sentimientos
y reacciones emocionales se entretejen con las ideas de pretensión
científica, y los planteamientos ligados a diversas ciencias
-economía, sociología, historia- con principios
que pertenecen a la fe. Existe una real indeterminación
entre lo que se dice y lo que se deja sugerido en el lector, entre
lo que se cree globalmente y lo que se opina en casos particulares;
entre lo que se practica y lo que se escribe o predica. Muchos
escritos se limitan a enfocar algún hecho singular, y dependen
de situaciones momentáneas; en general, se trata de llamados
a la acción concreta, dirigidos a los cristianos en cuanto
tales. No obstante, hay actitudes de fondo que, dentro de su imprecisión,
revelan ciertas líneas constantes de su planteamiento.
Inquietudes y aportes positivos
17. Descubrimos en los documentos señalados
diversos aspectos positivos, así como inquietudes e intuiciones
que nos parece necesario valorar, aunque sólo sea por la
mención breve de ella. Representan gérmenes que
nacen del Espíritu dado por Jesús a la Iglesia,
que siempre han estado presentes en ella, y que por eso quisiéramos
desarrollar;
a) El llamado hacia una revisión de la
tarea de la Iglesia, para evitar que se enfeude en determinadas
formas sociales o institucionales; para que, depurándose
de intereses o del apego al prestigio humano; quede en libertad
de ser Ella misma y de acudir a quienes más la necesitan.
b) La proyección de los cristianos hacia
los problemas del mundo, en especial hacia los problemas de la
justicia social y la transformación de la sociedad, en
lucha contra la opresión y la miseria.
c) La sensibilidad estructural, y el vivo sentido
de los condicionamientos económico-sociales de la vida
moral y espiritual; la exigencia de superar estructuras que condicionan
negativamente las costumbres y la mentalidad, y a la inversa,
la necesidad de una expresión estructural de los deseos
personales de justicia y caridad.
d) La vitalización de la teología
a través de su encuentro abierto con los problemas históricos
del presente; el impulso formador de nuevas categorías
teológicas que hagan posible el encuentro con las ciencias
contemporáneas.
e) El afán de una inserción real
de la Iglesia en el mundo obrero y campesino; la necesidad de
"predicar el Evangelio de los pobres" como uno de los
signos de la llegada del Reino (cf. Lc 7,22), y a la inversa,
la necesidad de que la Iglesia recoja la mentalidad y los valores
de ese mundo en su propia expresión de la fe, la moral
y la liturgia.
f) Y en general, la revisión crítica
de todas las instituciones eclesiásticas, para que se sitúen
de verdad en el espíritu de los pobres, de quienes es el
Reino de los cielos.
Acusaciones injustas a la Iglesia
18. Pero en estos documentos se va perfilando,
cada vez con mayor claridad, una concepción deficiente
de la Iglesia, que conduce a actuaciones eclesiales también
defectuosas, y que debe ser descubierta y corregida, para evitar
que estos sacerdotes consuman el falseamiento de las verdades
más medulares de la fe, con el daño o el escándalo
consiguiente de los fieles que les están confiados, o ante
los cuales gozan de alguna credibilidad como sacerdotes.
19. En la concepción que este grupo tiene
de la Iglesia, constatamos una obsesiva exageración de
lo político-social, con una fuerte tendencia a reducir
todo el dinamismo eclesial a esa sola dimensión, lo que
lleva a deformar incluso el papel temporal que ha cabido a la
Iglesia en la historia. En los últimos documentos del Secretariado
de "Cristianos por el Socialismo", el punto de vista
económico, social y político influye de tal manera
en su concepción acerca de la Iglesia y del modo de insertarse
y trabajar en su interior, que se nos hace difícil reconocer
en esa imagen deformada su verdadera naturaleza sobrenatural y
aún espiritual. En repetidas ocasiones, diversos voceros
de este grupo han afirmado que la Jerarquía, al sostener
el carácter no político de su misión, la
primacía de los espiritual y la universalidad de los valores
cristianos -entre ellos la caridad, la superación por la
justicia del enfrentamiento entre las clases, la reconciliación
y la paz-, estaría poniéndose al servicio de la
ideología burguesa y de sus intereses de clase, y sería
por tanto aliada y defensora de las estructuras opresivas del
capitalismo.
20. Tal vez porque muchos de quienes hablan así
no conocen nuestra idiosincrasia, y no han vivido en Chile el
quehacer de la Iglesia en su preocupación por los más
pobres, olvidan injustamente o no están ni siquiera informados
del rol de la Iglesia y de los cristianos en la historia social
del país. Por recordar sólo algunos hechos: el movimiento
sindical y el movimiento campesino, así como la educación
y capacitación de estos sectores, han sido en buena medida
el fruto de la acción de personas e instituciones de inspiración
católica, que han contado con el pleno respaldo, animación
y ayuda de la Iglesia. Se recordará también cómo,
en el momento oportuno, la lucha de los campesinos por la posesión
de la tierra tuvo una respuesta concreta de la Jerarquía,
a través de la reforma agraria de las tierras de la Iglesia,
en la modesta proporción que a aquélla correspondía.
Por otra parte, legiones de católicos, movidos en nuestro
país por las enseñanzas sociales de la Iglesia,
se han empeñado y se empeñan en diversísimas
tareas de justicia social, sin sentirse ni ser en modo alguno
aliados de estructuras o sistemas de opresión. Y sobre
todo y esencialmente, más allá del complejo y plural
signo político de las proyecciones temporales de la fe,
está el hecho innegable de la vasta obra pastoral que la
Iglesia ha realizado y realiza en el mundo obrero y campesino,
en el plano que le es propio, sin partidismo ni intereses creados,
ni otro compromiso que la unión con Cristo Sumo y Eterno
Sacerdote.
21. El olvido o desconocimiento de estos hechos,
así como la falta de ponderación en el juicio, conducen
a los "Cristianos por el socialismo" a afirmaciones
inaceptables e injuriosas, y todavía más lamentables
por proceder de sacerdotes que están en el ejercicio de
su ministerio. Explotan de esta manera una confianza y un cargo
que sus superiores les han conferido para otros fines bien diversos.
Comprobamos con sorpresa que, mientras se hacen estas acusaciones,
por otra parte se profesa de palabra el deseo de mantenerse en
comunión con la Jerarquía. Y con dolor las encontramos
orquestadas por "cristianos" que las obtienen, según
dicen, del "análisis científico de la realidad",
"análisis que descubre los condicionamientos objetivos
de las ideologizaciones religiosas".
22. No es difícil adivinar la inspiración
que está detrás de esos juicios: es el método
marxista leninista de interpretación económica de
la historia, que reduce la vida religiosa de la humanidad a la
condición de ideología refleja de la infraestructura
económica y de las luchas de clases, y que descubre alienación
y complicidad con los grupos sociales dominantes en toda instancia
que se pretende apolítica, superior y común a los
contrarios dialécticos -burguesía y proletariado-
en lucha social. No somos nosotros los llamados a precisar hasta
qué punto ese método puede aportar algunos elementos
válidos a las ciencias sociales e históricas, y
por tanto a la propia acción social y política.
Pero ciertamente podemos afirmar que muchos de sus elementos y
desde luego sus presupuestos esenciales -materialismo, dialéctica,
ateísmo- no son de modo alguno científicos, ni pueden
pretender la calidad de ciencia para descalificar el sentido espiritual
y sobrenatural de al vida de la Iglesia. También podemos
afirmar que esos presupuestos y conclusiones, de carácter
formalmente filosófico e ideológico ya que no científico,
son incompatibles y contrarios a los más elementales fundamentos
de la fe católica, y no ajustan con la existencia de Dios,
la libertad humana, la autonomía de los valores morales
y espirituales, etc., como ha afirmado en reiteradas ocasiones
el Magisterio de la Iglesia.
23. Lamentamos, sobre todo, que un sacerdote
de Cristo asuma ese método como científico e iluminador,
como la llave del secreto de la historia -por más que practique
sobre él imprecisas limitaciones o reservas mentales-,
al precio de abdicar, en cambio, del fundamental sentido ético-religioso
de la historia de la salvación. Si puede tener un sentido
aceptable el intento de asumir desde una visión cristiana
de la historia algunos elementos de ese método, nada semejante
han conseguido estos sacerdotes, que por lo general no muestran,
entre otras cosas, la preparación teológica, filosófica
y científica para semejante tarea. Simplemente han tomado
sin alteraciones los grandes rasgos del método marxista,
y le han trasvasijado algunos restos de verdad cristiana, lo que
quedan después de haber aplicado a su manera ese mismo
método a la fe católica.
24. Ello significa que la adhesión a Cristo
se hace relativa, es decir, se la condiciona por la mediación
de un método interpuesto: se renuncia a comprender la historia,
la lucha de clases y el propio marxismo con los ojos de Evangelio
y con la luz incondicional de la fe; al revés, se comprende
al Cristo -se lo reinterpreta- a partir de una instancia cultural
humana que, surgida de premisas ateas, termina cuando menos deformándolo.
Puestos a seguir el camino "científico" de ese
método, no se ve por qué tal análisis debe
detenerse en cierto límite, y considerar sólo algunas
de las afirmaciones de la fe como "ideologizaciones burguesas";
si el presupuesto latente de ese método es la reducción
de toda realidad religiosa a las condiciones de la infraestructura,
su tendencia es el ateísmo, cuya sombra no podemos dejar
de entrever en los mencionados análisis, aún oculta
tras las categorías del llamado "cristianismo post-religioso"
y del "compromiso cristiano de liberación" (cada
vez más temporal y aún material al que se quiere
reducir la fe católica, el dogma y la moral de la Iglesia.
