Reflexiones




“Familia en diálogo: entre sí y con Dios”

Hoy nuestro mundo, está en continuo cambio, son muchas las cosas que cambian en la vida a diario, este mundo globalizado se mueve vertiginosamente, los medios de comunicación son cada vez más veloces, mejor dicho son instantáneos... pero hemos perdido la capacidad de escucharnos, de dialogar... no hay tiempo.

En el Nº 65 del Documento Síntesis de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe se describe así esta situación aun entre las familias cristianas la ausencia del hogar debido al compromiso profesional de todos los miembros de la familia, la agitación de la vida moderna, sobre todo urbana, la omnipresencia de la TV y el recurso permanente a otros medios visuales y auditivos de comunicación social, que difunden costumbres y convicciones ajenas o contrarias al cristianismo, dificultan la transmisión de la fe a los hijos, y hacen muy difícil el diálogo y la unión de todos en el hogar”.

Hoy más que nunca la familia cristiana debe ser la lámpara sobre el monte y debe iluminar a muchos. Se necesitan verdaderas familias que sepan vivir fielmente su amor nupcial, que es reflejo y signo del amor trinitario de Dios. Hay que mostrar familias que delante de las dificultades saben abrazar la cruz, experimentando que el amor puede renacer siempre, entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos. Entonces, Dios mismo puede hacerse presente en sus casas.

El mundo verá una familia atrayente, y querrá seguir su ejemplo. Y así se encontrará con Cristo mismo, hecho presente por el amor familiar. Y Él se abrirá camino entre las otras familias, Él las conducirá a su designio original. Dar testimonio, ser visibles. Donde se realizan las palabras de Jesús:

“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”
(Mt 18,20)

La familia necesita re-encontrarse, buscar su propio espacio, donde cada integrante se sienta valorado por ser quién es, donde cada uno se sienta libre de expresar lo que siente, lo que piensa, manifestar sus ideales. Conversar, dialogar, también orar.   Pero el diálogo no se improvisa, sino que se construye desde las pequeñas cosas que compartimos cada día.

“Dialogar” quiere decir encontrarse entre personas de ideas diferentes. Requiere conocer todo del otro, el sentido que tiene para él ser de un cierto país, región creencia, cultura, generación, clase social, etc.

Para lograr un diálogo abierto y sincero, hay que hacerlo con tranquilidad, sinceridad, amor y total desprendimiento. El amor anula resentimientos de odio, luchas y prejuicios.

Más aún en la familia donde se plantean siempre muchas interrogantes: ¿qué hacer ante determinada situación? ¿cómo amarnos siempre, incluso cuando corresponde corregir?

Dice un pensador: “Amar es bueno; saber amar es todo”. Sí, saber amar, porque el amor cristiano es un arte y este arte hay que conocerlo.



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“Familia: escuela de  amor”

Matrimonio......”no estoy preparado para el compromiso”, “cada vez se casa menos gente”, “antes tenemos que disfrutar de la vida”, “los hijos nos quitarán libertad”.........

Estas son frases que muchos hemos escuchado en conversaciones de jóvenes e incluso entre adultos que han decidido no casarse. También a diario, por medio de la televisión y de las revistas vemos que los “famosos”, muchos de ellos ídolos de los jóvenes, niños, se casan con gran pompa y luego de pocos meses se separan con mucha difusión en los medios de comunicación.

Nos preguntamos ¿Quién publica cuando un matrimonio cumple 20, 30 o 50 años de unión?, ¿Quién difunde la historia de una familia que tiene tres generaciones que aún se reúnen a compartir el almuerzo dominical, los cumpleaños, las fiestas religiosas?

La familia cristiana –padre, madre e hijos- está llamada, pues, a cumplir sus objetivos no como algo impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si éstos permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, Él no dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con ÉL para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida

Benedicto XVI, V Encuentro Mundial de la Familia, Valencia, España 2006.

Los novios que enamorados piensan en unir sus vidas sueñan románticamente con el matrimonio religioso. Todo lo que ello implica desde la legítima mirada humana, como es unir a la familia y a los amigos en torno a este momento tan significativo para su vida, es sin duda, un instante que preparan con esmero y dedicación. Por otro lado, muchos  novios dan este paso sin tener real conciencia de lo que significa que su amor se “selle” con el sacramento del matrimonio.

«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de a prole, ha sido elevado por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre los bautizados» (Catecismo de la Iglesia Católica N1601)

«De manera que ya no son dos sino una sola carne» (Mt 19,6)

 El matrimonio entre bautizados está fundado sobre los principios de la libertad: los esposos libremente deciden  unirse uno al otro; la exclusividad: es una unión entre un hombre y una mujer; la indisolubilidad porque es para siempre; la totalidad: porque abarca todo el ser del hombre y la mujer y la fecundidad porque esta unión está llamada a ser fecunda a través de la apertura a la vida de los hijos.

