Santiago, 21 de febrero de 1973.
1. Del 18 al 25 del presente, la Iglesia Católica
está celebrando su 40º Congreso Eucarístico
Internacional en la ciudad de Melbourne, Australia. Por
petición expresa del Papa Paulo VI, dicho evento
tiene como tema central de reflexión el "mandamiento
nuevo" que Cristo nos dejó: "Amense unos
a otros como yo los he amado" (Juan 13,34). Católicos
de los diversos continentes han peregrinado hasta Melbourne
y allí, a la luz de este lema, tratan de profundizar
en diversas dimensiones y exigencias del misterio eucarístico,
como ser sus proyecciones ecuménicas, su relación
con los problemas sociales y las urgentes necesidades
de los países del "Tercer Mundo".
2. A nosotros, los católicos de
Chile, se nos ha invitado a unirnos a este acto. Estamos
seguros que tal invitación contiene un llamado
del Señor y deseamos responder a ella. Queremos
hacerlo con nuestras oraciones y, especialmente, tratando
de discernir el mensaje y las exigencias que Dios envía
a través de él a nuestra Iglesia chilena,
dado los cruciales momentos que vive nuestra patria.
3. Estamos a escasos días de importantes
elecciones. La contienda política se desarrolla
en un clima violento y duro, y el apasionamiento amenaza
con hacer perder a muchos cristianos la objetividad y
serenidad de espíritu necesarias para valorar,
a la luz de la fe, el sentido verdadero y profundo de
lo que en Chile se está debatiendo hoy. Existe
el riesgo de enfocar las cosas en una perspectiva egoísta
y sectaria, encerrándose cada cual en el círculo
de los intereses inmediatos y estrechos del propio grupo,
partido o candidato. Semejante actitud conduce a postergar
los auténticos intereses comunes de los chilenos
y, al mismo tiempo, oscurece la meta hacia la cual los
cristianos debiéramos impulsar incesantemente la
historia y la naturaleza de los medios que el Señor
nos pide emplear al servicio de dicha tarea. En estas
circunstancias, el Congreso Eucarístico de Melbourne
aparece como una luz clara y un apremiante llamado de
alerta.
4. Esa reunión de cristianos de
diferentes países, raza y condición, que
en Melbourne se juntan en torno a la mesa del Señor
para compartir fraternalmente su mismo Pan, se nos ofrece
como el signo vivo de la vocación de la humanidad.
Dios nos creó y a través de su Hijo Jesucristo
nos ha convocado para ser un gran pueblo de hermanos:
de hermanos capaces de sentarse a una misma mesa para
compartirlo todo entre sí, tal como el Señor
comparte con nosotros todo lo que Él es y posee:
su Cuerpo y su Sangre, su Padre y su Reino. Pero Cristo
no limita esta entrega de sí a la Cena eucarística.
Así también nuestros hermanos de Melbourne
nos recuerdan -a través del lema y de los temas
de reflexión escogidos para su Congreso- que nuestra
fraternidad cristiana no puede reducirse a los instantes
en que nos congregamos en torno al altar. La Eucaristía
exige proyectarse en nuestra vida diaria. Ningún
cristiano puede, sin incurrir en una farsa hipócrita,
sentirse hermano de otro al compartir el Pan del Señor,
si no busca compartir con ellos, con igual amor, el pan
da cada día, y si no lucha denodadamente para que
las relaciones de trabajo entre los hombres -de las cuales
depende ese pan- lleguen a estar realmente impregnadas
por aquella misma fraternidad que en torno al altar proclamamos.
Cada chileno que participe en la Cena del Señor
y que sinceramente desee amar a los demás como
Él nos amó, debe considerar como urgente
tarea suya el promover todos aquellos cambios sociales
que aseguren, en torno a la mesa común de los chilenos,
un espíritu fraternal de amor y justicia, de igualdad
y respeto mutuo. Cada vez que celebramos la Eucaristía
deberíamos renovar ese compromiso, y con esa luz
debería cada uno fijar su posición y su
actitud personal frente a las próximas elecciones.
Esa es nuestra verdadera meta: el esfuerzo por convertir
nuestra fraternidad en torno al altar en auténtica
fraternidad de la vida y del trabajo.
5. Otra cosa importante nos recuerda
también el Congreso de Melbourne: que a esa comunidad
de amor fraternal sólo puede llegarse por caminos
de amor, por los caminos de Cristo. Es falso que mediante
el odio y la violencia pueda construirse una sociedad
mejor, porque toda sociedad permanece para siempre fatalmente
marcada por el espíritu que le dio origen. Es falso
que primero debamos hacer la revolución para que
más tarde pueda venir el amor: porque si no estamos
haciendo una revolución de amor no estamos trabajando
con Jesucristo. Es falso que el odio pueda llegar -bajo
ninguna condición- a ser moralmente legítimo:
porque "todo el que odia a su hermano (es decir,
cualquiera, sin distinción de motivos ni de circunstancias)
es un asesino y ningún asesino tiene la vida eterna
en él" (1 Juan 3.15). Es falso, también,
que el fin justifique los medios y que sea lícito
deformar la verdad para apoyar mejor una causa que se
cree justa: porque el amor nos exige respetar el inalienable
derecho a conocer la verdad que posee cada conciencia
humana. Cristo no vino a exigir sangre ajena sino a darnos
generosamente la suya, en la Cruz y en cada Eucaristía
donde Él renueva su entrega. Cristo vino a traernos
la vida, el amor, la verdad, el perdón, la reconciliación
y la paz; ésos fueron sus caminos y sus medios
de lucha. Quien no los use, quien -en medio de la contienda
política- haya llegado a pensar que existen otros
medios mejores y más eficaces, sepa que no está
amando como Cristo nos amó a nosotros, que no tiene
derecho a participar en la Cena del Señor ni a
entrar en su Reino, y que tampoco nunca podrá -yendo
por otros caminos- construir sobre la tierra la nueva
humanidad que el Señor desea. Esta es la advertencia
que el Congreso Eucarístico de Melbourne nos hace.
6. Finalmente, invitamos a todos los católicos
de Chile a unirse al Congreso Eucarístico Internacional
frecuentando nosotros mismos la Eucaristía, con
las disposiciones que el Señor nos pone. Hagámoslo
teniendo presente la recomendación de San Pablo:
"Examine cada uno su conciencia y coma entonces el
Pan y beba del Cáliz. Porque quien come y bebe
sin fijarse que se trata del Cuerpo del Señor,
come y bebe su propio castigo" (I Cor. 11,28-29).
Revisemos nuestro corazón y veamos hasta qué
punto estamos luchando sinceramente por proyectar hacia
la vida de Chile esa fraternidad que en cada Eucaristía
celebramos. Purifiquemos nuestro interior de toda sombra
de odio. Rectifiquemos las metas hacia las cuales tendemos
y los medios que estamos usando para alcanzarlas. Y, alimentándonos
con el Cuerpo y la Sangre del Señor, pidámosle
su fuerza para amarnos unos a otros como El nos amó
y poder así, algún día, hacer de
Chile y del Mundo una familia de hermanos que comparten
unidos su pan.
Por el Comité Permanente del Episcopado
+ Raúl Card. Silva Henríquez
Arzobispo de Santiago
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile.
+ Carlos Oviedo Cavada
Obispo Auxiliar de Concepción
Secretario General de la Conferencia Episcopal de Chile.
Santiago, 21 de febrero de 1973.