25. Creemos que no es honesto, en tal caso, rehuir
el dramático pero indispensable conflicto de conciencia
que nace de la alternativa: "el que no está conmigo,
está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama"
(Mt. 12,30). Quisiéramos de todo corazón que esa
alternativa se resolviera, tras la inevitable crisis de conciencia,
en una adhesión plena y total a Cristo y a la Iglesia,
repitiendo el encendido acto de fe de Pedro cuando, en un momento
crítico, otros discípulos se marchan: "Señor,
¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes
palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú
eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68-69). En esa esperanza acompañarles
con nuestra confianza pastoral en una situación ambigua
e indefinida, por no decir contradictoria, como es la situación
de quien evade la crisis de conciencia tras de una confusión
doctrinal y moral que falsea los verdaderos términos de
la alternativa.
26. La Iglesia no ha esperado la aparición
de una ideología revolucionaria en el siglo XIX para luchar,
en todo tiempo, por los valores humanos y evangélicos,
denunciar las idolatrías y las opresiones, preocuparse
de los pobres y desvelarse por llevar la cultura, la asistencia
y la luz de la fe a las gentes y pueblos más desamparados.
El "análisis científico de la realidad"
y la "praxis racional de la lucha de clases", cuando
son asumidos por quienes se dicen cristianos, y en la medida en
que esta asunción es posible, no debieran deformar su lealtad
a la Iglesia, ni juzgar con evidente anacronismo e injusticia
su papel incluso cultural y civilizador de veinte siglos; por
no hablar de esa historia de santidad y heroísmo que Ella
alberga hasta hoy como su tesoro más preciado, y que queda
aquí puesta en entredicho bajo la lacra de haber servido
"objetivamente" a la clase dominante y sus intereses
económicos.
27. Ningún cristiano podría ya
reconocer a su Madre la Iglesia en ese análisis. Nos resulta
muy triste que tantos hijos educados en la fe de la Iglesia, por
la aplicación inconsiderada de falaces razones ideológicas
(cf. Col 2,8), deformen a sus propios ojos y a los ojos del mundo
la imagen de su Madre, y terminen por repudiarla bajo la especie
de amarla mejor, acusándola de prostituirse ante los ídolos
del tiempo. No advierten que ellos mismos están hinchados
de falsa ciencia y postrados ante nuevos dioses que no salvan.
Nadie tiene derecho a seguir llamándose cristiano con honestidad,
si hasta tal punto ha llegado a desvirtuar su propia fe.
La Iglesia y lo político
28. Hay un aspecto de la cuestión que
nos parece singularmente necesario clarificar en la opinión
de los fieles. Se afirma con insistencia que la Iglesia no puede
dejar de ser política; que, o quiera o no, está
favoreciendo a alguna de las partes en la lucha de clases que
declararse apolítica sería para Ella una ingenuidad
o, peor aún, una manera encubierta de apoyar el orden establecido.
A partir de esta consideración, es fácil llegar
a reducir lo substancial de la Iglesia a su significación
o influjo político, lo que llevaría, en el orden
práctico, a condicionar todas sus acciones a la interpretación
que de ellas pudieran hacer los órganos políticos
de la sociedad con el consiguiente entrabamiento de su libertad
y de su estilo propio de actuar ante lo temporal.
29. No es difícil captar el presupuesto
oculto de esta opinión, a saber: que el conflicto substancial
y último de la historia humana es el conflicto económico,
la lucha de clases y la consiguiente pugna política; mientras
que el conflicto que da su razón de ser a la Iglesia, la
lucha entre el pecado y la gracia, entre el bien y el mal, sería
una lucha insubstancial y accesoria (lo que es bastante difícil
de concebir si existen cielo e infierno), o bien sería
la mera expresión moral de la lucha de clases y del enfrentamiento
político, a las cuales en último término
se reduciría -hipótesis a la que parecen inclinarse
los "Cristianos por el socialismo"-. En cualquiera de
esos casos la Iglesia no podría ser apolítica, sino
que debería reconocer francamente una militancia en la
lucha de clases y en la pugna de los partidos que las expresan
en busca del poder político.
30. Por nuestra parte, como es lógico,
enfrentamos el problema desde el presupuesto fundamental de la
historia de la salvación: en la vida de los pueblos y de
las personas -en el corazón de cada hombre- luchan la gracia
y el pecado, el bien y el mal; fuerzas que pueden estar en una
relación muy variada con las partes del conflicto social
y político -con las clases, las estructuras, los partidos-
pero que nunca se les identifican ni se reducen a ellas; porque
no hay en este mundo grupos ni estructuras que encarnen a secas
el bien ni el mal -socialismo o capitalismo, proletariado o burguesía-,
ni hay una frontera visible, territorial o social, que divida
a esas potencias invisibles que luchan en cada corazón.
Y es ésta la lucha última y substancial de la existencia
humana, por la cual seremos juzgados en el Juicio de Dios.
31. Lo político-social, pues, no es un
absoluto. La política se vive en diversos grados y formas.
Existe la política como profesión, o el ejercicio
de cargos públicos al servicio del bien común; hay
partidos políticos o agrupaciones análogas, unidas
por un ideario filosófico y social y por un programa concreto
de liberación social. Nosotros afirmamos la nobleza y dignidad
de este trabajo, al que tantos laicos cristianos se consagran,
como muchos otros hombres de buena voluntad, en forma desinteresada
y constructiva. Pero, dentro o fuera de tales cauces políticos,
todos los ciudadanos están llamados a cumplir ciertos deberes
y a ejercer ciertos derechos políticos o cívicos
esenciales, muchos de los cuales son anteriores al régimen
político concreto, como el derecho a la vida, al trabajo,
a la educación, a la libertad de las conciencias, con sus
deberes correspondientes.
32. Hay, por eso mismo, un cúmulo de actividades
e instituciones que, teniendo alguna relación con la política,
son propiamente "sociales", y su acento dominante se
carga sobre lo educacional, lo laboral, lo cultural, lo científico,
lo deportivo, lo asistencial, lo jurídico, etc. Esas actividades
e instituciones -escuela, gremio, universidad, ejército,
y tantas otras asociaciones-, aún consagradas a distintos
aspectos del bien común, no son políticas en el
sentido partidista, ni lo deben ser. Y es un hecho que no se las
quiere ver politizadas o al servicio de una causa partidista,
con la consiguiente discriminación de las personas y pérdida
de su autonomía y fin. Más que subordinar esta esfera,
política en sentido amplio, a la acción partidista
-tentación que hoy sacude a Chile-, los políticos
deberían ponerse al servicio de aquellas otras actividades
asociadas que promueven el bien común, y fomentar su desarrollo
en forma desinteresada.
33. Miramos con suma inquietud la superpolitización
del país, no sólo porque amenaza a la Iglesia, sino
también a la entera vida nacional. Cuando todo en un país
se vuelve política, la política misma se vuelve
insana, porque ocupa zonas de la vida que no le corresponden.
Se destruyen así otras raíces autónomas y
otras reservas humanas que, de existir, humanizarían la
vida y harían incluso más sana y creadora la propia
actividad política. No se puede matar, a fuerza de tensiones
partidistas, esas raíces profundas de las que procede la
mejor savia -espiritualidad, ciencia, trabajo, arte, técnica,
cultura- para fecundar la vida de una comunidad. Cuando toda la
savia de la energía nacional va a parar a una sola rama,
a un solo fruto -el partidismo político-, ese fruto, en
vez de ser equilibrado y rico, es monstruoso y se pudre. La política
es sana y ennoblecedora cuando deja subsistir y sabe promover,
por encima y por debajo de ella misma. Todos los demás
dominios de la existencia: la familia y el hogar, el trabajo y
el estudio, la ciencia y el arte, la cultura y la diversión,
el pensamiento y la religión.
34. Nadie se imagina que son los profesionales
de la política, o siquiera los militantes de los partidos
en cuanto a tales, quienes sostienen principalmente el peso del
país y tejen cada día el complejo tejido de sus
instituciones. Esa tarea está inmensamente más ligada
al trabajo diario de los hombres, desde los oficios más
humildes hasta las profesiones más brillantes, con todas
sus implicaciones familiares, económicas, gremiales, culturales,
etc., de bien común. Por eso vemos con inquietud creciente,
no sólo el deterioro de las relaciones políticas
en el ámbito nacional, sino también el deterioro
laboral, la pérdida de las disciplinas y hábitos
de trabajo, que produce un hondo daño moral en las conciencias
y un perjuicio visible para la prosperidad del país.
35. En cuanto la Iglesia está "en
el mundo" (Jn 17,11) y en la historia, hecha de hombres y
para los hombres, entra en el ámbito de lo social. Desde
este punto de vista, nadie negará que la acción
de la Iglesia es de algún modo política, como lo
es el hombre mismo, "animal político", y lo son
las relaciones humanas, y la familia, la ciencia, el arte. Etc.
pero debe comprenderse la diferencia entre lo político
que subyace a toda realidad social, y lo político partidista,
que es la concreción táctica, estratégica
y coyuntural de un grupo de personas con determinada ideología,
para asumir posiciones de poder y llevar a la práctica
su ideario político. En este último ámbito,
la acción de la Iglesia es distinta. Allí la Iglesia
influye en cuanto educa a sus hijos seglares en una fe que no
carece de proyección social, proyección que ellos
harán efectiva por su cuenta y riesgo, como ciudadanos
del mundo; y en cuanto sus enseñanzas sociales puedan y
quieran ser escuchadas por la sociedad en relación a los
grandes principios morales del orden social. Pero es capcioso
interpretar esta influencia en términos de poder, no importa
en nombre de qué "ciencia" se haga esta interpretación.
36. No dudamos que, a lo largo de la historia
de la Iglesia, determinadas personas hayan abusado a veces de
esta influencia, convirtiéndola efectivamente en un poder
temporal. Pero sería ingenuo juzgar hoy esas situaciones
de épocas pasadas sin comprender las circunstancias históricas
tan diversas de las nuestras, que lo hicieron posible. Desde luego,
nos parece repudiable todo "clericalismo", es decir,
la dominación clerical del mundo o la tutela eclesiástica
sobre las instituciones temporales. Pero, por eso mismo, vemos
con inquietud el surgimiento de nuevas formas actuales de ese
mal, que se generan cuando se pretende disolver a la Iglesia dentro
de las causas, corrientes o partidos civiles, haciendo de ella
una simple energía del progreso temporales, como se dice,
a un mero fermento liberador en las luchas de clase o en la construcción
de un mundo mejor. Porque ambas formas de clericalismo -el antiguo
y el nuevo- terminan por parecerse; siempre se trata de eclesiásticos
que quieren dirigir la política, sólo que ha cambiado
el sentido de esa política.