Con el sacramento del matrimonio también se nos regalan gracias especiales. Para entender mejor podemos graficar las gracias como una especie de  “seguro” (auxilio divino) que garantiza que frente a las dificultades que puedan tener en las distintas etapas de la vida familiar tendrán “una fuente” inagotable de bendiciones a la cual recurrir para apoyarse y salir adelante. Entre ellas están la Eucaristía que es para los católicos momento de encuentro pleno con Cristo; y el Sacramento del perdón: Dios perdona nuestras faltas y nos muestra su misericordia.  A ambas podemos recurrir cada vez que lo necesitemos, sea  para fortalecer el amor conyugal o para renovar la fuerza del amor para continuar con la tarea de santificación personal y del cónyuge.

Cristo es la fuente de esta gracia.  «Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos». (G.S. 48)  Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf. Gal 6,2), de estar «sometidos unos a otros en el temor de Cristo» (Ef 5,12) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. (Catecismo de la Iglesia Católica N1642)

La Misa dominical en familia

“La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración eucarística dominical es una pedagogía eficaz para comunicar  la fe y un estrecho  vínculo que mantiene la unidad entre ellos (...)

El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización  y el impulso  a la solidaridad...” (Benedicto XVI, Disc. Inaug. V Conf., n.4).

A imagen de la Sagrada Familia tenemos una misión, la tarea de ayudar a que otras familias descubran el ideal que las motive a formarse con el fin de estar preparados para defender esta institución de los múltiples ataques a los que está sometida. Debemos ayudar a que muchas familias sean auténticas y sanas, contribuyendo con ello a mejorar nuestra sociedad.

Si logramos proyectar que, aún con las dificultades propias de toda familia (cansancio, rutina, egoísmo, falta de diálogo, etc.), salimos adelante con alegría porque Dios es nuestra fuente inagotable de fuerza, ánimo y amor, estaremos cumpliendo parte de esta misión evangelizadora, seremos testigos del amor de Cristo y lo verán quienes nos rodean.

¿Qué hacemos con esta buena noticia?

«Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia», es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, «que es como el alma de todo apostolado». (Catecismo de la Iglesia, N864)

Como matrimonio y como familia se nos invita a ser apóstoles de Cristo. Como mencionamos anteriormente, tenemos una misión evangelizadora, la responsabilidad de entregar el amor de Dios a nuestros hermanos. Muchos optan por hacer este apostolado al interior de la familia: mujeres que no trabajan fuera del hogar porque han descubierto en  su rol de madre y esposa la gran misión que Dios le ha encomendado, otros se sentirán plenos prestando algún servicio en la comunidad escolar como parte del acompañamiento en la educación de sus hijos o colaborando en la formación de otros matrimonios, etc. Existen variadas alternativas de apostolado en la familia, en lo social, en la parroquia, en el colegio o en el área de lo profesional prestando algún servicio relacionado con el trabajo.

Cristo nos invita a “entregarnos” también por los demás. Primero a nuestro(a) cónyuge, a los hijos y a la sociedad. Nos invita a que, como Iglesia, seamos alma de nuestra sociedad.


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“Familia misionera de la Vida”

Vivimos hoy un cambio de época en el cual la familia cristiana debe ser capaz de vivir plenamente su identidad: Familia: ¿Quién eres? ¿Qué estás llamada a ser? Nuestra sociedad necesita de este testimonio como una Buena Noticia  para la humanidad en la transmisión de valores, en la formación y educación de sus hijos, en la promoción de sus derechos, tomando conciencia con gran realismo de sus debilidades, pero también de su principal fortaleza que es su vocación al servicio de la vida.

Les queremos invitar a reflexionar, iluminados por el Espíritu Santo,  sobre cómo estamos sirviendo a la  “cultura de la vida” al interior de nuestra familia y fuera de ella.

