Y tú, ¿por qué no?
¿Qué haría Cristo si estuviera en tu lugar?
Mensaje de Solidaridad
P. Cristián Precht

Muy queridas hermanas y hermanos

Reciban mi saludo más afectuoso en estos días que nos hablan de solidaridad. De hecho, escribo estas líneas en el Día del Padre Hurtado, varón santo y bueno, que con su vida nos entusiasma a seguir al Señor y a amar a los hermanos. Espontáneamente uno se pregunta ¿ cuál fue el secreto de su vida ? ¿ qué lo llevó a amar tan intensamente a su Patria y a su Iglesia ? Y no me cabe duda que su secreto se encuentra en su relación de amor y de amistad con el Señor Jesús que es el verdadero Protagonista de la Solidaridad. De ahí que le resultara tan vital preguntarse constantemente: “ ¿ qué haría Cristo en mi lugar ?” y ponerse manos a la obra para realizarlo.

Contemplando su figura me asiste la certeza de que mucho mas que “hacer cosas” la solidaridad es una manera de vivir. El Señor Jesús nos vincula tan íntimamente a cada hermano, a cada hermana, que lo que le sucede pasa a ser parte de mi propia vida. Mías son sus penas y alegrías. Míos son sus triunfos y fracasos. Y entonces comprendo por qué ser cristiano no admite indiferencia. Ni lejanía. Ni frialdad.

Nosotros todos somos hijos y hermanos de un Dios compasivo. Así lo hemos comentado en el Evangelio de estos Domingos que nos hablan del Pan de Vida. Es el Pan que se multiplica para una muchedumbre hambrienta. Es el Pan que reconforta a los peregrinos. Es el Pan que pone de pie al profeta perseguido. Es el Pan Vivo, Cristo Jesús, que se nos ofrece cada día en la Mesa del Altar como alimento de resurrección.

Por esta razón, hermanos y hermanas, la primera invitación que les formulo es a pedir la gracia de tener un corazón solidario. Es decir, un corazón que se estremece con la suerte de cada persona que encuentro en mi camino. Un corazón compasivo. Un corazón misericordioso. Un corazón abierto y generoso.

Muy unidos al Corazón Solidario de Jesús, los invito después a recorrer sus barrios, sus calles, sus plazas y pasajes, la parte de la ciudad en que cada uno se mueve, sin descuidar a la familia más cercana. ¿ Qué descubro en esos lugares que requieran una mano y un corazón solidarios ?

Conocemos el dolor de las antiguas pobrezas que se expresan en la falta de pan, de vivienda, en la cesantía, en las heridas no sanadas por violaciones a los derechos humanos. Pero a ellas se agregan nuevas pobrezas que se expresan en la falta de recursos para los adultos mayores, en soledades insoportables en medio de esta sociedad comunicada, en la adicción a la droga, y en mucho rostro de inmigrante que, lejos de su propia tierra, a veces se siente excluido y marginado. Y estas pobrezas se hacen más duras en medio de tanta farándula y reality shows que, sin querer queriendo, ocultan este mundo tan real.

¿ Qué haría, entonces, Cristo en mi lugar ? Pero, no solo en mi lugar individual. La solidaridad pide que nos hagamos la pregunta en comunidad: ¿ qué haría Cristo en mi parroquia, en mi capilla, en mi escuela, en mi familia, en mi comunidad eclesial, para ir en ayuda de estas pobrezas y miserias ?

No dudo del espíritu generoso que anima a la gran mayoría de mis hermanos y hermanas. Nuestras parroquias, capillas, escuelas y comunidades cristianas han sido protagonistas de mucha solidaridad. Pero, a la vez, soy testigo que en muchas partes la organización de la solidaridad sólo se deja en manos de la ayuda fraterna. O bien, se expresa en campañas esporádicas para lo que hacemos bingos, rifas y colectas. ¿ Qué tal si ahora, como comunidad, buscamos una respuesta más permanente ? Y una respuesta que nos involucre a todos. Hay que recordar que la solidaridad se hace fuerte cuando se nutre, se empapa y se sumerge en la comunidad trinitaria. Y de allí le viene su permanente novedad.

Se muy bien que no podemos solucionar todos los problemas. Eso se lo pedimos a la sociedad, en su conjunto, y a ella prestamos nuestro aporte personal en las organizaciones del barrio, del municipio, de la sociedad. Pero hay problemas que podemos y debemos enfrentar con afecto y amistad, mostrando nuestra cercanía cristiana con gestos y palabras. Así lo hizo el P. Hurtado visitando los puentes del Mapocho y así nació el Hogar de Cristo. Así lo hizo el P. Hurtado reuniendo a obreros de su tiempo y así nació la ASICH (Acción sindical chilena). Así lo hizo el P. Hurtado reuniendo a jóvenes de la Acción Católica y así nacieron cientos de vocaciones de servicio políticas, sindicales, profesionales y también muchas vocaciones sacerdotales.

El asunto está en partir. En tomar la decisión. En organizar una respuesta y perseverar en ella como lo hizo Jesús con cada necesitado que requirió su ayuda. Y lo hizo siempre con muy pocos recursos. Es el agua de las Bodas de Caná. Es en barro para el ciego de nacimiento. Son los cinco panes y dos peces que le presentó ese niño. Y, si lo hacemos en nombre del Señor, El se preocupará como siempre de multiplicar el bien de estas iniciativas tal como lo hizo ese día junto al lago, en que miles comieron y hasta sobró para más.

Lo importante, entonces, es atreverse. Primero será la solidaridad espontánea que después se hará comunitaria y organizada y que pronto convocará a otros para ampliarla. Entonces se vestirá de promoción humana, transformadora, creadora, innovadora. Y, en el nombre del Señor, esa solidaridad respetuosa y creativa, hará de la persona o las personas a quienes hemos apoyado, un sujeto activo del amor concreto: una persona más humana, más libre, más protagonista de su propia vida.

Al escribir estas palabras pienso en Jesús, en San José y en la Virgen María. Pienso en el P. Hurtado y también en la Madre Teresa de Calcuta. Pienso en el Cardenal Silva, en Don Clotario Blest y en Mons. Enrique Alvear. Pienso en las madres de los comedores infantiles y de las ollas comunes. Todos ellos respondieron. Todos ellos arriesgaron. Y todos ellos nos han conmovido pues se atrevieron a ser cristianos y a poner en marcha iniciativas solidarias que ha marcado la vida de la Iglesia, del país y, por cierto, de la historia de la humanidad.

Y tú, ¿ por qué no ? ¿ Qué haría Cristo en tu lugar ?

Al terminar esta carta les agradezco antes que nada la paciencia que han tenido para leer y escuchar. Y les pido que, antes de actuar y responder, hagamos un tiempo de oración pues es a Jesús a quien tenemos que preguntarle qué haría El en nuestro lugar, para luego hacerlo nosotros.

Con un buen abrazo solidario los saluda y los bendice su hermano y servidor en el Señor,


P. Cristián Precht Bañados
Vicario Episcopal para la Zona Sur de Santiago