37. Los "Cristianos por el socialismo"
se profesan de algún modo apolíticos, en cuanto
niegan ser un partido político o estar al servicio de algún
partido determinado. Pero este carácter no partidista se
revela muy pronto como una simple táctica o estrategia
política, destinada por una parte a unificar a los partidos
o grupos políticos de izquierda, y por otra a ganar para
esa misma causa a personas o grupos cristianos que de buenas a
primeras no verían bien un compromiso partidista. Esa táctica
o estrategia se apoya tanto en el carácter no partidista
del movimiento como en la condición sacerdotal de sus dirigentes.
Pero esta circunstancia no excluye de ninguna manera que su militancia
y su acción sean netamente políticas; antes bien,
su presunto carácter no partidista es simplemente un instrumento
para desarrollar mejor, dentro de su situación específica,
una acción intrínsecamente política de signo
marxista leninista. Cualquiera percibe que esa "apoliticidad"
es del todo ajena al verdadero carácter apolítico
de la Iglesia y de sus sacerdotes.
La Iglesia no es neutral en la lucha
por la justicia
38. La verdadera influencia de la Iglesia en
la sociedad es muy distinta, cuando la Iglesia interviene oficialmente
en los problemas del mundo. Ella se dirige a iluminar las mentes,
a mover las voluntades, a encender los corazones humanos, y esto
en relación a los grandes valores y metas morales de la
convivencia social, valores y metas que están dentro de
la perspectiva del Evangelio, incluso cuando se refieren a problemas
singulares y a hechos transitorios. Si el Papa o los Obispos habláramos
sobre estas materias en términos de intereses o de poder
temporal, o incluso en términos desinteresados pero contingentes,
opinables, condicionando las opiniones de los fieles desde un
simple parecer nuestro, no esencialmente ligado al Evangelio,
estaríamos traicionando nuestro carisma y nuestra función.
39. La Iglesia no es neutral en cuanto a la justicia.
Ella puede y debe juzgar de asuntos sociales y políticos.
Pero no juzga tales materias con criterios políticos, sino
en nombre de las exigencias sociales del Evangelio, es decir,
en relación al núcleo moral que contienen tantos
problemas sociales y políticos. Ella no puede elegir entre
las soluciones económicas, sociales y políticas
como tampoco jurídicas, científicas, artísticas,
etc., pero debe juzgar en términos morales y religiosos
-a partir de una ética social y política fundada
en los derechos de todo hombre y en la visión que Dios
tiene de él- la verdad o falsía de las doctrinas
políticas, y la justicia o injusticia de las situaciones
de hecho. Y tiene la libertad superior de emitir esos juicios
justamente porque no se deja anexar por ningún partido
o grupo social. Los laicos cristianos sí pueden y deben
asumir esa clase de compromisos, pero lo harán con libertad
y responsabilidad personal, al margen de todo paternalismo clerical.
40. Así, pues, la Iglesia puede llamarse
con verdad apolítica, y esto en dos sentidos principales.
Primero, porque Ella no ofrece -no es ésa su tarea- un
modelo político propiamente tal, y por eso, nunca se identificará
con ninguno de ellos (cf. Gaudium et Spes, 76;
Sínodo de Obispos. La Justicia en el mundo,
II). Y segundo, porque su modo de actuar no es el peculiar de
la acción política, que busca la eficacia ejerciendo
el poder. "La Iglesia no ambiciona otro poder terreno que
el que la capacita para servir y amar" (Paulo VI, Clausura
de la 3º Sesión conciliar, 16). "Fundada para
establecer desde ahora el Reino de los Cielos y no para conquistar
un poder terrenal, la Iglesia afirma claramente que los dos campos
son distintos, de la misma manera que son soberanos los dos poderes,
el eclesiástico y el civil, cada uno en su terreno"
(Popularum Progressio 13).
41. A través de sus enseñanzas
sociales, la Iglesia viene impulsando activamente a los fieles
a una acción decidida a favor de la justicia. En América
latina lo ha hecho con particular insistencia, y oro tanto hemos
obrado nosotros en Chile. Al hacerlo, hemos valorado la eficacia
de la acción política en cuanto tal, para apartar
a los laicos de cualquier dañino abstencionismo, e impulsarlos
a asumir, en forma libre y responsable, su tarea en ese ámbito.
Pero vemos que, cuanto más imperioso es nuestro llamado,
más necesario se hace evitar que la Iglesia, como comunidad
y oficialmente, emprenda ninguna acción política
o concrete de tal forma este impulso. Que nos sea respetada la
libre opción de cada ciudadano creyente. Por eso nosotros
mismos, y quienes comparten con nosotros la responsabilidad pastoral,
precisamos una y otra vez nuestros motivos. Queremos que sean
los motivos de Cristo. Tenemos presente la petición que
hizo a los pastores de su grey, en el sentido de que no actuaran
como los príncipes de las naciones, que las dominan como
dueños y les imponen su poder (cf. MC 10,42-43), sino que
se dieran con servicio abnegado.
42. No dudamos de que habrá momentos en
que, en medio de las pasiones partidistas, la actuación
de la Iglesia aparecerá como una intromisión, conveniente
o desfavorable para los fines políticos de uno u otro grupo.
Jesús mismo, que vino a convertir a todos los hombres al
Reino de dios, haciéndose servidor de todos, fue llevado
a un juicio político. Pedimos, entonces, a los cristianos
que no se dejen llevar por tales interpretaciones; que depongan
su pasión para comprender la superior verdad de la Iglesia;
que no acepten nunca reducirla a un factor político más,
y que nos ayuden así a conducir al Pueblo de Dios por los
caminos de su verdadera misión.
Concepción deficiente del Evangelio
y de la Iglesia
43. No consideramos adecuada la forma como los
documentos de los "Cristianos por el socialismo" describen
los elementos constitutivos de la Iglesia, su misión liberadora,
la acción de sus miembros y su espíritu más
propio: la caridad. Al contrario, sus conceptos siembran el equívoco,
cuando no el error, en todos esos puntos.
44. Advertimos que ponen tal énfasis en
la liberación socio-política que, en la práctica
y salvo menciones nominales, se pierden de vista los aspectos
esenciales de la liberación cristiana, así como
la modalidad propia que la Iglesia tiene de promover la justicia
en el mundo. Ya no se distingue la acción de la Iglesia
de una corriente política cualquiera. Signo de ellos es
la tendencia a limitar el encuentro con Dios y con Cristo a la
participación de un proceso revolucionario muy determinado.
Pareciera que la misión primera y esencial de la Iglesia
fuera movilizar a las masas a favor de un tipo de revolución.
O, en el mejor de los casos, se sugiere que, para llegar a realizar
un día su tarea propia, la Iglesia debería antes
impulsar el establecimiento de un orden social determinado, el
socialismo. La evangelización, o queda subordinada a la
revolución, o se identifica con ella.
45. Por este camino, es inevitable la confusión
entre la Iglesia y el mundo, entre la salvación y el progreso
humano (o una versión bastante dudosa del progreso, incluso
en lo temporal); y la reducción de la persona de Cristo
al carácter de un mero líder humano, profeta de
un nuevo mundo terrenal, conductor de proletariados. El Evangelio,
despojado de su dimensión sobrenatural, se convierte así
en un mero factor humano de civilización, de socialización,
de solidaridad entre los trabajadores. ¿No es ésta
la visión que los impulsa a sumarse sin más a las
que creen liberaciones de la época, como si ciertos procesos
sociales, por el solo hecho de darse históricamente, fueran
ya "signos de los tiempos", voluntades de Dios, como
nuevas e infalibles encarnaciones de Cristo en la historia? Cuando,
en efecto, la historia de la salvación se ha identificado
con la historia profana, la mera ocurrencia de un proceso histórico
será vista falsamente como un "signo de Dios"
y una llamada divina a la colaboración.
46. La Iglesia tiene muchas cosas que oponer
a este modo de pensar y actuar. La historia no es infalible: existe
el pecado. El pecado no se reduce a la alienación económica,
ni tampoco a la sola injusticia social. Existen verdaderas y falsas
liberaciones. La liberación cristiana brota de la Resurrección
de Cristo, no de luchas o procesos sociales o decisiones humanas.
Esta liberación exige la construcción de un mundo
mejor dentro de la historia, pero se proyecta también hacia
un Reino, que es el alma de esa historia y que al mismo tiempo
la trasciende. Este Reino, incluso en su dimensión histórica,
no se identifica con ningún proceso intramundano, estructura
económica ni régimen político. Y el que recibe
el Reino en su corazón, el hombre nuevo, revestido de Cristo,
junto con ser un buen ciudadano o un buen promotor del desarrollo,
es el hombre renacido del agua y del Espíritu Santo, hijo
de Dios, nueva criatura. Cristo mismo, a su vez, no es un simple
líder temporal, sino el Dios hecho hombre, el Señor
del Universo, el Juez del mundo futuro, cuyo Reino, si bien está
ya en medio de nosotros, sólo se cumple definitivamente
en un orden de realidad que está más allá
de todo pensamiento de hombre.
47. Se nos perdonará que debamos reiterar
estas nociones elementales de catecismo. La liberación
social, como lo afirman los Obispos en Medellín, es consecuencia
de la redención de Cristo; la liberación de todo
pecado. Por eso mismo, la tarea propia de la Iglesia se encamina
directamente a la transformación de los hombres, para que
éstos a su vez, transformen las estructuras (cf. Justicia,
3). Hemos afirmado muchas veces la necesidad actual del cambio
de estructuras, justamente porque éstas condicionan el
corazón de los hombres, de modo que es más difícil
educar un hombre nuevo dentro de estructuras injustas u opresivas.
