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Fe cristiana y actuación política
Conferencia Episcopal de Chile


Publicación hecha el 16 de octubre de 1873.

Santiago, agosto de 1973.


Introducción

En la Asamblea Plenaria ordinaria del Episcopado del 6 al 11 de abril de este año, celebrada en Punta de Tralca, después de una profunda y amplia reflexión teológica-pastoral sobre la orientación doctrinal y disciplinar del clero y de los religiosos, los Obispos llegaron a la siguiente decisión: "No puede un sacerdote y/o religioso(a) pertenecer a ese Movimiento ("Cristianos por el socialismo")". (Sesión XVI, 11 de abril de 1973, n. 139).

Se acordó, sin embargo, diferir la publicación de esa norma pastoral hasta no tener un texto de un documento doctrinal en que se explicara la fundamentación y perspectiva de la misma norma.

Dicho documento doctrinal fue trabajado -básicamente- en su contenido medular, en sus líneas y orientaciones y, desde luego, en su parte normativa, en el mismo transcurso de la Asamblea Plenaria de Punta de Tralca. Allí quedó redactado un esquema del documento, que tuvo por primer título provisional "Preocupación por situación confusa acerca de la misión de la Iglesia en el mundo".

La Asamblea Plenaria del Episcopado delegó al Comité Permanente para redactar el texto definitivo de dicho documento y se dio un plazo para que todos los Sres. Obispos aportaran sugerencias y observaciones al primer esquema. En efecto, se recibieron varios y valiosos aportes que fueron incorporados al texto y el Comité Permanente se dedicó en los meses posteriores a proseguir la elaboración de dicho documento. En el método de trabajo, para redactar el documento, se estudió toda la literatura posible de conocer del Secretariado de "Cristianos por el Socialismo", de Santiago, y del grupo de Concepción -que editaba periódicamente un Boletín de Encuentros, Jornadas, etc. y de aquellos miembros más representativos de este grupo. Aunque no haya, después, en el texto una prolijidad exhaustiva de citas o de notas, han sido tenidos permanentemente en cuenta los contenidos de esos escritos.

La demora en llegar al texto final fue la prolija ponderación de todo el documento, ya que no se ignoraba que -a pesar de ser algo propio de la Conferencia episcopal chilena- él tendría indudablemente una repercusión latinoamericana. Existía, por tanto, como un compromiso y responsabilidad tácita frente a las demás Conferencias episcopales latinoamericanas.

Mientras tanto, como se había llegado a conocer que el Episcopado chileno preparaba este documento, se difundió la especie -que hasta figuró entre las informaciones de alguna agencia noticiosa latinoamericana- que el entonces Presidente de la República había hecho gestiones para que dicho documento no apareciera. La verdad es que tales gestiones nunca existieron. Y algunos políticos católicos militantes en partidos de izquierda, al conocer el fondo del contenido del documento, comprendieron perfectamente que se trataba de un texto doctrinal sobre la Iglesia y que no era un documento político. Efectivamente, la finalidad de este Documento es clarificar y terminar ambigüedades respecto de la misión de la Iglesia.

El texto definitivo del documento estaba listo a mediados de agosto. Y aunque el Presidente y el Secretario de la Conferencia episcopal estaban autorizados por el Comité Permanente para hacer su publicación se prefirió esperar una lectura final en la próxima sesión del Comité. Dicha sesión debería tener lugar el 12 de septiembre.
La aprobación final del texto se hizo en la sesión del 13 de septiembre de este año, aportándose todavía algunas observaciones.

Las circunstancias, de público dominio, del 11 de septiembre, que cambiaron tan notoriamente la situación histórica de Chile, dejaron como inactuales varios párrafos de este documento que se referían precisamente al contexto chileno de la primera mitad de 1973, cuando se elaboró su texto. Se resolvió, sin embargo, publicar el documento tal como estaba sin rehacerlo, ya que su parte doctrinal y disciplinar no sufría modificaciones por ello.

Finalmente, es conveniente destacar la coherencia de este documento "Fe cristiana y actuación política" con todos los anteriores documentos colectivos del Episcopado chileno, que tratan argumentos semejantes, desde aquél del 25 de septiembre de 1970 hasta ahora, y especialmente con los acuerdos de la Asamblea Plenaria ordinaria de Temuco (abril de 1971) y su correspondiente documento de trabajo "Evangelio, Política y Socialismo". La novedad del actual documento, sin embargo, está principalmente en que no es un centro una preocupación disciplinar, sino que va más profundamente a clarificar la misión de la Iglesia en el contexto histórico chileno.


Santiago, 16 de octubre de 1973.

Mons. Carlos Oviedo Cavada
Obispo Auxiliar de Concepción
Secretario General de la Conferencia Episcopal de Chile.


Conferencia Episcopal de Chile
Secretariado General
Ref.: 363/1973.


Fe cristiana y actuación política

I Introducción

Presiones políticas sobre la Iglesia.

1. El país vive hoy un proceso de transformaciones sociales que, como es natural, no puede dejar indiferentes a los cristianos. Este proceso tiene hondas consecuencias morales y espirituales sobre la vida de los creyentes y de la Iglesia misma; y a la inversa, la maduración de la fe, al abrazar la totalidad de la existencia, se convierte en principio inspirador de las diversas opciones y compromisos político-sociales de los católicos. Los Obispos de Chile vemos, sin embargo, con creciente preocupación que, al calor del debate político nacional, determinados sectores pretenden asignar a la Iglesia tareas a obtener de Ella intervenciones o apoyos que nos corresponden a su propia misión, y que aún la deforman en aspectos substanciales de la fe y la moral evangélica.

2. Frente a esta presión y a su efecto desorientador sobre los creyentes, estimamos nuestro deber decir una palabra de claridad y tomar medidas disciplinarias que salvaguarden la verdadera misión de la Iglesia y de su Jerarquía. Nos dirigimos, por eso, a los que son o desean ser hijos de la Iglesia; a quienes han crecido en ella y pueden entender su lenguaje; a los que comparten nuestra solicitud por todos los hombres; ya nuestros hermanos colaboradores, los sacerdotes. Particularmente queremos referirnos al movimiento llamado "Cristianos por el socialismo", y también a los demás cristianos que, en forma consciente o inconsciente, utilizan la Iglesia y el Evangelio para defender sus propias opiniones e intereses políticos. Lo hacemos en respuesta a numerosas consultas que nos llegan de los fieles, y teniendo en consideración diversos documentos que se han hecho públicos en el ámbito nacional.

3. El grupo arriba mencionado, reunido bajo en nombre cristiano, y dirigido por sacerdotes, por sacerdotes, asume posiciones tan definidas políticamente, que ya no se distingue de los partidos políticos o de las corrientes análogas de opinión y acción. Lo que sería legítimo en sí, al menos para los laicos, dentro de la libertad y el pluralismo que les es propio, si no fuera que el contenido de esa opción deja mucho que desear desde el punto de vista doctrinal y práctico. Además, este grupo erige su programa de acción en norma cristiana, como el programa que la propia Iglesia debería asumir si quiere permanecer fiel a su misión, con la consiguiente descalificación de los cristianos que no piensan como ellos o que sostienen opciones contrarias.

4. Otros cristianos, al ver cuestionadas o en peligro ciertas instituciones o formas de vida tradicionales de la sociedad, que les parecían intangibles, urgen a la Iglesia a organizar la defensa de esas instituciones amenazadas, en nombre de la democracia, la libertad, la familia, la religión, etc., sin distinguir bastante entre los valores cristianos esenciales del orden social, y aquellas formas institucionales contingentes que no es misión de la Iglesia custodiar o defender, por más que los católicos puedan, en uso de su libertad personal, estimarlas mejores o aun necesarias dentro de los límites de la fe.

5. Para evitar malentendidos, conviene repetir aquí lo que ya expresamos en el Documento de Trabajo Evangelio, política y socialismo: no negamos la posibilidad y la legitimidad de que católicos asuman posiciones de izquierda o militen en partidos de izquierda si lo hacen dentro de las condiciones que rigen el compromiso político de todo católico, sea cual fuere su posición (cf. 67). Si dedicamos atención preferente al
movimiento señalado, más que a las desviaciones de signo contrario, es porque éstas últimas tienen un carácter político y no pretenden formular una nueva idea de la Iglesia y su relación con el mundo, cosa que ocurre programáticamente con los "Cristianos por el Socialismo", cuyo error doctrinal exige un esclarecimiento también explícito por parte de los Pastores.

6. No es nuevo este intento de usar a la Iglesia como apoyo del orden temporal que se cree mejor o más legítimo, ni el afán de comprometerla orgánica y jerárquicamente con la propia posición política. Pero, puesto que hoy el fenómeno rebrota en distintas formas y con un carácter especialmente conflictivo y desorientador, por sus consecuencias doctrinales, queremos analizarlo con alguna detención. Al mismo tiempo queremos formular, al hilo de ese análisis y con el detalle que el asunto y las circunstancias requieren, ciertos principios generales para la actuación temporal de los cristianos.

7. Nuestra voluntad es salir al paso de cualquier utilización indebida por la Iglesia en el dominio cívico. Afirmamos que los modos de pensar y actuar arriba mencionados desfiguran a la Iglesia y al Evangelio, oscurecen su universalidad -su catolicidad-, disminuyen su credibilidad, deforman su verdad y obstaculizan su verdadera acción. Detrás de estas tendencias se adivina el deseo, conscientes o inconsciente, de manipular a la iglesia y al Evangelio en función de intereses políticos precisos, y de hacer propaganda a favor de determinadas opciones temporales, utilizando el nombre del cristianismo en su servicio.

Misión de los laicos y misión de la iglesia.

8. No nos extraña que surjan esas polarizaciones. En su base hay aspectos verdaderos que tocan a la relación entre la Iglesia y el mundo. Estamos ya lejos de aquel prejuicio que circunscribía la fe a la intimidad privada de las conciencias, dejando la historia -la historia profana de las instituciones, leyes, regímenes- entregada a su libre curso temporal, sin posible contacto con la salvación personal. Tal cosa es imposible: no vivimos en el limbo. El destino del hombre -su destino eterno- se juega en el corazón de la vida social y política de los pueblos, que encierra siempre graves problemas morales. La Iglesia continúa en la tierra la misión de Cristo, "liberar a todos los hombres de tosas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado, la ignorancia, el hambre, la miseria, la opresión, en una palabra la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano" (Medellín, Justicia, 3), por más que esta misión sólo pueda alcanzar un resultado siempre imperfecto en la tierra. Hoy más que nunca, necesita la Iglesia juzgar por las doctrinas y situaciones sociales, y mover a sus fieles a la acción en el interior de todas las instituciones humanas.

9. Comprendemos, entonces, que quienes han hecho suyo el anhelo salvador de Cristo, y por otra parte encarnan ese anhelo en determinada ideología o posición política, terminen por inferir que esa opción expresa cabalmente el Evangelio y es como consubstancial a la manifestación del mismo Cristo en el mundo; de tal modo que otras opciones distintas o contrarias les parezcan opuestas al propio Evangelio; y que la universalidad de la misma iglesia, que tolera y aun fomenta, el pluralismo político en su interior, se les muestre como indefinición o prescindencia frente a los graves problemas actuales, o peor aún, como complicidad con determinados intereses temporales.