“…En verdad, quien no protege la vida humana más indefensa, quien no la respeta ni le abre el camino hacia la sociedad, no puede decir que está a favor de la vida. Tampoco a favor de la mujer, que atenta contra sí misma y se daña seriamente, a veces para toda la vida, cuando cede a la presión social y acepta abortar. Éstas, y otras graves consecuencias, provienen de opciones a favor de la cultura de la violencia y de la muerte, presentadas con disfraces de progreso, emancipación y bienestar. Son la negación de la asombrosa verdad que ya sabemos por la ciencia y la teología. En efecto, los resultados de las más recientes investigaciones nos confirman que desde el instante mismo de la concepción, existe una nueva vida humana que clama por desarrollarse y nacer, y que desde el primer momento comienza a desplegar su autonomía, su extraordinaria riqueza y su admirable originalidad. Quienes en la práctica no quieren que se reconozca su dignidad sagrada de vida humana, pasan por alto el deber básico de una sociedad de respetar y defender derechos tan elementales como el derecho a la existencia y a la libertad…
…Pero optar por la cultura de la vida va mucho más lejos. Es un proyecto global para toda la sociedad. Es tener una especial solicitud, verdadero amor de predilección, por todos los que viven al margen de la existencia: por los más pobres, por los enfermos, por los que viven en soledad y por los que no encuentran empleo, por los inmigrantes, por los que han perdido su libertad, o caído en adicciones y en la desesperación. Es mejorar la calidad de la educación, de la salud, del descanso y de las relaciones humanas. Es crear nuevas fuentes de trabajo, humanizar las empresas y disminuir la brecha enorme que existe entre los más altos y los más bajos ingresos. Optar por la vida es optar por los niños y por la mujer, como también por la autoridad como instancia de apoyo subsidiario y de servicio. Optar por la vida es, irrenunciablemente, optar realmente por el “santuario de la vida”, es decir, por la familia y también por el matrimonio para siempre, y con ello, por la confianza, la ternura, la alegría y la fidelidad.
Pero bien lo sabemos, no hay opción por la vida que no conlleve mucha dedicación, y así mucha renuncia, en vista del bien de los demás. Es Jesucristo, (...) quien nos dice que el Buen Pastor da su propia vida para que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia. Es ésta la calidad de vida que buscamos para el país y para los constructores de la sociedad cuando comenzamos a preparar la celebración de nuestro bicentenario. Entre nosotros no debe primar la contracultura del egoísmo y de la muerte, sino la cultura de la generosidad y de la vida…”

(Homilía del Arzobispo de Santiago, Monseñor Francisco Javier Errazuriz Ossa, pronunciada en el Te Deum de Fiestas Patrias 2000)

“La familia es el valor más querido por nuestros pueblos. Sobre todo de la familia dependen la cultura, la superación de la pobreza y la transmisión de la fe. El Reino de la vida, el amor y la paz tienen su cuna en el seno de la familia, en la bondad, la fe y la sabiduría de los padres de familia, en el respeto a la mujer, en la consagración de ambos al bien de todos y en la solidaridad de la comunicación de bienes materiales y espirituales”

( Nº 261 del Documento Síntesis de los  aportes recibidos para la  V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 2007)


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La paternidad al servicio de la vida

Ser padres es una tarea apasionante y un gran desafío. Significa participar y promover el proceso del desarrollo de los hijos haciendo posible la actualización de las potencialidades que los niños traen al nacer. Sobre todo, los padres son los primeros y más importantes colaboradores de Dios en la formación de los hijos, y en ese sentido es un don.

Es importante que los padres funden su paternidad en principios que son objetivamente verdaderos, que propenden al bien de los hijos, se trata de que los padres se sientan actores de su paternidad; tarea, vocación, misión que les pertenece y no que les es impuesta desde fuera; que son ellos los que están guiando el crecimiento y desarrollo de sus hijos y no que son manejados por las circunstancias.

Cuando la paternidad se ejerce en plenitud y con legítima autoridad, favorece el crecimiento personal en los padres y contribuye al sentimiento de autorrealización.

Pero no es tarea fácil, ya que el ser padre o madre se aprende siendo; se forja en el contacto con el niño, a través de los gestos, miradas, palabras; se construye a través de los pequeños detalles de la vida diaria para los cuales no existen recetas, sino gruesas orientaciones.

Es importante considerar que la paternidad no depende sólo de los padres; es una relación que también está matizada por muchos otros factores: temperamento del niño, circunstancias particulares de vida en ese momento, situación laboral, económica, hechos históricos personales, familiares, comunitarios y nacionales.

Lo que es adecuado para un niño, no necesariamente será adecuado para otro hijo, ya que cada uno es una persona, única e irrepetible.

Quisiéramos que todos nuestros niños vivieran en el seno de una familia que lo ama, que lo nutre, no siempre esto es así, no obstante, muchos niños parecen estar provistos de una fuerza especial que los protege de las malas condiciones ambientales y hay logros del desarrollo que alcanzarán basados en modelos positivos, no siempre encontrados en testimonios de familiares cercanos.

Los hijos son el regalo más hermoso del amor matrimonial. Son fuente de innumerables alegrías y de sorprendentes emociones. Como padres ponemos las condiciones biológicas para engendrarlos, pero en el mismo instante de su concepción, Dios infundió en esa semilla de vida un alma espiritual. La Divina Providencia previó los talentos y la originalidad de cada uno de nuestros hijos. Dios los amó desde toda eternidad y en el momento preciso decidió que existieran, y desde ese momento nosotros fuimos sus instrumentos.