Pero debemos recordar que el ministerio de la iglesia es un "Ministerio
del Espíritu" (cf. II Cor 3,4-8), para que los hombres,
renovados interiormente, se empeñen en la lucha por la
justicia social.
48. Cristo sabía bien que los hombres,
en cuyos corazones anidara la Buena Nueva del Reino, vivirían
en el interior de esas instituciones, y que encontrarían
caminos precisos para expresar en ellas el Evangelio y vivificarlas
con la savia del Reino. Y que esa lucha por ordenar lo temporal
según la fe sería, en la unidad de la existencia
humana, una dimensión esencial de la historia de la salvación.
Pero esa proyección evangélica debía hacerse
efectiva en la exacta medida en que los corazones de sus discípulos
se le convirtieran por la fe y el amor.
49. Por eso nos extraña la curiosa interpretación
del Evangelio que nos proponen estos "Cristianos por el socialismo".
Para ellos el mensaje evangélico no sería en primer
término ético-religioso, y por ello mismo social;
más bien, a la inversa, las realidades sobrenaturales del
Evangelio -el Reino, la caridad, los sacramentos- se les aparecen
como signos y figuras de realidades temporales, regímenes,
clases, estructuras en las que vendrían a cumplirse la
intención y la palabra de Jesús. Para tal cumplimiento
ha habido que esperar, después de diecinueve siglos, la
llegada de una "ciencia" mediadora -el método
marxista- que nos enseñara cómo las estructuras
transforman el corazón humano, y no viceversa. Lo cual
llevaría, a su vez, a una cabal reinterpretación
de los Evangelios, que nos revelaría su sentido más
profundo y original: la liberación-revolución. Nosotros
afirmamos que esta presunta exégesis no es sino una inversión
de la otra y la palabra de Jesús, de sus parábolas
y sus milagros, de su vida y muerte y resurrección, misterios
todos que han sido y serán siempre entendidos por la Iglesia
en su sentido original y esencial, el mismo que entendieron los
Apóstoles y el que recibimos por tradición apostólica,
sin la mediación de ninguna "ciencia" que, bajo
el pretexto de hacer más luz sobre los Evangelios, termine
por distorsionar y aún invertir su sentido propio.
50. Si Cristo hubiera pretendido esa especie
de simbolismo inverso en su mensaje -pueblos que significan clases,
virtudes que significan sistemas o regímenes, bienaventuranzas
que significan estructuras, conversiones que significan revoluciones,
sacramentos que significan partidos o grupos sociales-, nos lo
habría hecho saber; no habría dejado que nos engañáramos
hasta la llegada de la economía política y la sociología
decimonónica. Pero no hay tal. Como sucesores de los Apóstoles,
nosotros afirmamos que Cristo apunto, más allá o
más acá de la diversidad histórica de las
instituciones, al fondo mismo del corazón humano: allí
donde se opera la transformación del hombre en contacto
con la persona del Señor; allí donde la acción
invisible del Espíritu Santo y la decisión de la
libertad humana dan forma a nuestro destino eterno; allí
donde el hombre queda libre de la esclavitud interior del pecado
-injusticia, explotación, odio, egoísmo, soberbia,
lujuria, pereza, codicia-, y sólo por eso se hace capaz
de expresarse en instituciones libres y liberadoras: y por eso
mismo no sólo puede sino que debe expresarse en ellas,
porque su amor será auténtico y no "de palabra
ni de boca, sino con obras y según la verdad" (I Jn
3,18).
51. Con esto se dice algo muy obvio a la vez
que profundo: que el Evangelio pasa a través del hombre,
de la libertad personal; y que no puede liberar a las instituciones
de la injusticia sino liberando a las conciencias del pecado personal
y del pecado social. Como todo lo vivo, la Redención crece
sobre las formas de la vida social. El Evangelio incide primero
en la intimidad personal de uno y de muchos; así llega
-siempre en forma imperfecta- a grabarse en el espíritu
de una comunidad; y desde esas honduras personales y sociales
engendra una fuerza creadora de cambios sociales e institucionales,
de nuevas formas de cultura, de vida social, de organización
política.
52. Hoy el hombre descubre los múltiples
condicionamientos de la conducta moral: químicos, biológicos,
psíquicos, sociales, económicos, etc. El realismo
de la moral cristiana reconoció siempre tales condiciones,
y por eso fue siempre prudente en la formulación de los
límites de la libertad humana (no es la Iglesia quien ha
hablado de libertad absoluta, cosa ilusoria, además absurda,
porque son sus propios límites los que dan sentido a la
libertad). Pero, como es natural, no es la fe sino la ciencia
quien está llamada a precisar el mecanismo de esos condicionamientos.
Hoy, sin embargo, asistimos a la euforia de las transformaciones
que pretender modificar la conducta humana desde fuera hacia adentro,
por simple manipulación técnica de esos mecanismos.
Debemos subrayar lo que tiene de peligroso e inhumano ese intento,
por más que se llame "liberación". Y es
que los condicionamientos de la conducta humana no son determinaciones
causales, salvo en casos extremos o patológicos. Y los
frutos más propios y más altos de la conducta humana
-justicia, amor, belleza, verdad, santidad- no se conseguirán
nunca por una manipulación científica o técnica
-externa o quizás violenta- de la conciencia del hombre,
sino por esa autodeterminación moral que es la verdadera
libertad: por obra del propio amor, de la conversión, de
la apertura a los demás, del poder creador y la generosidad
del corazón humano.
53. Para ciertas ideologías o praxis materialistas
de liberación social, que pretenden ser una "ciencia"
y una "técnica" de la redención humana,
no es extraño que suene a poético o a mágico
este proyecto histórico de la Iglesia, fundado en la confluencia
de dos imponderables: la acción del Espíritu Santo
y la libre determinación del hombre. Lo que nos resulta
dramático y doloroso es que hombres cristianos, o incluso
sacerdotes, quieran también lograr en la mera superficie
de los mecanismos sociales, y quizá en forma violenta,
esa liberación que sólo puede realizarse a través
de las conciencias, pasando por la conversión personal.
En palabras del Paulo VI: "Hoy los hombres aspiran a liberarse
de la necesidad y de la dependencia. Pero esa liberación
comienza por la libertad interior que ellos deben recuperar de
cara a sus bienes y a sus poderes (...). De otro modo, aún
las ideologías más revolucionarias no desembocarán
sino en un simple cambio de amos: instalados a su vez en el poder,
estos nuevos amos se rodean de privilegios, limitan las libertades
y consienten en que se instauren otras formas de injusticia"
(Octogésima Adveniens, 45).
Amor evangélico y lucha de clases
54. Para los "Cristianos por el socialismo"
la pertenencia a la Iglesia aparece condicionada a una opción
política; la adhesión a Cristo se asimila al compromiso
con los pobres, en quienes está Cristo, y de allí
se pasa al compromiso revolucionario con la clase trabajadora.
Así la conversión al Dios vivo y el amor al prójimo
se hacen coincidir necesariamente con la toma de posición
revolucionaria a favor de una clase social y contra otra. La conversión
de Cristo, para no ser abstracta o ilusoria, requeriría
en forma ineludible de esta mediación. Todo esto en la
perspectiva del análisis marxista de las clases sociales
y su lucha.
55. En la misma perspectiva se llega a identificar
al Pueblo de Dios con la clase proletaria consciente de su situación,
clase que aparece como el lugar propio de la manifestación
del Espíritu, y más aún, como la nueva encarnación
de Cristo. De allí que la caridad cristiana, a través
de esta mediación social y estructural, se le convierta
en "caridad revolucionaria". No es extraño, entonces,
que terminen por integrar la acción de la Iglesia como
inserta dentro de un marco rígido de lucha de clases, y
aún como identificada con ella. Da la impresión
de ser la lucha de clases el único modo de acción
salvífica. Es lo que se afirma de la evangelización,
de la edificación interna de la Iglesia y de su proyección
hacia los problemas de la sociedad. Como se ve, pues, se trata
de reinterpretar el íntegro contenido de la fe y la moral
cristiana según el esquema marxista de la lucha de clases,
que se pretende científico, y al que se reconoce, por tanto,
una credibilidad y unas exigencias análogas, por no decir
superiores, a las de la propia revelación.
56. Frente a tales pretensiones debemos subrayar
el carácter ideológico, reconstituido y artificial
de lo que el marxismo -y, a su zaga, los "Cristianos por
el socialismo"- llama "lucha de clases". No se
trata de una realidad ni de una evidencia (de lo que cualquier
observador encuentra en la lucha social de cada día, que
es innegable). Se trata de una compleja y artificiosa elaboración
superpuesta a ese hecho a partir de ciertas categorías
ideológicas y filosóficas. La así llamada
lucha de clases sería una antítesis dialéctica
inconciliable, que dividiría a l humanidad en dos mundos
excluyentes y cerrados entre sí, de los cuales cada uno
es la negación cabal del otro, como lo pide el método
dialéctico. Esta pugna entre contrarios -explotadores y
explotados- sería el motor y el hilo central de la historia,
y sólo por la exacerbación de esa antítesis,
y luego por su estallido revolucionario, se engendraría
la síntesis, la sociedad sin clases, el "reino de
la libertad", producto final de la destrucción de
la burguesía por el proletariado y de la dictadura de este
último.
57. A su vez, entre ambas clases no podría
haber ningún puente de comunicación ni de entendimiento
sobre la base de una injusticia superior o común a ambas;
tal puente sería un simple recurso de la burguesía
para afianzar mejor su dominación; y el mismo carácter
alienante tendrían, en definitiva, todos los posibles lazos
o instancias superiores a la misma lucha, como la idea de una
moral universal o no clasista, un derecho común, una cultura
o una religión universal. El hecho de que estos postulados
marxistas no sean siempre explícita o integralmente asumidos
por los "Cristianos por el socialismo", no altera la
situación de fondo: es ésta la perspectiva desde
la cual se analizan los hechos y se nos pide reinterpretar la
fe católica y la misión de la Iglesia.
