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Para vivir la Pascua

Cuando en la vigilia pascual, el sacerdote marque el año en curso sobre el cirio, señale las cinco llagas de Cristo y lo encienda con el fuego bendecido, entraremos una vez más en el misterio más hondo de nuestra fe. En nuestro mundo, en el que conviven la vida y la muerte, Cristo glorioso, muerto y resucitado, centro de la fe, de la vida y de la liturgia, es la certeza de la victoria de la luz sobre las tinieblas. Eso es lo que querremos significar cuando la luz del cirio se vaya difundiendo por la asamblea que celebra y, desde ella, por todas las realidades que necesitan de resurrección.

Ver para creer

La celebración de la Resurrección no tendría fuerza si no fuésemos conscientes de la muerte. Sin “ver” las muertes que nos rodean, no podríamos “creer” de verdad en Cristo victorioso sobre la muerte y el pecado. Nuestra fe no tendría sentido. Por eso la Cuaresma, tiempo de preparación personal y comunitaria a la Pascua, nos permite tomar conciencia de las fuerzas de muerte de nuestra sociedad y de nuestra vida personal en cuarenta días de mirada atenta y creyente al corazón y a nuestro alrededor.

Ver los signos de muerte que hay en nuestro propio interior y en el mundo no es pesimismo, sino un esfuerzo por mirarlo todo con los ojos de Dios, que está atento al clamor de los que sufren y a lo que destruye su proyecto de amor y salvación. Él es un Dios que ante todo quiere nuestra plenitud, la superación del dolor y del pecado, y la felicidad de todos sus hijos.

Convertirnos al Evangelio

La mirada que sabe descubrir los signos de muerte es capaz de anhelar la vida y celebrar la Resurrección. Es capaz de convertirse. El Miércoles de Cenizas, cuando iniciemos el itinerario cuaresmal de preparación a la Pascua, se nos impondrá la ceniza en la frente, como signo del camino de conversión. Una de las fórmulas que acompaña el gesto dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Son palabras de Jesús tomadas de Mc 1, 15, cuando inicia su predicación, proclamando la cercanía del Reino y la necesidad de cambiar de vida. La conversión, esfuerzo permanente de todo creyente, es  aprender a vivir según los criterios de Dios, revelados en Jesús y en su Evangelio.

Esta Cuaresma es una nueva oportunidad que el Señor le regala a su Iglesia para cambiar de vida, de actitud, y de mente. Pero ello sólo es posible si sabemos “ver” hacia dentro de nosotros mismos y hacia lo que nos rodea: familia, trabajo, barrio y ciudad, país y mundo. Allí descubriremos los signos de la cruz y los signos de la luz. Descubriremos que Cristo sigue muriendo y resucitando, que la Pasión continúa pero que al mismo tiempo la Resurrección ilumina toda la historia desde la sencillez de pequeños signos de vida.

Signos de la Cruz

La Cuaresma y la Pascua nos invitan, en cambio, a mirar ese diagnóstico con los ojos de Dios, desde la cruz de Jesucristo. Ellos nos permitirán ver, a la sombra de las cifras optimistas y de las proyecciones promisorias, sin negarlas pero ampliando el ángulo de visión, a los pobres y a los tristes que están al margen del modelo exitoso. Y también a tantos otros sufrientes a quienes puede no faltarles lo material, pero sí el amor. No son pocos, y aunque fuesen dos o tres en quince millones, son nuestros hermanos. Y son los predilectos del Señor.