10. Pero en esa impresión hay una inferencia indebida, cuyo error no podemos silenciar. Y es que esos católicos, al sentir el imperativo de determinada acción social o política, le atribuyen un carácter propio de la Iglesia corporativamente considerada, como si esa acción no pudiera ser suya, laical, personal, propia de ciudadanos cristianos, sino que debiera ser una empresa conjunta del Pueblo de Dios, fieles y sacerdotes y Jerarquía. Tal vez poco preparados laicalmente para conjugar el "yo", buscan el amparo del "nosotros", extendiendo ese plural no ya a los componentes de determinado grupo particular -lo que sería legítimo- sino a la íntegra comunidad eclesial. Confunden entonces según el espíritu evangélico las cosas temporales, con la misión universal y sobrenatural de la Iglesia misma y de su Jerarquía, que no consiste en resolver cuestiones económicas, sociales, jurídicas, etc., sino en santificar, enseñar y regir, suministrando a los fieles aquella energías renovadoras de la gracia que ellos proyectarán en su tarea ciudadana, por su cuenta y riesgo, con la libertad y responsabilidad personal que corresponde a los laicos.

11. Pedimos, pues, que, a propósito de los asuntos temporales, se haga siempre esta elemental distinción entre la tarea ciudadana y secular de los laicos, y la actuación de la Iglesia misma y de su Jerarquía. El Concilio pide más todavía "distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión con sus Pastores" (Gaudium et Spes, 76). Tanto los Obispos y sacerdotes como los fieles todos, son parte viva y actuante del Pueblo de Dios; el Espíritu Santo ha sido derramado en los corazones de unos y otros, y hoy más que nunca se aprecia el valor santificante de la existencia laical en medio del mundo. Pero, de cara a las actividades temporales, los derechos y deberes de unos y otros son muy distintos. Los ciudadanos laicos actúan en su propio nombre, representándose sólo a sí mismos, con una preparación humana y unos méritos políticos, laborales, técnicos, etc., que no vienen de la Iglesia sino de su propio esfuerzo humano, y con unos títulos y derechos que ellos deben ganarse por sí mismos ante la sociedad, como cualquier otro ciudadano; actúan, al mismo tiempo, según su conciencia cristiana, ilustrada a la luz del Evangelio y de las enseñanzas sociales de la Iglesia, compromiso que ellos saben hacer suyo en forma igualmente laical, es decir, sin implicar en él a la Iglesia jerárquica o a los demás fieles.

12. Por el contrario, quienes en la Iglesia actuamos "en nombre de Cristo, Cabeza de su Cuerpo Místico" -los Obispos y nuestros colaboradores, los sacerdotes- tenemos hacia los laicos, el deber pastoral de conducirlos al encuentro del Señor "que es fuente de toda santidad", de formarlos en la fe y en la proyección social de ésta; tarea sobrenatural que nos exige respetar su libertad en sus propios compromisos temporales, en lo que éstos tengan de opinables y contingentes. Somos los pastores de una Iglesia que no se identifica con civilización, cultura, régimen, ideología o partido alguno en este mundo (cf. Gaudium et Spes, n. 76). Por eso, nos situamos en una perspectiva distinta a las opciones particulares de los fieles, y sólo las juzgamos a la luz de los valores evangélicos, es decir, cuidando que se mantenga dentro de las exigencias de la fe y de la moral cristiana.

13. Proceder de otra manera entraña un peligro para la Iglesia: convertirla en un elemento más del mundo, y no como Jesús quiere que sea: "Padre, ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo y yo voy a Ti... Cuida en tu nombre a los que me has dado para que sean uno como nosotros... No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno". (Juan 17,11-15). Ella vive para vincular a los hombres con el Dios vivo, Padre de Jesucristo, para incorporarlo vital y conscientemente a la Persona de Jesús, para transformarlos en templos del Espíritu Santo e instrumento de su acción en el mundo.

14. Por eso, el concilio nos dice: "La misión propia que Cristo confió a su Iglesia o es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta mismo misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más aún, donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia y otras semejantes. La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior procede de la unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica". (cf. Gaudium et Spes, N. 42).

15. Pero así como en esta última tarea no debe la Iglesia arrogarse una responsabilidad o dirección que no le corresponde -pues ello atentaría contra la autonomía del orden temporal-, así tampoco es la ciencia humana o el deseo de los hombres quien determina la misión propia de la Iglesia, sino el mandato de Cristo, su Fundador.

Y aunque no podemos pedir a los no creyentes que miren a la Iglesia con otros ojos que los del mundo, sí podemos rogarles que sepan y aprecien la manera como Ella se ve a sí misma; y podemos pedir, y, aún más, exigir a los creyentes, miembros de la iglesia, que la contemplan con los ojos de la fe; que la miran no "según la carne" sino "en el Espíritu" (cf. II Cor 5,16; 1 Cor 2,13 - 3,1), no con la sabiduría del mundo, sino con la de Dios.

II. El grupo "Cristianos por el Socialismo"

16. Hemos leído la mayor parte de los escritos publicados por este grupo. Su representatividad eclesial, y las formulaciones doctrinales que contienen, son muy diversas y desiguales. En ellos no se pretende hacer una exposición de la fe ni se manifiesta en forma sistemática una doctrina teológica. Hay muchos aspectos importantes de la fe cristiana que se omiten. El pensamiento que se refleja en ellos no está concluido. Las posiciones, los conceptos y el lenguaje son difusos e indeterminados. Las afirmaciones particulares se mezclan con enunciados universales sin mayor precisión, los sentimientos y reacciones emocionales se entretejen con las ideas de pretensión científica, y los planteamientos ligados a diversas ciencias -economía, sociología, historia- con principios que pertenecen a la fe. Existe una real indeterminación entre lo que se dice y lo que se deja sugerido en el lector, entre lo que se cree globalmente y lo que se opina en casos particulares; entre lo que se practica y lo que se escribe o predica. Muchos escritos se limitan a enfocar algún hecho singular, y dependen de situaciones momentáneas; en general, se trata de llamados a la acción concreta, dirigidos a los cristianos en cuanto tales. No obstante, hay actitudes de fondo que, dentro de su imprecisión, revelan ciertas líneas constantes de su planteamiento.

Inquietudes y aportes positivos

17. Descubrimos en los documentos señalados diversos aspectos positivos, así como inquietudes e intuiciones que nos parece necesario valorar, aunque sólo sea por la mención breve de ella. Representan gérmenes que nacen del Espíritu dado por Jesús a la Iglesia, que siempre han estado presentes en ella, y que por eso quisiéramos desarrollar;

a) El llamado hacia una revisión de la tarea de la Iglesia, para evitar que se enfeude en determinadas formas sociales o institucionales; para que, depurándose de intereses o del apego al prestigio humano; quede en libertad de ser Ella misma y de acudir a quienes más la necesitan.

b) La proyección de los cristianos hacia los problemas del mundo, en especial hacia los problemas de la justicia social y la transformación de la sociedad, en lucha contra la opresión y la miseria.

c) La sensibilidad estructural, y el vivo sentido de los condicionamientos económico-sociales de la vida moral y espiritual; la exigencia de superar estructuras que condicionan negativamente las costumbres y la mentalidad, y a la inversa, la necesidad de una expresión estructural de los deseos personales de justicia y caridad.

d) La vitalización de la teología a través de su encuentro abierto con los problemas históricos del presente; el impulso formador de nuevas categorías teológicas que hagan posible el encuentro con las ciencias contemporáneas.

e) El afán de una inserción real de la Iglesia en el mundo obrero y campesino; la necesidad de "predicar el Evangelio de los pobres" como uno de los signos de la llegada del Reino (cf. Lc 7,22), y a la inversa, la necesidad de que la Iglesia recoja la mentalidad y los valores de ese mundo en su propia expresión de la fe, la moral y la liturgia.

f) Y en general, la revisión crítica de todas las instituciones eclesiásticas, para que se sitúen de verdad en el espíritu de los pobres, de quienes es el Reino de los cielos.

Acusaciones injustas a la Iglesia

18. Pero en estos documentos se va perfilando, cada vez con mayor claridad, una concepción deficiente de la Iglesia, que conduce a actuaciones eclesiales también defectuosas, y que debe ser descubierta y corregida, para evitar que estos sacerdotes consuman el falseamiento de las verdades más medulares de la fe, con el daño o el escándalo consiguiente de los fieles que les están confiados, o ante los cuales gozan de alguna credibilidad como sacerdotes.

19. En la concepción que este grupo tiene de la Iglesia, constatamos una obsesiva exageración de lo político-social, con una fuerte tendencia a reducir todo el dinamismo eclesial a esa sola dimensión, lo que lleva a deformar incluso el papel temporal que ha cabido a la Iglesia en la historia. En los últimos documentos del Secretariado de "Cristianos por el Socialismo", el punto de vista económico, social y político influye de tal manera en su concepción acerca de la Iglesia y del modo de insertarse y trabajar en su interior, que se nos hace difícil reconocer en esa imagen deformada su verdadera naturaleza sobrenatural y aún espiritual. En repetidas ocasiones, diversos voceros de este grupo han afirmado que la Jerarquía, al sostener el carácter no político de su misión, la primacía de los espiritual y la universalidad de los valores cristianos -entre ellos la caridad, la superación por la justicia del enfrentamiento entre las clases, la reconciliación y la paz-, estaría poniéndose al servicio de la ideología burguesa y de sus intereses de clase, y sería por tanto aliada y defensora de las estructuras opresivas del capitalismo.

20. Tal vez porque muchos de quienes hablan así no conocen nuestra idiosincrasia, y no han vivido en Chile el quehacer de la Iglesia en su preocupación por los más pobres, olvidan injustamente o no están ni siquiera informados del rol de la Iglesia y de los cristianos en la historia social del país. Por recordar sólo algunos hechos: el movimiento sindical y el movimiento campesino, así como la educación y capacitación de estos sectores, han sido en buena medida el fruto de la acción de personas e instituciones de inspiración católica, que han contado con el pleno respaldo, animación y ayuda de la Iglesia. Se recordará también cómo, en el momento oportuno, la lucha de los campesinos por la posesión de la tierra tuvo una respuesta concreta de la Jerarquía, a través de la reforma agraria de las tierras de la Iglesia, en la modesta proporción que a aquélla correspondía. Por otra parte, legiones de católicos, movidos en nuestro país por las enseñanzas sociales de la Iglesia, se han empeñado y se empeñan en diversísimas tareas de justicia social, sin sentirse ni ser en modo alguno aliados de estructuras o sistemas de opresión. Y sobre todo y esencialmente, más allá del complejo y plural signo político de las proyecciones temporales de la fe, está el hecho innegable de la vasta obra pastoral que la Iglesia ha realizado y realiza en el mundo obrero y campesino, en el plano que le es propio, sin partidismo ni intereses creados, ni otro compromiso que la unión con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

21. El olvido o desconocimiento de estos hechos, así como la falta de ponderación en el juicio, conducen a los "Cristianos por el socialismo" a afirmaciones inaceptables e injuriosas, y todavía más lamentables por proceder de sacerdotes que están en el ejercicio de su ministerio. Explotan de esta manera una confianza y un cargo que sus superiores les han conferido para otros fines bien diversos. Comprobamos con sorpresa que, mientras se hacen estas acusaciones, por otra parte se profesa de palabra el deseo de mantenerse en comunión con la Jerarquía. Y con dolor las encontramos orquestadas por "cristianos" que las obtienen, según dicen, del "análisis científico de la realidad", "análisis que descubre los condicionamientos objetivos de las ideologizaciones religiosas".

