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Celebración con Niños

  • Cómo educar en la fe a nuestros hijos
    Eliana Araneda de Palet
    Equipo para la Pastoral de la Infancia-CECH


Hasta hace poco, la formación religiosa de nuestros niños había quedado exclusivamente en manos del colegio o de la parroquia. A estos dos instancias acudían los padres cuando deseaban que sus hijos fueran preparados para los sacramentos de la eucaristía, de la reconciliación o fueran formados en los valores de Jesucristo y de la moral cristiana.

Sin embargo, hoy los padres lentamente empiezan a tomar conciencia de la ineludible misión de ser “los primeros y más importantes educadores de sus hijos”. Esta afirmación en que ha venido insistiendo la Iglesia Católica durante estos últimos años está, poco a poco, haciéndose realidad entre los padres que se declaran católicos. Sólo que ante este nuevo desafío se preguntan inquietos y confundidos cómo y por dónde empezar a educarlos en la fe de Jesucristo.

Con el propósito de ir ayudando a los padres que, con buena voluntad y auténtico deseo quieren involucrarse en la educación religiosa de sus hijos, queremos entregarles algunas pautas de cómo lograrlo con cierto éxito, sin dejar de afirmar que, es el Espíritu Santo, quien en definitiva, hace brotar las semillas de la fe que nosotros los adultos podamos colocar en el corazón de los niños.

Tres afirmaciones fundamentales para tener en cuenta en esta tarea. Educar en la fe no sólo consiste en enseñar al niño a rezar o en leerle la Biblia. Es mucho más que eso. Porque la fe, más que una serie de conocimientos y fórmulas sobre Dios es una experiencia de vida. Educar religiosamente a un niño consiste en acercar a su corazón y a su mente la figura amorosa del Padre, del Creador Todopoderoso, del hijo de María, Jesucristo, Hombre y Dios al mismo tiempo y del Espíritu Santo, presente y actuante en medio del mundo. Pero también educar en la fe es enseñar a apreciar, valorar y agradecer la entrañable comunidad de la familia, las maravillas de nuestro cuerpo, el tesoro que son nuestros amigos, las oportunidades valiosas del trabajo y la recreación, los talentos propios y ajenos, los encantos sorprendentes de la naturaleza, porque todo esto, en definitiva, procede de Dios y son regalos suyos a la humanidad...

En segundo término más que los contenidos mismos es importante la forma cómo los entregamos, el clima de afecto, confianza y alegría que sepamos crear alrededor nuestro al hacerlo, de modo que constituya una experiencia rica y significativa para los niños. Todo aquello que se nos ha enseñado en una relación de cariño y confianza permanece para siempre en la hondura de nuestros corazones.
Dedicar unos minutos al finalizar el día, por ejemplo, en un ambiente físico de sosiego y silencio, de complicidad amistosa, será propicio para conversar, rezar, cantar, trabajar u observar algún libro o lámina con nuestros hijos.

En tercer lugar, la consecuencia de vida en esta tarea de educar, es fundamental para ser testimonios creíbles frente a nuestros hijos. No podemos afirmar o decir algo y hacer lo contrario. El secreto de una buena educación religiosa reside en la autenticidad del ejemplo, en la concordancia entre lo que se dice y lo que se hace. Nuestras palabras podrán olvidarse, y de hecho los niños la olvidan fácilmente, pero nuestros comportamientos no los olvidan. “Es más importante poner a los niños en contacto con lo que somos que en contacto con lo que decimos”.


Eliana Araneda de Palet