58. Sabemos muy bien hasta qué punto la
lucha de clases divide a los chilenos, así como afecta
también, en diversos grados y formas, a otras comunidades
nacionales. Y estamos lejos de pretender que el marxismo haya
inventado esta lucha, que obedece a una multitud de causas bien
reales, entre ellas la exigencia de justicia de los más
pobres por una condición de vida digna y humana, y la insensibilidad
de los que tienen más frente a esas exigencias de justicia.
Pero no podemos aceptar una interpretación semejante de
la lucha social, ni menos como si esta visión dialéctica
fuera una "ciencia", plagada como está de elementos
ideológicos y aún mitológicos, de tipo maniqueo.
Tampoco podemos desear, como cristianos, que la lucha social tome
esa forma inconciliable y virulenta. No creemos que su exacerbación
máxima conduzca a ningún "reino de la libertad".
Detrás de la dictadura proletaria, como de cualquier otra,
no podemos dejar de ver la opresión y la tiranía
políticas. No podemos aceptar de manera alguna que "burguesía"
y "proletariado" signifiquen esos dos absolutos inversos
que se nos dice, ni que sean irreductibles entre sí, ni
que todo puente o mediación entre las partes en conflicto
sea, en definitiva, una astucia burguesa o una complicidad capitalista.
59. Menos aún podemos aceptar, como ya
dijimos, que la pretensión universal de la propia Iglesia
de Cristo -situada por encima de las clases así como de
las naciones, y donde ya no hay judío ni griego, esclavo
ni libre (cf. Gal 3,28)- sea una pretensión "burguesa"
o un apoyo objetivo a la estructura capitalista. Nosotros, los
Pastores, estamos, como Cristo mismo, frente al hombre y no a
la clase; tras de todo rasgo o máscara de clase descubrimos
al ser humano, a la persona, al hijo de Dios, cuyo conflicto último
y definitivo se da entre el pecado y la gracia. Nos negamos por
eso a hablar de colectividades buenas o malas, y de un choque
redentor de fuerzas sociales. Y nos parece un craso error doctrinal
y moral la idea y el empeño de reinterpretar desde tan
débiles y negativos fundamentos la fe que hemos recibido
por don superior de Dios.
Amar a los pobres es amar a Cristo
60. Ciertamente, al amar a los pobres se está
amando al mismo Cristo: El se identificó singularmente
con los que nada tienen (cf. Mt 25,40). Vivir, no para nosotros
mismos, sino para Cristo (ibid. 1,8) y, por lo tanto, tener una
predilección por los débiles y oprimidos. El Señor
nos da a entender cómo en nuestro amor por El o por su
Padre hay un engaño si ese amor no se expresa directamente
en la actitud hacia el prójimo (Mt 5,23). Pero, sin merma
ninguna de ese mandato tan entrañablemente evangélico,
al revés, fundamentándolo, debe afirmarse que el
encuentro con Cristo tiene una consistencia propia, que trasciende
y supera todas las mediaciones justamente porque las funda. Amar
a Dios en Cristo en forma incondicional es el acto radical y último
de la vida cristiana. Cristo se nos manifiesta particularmente
en los pobres, pero El es más que los pobres a quienes
siempre tendremos con nosotros (cf. Jn 12,8). El mismo merece
en forma irrestricta el homenaje de nuestro primer amor.
61. Es justamente el amor a la persona de Jesús,
Dios y Hombre verdadero, el que da su sello evangélico
al amor fraterno -y no viceversa-, evitando así que la
fraternidad cristiana se diluya en una simple filantropía,
o humanitarismo, o se tergiverse en una pasión impersonal
por una colectividad o un modo de vida. Nos preocupa, por eso,
que en los documentos analizados la vinculación personal
a Cristo, por sobre todas las mediaciones, esté tan deslavada
que ya casi no la percibamos.
62. Y es que ciertos valores cristianos fundamentales,
como la trascendencia de la persona por encima de clases y estructuras
-y en primer lugar de la propia persona de Cristo-, no reciben
aquí la importancia que merecen dentro de toda concepción
cristiana de la sociedad. Dentro de este diseño tan impersonal,
¿qué lugar queda para la oración, para la
contemplación, para el ministerio sacerdotal mismo, para
los humildes servicios pastorales que no tienen connotación
temporal directa, para el amor que se ejerce más allá
de toda consecuencia estructural, para la locura de la Cruz? Si
el sacerdote sólo se encuentra bien dentro de la lucha
de clases y del trabajo por la justicia social, ¿tendrá
la disposición necesaria para alimentar su propia vida
interior con la oración, con la adoración eucarística,
con la devoción mariana? Y, ¿podrá así
nutrir sus semejantes disposiciones el alma de los fieles que
tiene a su cuidado? ¿No terminará menospreciando
todas aquellas prácticas personales y aquellos desvelos
ministeriales que no tienen una afectividad visible y directa
en la lucha social, pero que tan indispensables son para el apostolado
sacerdotal y aún, dentro de la Comunión de los Santos,
para la propia causa de la justicia social?
63. En los documentos de este grupo el amor no
está bien definido. Lo que en él es consecuencia,
aparece como principio absoluto: el amor a los pobres, a quienes
se identifica con una clase -el proletariado- y con un sistema
-el socialismo-, pasa a ser el alma, el criterio de validez y
de realización plena de la caridad. Ya hemos dicho hasta
qué punto el amor a los pobres es realmente evangélico.
Pero Cristo nos presenta la raíz de este amor, no en la
justicia o injusticia reinante entre los hombres, sino en el imperativo
de imitar el amor del Padre, "que hace salir el sol sobre
buenos y malos" (Mt 5,43-48). Y esta diferencia de motivos
nos hace dudar seriamente de la índole evangélica
de esa "caridad revolucionaria".
64. El amor al pobre es precisamente el signo
más esplendoroso de que no se ama por motivos exteriores
o interesados, sino sólo por la calidad más alta
del ser humano, su condición de hijo del único Padre
de todos. Así amamos, en alguna medida como nos ama Dios
mismo, que nos amó primero y gratuitamente (cf. I Jn 4,19),
y nos amó, "no por las obras de justicia que hubiéramos
hecho, sino por su propia misericordia" (Tito 3,5). El amor
cristiano por el pobre -que exige un desvelo eficaz por la justicia
(cf. Sant 2, 14-17)- es una consecuencia del amor gratuito de
Dios a todos los hombres. No existe ninguna mediación terrena
-ni "científica" ni política- que pueda
condicionar este amor hasta el punto de alterar su motivo o restringir
su alcance (por ejemplo, a una clase, permitiéndole odiar
a otra). El destino de este amor es tan universal, que su otro
distintivo -tan necesario como el amor al pobre- es el amor al
enemigo. Leyendo los documentos de este grupo, es inevitable percibir
que fomentan una animosidad odiosa hacia los que no adoptan su
posición. Así, aquel extremo sobrenatural del amor
al enemigo y del perdón de las ofensas se convierte en
una hostilidad declarada y programática hacia grandes grupos
humanos, lo que no vacila en seguirse cubriendo -en forma abusiva-
con el nombre de la caridad.
65. No desconocemos lo difícil que resulta,
en ocasiones, conciliar la lucha contra la injusticia y el amor
a quienes se estima injustos. Pero queda en pie, sobre todo para
quienes orientan a los cristianos, la necesidad de intentarlo
con sacerdotal empeño, y no una claudicación programática
a favor del odio y la violencia. No podemos empequeñecer
la exigencia del Señor, adaptarla a nuestras propias miras
y pasiones, y luego pretender privilegios evangélicos para
el sentimiento resultante. También nosotros creemos que
en nuestro pueblo, entre los pobres -es una experiencia de todos
los siglos-, están muy vivas la generosidad y la solidaridad.
Pero sabemos cómo ese impulso cobra en ellos un carácter
incondicionado y universal. Precisamente por tener alma de pobres
no ponen límites a su amor. Y sería muy triste que
una teoría social, una "ciencia" o una mediación
estructural, nos llevara a apagar en ellos ese espíritu,
que podría ser su mejor aporte para una sociedad renovada,
y sustituirlo por la exacerbación del odio de clases, que
tras su aspecto de "necesidad" esconde sólo la
presencia disfrazada de una nueva explotación.
El sentido cristiano de los pobres difiere
de la apreciación marxista.
66. Por otra parte, no podemos aceptar la reducción
absoluta de los "pobres" del Evangelio a una clase social,
el proletariado, visualizada a través de un análisis
claramente tributario de una ideología socio-política.
En general, ninguna de las categorías ético-religiosas
del Evangelio (entre ellas pobreza, riqueza, justicia) pueden
identificarse sin más con las categorías socio-económicas
que llevan sus mismos nombres, por más que exista una relación
estrecha entre ambos registros. Ni los pobres en el sentido bíblico
pueden confundirse del todo con una clase social, ni esa clase
de los más desposeídos puede identificarse con esa
categoría -cargada de apriorismo ideológico- que
es el proletariado del análisis marxista. Quienes por un
análisis económico social estiman que una clase
determinada tiene una tarea histórica insustituible, y
descubren en esa tarea un momento de la historia de la salvación
en su dimensión terrena, no pueden reclamar la autoridad
de Cristo y de la Escritura para hacer de esa clase el sacramento
instituido por dios en Cristo como signo eficaz de reconciliación
universal. Los análisis económico-sociales de un
grupo de sacerdotes no participan de la infalibilidad de la Iglesia;
y aunque fueran exactísimos como ciencia, no pueden pretender
el carácter de revelación o de acta fundacional
de una nueva alianza entre Dios y los hombres. En la verdadera
nueva alianza, el pueblo mesiánico ha sido convocado y
unificado "no según la carne, sino en el Espíritu";
su misión no está condicionada por el desarrollo
"de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, la
palabra del Dios vivo; no de la carne, sino del agua y del Espíritu
Santo" (Lumen Gentium, 9).
67. El sentido cristiano del pobre es distinto de la apreciación
marxista del proletariado. Para ésta, el proletariado,
al menos en su primer período, es el obrero industrial,
y luego otros sectores que, conscientes de su situación
de injusticia, se organizan y, bajo la conducción del partido
único de la revolución, luchan por sus derechos.