22. No es difícil adivinar la inspiración que está detrás de esos juicios: es el método marxista leninista de interpretación económica de la historia, que reduce la vida religiosa de la humanidad a la condición de ideología refleja de la infraestructura económica y de las luchas de clases, y que descubre alienación y complicidad con los grupos sociales dominantes en toda instancia que se pretende apolítica, superior y común a los contrarios dialécticos -burguesía y proletariado- en lucha social. No somos nosotros los llamados a precisar hasta qué punto ese método puede aportar algunos elementos válidos a las ciencias sociales e históricas, y por tanto a la propia acción social y política. Pero ciertamente podemos afirmar que muchos de sus elementos y desde luego sus presupuestos esenciales -materialismo, dialéctica, ateísmo- no son de modo alguno científicos, ni pueden pretender la calidad de ciencia para descalificar el sentido espiritual y sobrenatural de al vida de la Iglesia. También podemos afirmar que esos presupuestos y conclusiones, de carácter formalmente filosófico e ideológico ya que no científico, son incompatibles y contrarios a los más elementales fundamentos de la fe católica, y no ajustan con la existencia de Dios, la libertad humana, la autonomía de los valores morales y espirituales, etc., como ha afirmado en reiteradas ocasiones el Magisterio de la Iglesia.

23. Lamentamos, sobre todo, que un sacerdote de Cristo asuma ese método como científico e iluminador, como la llave del secreto de la historia -por más que practique sobre él imprecisas limitaciones o reservas mentales-, al precio de abdicar, en cambio, del fundamental sentido ético-religioso de la historia de la salvación. Si puede tener un sentido aceptable el intento de asumir desde una visión cristiana de la historia algunos elementos de ese método, nada semejante han conseguido estos sacerdotes, que por lo general no muestran, entre otras cosas, la preparación teológica, filosófica y científica para semejante tarea. Simplemente han tomado sin alteraciones los grandes rasgos del método marxista, y le han trasvasijado algunos restos de verdad cristiana, lo que quedan después de haber aplicado a su manera ese mismo método a la fe católica.

24. Ello significa que la adhesión a Cristo se hace relativa, es decir, se la condiciona por la mediación de un método interpuesto: se renuncia a comprender la historia, la lucha de clases y el propio marxismo con los ojos de Evangelio y con la luz incondicional de la fe; al revés, se comprende al Cristo -se lo reinterpreta- a partir de una instancia cultural humana que, surgida de premisas ateas, termina cuando menos deformándolo. Puestos a seguir el camino "científico" de ese método, no se ve por qué tal análisis debe detenerse en cierto límite, y considerar sólo algunas de las afirmaciones de la fe como "ideologizaciones burguesas"; si el presupuesto latente de ese método es la reducción de toda realidad religiosa a las condiciones de la infraestructura, su tendencia es el ateísmo, cuya sombra no podemos dejar de entrever en los mencionados análisis, aún oculta tras las categorías del llamado "cristianismo post-religioso" y del "compromiso cristiano de liberación" (cada vez más temporal y aún material al que se quiere reducir la fe católica, el dogma y la moral de la Iglesia.

25. Creemos que no es honesto, en tal caso, rehuir el dramático pero indispensable conflicto de conciencia que nace de la alternativa: "el que no está conmigo, está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama" (Mt. 12,30). Quisiéramos de todo corazón que esa alternativa se resolviera, tras la inevitable crisis de conciencia, en una adhesión plena y total a Cristo y a la Iglesia, repitiendo el encendido acto de fe de Pedro cuando, en un momento crítico, otros discípulos se marchan: "Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68-69). En esa esperanza acompañarles con nuestra confianza pastoral en una situación ambigua e indefinida, por no decir contradictoria, como es la situación de quien evade la crisis de conciencia tras de una confusión doctrinal y moral que falsea los verdaderos términos de la alternativa.

26. La Iglesia no ha esperado la aparición de una ideología revolucionaria en el siglo XIX para luchar, en todo tiempo, por los valores humanos y evangélicos, denunciar las idolatrías y las opresiones, preocuparse de los pobres y desvelarse por llevar la cultura, la asistencia y la luz de la fe a las gentes y pueblos más desamparados. El "análisis científico de la realidad" y la "praxis racional de la lucha de clases", cuando son asumidos por quienes se dicen cristianos, y en la medida en que esta asunción es posible, no debieran deformar su lealtad a la Iglesia, ni juzgar con evidente anacronismo e injusticia su papel incluso cultural y civilizador de veinte siglos; por no hablar de esa historia de santidad y heroísmo que Ella alberga hasta hoy como su tesoro más preciado, y que queda aquí puesta en entredicho bajo la lacra de haber servido "objetivamente" a la clase dominante y sus intereses económicos.

27. Ningún cristiano podría ya reconocer a su Madre la Iglesia en ese análisis. Nos resulta muy triste que tantos hijos educados en la fe de la Iglesia, por la aplicación inconsiderada de falaces razones ideológicas (cf. Col 2,8), deformen a sus propios ojos y a los ojos del mundo la imagen de su Madre, y terminen por repudiarla bajo la especie de amarla mejor, acusándola de prostituirse ante los ídolos del tiempo. No advierten que ellos mismos están hinchados de falsa ciencia y postrados ante nuevos dioses que no salvan. Nadie tiene derecho a seguir llamándose cristiano con honestidad, si hasta tal punto ha llegado a desvirtuar su propia fe.

La Iglesia y lo político

28. Hay un aspecto de la cuestión que nos parece singularmente necesario clarificar en la opinión de los fieles. Se afirma con insistencia que la Iglesia no puede dejar de ser política; que, o quiera o no, está favoreciendo a alguna de las partes en la lucha de clases que declararse apolítica sería para Ella una ingenuidad o, peor aún, una manera encubierta de apoyar el orden establecido.
A partir de esta consideración, es fácil llegar a reducir lo substancial de la Iglesia a su significación o influjo político, lo que llevaría, en el orden práctico, a condicionar todas sus acciones a la interpretación que de ellas pudieran hacer los órganos políticos de la sociedad con el consiguiente entrabamiento de su libertad y de su estilo propio de actuar ante lo temporal.

29. No es difícil captar el presupuesto oculto de esta opinión, a saber: que el conflicto substancial y último de la historia humana es el conflicto económico, la lucha de clases y la consiguiente pugna política; mientras que el conflicto que da su razón de ser a la Iglesia, la lucha entre el pecado y la gracia, entre el bien y el mal, sería una lucha insubstancial y accesoria (lo que es bastante difícil de concebir si existen cielo e infierno), o bien sería la mera expresión moral de la lucha de clases y del enfrentamiento político, a las cuales en último término se reduciría -hipótesis a la que parecen inclinarse los "Cristianos por el socialismo"-. En cualquiera de esos casos la Iglesia no podría ser apolítica, sino que debería reconocer francamente una militancia en la lucha de clases y en la pugna de los partidos que las expresan en busca del poder político.

30. Por nuestra parte, como es lógico, enfrentamos el problema desde el presupuesto fundamental de la historia de la salvación: en la vida de los pueblos y de las personas -en el corazón de cada hombre- luchan la gracia y el pecado, el bien y el mal; fuerzas que pueden estar en una relación muy variada con las partes del conflicto social y político -con las clases, las estructuras, los partidos- pero que nunca se les identifican ni se reducen a ellas; porque no hay en este mundo grupos ni estructuras que encarnen a secas el bien ni el mal -socialismo o capitalismo, proletariado o burguesía-, ni hay una frontera visible, territorial o social, que divida a esas potencias invisibles que luchan en cada corazón. Y es ésta la lucha última y substancial de la existencia humana, por la cual seremos juzgados en el Juicio de Dios.

31. Lo político-social, pues, no es un absoluto. La política se vive en diversos grados y formas. Existe la política como profesión, o el ejercicio de cargos públicos al servicio del bien común; hay partidos políticos o agrupaciones análogas, unidas por un ideario filosófico y social y por un programa concreto de liberación social. Nosotros afirmamos la nobleza y dignidad de este trabajo, al que tantos laicos cristianos se consagran, como muchos otros hombres de buena voluntad, en forma desinteresada y constructiva. Pero, dentro o fuera de tales cauces políticos, todos los ciudadanos están llamados a cumplir ciertos deberes y a ejercer ciertos derechos políticos o cívicos esenciales, muchos de los cuales son anteriores al régimen político concreto, como el derecho a la vida, al trabajo, a la educación, a la libertad de las conciencias, con sus deberes correspondientes.

32. Hay, por eso mismo, un cúmulo de actividades e instituciones que, teniendo alguna relación con la política, son propiamente "sociales", y su acento dominante se carga sobre lo educacional, lo laboral, lo cultural, lo científico, lo deportivo, lo asistencial, lo jurídico, etc. Esas actividades e instituciones -escuela, gremio, universidad, ejército, y tantas otras asociaciones-, aún consagradas a distintos aspectos del bien común, no son políticas en el sentido partidista, ni lo deben ser. Y es un hecho que no se las quiere ver politizadas o al servicio de una causa partidista, con la consiguiente discriminación de las personas y pérdida de su autonomía y fin. Más que subordinar esta esfera, política en sentido amplio, a la acción partidista -tentación que hoy sacude a Chile-, los políticos deberían ponerse al servicio de aquellas otras actividades asociadas que promueven el bien común, y fomentar su desarrollo en forma desinteresada.

33. Miramos con suma inquietud la superpolitización del país, no sólo porque amenaza a la Iglesia, sino también a la entera vida nacional. Cuando todo en un país se vuelve política, la política misma se vuelve insana, porque ocupa zonas de la vida que no le corresponden. Se destruyen así otras raíces autónomas y otras reservas humanas que, de existir, humanizarían la vida y harían incluso más sana y creadora la propia actividad política. No se puede matar, a fuerza de tensiones partidistas, esas raíces profundas de las que procede la mejor savia -espiritualidad, ciencia, trabajo, arte, técnica, cultura- para fecundar la vida de una comunidad. Cuando toda la savia de la energía nacional va a parar a una sola rama, a un solo fruto -el partidismo político-, ese fruto, en vez de ser equilibrado y rico, es monstruoso y se pudre. La política es sana y ennoblecedora cuando deja subsistir y sabe promover, por encima y por debajo de ella misma. Todos los demás dominios de la existencia: la familia y el hogar, el trabajo y el estudio, la ciencia y el arte, la cultura y la diversión, el pensamiento y la religión.

34. Nadie se imagina que son los profesionales de la política, o siquiera los militantes de los partidos en cuanto a tales, quienes sostienen principalmente el peso del país y tejen cada día el complejo tejido de sus instituciones. Esa tarea está inmensamente más ligada al trabajo diario de los hombres, desde los oficios más humildes hasta las profesiones más brillantes, con todas sus implicaciones familiares, económicas, gremiales, culturales, etc., de bien común. Por eso vemos con inquietud creciente, no sólo el deterioro de las relaciones políticas en el ámbito nacional, sino también el deterioro laboral, la pérdida de las disciplinas y hábitos de trabajo, que produce un hondo daño moral en las conciencias y un perjuicio visible para la prosperidad del país.

35. En cuanto la Iglesia está "en el mundo" (Jn 17,11) y en la historia, hecha de hombres y para los hombres, entra en el ámbito de lo social. Desde este punto de vista, nadie negará que la acción de la Iglesia es de algún modo política, como lo es el hombre mismo, "animal político", y lo son las relaciones humanas, y la familia, la ciencia, el arte. Etc. pero debe comprenderse la diferencia entre lo político que subyace a toda realidad social, y lo político partidista, que es la concreción táctica, estratégica y coyuntural de un grupo de personas con determinada ideología, para asumir posiciones de poder y llevar a la práctica su ideario político. En este último ámbito, la acción de la Iglesia es distinta. Allí la Iglesia influye en cuanto educa a sus hijos seglares en una fe que no carece de proyección social, proyección que ellos harán efectiva por su cuenta y riesgo, como ciudadanos del mundo; y en cuanto sus enseñanzas sociales puedan y quieran ser escuchadas por la sociedad en relación a los grandes principios morales del orden social. Pero es capcioso interpretar esta influencia en términos de poder, no importa en nombre de qué "ciencia" se haga esta interpretación.