Considerar a nuestros hijos un regalo de Dios nos lleva, en primer lugar a profesarles un gran respeto, la que es expresada como una actitud que permite que el otro sea quien es y que con actitud de servicio y delicado tino, lo ayude a ser lo que debiera ser. El amor y cuidado por los hijos se convierten, entonces, en servicio a su originalidad; en apoyo para que ellos desarrollen las potencialidades que Dios puso en su alma. Un amor que les regala alas, les da libertad; nunca los “ahoga” con excesivos cuidados.

Nuestra visión de fe, permite ver nuestra paternidad subordinada a la paternidad de Dios. Es así como el ejercicio de la autoridad es radicalmente dependiente de Dios. Él es quien nos ha hecho partícipes de su poder, de su sabiduría, de su amor, Dios quiere que seamos una viva imagen suya, a fin de que ellos puedan experimentar en nosotros su presencia y acción.

La maternidad:

La maternidad biológica y espiritual convierten a la mujer en la educadora y servidora de la vida por excelencia; ella  es quien acoge y engendra vida, la que transmite los valores, que el niño recibe desde la cuna.

La madre crea el ambiente de hogar, su gozo es compartir lo grande y lo pequeño. Las alegrías y penas, también los trabajos y problemas.

La mujer amamanta al hijo con su cariño y alimento; lo educa, le enseña y lo prepara para salir al mundo

La característica principal de una madre es la donación de sí misma, para acoger en lo más íntimo, desde el corazón, dispuesto desde su origen al llamado del amor. Las características que se requieren para poder donarse son la humildad, para buscar el bien de cada hijo; tener la apertura y tranquilidad para acoger a cada hijo en su realidad particular; tener un silencio acogedor  que la ponga en contacto con su interioridad para poder reflexionar con lo que ocurre a si misma y a su alrededor; fortaleza  para ser mujer contracorriente, que se mantiene fiel a sus valores y principios, todo lo anterior acompañado de paciencia  para aceptar que los tiempos de cada uno son distintos.

La paternidad:

Se ha dicho que la familia debe ser “escuela de amor”,  que la familia sea de verdad el ámbito donde la persona nace, crece y se educa para la vida, y donde los padres, amando con ternura a sus hijos, los van preparando para unas sanas relaciones interpersonales que encarnen los valores morales y humanos en medio de una sociedad tan marcada por el hedonismo o la indiferencia religiosa. Para cumplir su trascendental misión debe estar sólidamente fundada en el padre y la madre, si uno de estos pilares no ejerce  correctamente su función, se estremece y resquebraja todo el edificio.

Ser padre, está dado por el acto constitutivo de engendrar vida, lo cual implica ser responsable de ella, así la culminación de la paternidad es el logro de la máxima realización del hijo, su plena autonomía y dignidad.

El ejercicio de la paternidad es una invitación a desarrollarla en varias áreas:

El apoyo emocional de los hijos: en el que el padre ejerce su paternidad a través del servicio  abnegado y lleno de respeto al hijo, infundiendo seguridad, fe, confianza en la vida y en sí mismo, para sacar las fuerzas para hacer su propio camino en la vida. El padre, como principio de vida, está llamado a ser reflejo del poder del Dios Creador, a ser roca sobre la cual se sustenta sicológicamente la autoestima del hijo. El hijo debe sentir que su padre lo quiere y lo comprende, que se deja tiempo para el y que está abierto al diálogo.

El padre como puerta al mundo: el padre “lanza” al hijo al mundo, lo introduce en el mundo transmitiéndole y mostrándole una cosmovisión, arriesgándolo y confiándole responsabilidades. El padre debe mostrarle horizontes y animarlo a soñar con ideales. Una auténtica paternidad procura a que el hijo aprenda por si mismo, que se atreva a decidir y a realizar cosas sin temor a equivocarse o al fracaso.

El padre estimula el crecimiento del hijo con su ejemplo: En la mente y el inconsciente del hijo queda grabado de modo indeleble la imagen paterna, las costumbres de su padre, su manera de enfrentar la vida, sus relaciones sociales y familiares, su relación con la mamá, con sus hermanos y con Dios.

Quizás el aspecto más importante de la paternidad consiste en poner la máxima atención y esfuerzo en mantener y afianzar un matrimonio armonioso. Este logro trae infinitos beneficios para los hijos, ya que potencia a ambos cónyuges. Así una mamá que se siente valorada, amada, entendida, protegida y apoyada por su marido es mucho mejor mamá y tendrá más claridad, paciencia y dulzura para ejercer su maternidad.

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