Si no vemos a nuestros hermanos que no tienen acceso a la educación y a los bienes culturales; si no somos conscientes de la creciente desigualdad que divide a nuestro país en grupos cerrados y sin comunicación; si no reaccionamos ante la avaricia y la falta de solidaridad, ante las descalificaciones y la dificultad de valorar al otro; si no ponemos atajo al individualismo consumista, a la soberbia de creernos mejores que otros, a la desconfianza mutua en todos los ámbitos, desde el barrio hasta la política; si no condenamos los brotes de inmoralidad que han aparecido en los casos de corrupción, de pedofilia y de tantos otros; si no reconocemos nuestras propias complicidades en el descuido de la naturaleza y de los recursos que son de todos, en la contaminación de nuestro aire, de nuestros ríos, mares, ciudades y campos; si no “vemos” todo esto y no ponemos nuestro corazón en actitud de conversión, no podremos celebrar realmente la Pascua, la irrupción de la vida, y nos habremos quedado en una oscuridad que el cirio no tendrá fuerza para iluminar.

Todos estos signos de muerte nos permiten mirar el interior de nuestro propio corazón y nuestras comunidades, y descubrir si estamos abiertos a los demás o encerrados en nosotros mismos, si somos manipulados por los modelos culturales dominantes o si luchamos contra ellos. La conversión parte por la conciencia de los signos de muerte personales y sociales.

Signos de la Luz

Para los cristianos no hay cruz sin Resurrección, no hay muerte sin vida. Por eso la Pascua, que no es un mero hecho del pasado de Jesús de Nazaret, sino un hecho del presente de todos nosotros, resplandece en signos luminosos, aunque sean pequeños. Ellos nos hablan de un Dios vivo y salvador, e interpelan nuestra coherencia con el Evangelio al hacernos constructores de un mundo nuevo, según los criterios de Dios.

Basta elevar un poco el cirio pascual, de modo que ilumine los rincones que normalmente no apreciamos y que no suelen hacer noticia, y allí veremos a voluntarios en las más diversas tareas solidarias, a jóvenes y adultos generosos que regalan su tiempo libre para construir techos y casas, para atender niños, enfermos y abandonados, para dar alimento, calor y un momento de amistad a los habitantes de las veredas, puentes y calles; veremos a muchos hombres y mujeres que buscan a Dios y se abren a la trascendencia en un mundo esclavo de lo material y lo inmediato; veremos el desborde espontáneo de generosidad de miles de chilenos ante las emergencias desastrosas; veremos a tantos padres que se esfuerzan hasta el límite para que sus hijos mejoren sus posibilidades y su calidad de vida; veremos la capacidad festiva inagotable, aun de quienes a menudo tienen poco motivo para festejar; veremos el lado luminoso de la globalización, la conciencia de ser una gran familia de hermanos destinada a la fraternidad y a la paz. ¡Veremos esto y tantos otros signos de vida!

Todos ellos, presentes ya en nuestro mundo, nos llevan a creer en un Dios que envió a su Hijo a darnos vida en abundancia. Nos ayudan a celebrar la Pascua con sentido, creyendo en la fuerza de la Resurrección porque somos conscientes de la fuerza de la muerte. La luz de Cristo, que alabamos en la noche de Pascua, realmente vence las tinieblas, porque la historia está ahora iluminada por la victoria de Cristo resucitado.

Pan para el camino

El itinerario cuaresmal, camino de cuarenta días, lo recorremos ayudados por el alimento de las prácticas tradicionales de este tiempo litúrgico: la limosna, la oración y el ayuno (Mt 6, 2.5.16). El ayuno, que es sobriedad de vida y privación del alimento en algunos momentos para significar con ello que el alimento verdadero no es el material, sino la Palabra de Dios, nos ayuda a centrar la vida en lo esencial; la limosna, que es solidaridad con el pobre y privación de lo superfluo para acudir en auxilio de quien no tiene lo necesario para vivir, nos abre a los hermanos y nos ayuda a luchar contra el individualismo y el autocentramiento; y la oración que es intimidad y diálogo con Dios, nutre nuestra fe y nos abre a las necesidades de los pobres y sufrientes.

La escucha atenta de la Palabra, pan cotidiano del creyente, es en este tiempo de Cuaresma acoger al mismo Jesús que nos dice: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. El cirio será la celebración de un esfuerzo renovado por cumplir esa Palabra.

Comisión Nacional de Liturgia
Conferencia Episcopal de Chile

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