36. No dudamos que, a lo largo de la historia de la Iglesia, determinadas personas hayan abusado a veces de esta influencia, convirtiéndola efectivamente en un poder temporal. Pero sería ingenuo juzgar hoy esas situaciones de épocas pasadas sin comprender las circunstancias históricas tan diversas de las nuestras, que lo hicieron posible. Desde luego, nos parece repudiable todo "clericalismo", es decir, la dominación clerical del mundo o la tutela eclesiástica sobre las instituciones temporales. Pero, por eso mismo, vemos con inquietud el surgimiento de nuevas formas actuales de ese mal, que se generan cuando se pretende disolver a la Iglesia dentro de las causas, corrientes o partidos civiles, haciendo de ella una simple energía del progreso temporales, como se dice, a un mero fermento liberador en las luchas de clase o en la construcción de un mundo mejor. Porque ambas formas de clericalismo -el antiguo y el nuevo- terminan por parecerse; siempre se trata de eclesiásticos que quieren dirigir la política, sólo que ha cambiado el sentido de esa política.

37. Los "Cristianos por el socialismo" se profesan de algún modo apolíticos, en cuanto niegan ser un partido político o estar al servicio de algún partido determinado. Pero este carácter no partidista se revela muy pronto como una simple táctica o estrategia política, destinada por una parte a unificar a los partidos o grupos políticos de izquierda, y por otra a ganar para esa misma causa a personas o grupos cristianos que de buenas a primeras no verían bien un compromiso partidista. Esa táctica o estrategia se apoya tanto en el carácter no partidista del movimiento como en la condición sacerdotal de sus dirigentes. Pero esta circunstancia no excluye de ninguna manera que su militancia y su acción sean netamente políticas; antes bien, su presunto carácter no partidista es simplemente un instrumento para desarrollar mejor, dentro de su situación específica, una acción intrínsecamente política de signo marxista leninista. Cualquiera percibe que esa "apoliticidad" es del todo ajena al verdadero carácter apolítico de la Iglesia y de sus sacerdotes.

La Iglesia no es neutral en la lucha por la justicia

38. La verdadera influencia de la Iglesia en la sociedad es muy distinta, cuando la Iglesia interviene oficialmente en los problemas del mundo. Ella se dirige a iluminar las mentes, a mover las voluntades, a encender los corazones humanos, y esto en relación a los grandes valores y metas morales de la convivencia social, valores y metas que están dentro de la perspectiva del Evangelio, incluso cuando se refieren a problemas singulares y a hechos transitorios. Si el Papa o los Obispos habláramos sobre estas materias en términos de intereses o de poder temporal, o incluso en términos desinteresados pero contingentes, opinables, condicionando las opiniones de los fieles desde un simple parecer nuestro, no esencialmente ligado al Evangelio, estaríamos traicionando nuestro carisma y nuestra función.

39. La Iglesia no es neutral en cuanto a la justicia. Ella puede y debe juzgar de asuntos sociales y políticos. Pero no juzga tales materias con criterios políticos, sino en nombre de las exigencias sociales del Evangelio, es decir, en relación al núcleo moral que contienen tantos problemas sociales y políticos. Ella no puede elegir entre las soluciones económicas, sociales y políticas como tampoco jurídicas, científicas, artísticas, etc., pero debe juzgar en términos morales y religiosos -a partir de una ética social y política fundada en los derechos de todo hombre y en la visión que Dios tiene de él- la verdad o falsía de las doctrinas políticas, y la justicia o injusticia de las situaciones de hecho. Y tiene la libertad superior de emitir esos juicios justamente porque no se deja anexar por ningún partido o grupo social. Los laicos cristianos sí pueden y deben asumir esa clase de compromisos, pero lo harán con libertad y responsabilidad personal, al margen de todo paternalismo clerical.

40. Así, pues, la Iglesia puede llamarse con verdad apolítica, y esto en dos sentidos principales. Primero, porque Ella no ofrece -no es ésa su tarea- un modelo político propiamente tal, y por eso, nunca se identificará con ninguno de ellos (cf. Gaudium et Spes, 76; Sínodo de Obispos. La Justicia en el mundo, II). Y segundo, porque su modo de actuar no es el peculiar de la acción política, que busca la eficacia ejerciendo el poder. "La Iglesia no ambiciona otro poder terreno que el que la capacita para servir y amar" (Paulo VI, Clausura de la 3º Sesión conciliar, 16). "Fundada para establecer desde ahora el Reino de los Cielos y no para conquistar un poder terrenal, la Iglesia afirma claramente que los dos campos son distintos, de la misma manera que son soberanos los dos poderes, el eclesiástico y el civil, cada uno en su terreno" (Popularum Progressio 13).

41. A través de sus enseñanzas sociales, la Iglesia viene impulsando activamente a los fieles a una acción decidida a favor de la justicia. En América latina lo ha hecho con particular insistencia, y oro tanto hemos obrado nosotros en Chile. Al hacerlo, hemos valorado la eficacia de la acción política en cuanto tal, para apartar a los laicos de cualquier dañino abstencionismo, e impulsarlos a asumir, en forma libre y responsable, su tarea en ese ámbito. Pero vemos que, cuanto más imperioso es nuestro llamado, más necesario se hace evitar que la Iglesia, como comunidad y oficialmente, emprenda ninguna acción política o concrete de tal forma este impulso. Que nos sea respetada la libre opción de cada ciudadano creyente. Por eso nosotros mismos, y quienes comparten con nosotros la responsabilidad pastoral, precisamos una y otra vez nuestros motivos. Queremos que sean los motivos de Cristo. Tenemos presente la petición que hizo a los pastores de su grey, en el sentido de que no actuaran como los príncipes de las naciones, que las dominan como dueños y les imponen su poder (cf. MC 10,42-43), sino que se dieran con servicio abnegado.

42. No dudamos de que habrá momentos en que, en medio de las pasiones partidistas, la actuación de la Iglesia aparecerá como una intromisión, conveniente o desfavorable para los fines políticos de uno u otro grupo. Jesús mismo, que vino a convertir a todos los hombres al Reino de dios, haciéndose servidor de todos, fue llevado a un juicio político. Pedimos, entonces, a los cristianos que no se dejen llevar por tales interpretaciones; que depongan su pasión para comprender la superior verdad de la Iglesia; que no acepten nunca reducirla a un factor político más, y que nos ayuden así a conducir al Pueblo de Dios por los caminos de su verdadera misión.

Concepción deficiente del Evangelio y de la Iglesia

43. No consideramos adecuada la forma como los documentos de los "Cristianos por el socialismo" describen los elementos constitutivos de la Iglesia, su misión liberadora, la acción de sus miembros y su espíritu más propio: la caridad. Al contrario, sus conceptos siembran el equívoco, cuando no el error, en todos esos puntos.

44. Advertimos que ponen tal énfasis en la liberación socio-política que, en la práctica y salvo menciones nominales, se pierden de vista los aspectos esenciales de la liberación cristiana, así como la modalidad propia que la Iglesia tiene de promover la justicia en el mundo. Ya no se distingue la acción de la Iglesia de una corriente política cualquiera. Signo de ellos es la tendencia a limitar el encuentro con Dios y con Cristo a la participación de un proceso revolucionario muy determinado. Pareciera que la misión primera y esencial de la Iglesia fuera movilizar a las masas a favor de un tipo de revolución. O, en el mejor de los casos, se sugiere que, para llegar a realizar un día su tarea propia, la Iglesia debería antes impulsar el establecimiento de un orden social determinado, el socialismo. La evangelización, o queda subordinada a la revolución, o se identifica con ella.

45. Por este camino, es inevitable la confusión entre la Iglesia y el mundo, entre la salvación y el progreso humano (o una versión bastante dudosa del progreso, incluso en lo temporal); y la reducción de la persona de Cristo al carácter de un mero líder humano, profeta de un nuevo mundo terrenal, conductor de proletariados. El Evangelio, despojado de su dimensión sobrenatural, se convierte así en un mero factor humano de civilización, de socialización, de solidaridad entre los trabajadores. ¿No es ésta la visión que los impulsa a sumarse sin más a las que creen liberaciones de la época, como si ciertos procesos sociales, por el solo hecho de darse históricamente, fueran ya "signos de los tiempos", voluntades de Dios, como nuevas e infalibles encarnaciones de Cristo en la historia? Cuando, en efecto, la historia de la salvación se ha identificado con la historia profana, la mera ocurrencia de un proceso histórico será vista falsamente como un "signo de Dios" y una llamada divina a la colaboración.

46. La Iglesia tiene muchas cosas que oponer a este modo de pensar y actuar. La historia no es infalible: existe el pecado. El pecado no se reduce a la alienación económica, ni tampoco a la sola injusticia social. Existen verdaderas y falsas liberaciones. La liberación cristiana brota de la Resurrección de Cristo, no de luchas o procesos sociales o decisiones humanas. Esta liberación exige la construcción de un mundo mejor dentro de la historia, pero se proyecta también hacia un Reino, que es el alma de esa historia y que al mismo tiempo la trasciende. Este Reino, incluso en su dimensión histórica, no se identifica con ningún proceso intramundano, estructura económica ni régimen político. Y el que recibe el Reino en su corazón, el hombre nuevo, revestido de Cristo, junto con ser un buen ciudadano o un buen promotor del desarrollo, es el hombre renacido del agua y del Espíritu Santo, hijo de Dios, nueva criatura. Cristo mismo, a su vez, no es un simple líder temporal, sino el Dios hecho hombre, el Señor del Universo, el Juez del mundo futuro, cuyo Reino, si bien está ya en medio de nosotros, sólo se cumple definitivamente en un orden de realidad que está más allá de todo pensamiento de hombre.

47. Se nos perdonará que debamos reiterar estas nociones elementales de catecismo. La liberación social, como lo afirman los Obispos en Medellín, es consecuencia de la redención de Cristo; la liberación de todo pecado. Por eso mismo, la tarea propia de la Iglesia se encamina directamente a la transformación de los hombres, para que éstos a su vez, transformen las estructuras (cf. Justicia, 3). Hemos afirmado muchas veces la necesidad actual del cambio de estructuras, justamente porque éstas condicionan el corazón de los hombres, de modo que es más difícil educar un hombre nuevo dentro de estructuras injustas u opresivas. Pero debemos recordar que el ministerio de la iglesia es un "Ministerio del Espíritu" (cf. II Cor 3,4-8), para que los hombres, renovados interiormente, se empeñen en la lucha por la justicia social.

48. Cristo sabía bien que los hombres, en cuyos corazones anidara la Buena Nueva del Reino, vivirían en el interior de esas instituciones, y que encontrarían caminos precisos para expresar en ellas el Evangelio y vivificarlas con la savia del Reino. Y que esa lucha por ordenar lo temporal según la fe sería, en la unidad de la existencia humana, una dimensión esencial de la historia de la salvación. Pero esa proyección evangélica debía hacerse efectiva en la exacta medida en que los corazones de sus discípulos se le convirtieran por la fe y el amor.