La Iglesia no puede identificarse con el solo proletariado, pues
estaría solidarizando solamente con un sector del mundo
de los pobres, y estaría comprometiéndose con un
partido político determinado: aquel que se autodefine vanguardia
de la revolución social. No puede la Iglesia abandonar
a la inmensa muchedumbre de los pobres y de los que sufren, que
no se identifican con esa clase social y que representan a Cristo
doliente, y por tanto, merecen la ayuda y la comprensión
de Ella.
68. Si la lucha de clases fuera la modalidad
propia de la acción salvífica de la Iglesia, ésta,
aparte de verse empequeñecida y limitada, quedaría
encerrada en un esquema desde el cual ya no podría ejercer
aquella función crítica, de la que tanto ha hablado
la teología reciente. Por nuestra parte afirmamos categóricamente
que no es la lucha de clases el medio propio que Cristo ha dado
a su Iglesia para contribuir al triunfo de la justicia en el mundo.
Resulta del todo increíble, y contrario a la Escritura
y al Magisterio, que el mensaje evangélico hubiera estado
oculto en su verdadero sentido -oculto a Pedro, a los Apóstoles,
a sus Sucesores, a los Padres, a los Doctores, durante veinte
siglos- para venir a entregarnos su verdadera substancia sólo
ahora, por la mediación de una "ciencia" económica
social, inspirada por lo demás en premisas ateas; que el
contenido de la Revelación hubiera permanecido velado hasta
el día de hoy, hasta el advenimiento de un método
exegético surgido del marxismo, que por fin nos descubriera
-como una revelación dentro de la revelación- el
arcano del misterio oculto por los siglos: la lucha de clases
como el eje y el hilo conductor de la historia de la salvación.
69. La Iglesia, inspirada en la palabra y en
la acción de Cristo Salvador, cree que no es la lucha de
clases lo que vence al mal, sino que hay un camino más
excelente (cf. I Cor 12,31) e incluso más eficaz: vencer
el mal por el bien, ahogar el mal en bien sobreabundante, dar
la vida por amor, para convertir y desarmar al que era enemigo
(cf. Rom 5,5-11; 12.14-21). Es cierto que esto parece una necedad
o una locura para la sabiduría humana y el espíritu
de agresión. Más aún, puede parece un escándalo
y un medio para que el enemigo se haga todavía más
poderoso sobre uno. Pero fue así como el espíritu
cristiano venció sobre la esclavitud en el mundo antiguo.
Y es ésa la ley del Evangelio. Y si se ha optado por la
sabiduría de este mundo contra la sabiduría de Dios,
que es la locura y el escándalo de la cruz (I Cor 1,20-25)
¿por qué buscar aún el nombre y el añadido
cristiano para una "ciencia" de la liberación
que parece bastarse a sí misma como instrumento salvador?
70. Con estas palabras no estamos, por supuesto,
llamando a deponer la legítima búsqueda de la justicia
para la clase trabajadora y para los pobres de nuestra patria.
Esa búsqueda es un deber moral elemental, que la fe religiosa
no puede hacer sino más intensa y apasionada. Estamos haciendo
vera los hijos de la Iglesia que, al inspirar en los Evangelios
su acción temporal, no pueden olvidar los aspectos más
esenciales de la acción del Señor, precisamente
aquéllos por los cuales la Escritura llega a decir que
"venció al mundo" (Jn 16,33). Y si en ocasiones
les parece que tales medios los sitúan en franca desventaja
frente a quienes no tienen este escrúpulo, sepan que la
rectitud moral y la gracia de Dios engendran fuerzas de una eficacia
más sutil, profunda y duradera, aun en el dominio temporal,
como lo atestigua la propia historia según la experiencia
secular -menos aparatosa pero más sabia- que de ella tiene
la Iglesia.
71. Les estamos pidiendo, sobre todo, que no
exijan a la Iglesia misma lo que no es misión de Ella.
Que no reduzcan la acción evangelizadora de la Iglesia
o su presencia en el mundo, a un instrumento, a un modo conveniente
o útil de reclutar gente para es revolución que
-por un análisis perfectamente falible y en todo caso humano-
les parece la depositaria actual de la justicia y la liberación
social. Para obtener esa liberación la Iglesia ya no sería
necesaria; a lo más, podría ser útil. Pero
Cristo no la fundó para ser comparsa de nadie. Ya otros
eclesiásticos, como lo hemos dicho, en épocas pasadas,
han caído en esa tentación de acoplar el fermento
cristiano a la causa que entonces parecía triunfante o
depositaria de la verdad o el sentido de la historia. Esa tentación,
con el paso del tiempo, se reveló siempre engañosa,
fuente de dolor y no de eficacia para la Iglesia. No quisiéramos
ver repetidos hoy, en nuestra patria, esos errores del pasado.
División de la Iglesia y sus
consecuencias pastorales
72. Para el grupo "Cristianos por el socialismo",
la Escritura, interpretada por el Magisterio de la Iglesia, deja
de ser el criterio último de la verdad cristiana. Dan la
clara impresión de situar esta norma en la fe pastoral,
apoyada en una parcial selección e interpretación
de algunos textos de la Escritura. Esos textos son aprovechados
y utilizados, en vez de abrir la conciencia a su interpelación.
Se los condiciona desde fuera, según reglas exegéticas
ajenas a la Iglesia misma; se los separa de su contexto y se los
inscribe en un nuevo ámbito, propiamente ideológico
y ajeno al Magisterio de la Iglesia. Cualquier creyente algo informado
de su fe de da cuenta de cuántas manipulaciones son necesarias
para hacer decir a la Sagrada Escritura lo que dicen estos sacerdotes.
Y no podemos, por supuesto, aceptar esos métodos de interpretación
bíblica ni esa arbitraria norma de verdad cristiana.
73. A lo largo de todo su análisis, se
parte de la base infundada de que marxismo y cristianismo son
compatibles y aun convergentes. Nosotros, al afirmar la incompatibilidad
de ambas doctrinas, no estamos haciendo política ni ideología,
sino sólo un elemental juicio moral y religioso, que el
Magisterio de la Iglesia, por lo demás, ha fundamentado
en múltiples ocasiones. Nos duele, por eso, que quienes
no oyen las advertencias de este Magisterio se empeñan,
con daño de sus almas y confusiones de los fieles, en la
imposible tarea de ajustar al materialismo dialéctico e
histórico el sentido sobrenatural y divino de la existencia.
Se aceptan con toda facilidad las críticas del marxismo
a la religión, no ya aquellas que pudieran referirse a
un ejercicio deformado de la fe cristiana, sino aquellas que afectan
a los fundamentos mismos de la fe. En cambio, no se observa ninguna
crítica de fondo a los postulados del marxismo, a los que
se atribuye ligeramente un valor científico indiscutible.
Se han desestimado nuestras observaciones respecto de esta materia
(cf. Evangelio, política y socialismos,
31 ss.). Y con el agravante de que esos postulados llegan a condicionar
en forma substancial la manera misma de entender la doctrina y
la acción de la Iglesia.
74. No es extraño que, sobre esta base,
se desvirtúe la naturaleza de la Iglesia y su institucionalidad
esencial. Por este camino se nos conduce a una "Iglesia nueva",
sin dimensión sobrenatural, sin sacramentos, sin ministerio
jerárquico. Nosotros no podemos reconocer en esta figura
una simple "renovación" de la Iglesia perenne,
sino lisa y llanamente una institución distinta, con otro
origen, otros fines y medios: una nueva secta. Y en realidad los
comportamientos de orden práctico de este grupo se acercan
peligrosamente, y cada vez más a ese carácter de
secta.
75. Hoy, cuando se habla tanto de desacralizar,
y se aplica la llamada "desmitologización" a
los propios dominios sagrados en los que este método no
tiene sentido (y los sacerdotes mencionados no son ajenos a esa
corriente), resulta que ellos terminan sacralizando, a su manera,
ciertas realidades históricas de suyo profanas, como lo
son, por cierto, los procesos sociales y las causas políticas.
Cuando la revolución social se identifica con una manifestación
del Reino de Dios, y se confiere al proletariado industrial el
carácter de pueblo mesiánico -duplicando el mesianismo
temporal latente ya en la visión marxista del proletariado-,
y a través del concepto de "liberación",
se diluye la salvación del Calvario en un eventual advenimiento
socialista, resulta inevitable que el grupo promotor de esa síntesis
termine "sacralizando" de algún modo su propia
causa, y dándole un carácter de Iglesia dentro de
la Iglesia, o más aún, de "verdadera Iglesia"
-de secta- al margen de los vínculos jerárquicos
de la comunidad eclesial.
76. Se diría que el Secretariado de "Cristianos
por el socialismo" ejerce una especie de magisterio paralelo
al de los Obispos. Se siente responsable de dictaminar cuál
debe ser la posición de los cristianos ante tales o cuales
situaciones o problemas. Sus pronunciamientos, que adolecen de
falta de unidad y coordinación con la Jerarquía,
producen la impresión de venir a corregir o completar lo
que ésta ha dicho en sus documentos oficiales sobre las
mismas materias. Este magisterio paralelo se manifiesta -entre
otras maneras- en la difusión de una especie de catecismo
popular, que no contiene sino un adoctrinamiento ideológico
y político, como lo podría formular cualquier colectividad
de esa índole.
77. En reiteradas ocasiones hemos pedido a aquellas
personas que, por razón de su cargo o ministerio, aparecen
como representantes oficiales de la Iglesia, que no se abandericen
públicamente por ningún grupo o partido determinado.
Nos hemos referido a los sacerdotes diáconos y religiosos,
e incluso a los laicos que ocupan puestos directivos en la pastoral
de la Iglesia. Al abanderizarse, están abusando de la confianza
que la Iglesia depositó en ellos; están ejerciendo
una ilegítima coacción sobre las conciencias de
los seglares; están oscureciendo la credibilidad de los
ministros eclesiásticos en general; y están apartando
de su servicio ministerial a los fieles que no piensan como ellos.