49. Por eso nos extraña la curiosa interpretación del Evangelio que nos proponen estos "Cristianos por el socialismo". Para ellos el mensaje evangélico no sería en primer término ético-religioso, y por ello mismo social; más bien, a la inversa, las realidades sobrenaturales del Evangelio -el Reino, la caridad, los sacramentos- se les aparecen como signos y figuras de realidades temporales, regímenes, clases, estructuras en las que vendrían a cumplirse la intención y la palabra de Jesús. Para tal cumplimiento ha habido que esperar, después de diecinueve siglos, la llegada de una "ciencia" mediadora -el método marxista- que nos enseñara cómo las estructuras transforman el corazón humano, y no viceversa. Lo cual llevaría, a su vez, a una cabal reinterpretación de los Evangelios, que nos revelaría su sentido más profundo y original: la liberación-revolución. Nosotros afirmamos que esta presunta exégesis no es sino una inversión de la otra y la palabra de Jesús, de sus parábolas y sus milagros, de su vida y muerte y resurrección, misterios todos que han sido y serán siempre entendidos por la Iglesia en su sentido original y esencial, el mismo que entendieron los Apóstoles y el que recibimos por tradición apostólica, sin la mediación de ninguna "ciencia" que, bajo el pretexto de hacer más luz sobre los Evangelios, termine por distorsionar y aún invertir su sentido propio.

50. Si Cristo hubiera pretendido esa especie de simbolismo inverso en su mensaje -pueblos que significan clases, virtudes que significan sistemas o regímenes, bienaventuranzas que significan estructuras, conversiones que significan revoluciones, sacramentos que significan partidos o grupos sociales-, nos lo habría hecho saber; no habría dejado que nos engañáramos hasta la llegada de la economía política y la sociología decimonónica. Pero no hay tal. Como sucesores de los Apóstoles, nosotros afirmamos que Cristo apunto, más allá o más acá de la diversidad histórica de las instituciones, al fondo mismo del corazón humano: allí donde se opera la transformación del hombre en contacto con la persona del Señor; allí donde la acción invisible del Espíritu Santo y la decisión de la libertad humana dan forma a nuestro destino eterno; allí donde el hombre queda libre de la esclavitud interior del pecado -injusticia, explotación, odio, egoísmo, soberbia, lujuria, pereza, codicia-, y sólo por eso se hace capaz de expresarse en instituciones libres y liberadoras: y por eso mismo no sólo puede sino que debe expresarse en ellas, porque su amor será auténtico y no "de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad" (I Jn 3,18).

51. Con esto se dice algo muy obvio a la vez que profundo: que el Evangelio pasa a través del hombre, de la libertad personal; y que no puede liberar a las instituciones de la injusticia sino liberando a las conciencias del pecado personal y del pecado social. Como todo lo vivo, la Redención crece sobre las formas de la vida social. El Evangelio incide primero en la intimidad personal de uno y de muchos; así llega -siempre en forma imperfecta- a grabarse en el espíritu de una comunidad; y desde esas honduras personales y sociales engendra una fuerza creadora de cambios sociales e institucionales, de nuevas formas de cultura, de vida social, de organización política.

52. Hoy el hombre descubre los múltiples condicionamientos de la conducta moral: químicos, biológicos, psíquicos, sociales, económicos, etc. El realismo de la moral cristiana reconoció siempre tales condiciones, y por eso fue siempre prudente en la formulación de los límites de la libertad humana (no es la Iglesia quien ha hablado de libertad absoluta, cosa ilusoria, además absurda, porque son sus propios límites los que dan sentido a la libertad). Pero, como es natural, no es la fe sino la ciencia quien está llamada a precisar el mecanismo de esos condicionamientos. Hoy, sin embargo, asistimos a la euforia de las transformaciones que pretender modificar la conducta humana desde fuera hacia adentro, por simple manipulación técnica de esos mecanismos. Debemos subrayar lo que tiene de peligroso e inhumano ese intento, por más que se llame "liberación". Y es que los condicionamientos de la conducta humana no son determinaciones causales, salvo en casos extremos o patológicos. Y los frutos más propios y más altos de la conducta humana -justicia, amor, belleza, verdad, santidad- no se conseguirán nunca por una manipulación científica o técnica -externa o quizás violenta- de la conciencia del hombre, sino por esa autodeterminación moral que es la verdadera libertad: por obra del propio amor, de la conversión, de la apertura a los demás, del poder creador y la generosidad del corazón humano.

53. Para ciertas ideologías o praxis materialistas de liberación social, que pretenden ser una "ciencia" y una "técnica" de la redención humana, no es extraño que suene a poético o a mágico este proyecto histórico de la Iglesia, fundado en la confluencia de dos imponderables: la acción del Espíritu Santo y la libre determinación del hombre. Lo que nos resulta dramático y doloroso es que hombres cristianos, o incluso sacerdotes, quieran también lograr en la mera superficie de los mecanismos sociales, y quizá en forma violenta, esa liberación que sólo puede realizarse a través de las conciencias, pasando por la conversión personal. En palabras del Paulo VI: "Hoy los hombres aspiran a liberarse de la necesidad y de la dependencia. Pero esa liberación comienza por la libertad interior que ellos deben recuperar de cara a sus bienes y a sus poderes (...). De otro modo, aún las ideologías más revolucionarias no desembocarán sino en un simple cambio de amos: instalados a su vez en el poder, estos nuevos amos se rodean de privilegios, limitan las libertades y consienten en que se instauren otras formas de injusticia" (Octogésima Adveniens, 45).

Amor evangélico y lucha de clases

54. Para los "Cristianos por el socialismo" la pertenencia a la Iglesia aparece condicionada a una opción política; la adhesión a Cristo se asimila al compromiso con los pobres, en quienes está Cristo, y de allí se pasa al compromiso revolucionario con la clase trabajadora. Así la conversión al Dios vivo y el amor al prójimo se hacen coincidir necesariamente con la toma de posición revolucionaria a favor de una clase social y contra otra. La conversión de Cristo, para no ser abstracta o ilusoria, requeriría en forma ineludible de esta mediación. Todo esto en la perspectiva del análisis marxista de las clases sociales y su lucha.

55. En la misma perspectiva se llega a identificar al Pueblo de Dios con la clase proletaria consciente de su situación, clase que aparece como el lugar propio de la manifestación del Espíritu, y más aún, como la nueva encarnación de Cristo. De allí que la caridad cristiana, a través de esta mediación social y estructural, se le convierta en "caridad revolucionaria". No es extraño, entonces, que terminen por integrar la acción de la Iglesia como inserta dentro de un marco rígido de lucha de clases, y aún como identificada con ella. Da la impresión de ser la lucha de clases el único modo de acción salvífica. Es lo que se afirma de la evangelización, de la edificación interna de la Iglesia y de su proyección hacia los problemas de la sociedad. Como se ve, pues, se trata de reinterpretar el íntegro contenido de la fe y la moral cristiana según el esquema marxista de la lucha de clases, que se pretende científico, y al que se reconoce, por tanto, una credibilidad y unas exigencias análogas, por no decir superiores, a las de la propia revelación.

56. Frente a tales pretensiones debemos subrayar el carácter ideológico, reconstituido y artificial de lo que el marxismo -y, a su zaga, los "Cristianos por el socialismo"- llama "lucha de clases". No se trata de una realidad ni de una evidencia (de lo que cualquier observador encuentra en la lucha social de cada día, que es innegable). Se trata de una compleja y artificiosa elaboración superpuesta a ese hecho a partir de ciertas categorías ideológicas y filosóficas. La así llamada lucha de clases sería una antítesis dialéctica inconciliable, que dividiría a l humanidad en dos mundos excluyentes y cerrados entre sí, de los cuales cada uno es la negación cabal del otro, como lo pide el método dialéctico. Esta pugna entre contrarios -explotadores y explotados- sería el motor y el hilo central de la historia, y sólo por la exacerbación de esa antítesis, y luego por su estallido revolucionario, se engendraría la síntesis, la sociedad sin clases, el "reino de la libertad", producto final de la destrucción de la burguesía por el proletariado y de la dictadura de este último.

57. A su vez, entre ambas clases no podría haber ningún puente de comunicación ni de entendimiento sobre la base de una injusticia superior o común a ambas; tal puente sería un simple recurso de la burguesía para afianzar mejor su dominación; y el mismo carácter alienante tendrían, en definitiva, todos los posibles lazos o instancias superiores a la misma lucha, como la idea de una moral universal o no clasista, un derecho común, una cultura o una religión universal. El hecho de que estos postulados marxistas no sean siempre explícita o integralmente asumidos por los "Cristianos por el socialismo", no altera la situación de fondo: es ésta la perspectiva desde la cual se analizan los hechos y se nos pide reinterpretar la fe católica y la misión de la Iglesia.

58. Sabemos muy bien hasta qué punto la lucha de clases divide a los chilenos, así como afecta también, en diversos grados y formas, a otras comunidades nacionales. Y estamos lejos de pretender que el marxismo haya inventado esta lucha, que obedece a una multitud de causas bien reales, entre ellas la exigencia de justicia de los más pobres por una condición de vida digna y humana, y la insensibilidad de los que tienen más frente a esas exigencias de justicia. Pero no podemos aceptar una interpretación semejante de la lucha social, ni menos como si esta visión dialéctica fuera una "ciencia", plagada como está de elementos ideológicos y aún mitológicos, de tipo maniqueo. Tampoco podemos desear, como cristianos, que la lucha social tome esa forma inconciliable y virulenta. No creemos que su exacerbación máxima conduzca a ningún "reino de la libertad". Detrás de la dictadura proletaria, como de cualquier otra, no podemos dejar de ver la opresión y la tiranía políticas. No podemos aceptar de manera alguna que "burguesía" y "proletariado" signifiquen esos dos absolutos inversos que se nos dice, ni que sean irreductibles entre sí, ni que todo puente o mediación entre las partes en conflicto sea, en definitiva, una astucia burguesa o una complicidad capitalista.

59. Menos aún podemos aceptar, como ya dijimos, que la pretensión universal de la propia Iglesia de Cristo -situada por encima de las clases así como de las naciones, y donde ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre (cf. Gal 3,28)- sea una pretensión "burguesa" o un apoyo objetivo a la estructura capitalista. Nosotros, los Pastores, estamos, como Cristo mismo, frente al hombre y no a la clase; tras de todo rasgo o máscara de clase descubrimos al ser humano, a la persona, al hijo de Dios, cuyo conflicto último y definitivo se da entre el pecado y la gracia. Nos negamos por eso a hablar de colectividades buenas o malas, y de un choque redentor de fuerzas sociales. Y nos parece un craso error doctrinal y moral la idea y el empeño de reinterpretar desde tan débiles y negativos fundamentos la fe que hemos recibido por don superior de Dios.

Amar a los pobres es amar a Cristo

60. Ciertamente, al amar a los pobres se está amando al mismo Cristo: El se identificó singularmente con los que nada tienen (cf. Mt 25,40). Vivir, no para nosotros mismos, sino para Cristo (ibid. 1,8) y, por lo tanto, tener una predilección por los débiles y oprimidos. El Señor nos da a entender cómo en nuestro amor por El o por su Padre hay un engaño si ese amor no se expresa directamente en la actitud hacia el prójimo (Mt 5,23). Pero, sin merma ninguna de ese mandato tan entrañablemente evangélico, al revés, fundamentándolo, debe afirmarse que el encuentro con Cristo tiene una consistencia propia, que trasciende y supera todas las mediaciones justamente porque las funda. Amar a Dios en Cristo en forma incondicional es el acto radical y último de la vida cristiana. Cristo se nos manifiesta particularmente en los pobres, pero El es más que los pobres a quienes siempre tendremos con nosotros (cf. Jn 12,8). El mismo merece en forma irrestricta el homenaje de nuestro primer amor.

61. Es justamente el amor a la persona de Jesús, Dios y Hombre verdadero, el que da su sello evangélico al amor fraterno -y no viceversa-, evitando así que la fraternidad cristiana se diluya en una simple filantropía, o humanitarismo, o se tergiverse en una pasión impersonal por una colectividad o un modo de vida. Nos preocupa, por eso, que en los documentos analizados la vinculación personal a Cristo, por sobre todas las mediaciones, esté tan deslavada que ya casi no la percibamos.

62. Y es que ciertos valores cristianos fundamentales, como la trascendencia de la persona por encima de clases y estructuras -y en primer lugar de la propia persona de Cristo-, no reciben aquí la importancia que merecen dentro de toda concepción cristiana de la sociedad. Dentro de este diseño tan impersonal, ¿qué lugar queda para la oración, para la contemplación, para el ministerio sacerdotal mismo, para los humildes servicios pastorales que no tienen connotación temporal directa, para el amor que se ejerce más allá de toda consecuencia estructural, para la locura de la Cruz? Si el sacerdote sólo se encuentra bien dentro de la lucha de clases y del trabajo por la justicia social, ¿tendrá la disposición necesaria para alimentar su propia vida interior con la oración, con la adoración eucarística, con la devoción mariana? Y, ¿podrá así nutrir sus semejantes disposiciones el alma de los fieles que tiene a su cuidado? ¿No terminará menospreciando todas aquellas prácticas personales y aquellos desvelos ministeriales que no tienen una afectividad visible y directa en la lucha social, pero que tan indispensables son para el apostolado sacerdotal y aún, dentro de la Comunión de los Santos, para la propia causa de la justicia social?

63. En los documentos de este grupo el amor no está bien definido. Lo que en él es consecuencia, aparece como principio absoluto: el amor a los pobres, a quienes se identifica con una clase -el proletariado- y con un sistema -el socialismo-, pasa a ser el alma, el criterio de validez y de realización plena de la caridad. Ya hemos dicho hasta qué punto el amor a los pobres es realmente evangélico. Pero Cristo nos presenta la raíz de este amor, no en la justicia o injusticia reinante entre los hombres, sino en el imperativo de imitar el amor del Padre, "que hace salir el sol sobre buenos y malos" (Mt 5,43-48). Y esta diferencia de motivos nos hace dudar seriamente de la índole evangélica de esa "caridad revolucionaria".

64. El amor al pobre es precisamente el signo más esplendoroso de que no se ama por motivos exteriores o interesados, sino sólo por la calidad más alta del ser humano, su condición de hijo del único Padre de todos. Así amamos, en alguna medida como nos ama Dios mismo, que nos amó primero y gratuitamente (cf. I Jn 4,19), y nos amó, "no por las obras de justicia que hubiéramos hecho, sino por su propia misericordia" (Tito 3,5). El amor cristiano por el pobre -que exige un desvelo eficaz por la justicia (cf. Sant 2, 14-17)- es una consecuencia del amor gratuito de Dios a todos los hombres. No existe ninguna mediación terrena -ni "científica" ni política- que pueda condicionar este amor hasta el punto de alterar su motivo o restringir su alcance (por ejemplo, a una clase, permitiéndole odiar a otra). El destino de este amor es tan universal, que su otro distintivo -tan necesario como el amor al pobre- es el amor al enemigo. Leyendo los documentos de este grupo, es inevitable percibir que fomentan una animosidad odiosa hacia los que no adoptan su posición. Así, aquel extremo sobrenatural del amor al enemigo y del perdón de las ofensas se convierte en una hostilidad declarada y programática hacia grandes grupos humanos, lo que no vacila en seguirse cubriendo -en forma abusiva- con el nombre de la caridad.

65. No desconocemos lo difícil que resulta, en ocasiones, conciliar la lucha contra la injusticia y el amor a quienes se estima injustos. Pero queda en pie, sobre todo para quienes orientan a los cristianos, la necesidad de intentarlo con sacerdotal empeño, y no una claudicación programática a favor del odio y la violencia. No podemos empequeñecer la exigencia del Señor, adaptarla a nuestras propias miras y pasiones, y luego pretender privilegios evangélicos para el sentimiento resultante. También nosotros creemos que en nuestro pueblo, entre los pobres -es una experiencia de todos los siglos-, están muy vivas la generosidad y la solidaridad. Pero sabemos cómo ese impulso cobra en ellos un carácter incondicionado y universal. Precisamente por tener alma de pobres no ponen límites a su amor. Y sería muy triste que una teoría social, una "ciencia" o una mediación estructural, nos llevara a apagar en ellos ese espíritu, que podría ser su mejor aporte para una sociedad renovada, y sustituirlo por la exacerbación del odio de clases, que tras su aspecto de "necesidad" esconde sólo la presencia disfrazada de una nueva explotación.

El sentido cristiano de los pobres difiere de la apreciación marxista.

66. Por otra parte, no podemos aceptar la reducción absoluta de los "pobres" del Evangelio a una clase social, el proletariado, visualizada a través de un análisis claramente tributario de una ideología socio-política. En general, ninguna de las categorías ético-religiosas del Evangelio (entre ellas pobreza, riqueza, justicia) pueden identificarse sin más con las categorías socio-económicas que llevan sus mismos nombres, por más que exista una relación estrecha entre ambos registros. Ni los pobres en el sentido bíblico pueden confundirse del todo con una clase social, ni esa clase de los más desposeídos puede identificarse con esa categoría -cargada de apriorismo ideológico- que es el proletariado del análisis marxista. Quienes por un análisis económico social estiman que una clase determinada tiene una tarea histórica insustituible, y descubren en esa tarea un momento de la historia de la salvación en su dimensión terrena, no pueden reclamar la autoridad de Cristo y de la Escritura para hacer de esa clase el sacramento instituido por dios en Cristo como signo eficaz de reconciliación universal. Los análisis económico-sociales de un grupo de sacerdotes no participan de la infalibilidad de la Iglesia; y aunque fueran exactísimos como ciencia, no pueden pretender el carácter de revelación o de acta fundacional de una nueva alianza entre Dios y los hombres. En la verdadera nueva alianza, el pueblo mesiánico ha sido convocado y unificado "no según la carne, sino en el Espíritu"; su misión no está condicionada por el desarrollo "de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, la palabra del Dios vivo; no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo" (Lumen Gentium, 9).

67. El sentido cristiano del pobre es distinto de la apreciación marxista del proletariado. Para ésta, el proletariado, al menos en su primer período, es el obrero industrial, y luego otros sectores que, conscientes de su situación de injusticia, se organizan y, bajo la conducción del partido único de la revolución, luchan por sus derechos. La Iglesia no puede identificarse con el solo proletariado, pues estaría solidarizando solamente con un sector del mundo de los pobres, y estaría comprometiéndose con un partido político determinado: aquel que se autodefine vanguardia de la revolución social. No puede la Iglesia abandonar a la inmensa muchedumbre de los pobres y de los que sufren, que no se identifican con esa clase social y que representan a Cristo doliente, y por tanto, merecen la ayuda y la comprensión de Ella.

68. Si la lucha de clases fuera la modalidad propia de la acción salvífica de la Iglesia, ésta, aparte de verse empequeñecida y limitada, quedaría encerrada en un esquema desde el cual ya no podría ejercer aquella función crítica, de la que tanto ha hablado la teología reciente. Por nuestra parte afirmamos categóricamente que no es la lucha de clases el medio propio que Cristo ha dado a su Iglesia para contribuir al triunfo de la justicia en el mundo. Resulta del todo increíble, y contrario a la Escritura y al Magisterio, que el mensaje evangélico hubiera estado oculto en su verdadero sentido -oculto a Pedro, a los Apóstoles, a sus Sucesores, a los Padres, a los Doctores, durante veinte siglos- para venir a entregarnos su verdadera substancia sólo ahora, por la mediación de una "ciencia" económica social, inspirada por lo demás en premisas ateas; que el contenido de la Revelación hubiera permanecido velado hasta el día de hoy, hasta el advenimiento de un método exegético surgido del marxismo, que por fin nos descubriera -como una revelación dentro de la revelación- el arcano del misterio oculto por los siglos: la lucha de clases como el eje y el hilo conductor de la historia de la salvación.

69. La Iglesia, inspirada en la palabra y en la acción de Cristo Salvador, cree que no es la lucha de clases lo que vence al mal, sino que hay un camino más excelente (cf. I Cor 12,31) e incluso más eficaz: vencer el mal por el bien, ahogar el mal en bien sobreabundante, dar la vida por amor, para convertir y desarmar al que era enemigo (cf. Rom 5,5-11; 12.14-21). Es cierto que esto parece una necedad o una locura para la sabiduría humana y el espíritu de agresión. Más aún, puede parece un escándalo y un medio para que el enemigo se haga todavía más poderoso sobre uno. Pero fue así como el espíritu cristiano venció sobre la esclavitud en el mundo antiguo. Y es ésa la ley del Evangelio. Y si se ha optado por la sabiduría de este mundo contra la sabiduría de Dios, que es la locura y el escándalo de la cruz (I Cor 1,20-25) ¿por qué buscar aún el nombre y el añadido cristiano para una "ciencia" de la liberación que parece bastarse a sí misma como instrumento salvador?

70. Con estas palabras no estamos, por supuesto, llamando a deponer la legítima búsqueda de la justicia para la clase trabajadora y para los pobres de nuestra patria. Esa búsqueda es un deber moral elemental, que la fe religiosa no puede hacer sino más intensa y apasionada. Estamos haciendo vera los hijos de la Iglesia que, al inspirar en los Evangelios su acción temporal, no pueden olvidar los aspectos más esenciales de la acción del Señor, precisamente aquéllos por los cuales la Escritura llega a decir que "venció al mundo" (Jn 16,33). Y si en ocasiones les parece que tales medios los sitúan en franca desventaja frente a quienes no tienen este escrúpulo, sepan que la rectitud moral y la gracia de Dios engendran fuerzas de una eficacia más sutil, profunda y duradera, aun en el dominio temporal, como lo atestigua la propia historia según la experiencia secular -menos aparatosa pero más sabia- que de ella tiene la Iglesia.

71. Les estamos pidiendo, sobre todo, que no exijan a la Iglesia misma lo que no es misión de Ella. Que no reduzcan la acción evangelizadora de la Iglesia o su presencia en el mundo, a un instrumento, a un modo conveniente o útil de reclutar gente para es revolución que -por un análisis perfectamente falible y en todo caso humano- les parece la depositaria actual de la justicia y la liberación social. Para obtener esa liberación la Iglesia ya no sería necesaria; a lo más, podría ser útil. Pero Cristo no la fundó para ser comparsa de nadie. Ya otros eclesiásticos, como lo hemos dicho, en épocas pasadas, han caído en esa tentación de acoplar el fermento cristiano a la causa que entonces parecía triunfante o depositaria de la verdad o el sentido de la historia. Esa tentación, con el paso del tiempo, se reveló siempre engañosa, fuente de dolor y no de eficacia para la Iglesia. No quisiéramos ver repetidos hoy, en nuestra patria, esos errores del pasado.

División de la Iglesia y sus consecuencias pastorales

72. Para el grupo "Cristianos por el socialismo", la Escritura, interpretada por el Magisterio de la Iglesia, deja de ser el criterio último de la verdad cristiana. Dan la clara impresión de situar esta norma en la fe pastoral, apoyada en una parcial selección e interpretación de algunos textos de la Escritura. Esos textos son aprovechados y utilizados, en vez de abrir la conciencia a su interpelación. Se los condiciona desde fuera, según reglas exegéticas ajenas a la Iglesia misma; se los separa de su contexto y se los inscribe en un nuevo ámbito, propiamente ideológico y ajeno al Magisterio de la Iglesia. Cualquier creyente algo informado de su fe de da cuenta de cuántas manipulaciones son necesarias para hacer decir a la Sagrada Escritura lo que dicen estos sacerdotes. Y no podemos, por supuesto, aceptar esos métodos de interpretación bíblica ni esa arbitraria norma de verdad cristiana.