No tienen derecho a abusar de la autoridad moral que les da su
cargo, para favorecer o atacar posiciones partidistas. Esta conducta
no puede sino torcer y deformar el sentido más hondo de
su ministerio (cf. Evangelio, política y socialismo,
69-71).
78. El grupo directivo de "Cristianos por
el socialismo" contradice ante los fieles esta orientación
disciplinar nuestra. Es muy distinto orientar y apoyar cristianamente
a los seglares que han asumido una opción política
determinada, que encuadrar el propio ministerio en un cauce y
un programa político. En este último caso, la función
propagandística o activista termina por destruir la función
propia del ministerio: la constitución y crecimiento de
la comunidad cristiana pro el ministerio de la palabra y por los
sacramentos. Así termina por considerarse secundaria, si
no enteramente ineficaz, la tarea esencial de quienes han sido
capacitados por el propio Espíritu Santo para actuar "en
el nombre y en la persona de Cristo".
79. La mencionada reinterpretación de
la Iglesia en función del esquema dialéctico conduce
a promover entre los fieles la contraposición política
y la discusión ideológica en forma previa, se diría,
a la constitución de la propia comunidad eclesial. Se desvirtúa
así la orientación de la pastoral como un servicio
de unidad, que haga de todos los cristianos "uno en Cristo
Jesús" (Gal 3,27). Sabemos bien hasta qué punto
las diferencias de clase, las divisiones políticas y demás
tensiones de esa índole hacen hoy difícil descubrir
en forma viva y experimental esa unidad superior de los fieles
en Cristo. Pero esa misma situación nos urge imperiosamente,
a los ministros de Cristo, a ayudar a los cristianos a trascender
sus legítimas diferencias, no por la reducción ingenua
o intolerante de unas en otras, sino por una compenetración
más profunda con la persona del Señor Jesús.
Estamos seguros de que esa unidad fundamental de los creyentes,
en sus distintas expresiones de amor fraterno, comprensión,
convivencia y diálogo, puede contribuir a limar muchas
asperezas y hacer más humano y sereno el clima moral del
país, influyendo positivamente en las propias agrupaciones
sociales y políticas. Los planteamientos programáticos
de los "Cristianos por el socialismo" en relación
al trabajo de la Iglesia se oponen diametralmente a esas orientaciones
pastorales.
Prohibición de pertenecer a "Cristianos
por el socialismo"
80. En suma: la actividad del grupo "Cristianos
por el socialismo" es de una profunda ambigüedad, y
requiere una definición clara por su parte. Si ese grupo
pretende ser un frente de penetración en la Iglesia, para
convertirla desde su interior en una fuerza política y
anexarla a un determinado programa de revolución social,
es necesario que lo diga leal y claramente, y deje entonces de
considerarse un grupo eclesial; sería más recto,
en ese caso, tomar el nombre de grupo político, sumarse
al partido o corriente que estime más oportuno y renunciar
a las ventajas de orden práctico o propagandístico
que obtienen sus dirigentes por su condición de sacerdotes
católicos. La ambigüedad ya no puede continuar, porque
es perjudicial a la Iglesia y produce desorientación en
muchos fieles, además de ser en sí mismo un abuso
del sacerdocio y de la fe. La Iglesia de Cristo no soporta ese
daño. Por lo tanto, y en vista de los antecedentes
que hemos señalado, prohibimos a sacerdotes y religiosos(as)
que forman parte de esa organización, y también
que realicen -en la forma que sea, institucional o personal, organizada
o espontánea- el tipo de acción que hemos denunciado
en este documento.
III Otros grupos de cristianos
81. Sería injusto no referirse a otras
posiciones, como si sólo entre los "Cristianos por
el socialismo" se vieran desviaciones sobre el papel temporal
de la Iglesia. Nos hemos extendido más ampliamente sobre
su caso porque representan un grupo organizado, cuyos planteamientos,
vertidos por escrito durante casi tres años, y a lo largo
de casi todo el país, permiten analizar en forma sistemática
aquello que puede ser aceptado y lo que no. En cambio, la utilización
de la fe en sentido contrario, resultándonos igualmente
lamentable, no nos exigirá un examen de la misma amplitud,
por razones evidentes: esa actitud no cristaliza en grupos organizados,
no tiene el mismo impacto sobre la opinión pública,
no invoca en forma tan expresa el nombre cristiano, no compromete
la militancia de sacerdotes y religiosos, no se formula en escritos
temáticos, no propone una doctrina o una visión
distinta de la Iglesia, no cuestiona de la misma manera los fundamentos
de la fe, y no se opone en igual medida a la Jerarquía
eclesiástica.
Utilización política de
la Iglesia
82. Pero, aunque no cobre forma programática,
también nos duelo profundamente la utilización práctica
que estos sectores hacen de la Iglesia, y la confusión
que ella crea en muchos fieles. Tal utilización intenta
presentar a la Iglesia como una fuerza de la oposición,
en conflicto con el gobierno actual o con las corrientes políticas
que lo sustentan. Esa actitud es, por lo general más sutil
o difusa, pero también atenta contra la verdadera misión
de la Iglesia, y también produce, de hecho, divisiones
en el seno de la comunidad cristiana, y un legítimo malestar
entre quienes resultan perjudicados por ella.
83. Vemos con dolor que esta utilización
más velada y a veces inconsciente de la fe, hace que cristianos
que adhieren a algunos partidos de izquierda, insistan cada vez
en forma más enérgica que su propia posición
viene exigida por el Evangelio y es la única coherente
con la misión del cristiano, en contraste, según
ellos, con aquella religiosidad enfeudada en las ideologías
burguesas. Estiman que hasta ahora su posición se tenía
como incompatible con la Iglesia, y que todavía se siguen
encontrando con la inercia de esa resistencia amparada en los
principios mismos de la fe; para romper ese prejuicio, y contrarrestar
la Propaganda antizquierdista que hacen otros grupos políticos
sirviéndose del cristianismo, tendrían que tomar
una actitud intransigente y combativa, no sólo en el plano
político, sino incluso en el interior de la Iglesia.
Diversidad de aplicaciones de la doctrina
social cristiana
84. Sin compartir ese juicio, reconocemos la
realidad de algunos hechos que le dan pie. Cuántas veces
hemos oído presentar el Evangelio en tal relación
de identidad o convergencia con algún credo político
con una reforma social o con la simple conservación de
un orden establecido, que los oyentes inadvertidos se sentían
llamados a comprometer su apoyo, su voto o su trabajo en razón
de la propia fe cristiana. Determinadas tendencias políticas
han caído a veces en la tentación de expresar su
ideología, no ya como una entre las posibles concreciones
de la doctrina social de la Iglesia frente a situaciones dadas,
sino como la expresión a secas de esa doctrina, haciendo
a la fe cristiana cobrar un carácter intrínsecamente
ideológico, que por supuesto no tiene. Aun en el caso de
que tales posiciones sean compatibles con la doctrina social cristiana
o incluso se inspiren en ella, se equivocan quienes pretender
convertirlas en la expresión propia de la Iglesia, o quienes,
a la inversa, al cuestionar esas posiciones se sienten llamados
a atacar, por eso solo, a la Iglesia misma.
85. Por eso debemos decir francamente que, en
todo partido o corriente política con militancia mayoritaria
de cristianos, deben ellos cuidar doblemente que quede claro que
su militancia ciudadana y su pertenencia a la iglesia son dos
cosas muy distintas y heterogéneas en sí mismas,
por más que en el interior de sus conciencias estén
ambas muy relacionadas, como ocurre con todo compromiso a la vez
temporal y cristiano.
86. Por lo demás, no se puede confundir
las formulaciones ideológicas o programáticas de
los grupos políticos con sus actuaciones prácticas
o las de sus miembros. Ya el proverbio popular nos advierte que
del dicho al hecho hay mucho trecho. Esta diferencia significa
que por más que una doctrina o un programa político
se inspiren en una visión cristiana del orden social, las
actuaciones efectivas de sus voceros o portadores no son cristianas
por ese solo hecho, ni se asegura con ello su rectitud moral ni
su acierto político, que pueden ser perfectamente cuestionables.
A la inversa, es posible que muchos católicas estén
realizando, al hilo de su trabajo diario y al margen de toda ideología
o programa explícito, espléndidas tareas de bien
común, para las cuales no reclaman sello partidista alguno.
De allí que Paulo VI, en su carta conmemorando los 80 años
de la Encíclica Rerum Novarum, haya enfatizado tanto la
importancia de aquella acción temporal que muchos cristianos,
sin inspirarse directamente en alguna ideología, sino en
los propios principios de la doctrina social cristiana, intentan
llevar a la práctica, al margen de todo cauce partidista,
con la libertad de fórmulas y modalidades que reviste este
tipo de acción.
87. Por estas razones, pedimos a todos los católicos,
en su actuación pública, una suma discreción
en su condición de creyentes. Que no hagan alarde de su
condición cristiana para recomendar posiciones o actos
suyos que, por su índole temporal, deberían recomendarse
por sí mismos, en virtud de su propia calidad humana.
88. No está de más recordar que
en este contexto las palabras del Concilio: "Muchas veces
sucederá que la propia concepción cristiana de la
vida inclinará a los laicos en ciertos casos a elegir una
determinada solución (en las tareas seculares). Pero podrá
suceder, como sucede a menudo y con todo derecho, que otros fieles,
guiados por una no menor sinceridad, juzguen el mismo asunto de
distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes, aún
el margen de la intención de ambas partes, muchos tienden
fácilmente a vincular su solución con el mensaje
evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie
está permitido reivindicar con exclusividad a favor de
su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerle
luz recíprocamente con un diálogo sincero, guardando
la mutua caridad y la solicitud primordial por el bien común"
(Gaudium et Spes, N. 43).