73. A lo largo de todo su análisis, se parte de la base infundada de que marxismo y cristianismo son compatibles y aun convergentes. Nosotros, al afirmar la incompatibilidad de ambas doctrinas, no estamos haciendo política ni ideología, sino sólo un elemental juicio moral y religioso, que el Magisterio de la Iglesia, por lo demás, ha fundamentado en múltiples ocasiones. Nos duele, por eso, que quienes no oyen las advertencias de este Magisterio se empeñan, con daño de sus almas y confusiones de los fieles, en la imposible tarea de ajustar al materialismo dialéctico e histórico el sentido sobrenatural y divino de la existencia. Se aceptan con toda facilidad las críticas del marxismo a la religión, no ya aquellas que pudieran referirse a un ejercicio deformado de la fe cristiana, sino aquellas que afectan a los fundamentos mismos de la fe. En cambio, no se observa ninguna crítica de fondo a los postulados del marxismo, a los que se atribuye ligeramente un valor científico indiscutible. Se han desestimado nuestras observaciones respecto de esta materia (cf. Evangelio, política y socialismos, 31 ss.). Y con el agravante de que esos postulados llegan a condicionar en forma substancial la manera misma de entender la doctrina y la acción de la Iglesia.

74. No es extraño que, sobre esta base, se desvirtúe la naturaleza de la Iglesia y su institucionalidad esencial. Por este camino se nos conduce a una "Iglesia nueva", sin dimensión sobrenatural, sin sacramentos, sin ministerio jerárquico. Nosotros no podemos reconocer en esta figura una simple "renovación" de la Iglesia perenne, sino lisa y llanamente una institución distinta, con otro origen, otros fines y medios: una nueva secta. Y en realidad los comportamientos de orden práctico de este grupo se acercan peligrosamente, y cada vez más a ese carácter de secta.

75. Hoy, cuando se habla tanto de desacralizar, y se aplica la llamada "desmitologización" a los propios dominios sagrados en los que este método no tiene sentido (y los sacerdotes mencionados no son ajenos a esa corriente), resulta que ellos terminan sacralizando, a su manera, ciertas realidades históricas de suyo profanas, como lo son, por cierto, los procesos sociales y las causas políticas. Cuando la revolución social se identifica con una manifestación del Reino de Dios, y se confiere al proletariado industrial el carácter de pueblo mesiánico -duplicando el mesianismo temporal latente ya en la visión marxista del proletariado-, y a través del concepto de "liberación", se diluye la salvación del Calvario en un eventual advenimiento socialista, resulta inevitable que el grupo promotor de esa síntesis termine "sacralizando" de algún modo su propia causa, y dándole un carácter de Iglesia dentro de la Iglesia, o más aún, de "verdadera Iglesia" -de secta- al margen de los vínculos jerárquicos de la comunidad eclesial.

76. Se diría que el Secretariado de "Cristianos por el socialismo" ejerce una especie de magisterio paralelo al de los Obispos. Se siente responsable de dictaminar cuál debe ser la posición de los cristianos ante tales o cuales situaciones o problemas. Sus pronunciamientos, que adolecen de falta de unidad y coordinación con la Jerarquía, producen la impresión de venir a corregir o completar lo que ésta ha dicho en sus documentos oficiales sobre las mismas materias. Este magisterio paralelo se manifiesta -entre otras maneras- en la difusión de una especie de catecismo popular, que no contiene sino un adoctrinamiento ideológico y político, como lo podría formular cualquier colectividad de esa índole.

77. En reiteradas ocasiones hemos pedido a aquellas personas que, por razón de su cargo o ministerio, aparecen como representantes oficiales de la Iglesia, que no se abandericen públicamente por ningún grupo o partido determinado. Nos hemos referido a los sacerdotes diáconos y religiosos, e incluso a los laicos que ocupan puestos directivos en la pastoral de la Iglesia. Al abanderizarse, están abusando de la confianza que la Iglesia depositó en ellos; están ejerciendo una ilegítima coacción sobre las conciencias de los seglares; están oscureciendo la credibilidad de los ministros eclesiásticos en general; y están apartando de su servicio ministerial a los fieles que no piensan como ellos. No tienen derecho a abusar de la autoridad moral que les da su cargo, para favorecer o atacar posiciones partidistas. Esta conducta no puede sino torcer y deformar el sentido más hondo de su ministerio (cf. Evangelio, política y socialismo, 69-71).

78. El grupo directivo de "Cristianos por el socialismo" contradice ante los fieles esta orientación disciplinar nuestra. Es muy distinto orientar y apoyar cristianamente a los seglares que han asumido una opción política determinada, que encuadrar el propio ministerio en un cauce y un programa político. En este último caso, la función propagandística o activista termina por destruir la función propia del ministerio: la constitución y crecimiento de la comunidad cristiana pro el ministerio de la palabra y por los sacramentos. Así termina por considerarse secundaria, si no enteramente ineficaz, la tarea esencial de quienes han sido capacitados por el propio Espíritu Santo para actuar "en el nombre y en la persona de Cristo".

79. La mencionada reinterpretación de la Iglesia en función del esquema dialéctico conduce a promover entre los fieles la contraposición política y la discusión ideológica en forma previa, se diría, a la constitución de la propia comunidad eclesial. Se desvirtúa así la orientación de la pastoral como un servicio de unidad, que haga de todos los cristianos "uno en Cristo Jesús" (Gal 3,27). Sabemos bien hasta qué punto las diferencias de clase, las divisiones políticas y demás tensiones de esa índole hacen hoy difícil descubrir en forma viva y experimental esa unidad superior de los fieles en Cristo. Pero esa misma situación nos urge imperiosamente, a los ministros de Cristo, a ayudar a los cristianos a trascender sus legítimas diferencias, no por la reducción ingenua o intolerante de unas en otras, sino por una compenetración más profunda con la persona del Señor Jesús. Estamos seguros de que esa unidad fundamental de los creyentes, en sus distintas expresiones de amor fraterno, comprensión, convivencia y diálogo, puede contribuir a limar muchas asperezas y hacer más humano y sereno el clima moral del país, influyendo positivamente en las propias agrupaciones sociales y políticas. Los planteamientos programáticos de los "Cristianos por el socialismo" en relación al trabajo de la Iglesia se oponen diametralmente a esas orientaciones pastorales.

Prohibición de pertenecer a "Cristianos por el socialismo"

80. En suma: la actividad del grupo "Cristianos por el socialismo" es de una profunda ambigüedad, y requiere una definición clara por su parte. Si ese grupo pretende ser un frente de penetración en la Iglesia, para convertirla desde su interior en una fuerza política y anexarla a un determinado programa de revolución social, es necesario que lo diga leal y claramente, y deje entonces de considerarse un grupo eclesial; sería más recto, en ese caso, tomar el nombre de grupo político, sumarse al partido o corriente que estime más oportuno y renunciar a las ventajas de orden práctico o propagandístico que obtienen sus dirigentes por su condición de sacerdotes católicos. La ambigüedad ya no puede continuar, porque es perjudicial a la Iglesia y produce desorientación en muchos fieles, además de ser en sí mismo un abuso del sacerdocio y de la fe. La Iglesia de Cristo no soporta ese daño. Por lo tanto, y en vista de los antecedentes que hemos señalado, prohibimos a sacerdotes y religiosos(as) que forman parte de esa organización, y también que realicen -en la forma que sea, institucional o personal, organizada o espontánea- el tipo de acción que hemos denunciado en este documento.

III Otros grupos de cristianos

81. Sería injusto no referirse a otras posiciones, como si sólo entre los "Cristianos por el socialismo" se vieran desviaciones sobre el papel temporal de la Iglesia. Nos hemos extendido más ampliamente sobre su caso porque representan un grupo organizado, cuyos planteamientos, vertidos por escrito durante casi tres años, y a lo largo de casi todo el país, permiten analizar en forma sistemática aquello que puede ser aceptado y lo que no. En cambio, la utilización de la fe en sentido contrario, resultándonos igualmente lamentable, no nos exigirá un examen de la misma amplitud, por razones evidentes: esa actitud no cristaliza en grupos organizados, no tiene el mismo impacto sobre la opinión pública, no invoca en forma tan expresa el nombre cristiano, no compromete la militancia de sacerdotes y religiosos, no se formula en escritos temáticos, no propone una doctrina o una visión distinta de la Iglesia, no cuestiona de la misma manera los fundamentos de la fe, y no se opone en igual medida a la Jerarquía eclesiástica.

Utilización política de la Iglesia

82. Pero, aunque no cobre forma programática, también nos duelo profundamente la utilización práctica que estos sectores hacen de la Iglesia, y la confusión que ella crea en muchos fieles. Tal utilización intenta presentar a la Iglesia como una fuerza de la oposición, en conflicto con el gobierno actual o con las corrientes políticas que lo sustentan. Esa actitud es, por lo general más sutil o difusa, pero también atenta contra la verdadera misión de la Iglesia, y también produce, de hecho, divisiones en el seno de la comunidad cristiana, y un legítimo malestar entre quienes resultan perjudicados por ella.

83. Vemos con dolor que esta utilización más velada y a veces inconsciente de la fe, hace que cristianos que adhieren a algunos partidos de izquierda, insistan cada vez en forma más enérgica que su propia posición viene exigida por el Evangelio y es la única coherente con la misión del cristiano, en contraste, según ellos, con aquella religiosidad enfeudada en las ideologías burguesas. Estiman que hasta ahora su posición se tenía como incompatible con la Iglesia, y que todavía se siguen encontrando con la inercia de esa resistencia amparada en los principios mismos de la fe; para romper ese prejuicio, y contrarrestar la Propaganda antizquierdista que hacen otros grupos políticos sirviéndose del cristianismo, tendrían que tomar una actitud intransigente y combativa, no sólo en el plano político, sino incluso en el interior de la Iglesia.

Diversidad de aplicaciones de la doctrina social cristiana

84. Sin compartir ese juicio, reconocemos la realidad de algunos hechos que le dan pie. Cuántas veces hemos oído presentar el Evangelio en tal relación de identidad o convergencia con algún credo político con una reforma social o con la simple conservación de un orden establecido, que los oyentes inadvertidos se sentían llamados a comprometer su apoyo, su voto o su trabajo en razón de la propia fe cristiana. Determinadas tendencias políticas han caído a veces en la tentación de expresar su ideología, no ya como una entre las posibles concreciones de la doctrina social de la Iglesia frente a situaciones dadas, sino como la expresión a secas de esa doctrina, haciendo a la fe cristiana cobrar un carácter intrínsecamente ideológico, que por supuesto no tiene. Aun en el caso de que tales posiciones sean compatibles con la doctrina social cristiana o incluso se inspiren en ella, se equivocan quienes pretender convertirlas en la expresión propia de la Iglesia, o quienes, a la inversa, al cuestionar esas posiciones se sienten llamados a atacar, por eso solo, a la Iglesia misma.

85. Por eso debemos decir francamente que, en todo partido o corriente política con militancia mayoritaria de cristianos, deben ellos cuidar doblemente que quede claro que su militancia ciudadana y su pertenencia a la iglesia son dos cosas muy distintas y heterogéneas en sí mismas, por más que en el interior de sus conciencias estén ambas muy relacionadas, como ocurre con todo compromiso a la vez temporal y cristiano.