89. Pero con mayor aprensión y disgusto
observamos la actitud de algunos católicos que, por intereses
creados o perezas mentales, pretenden ligar la doctrina o la acción
de la Iglesia al régimen de propiedad capitalista liberal
y a sus esquemas políticos e inmovilismos sociales, que
en modo alguno estimamos concordes al Evangelio, y que con demasiada
facilidad se llaman "sacrosantos", "inviolables",
"civilización cristiana", etc. Ya lo decíamos
en nuestra Carta Pastoral de 1962: "La Iglesia ha condenado
los abusos del liberalismo capitalista... Más aún,
concretamente, no puede aceptar que se mantenga en Chile... una
situación que viola los derechos de la persona humana y,
por ende, la moral cristiana. Es deber imperioso y urgente de
los católicos el procurar una renovación profunda
y rápida de ese estado de cosas no cristiano". Y agregábamos:
"exhortamos a todos a abrir los ojos y ver. A ver el sufrimiento
de los demás, aunque él nos acuse, con tal que por
fin reconozcamos el llamado de Cristo a través de esa miseria
que nos rodea... Tenemos contraída con Cristo la obligación
de cambiar con la mayor rapidez posible la realidad nacional,
para que chile sea Patria de todos los chilenos por igual. No
queremos actitudes violentas y superficiales que dejen intacta
la miseria. No queremos tampoco contentarnos, dejando las cosas
como están, con vagas promesas de un cambio que nunca llega...
En la eficacia y en la profundidad de nuestras actitudes frente
a esta tarea fraternal, se reconocerá que somos discípulos
de Cristo" ("el deber social y político en la
hora presente", Pastoral Colectiva del Episcopado, 1962;
nn. 25 y 39).
Respeto por la diversidad de opciones
políticas
90. Sucede a veces, entre creyentes, que su legítima
disparidad de opiniones políticas conduce a una vehemente
hostilidad recíproca, ya no legítima, con la consiguiente
disputa por la exclusividad del nombre cristiano, mientras que
su fe común no tiene la misma eficacia para promover entre
ellos la caridad fraterna y la unión superior en Cristo.
Creemos que en tales casos la opinión personal funciona
con el carácter absoluto que es propio del dogma de fe,
mientras que el dogma católico funciona con la relatividad
que debería ser propia de toda opinión humana. Entonces
los papeles se invierten, y la fe se utiliza como instrumento
de la opinión; se está más unido a quienes
opinan como uno, aunque no tengan fe, que a quienes tienen la
fe común, si opinan distinto; se es intransigente donde
se debería ser tolerante -en las materias opinables-, y
eso ocurre tal vez en personas que no vacilan en ser transigentes
donde, en cambio, no debería caber transacción:
en el contenido esencial de la fe.
91. Rogamos a los cristianos que nunca se dejen
llevar por esta inversión de principios. Cuando la fe está
en su sitio, como también el amor y el anhelo de justicia
social, hay una disposición mucho más favorable
para tratarse, quererse y entenderse los creyentes que no comparten
una misma opinión política. Los fieles han de guardar,
en sus relaciones recíprocas, este orden que se expresa
con la sentencia clásica: en las cosas necesarias, unidad;
en la opinables, libertad; y en todas, caridad. Así, sin
pretender la reducción de una actitud a otra, antes, bien,
reconociendo al hermano la posibilidad de pensar distinto, se
fomentará la superior unidad de todos los creyentes en
Cristo, y esa concordia actuará benéficamente sobre
el propio plano de las relaciones políticas.
92. Repetimos, pues, que la Iglesia no tiene
ninguna expresión política propia; y que de las
muchas expresiones políticas de los ciudadanos católicos,
ninguna compromete a la Jerarquía, justamente porque corresponde
a opciones laicales. Y ninguna posee tal relación intrínseca
y necesaria con el mensaje evangélico, que pueda representar
a la Iglesia en el plano cívico o constituir a sus agentes
como delegados o intermediarios entre la Iglesia y la cosa pública.
Cualquier implicación de esta índole entraña
el serio peligro de quitar a la Jerarquía su autoridad
moral y la autonomía de su campo propio. De hecho, así
la Iglesia jerárquica no podrá pronunciarse con
libertad, pues sus declaraciones oficiales y sus actos de magisterio
serán tergiversados por motivos políticos, a la
vista de la resonancia que despierten en ese plano. No queremos
ver silenciada y oscurecida nuestra voz por tales motivos.
93. Creemos que, efectivamente, no pocas declaraciones
nuestras han sido recibidas de esa manera. Y no ya por parte de
no católicos, a quienes sólo podríamos pedirles
el respeto de los ciudadanos suelen tener por las instituciones
apolíticas; sino precisamente por parte de algunos fieles,
que antes de conformar su propia mentalidad de las directrices
de sus Obispos y en el preciso espíritu en que éstos
las trazan, están ya buscando su signo político
para ver a quién favorecen ya quién perjudican.
Nos toca presenciar entonces, con pena, una guerrilla de citas
truncadas y de textos interpretados según el entender de
cada cual, y una atribución de motivos partidistas en los
que no podemos reconocernos.
El deseo de la Jerarquía.
94. Solicitamos, por eso, a los cristianos en
general, y muy en particular a los sacerdotes responsables de
la pastoral, que colaboren con nosotros para sanear estas situaciones
y ayuden a comprender y apreciar la verdadera misión de
la Iglesia, y de su Jerarquía, que la representa como comunidad
total.
95. Pedimos especialmente a todos los sacerdotes
que se abstengan de tomar parte en la política partidista,
por el grupo que sea, porque esa participación sólo
contribuye a aumentar la confusión, que ya existe, sobre
el papel de la Iglesia ante los problemas temporales. Cuando,
ante una situación determinada y siempre excepcional, juzguemos
necesario limitar el legítimo pluralismo político
de los fieles, y, en aras de un claro bien común de la
Iglesia y de la sociedad, orientados en un sentido único
y determinado, seremos nosotros mismos, como Jerarquía,
quienes anunciemos esa decisión.
IV Reflexiones finales
96. No queremos que se interprete todo cuanto
hemos dicho a los distintos grupos o personas, como una negación
del derecho de los cristianos a entender sus opciones políticas
a la luz de su fe y a asumir sus responsabilidades sociales en
forma de compromiso cristiano. La Iglesia misma ha impulsado constantemente
a los laicos en ese sentido y nosotros, en unión con los
Obispos de América Latina, hemos hecho otro tanto con nuestros
fieles, conscientes de que la situación de miseria y desigualdad
social reclaman cambios urgentes e indispensables. Pero, al hacerse
responsables de esa tarea, los cristianos deben afrontarla de
manera que no desfiguren el rostro de la Iglesia.
97. Nuestra intención no es otra que edificar
la verdadera Iglesia. En el amor de Dios, en la claridad fraterna,
en los sacramentos, en la inteligencia cristiana, reside una inspiración
y una fuerza espiritual que los cristianos necesitan para dar
vida a nuevas formas culturales, o nuevas estructuras sociales
y políticas. En vano se pide la acción de los cristianos
si las fuentes religiosas de su creatividad están dormidas
o ciegas.
98. Por eso deseamos acoger también lo
positivo que encierra las formulaciones y las búsquedas
de los grupos y personas a quienes nos hemos referido. Que digamos
nuestra preocupación frente a determinados peligros no
está reñido con nuestro deseo de oír su voz,
y aun la propia voz de Dios a través de sus inquietudes.
Sabemos que muchos de ellos poseen un firme espíritu de
fe y caridad. Creemos que todos aquellos que aman realmente a
la Iglesia sabrán cumplir esas dimensiones positivas sin
distorsionar su inserción en el cuerpo de Cristo, antes
bien, inspirándolas más fielmente en el Evangelio,
en el espíritu de oración, en el contacto vivo y
vivificante del alma con las fuentes de la gracia. Porque sólo
se puede esperar que la creatividad social, cultural y política
de los cristianos aumente, a medida que también crece su
docilidad al Espíritu multiforme y creador que nos fue
dado en Pentecostés, y que anima las búsquedas y
enriquece los hallazgos de los ciudadanos del Pueblo de Dios en
la historia.
99. Hermanos en el Señor: tenemos conciencia
de los grandes problemas que aquejan a la sociedad y a nuestra
patria, y de las grandes tareas que aguardan a los cristianos
en el intento de resolverlos. Y estamos seguros de que nuestra
más excelente colaboración a esas tareas consiste
en hacer que la Iglesia sea Iglesia: unida, sobrenatural, viva,
fiel a Cristo, servidora de los pobres. Porque la Iglesia debe
ser "sal de la tierra", pero "si la sal se desvirtúa,
¿con qué se la salará? (Mt 5,13). Si la Iglesia
se convierte en facción política o temporal, ¿quién
nos salvará? No hay contribución más eficaz
a los problemas temporales que el dinamismo espiritual de la vida
cristiana. Detrás de los conflictos sociales y políticos
hay siempre una raíz ética y religiosa. El deterioro
institucional de una comunidad esconde fenómenos de cansancio
vital, de enfermedad moral: envilecimiento del espíritu,
incomunicación, vacío de Dios. Los diagnósticos
económicos y políticos, siempre necesarios, no son
suficientes, porque no tocan esas raíces profundas de la
conciencia humana. Es en esa hondura donde incide la gracia de
Dios, despertando nuevas energías de creatividad de un
nuevo orden social, en la justicia, en la libertad y en el amor.
100. No queremos terminar este mensaje sin una
petición a nuestros hijos en el Señor. Sabemos bien
que hoy se habla muy diferentes lenguajes. Pero creemos sinceramente
que nuestros sacerdotes y todos los que desean que la Iglesia
sea la levadura de Cristo para el mundo, pueden y deben entender
el lenguaje que les hemos hablado, después de meditarlo
en la presencia de Dios. Con el Señor, que nos ha hecho
pastores de la Iglesia, les rogamos: "Quien tenga oído
para oír, que oiga.".
Por el Comité Permanente del Episcopado.
+ Raúl Card. Silva Henríquez
Arzobispo de Santiago
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile
+ Carlos Oviedo Cavada
Obispo Auxiliar de Concepción
Secretario General de la Conferencia Episcopal de chile.
Santiago, agosto de 1973.
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