86. Por lo demás, no se puede confundir las formulaciones ideológicas o programáticas de los grupos políticos con sus actuaciones prácticas o las de sus miembros. Ya el proverbio popular nos advierte que del dicho al hecho hay mucho trecho. Esta diferencia significa que por más que una doctrina o un programa político se inspiren en una visión cristiana del orden social, las actuaciones efectivas de sus voceros o portadores no son cristianas por ese solo hecho, ni se asegura con ello su rectitud moral ni su acierto político, que pueden ser perfectamente cuestionables. A la inversa, es posible que muchos católicas estén realizando, al hilo de su trabajo diario y al margen de toda ideología o programa explícito, espléndidas tareas de bien común, para las cuales no reclaman sello partidista alguno. De allí que Paulo VI, en su carta conmemorando los 80 años de la Encíclica Rerum Novarum, haya enfatizado tanto la importancia de aquella acción temporal que muchos cristianos, sin inspirarse directamente en alguna ideología, sino en los propios principios de la doctrina social cristiana, intentan llevar a la práctica, al margen de todo cauce partidista, con la libertad de fórmulas y modalidades que reviste este tipo de acción.

87. Por estas razones, pedimos a todos los católicos, en su actuación pública, una suma discreción en su condición de creyentes. Que no hagan alarde de su condición cristiana para recomendar posiciones o actos suyos que, por su índole temporal, deberían recomendarse por sí mismos, en virtud de su propia calidad humana.

88. No está de más recordar que en este contexto las palabras del Concilio: "Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida inclinará a los laicos en ciertos casos a elegir una determinada solución (en las tareas seculares). Pero podrá suceder, como sucede a menudo y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen el mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes, aún el margen de la intención de ambas partes, muchos tienden fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie está permitido reivindicar con exclusividad a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerle luz recíprocamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial por el bien común" (Gaudium et Spes, N. 43).

89. Pero con mayor aprensión y disgusto observamos la actitud de algunos católicos que, por intereses creados o perezas mentales, pretenden ligar la doctrina o la acción de la Iglesia al régimen de propiedad capitalista liberal y a sus esquemas políticos e inmovilismos sociales, que en modo alguno estimamos concordes al Evangelio, y que con demasiada facilidad se llaman "sacrosantos", "inviolables", "civilización cristiana", etc. Ya lo decíamos en nuestra Carta Pastoral de 1962: "La Iglesia ha condenado los abusos del liberalismo capitalista... Más aún, concretamente, no puede aceptar que se mantenga en Chile... una situación que viola los derechos de la persona humana y, por ende, la moral cristiana. Es deber imperioso y urgente de los católicos el procurar una renovación profunda y rápida de ese estado de cosas no cristiano". Y agregábamos: "exhortamos a todos a abrir los ojos y ver. A ver el sufrimiento de los demás, aunque él nos acuse, con tal que por fin reconozcamos el llamado de Cristo a través de esa miseria que nos rodea... Tenemos contraída con Cristo la obligación de cambiar con la mayor rapidez posible la realidad nacional, para que chile sea Patria de todos los chilenos por igual. No queremos actitudes violentas y superficiales que dejen intacta la miseria. No queremos tampoco contentarnos, dejando las cosas como están, con vagas promesas de un cambio que nunca llega... En la eficacia y en la profundidad de nuestras actitudes frente a esta tarea fraternal, se reconocerá que somos discípulos de Cristo" ("el deber social y político en la hora presente", Pastoral Colectiva del Episcopado, 1962; nn. 25 y 39).

Respeto por la diversidad de opciones políticas

90. Sucede a veces, entre creyentes, que su legítima disparidad de opiniones políticas conduce a una vehemente hostilidad recíproca, ya no legítima, con la consiguiente disputa por la exclusividad del nombre cristiano, mientras que su fe común no tiene la misma eficacia para promover entre ellos la caridad fraterna y la unión superior en Cristo. Creemos que en tales casos la opinión personal funciona con el carácter absoluto que es propio del dogma de fe, mientras que el dogma católico funciona con la relatividad que debería ser propia de toda opinión humana. Entonces los papeles se invierten, y la fe se utiliza como instrumento de la opinión; se está más unido a quienes opinan como uno, aunque no tengan fe, que a quienes tienen la fe común, si opinan distinto; se es intransigente donde se debería ser tolerante -en las materias opinables-, y eso ocurre tal vez en personas que no vacilan en ser transigentes donde, en cambio, no debería caber transacción: en el contenido esencial de la fe.

91. Rogamos a los cristianos que nunca se dejen llevar por esta inversión de principios. Cuando la fe está en su sitio, como también el amor y el anhelo de justicia social, hay una disposición mucho más favorable para tratarse, quererse y entenderse los creyentes que no comparten una misma opinión política. Los fieles han de guardar, en sus relaciones recíprocas, este orden que se expresa con la sentencia clásica: en las cosas necesarias, unidad; en la opinables, libertad; y en todas, caridad. Así, sin pretender la reducción de una actitud a otra, antes, bien, reconociendo al hermano la posibilidad de pensar distinto, se fomentará la superior unidad de todos los creyentes en Cristo, y esa concordia actuará benéficamente sobre el propio plano de las relaciones políticas.

92. Repetimos, pues, que la Iglesia no tiene ninguna expresión política propia; y que de las muchas expresiones políticas de los ciudadanos católicos, ninguna compromete a la Jerarquía, justamente porque corresponde a opciones laicales. Y ninguna posee tal relación intrínseca y necesaria con el mensaje evangélico, que pueda representar a la Iglesia en el plano cívico o constituir a sus agentes como delegados o intermediarios entre la Iglesia y la cosa pública. Cualquier implicación de esta índole entraña el serio peligro de quitar a la Jerarquía su autoridad moral y la autonomía de su campo propio. De hecho, así la Iglesia jerárquica no podrá pronunciarse con libertad, pues sus declaraciones oficiales y sus actos de magisterio serán tergiversados por motivos políticos, a la vista de la resonancia que despierten en ese plano. No queremos ver silenciada y oscurecida nuestra voz por tales motivos.

93. Creemos que, efectivamente, no pocas declaraciones nuestras han sido recibidas de esa manera. Y no ya por parte de no católicos, a quienes sólo podríamos pedirles el respeto de los ciudadanos suelen tener por las instituciones apolíticas; sino precisamente por parte de algunos fieles, que antes de conformar su propia mentalidad de las directrices de sus Obispos y en el preciso espíritu en que éstos las trazan, están ya buscando su signo político para ver a quién favorecen ya quién perjudican. Nos toca presenciar entonces, con pena, una guerrilla de citas truncadas y de textos interpretados según el entender de cada cual, y una atribución de motivos partidistas en los que no podemos reconocernos.

El deseo de la Jerarquía.

94. Solicitamos, por eso, a los cristianos en general, y muy en particular a los sacerdotes responsables de la pastoral, que colaboren con nosotros para sanear estas situaciones y ayuden a comprender y apreciar la verdadera misión de la Iglesia, y de su Jerarquía, que la representa como comunidad total.

95. Pedimos especialmente a todos los sacerdotes que se abstengan de tomar parte en la política partidista, por el grupo que sea, porque esa participación sólo contribuye a aumentar la confusión, que ya existe, sobre el papel de la Iglesia ante los problemas temporales. Cuando, ante una situación determinada y siempre excepcional, juzguemos necesario limitar el legítimo pluralismo político de los fieles, y, en aras de un claro bien común de la Iglesia y de la sociedad, orientados en un sentido único y determinado, seremos nosotros mismos, como Jerarquía, quienes anunciemos esa decisión.

IV Reflexiones finales

96. No queremos que se interprete todo cuanto hemos dicho a los distintos grupos o personas, como una negación del derecho de los cristianos a entender sus opciones políticas a la luz de su fe y a asumir sus responsabilidades sociales en forma de compromiso cristiano. La Iglesia misma ha impulsado constantemente a los laicos en ese sentido y nosotros, en unión con los Obispos de América Latina, hemos hecho otro tanto con nuestros fieles, conscientes de que la situación de miseria y desigualdad social reclaman cambios urgentes e indispensables. Pero, al hacerse responsables de esa tarea, los cristianos deben afrontarla de manera que no desfiguren el rostro de la Iglesia.

97. Nuestra intención no es otra que edificar la verdadera Iglesia. En el amor de Dios, en la claridad fraterna, en los sacramentos, en la inteligencia cristiana, reside una inspiración y una fuerza espiritual que los cristianos necesitan para dar vida a nuevas formas culturales, o nuevas estructuras sociales y políticas. En vano se pide la acción de los cristianos si las fuentes religiosas de su creatividad están dormidas o ciegas.

98. Por eso deseamos acoger también lo positivo que encierra las formulaciones y las búsquedas de los grupos y personas a quienes nos hemos referido. Que digamos nuestra preocupación frente a determinados peligros no está reñido con nuestro deseo de oír su voz, y aun la propia voz de Dios a través de sus inquietudes. Sabemos que muchos de ellos poseen un firme espíritu de fe y caridad. Creemos que todos aquellos que aman realmente a la Iglesia sabrán cumplir esas dimensiones positivas sin distorsionar su inserción en el cuerpo de Cristo, antes bien, inspirándolas más fielmente en el Evangelio, en el espíritu de oración, en el contacto vivo y vivificante del alma con las fuentes de la gracia. Porque sólo se puede esperar que la creatividad social, cultural y política de los cristianos aumente, a medida que también crece su docilidad al Espíritu multiforme y creador que nos fue dado en Pentecostés, y que anima las búsquedas y enriquece los hallazgos de los ciudadanos del Pueblo de Dios en la historia.

99. Hermanos en el Señor: tenemos conciencia de los grandes problemas que aquejan a la sociedad y a nuestra patria, y de las grandes tareas que aguardan a los cristianos en el intento de resolverlos. Y estamos seguros de que nuestra más excelente colaboración a esas tareas consiste en hacer que la Iglesia sea Iglesia: unida, sobrenatural, viva, fiel a Cristo, servidora de los pobres. Porque la Iglesia debe ser "sal de la tierra", pero "si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? (Mt 5,13). Si la Iglesia se convierte en facción política o temporal, ¿quién nos salvará? No hay contribución más eficaz a los problemas temporales que el dinamismo espiritual de la vida cristiana. Detrás de los conflictos sociales y políticos hay siempre una raíz ética y religiosa. El deterioro institucional de una comunidad esconde fenómenos de cansancio vital, de enfermedad moral: envilecimiento del espíritu, incomunicación, vacío de Dios. Los diagnósticos económicos y políticos, siempre necesarios, no son suficientes, porque no tocan esas raíces profundas de la conciencia humana. Es en esa hondura donde incide la gracia de Dios, despertando nuevas energías de creatividad de un nuevo orden social, en la justicia, en la libertad y en el amor.

100. No queremos terminar este mensaje sin una petición a nuestros hijos en el Señor. Sabemos bien que hoy se habla muy diferentes lenguajes. Pero creemos sinceramente que nuestros sacerdotes y todos los que desean que la Iglesia sea la levadura de Cristo para el mundo, pueden y deben entender el lenguaje que les hemos hablado, después de meditarlo en la presencia de Dios. Con el Señor, que nos ha hecho pastores de la Iglesia, les rogamos: "Quien tenga oído para oír, que oiga.".

Por el Comité Permanente del Episcopado.

+ Raúl Card. Silva Henríquez
Arzobispo de Santiago
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile

+ Carlos Oviedo Cavada
Obispo Auxiliar de Concepción
Secretario General de la Conferencia Episcopal de chile.


Santiago, agosto de 1973.

 


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