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Llamados a la gratuidad, la alegría y la vida
P. Cristián Precht Bañados
Una hermosa peregrinación de fe, de esperanza y de amor, nos une en la vida ministerial y consagrada. Una peregrinación a la cual nos hemos integrado hace más o menos años, en comunión con la Iglesia Universal y nuestra Iglesia local.
Para nosotros, latinoamericanos, esta peregrinación incluye momentos de gracia, marcados por el magisterio de nuestros Obispos y confirmado por el carisma de Pedro. Cada uno de estos acontecimientos eclesiales nos ha traído llamados de conversión movidos por la inspiración del Espíritu Santo que habla a las Iglesias reunidas en oración. Medellín representó la urgencia de poner en práctica el Vaticano II, asumiendo las profundas contradicciones de un Continente católico-cristiano con las mayores desigualdades sociales del mundo. Puebla nos llamó a convertirnos a la opción preferencial por los pobres y a la opción, también preferencial, por los jóvenes. Santo Domingo hizo madurar en nosotros la urgencia por evangelizar la cultura e inculturar el Evangelio, lo que ya resonaba en la Iglesia desde los tiempos de Evangelii Nuntiandi. El Sínodo de América nos hizo volver a lo esencial, potenciando en nosotros el deseo y la necesidad del encuentro personal y comunitario con Cristo, fuente de conversión, de comunión y de solidaridad.
Hoy acogemos de manos de Dios el acontecimiento de Aparecida, en toda su riqueza y, sin pretender simplificar, nos hacemos eco de algunas invitaciones cruciales para todo el pueblo de Dios que, en esta meditación, quisiéramos leer particularmente en la perspectiva de nuestro ministerio pastoral. Se trata de noticias buenas, de verdaderos evangelios que enriquecen nuestras vidas.
1. El evangelio de la gratuidad: ser antes que hacer
El primer evangelio de Aparecida es que nos llama a ser antes que a hacer, a vivir como discípulos para poder ser misioneros. A ser apóstoles, a ser ministros, a ser presbíteros. Por eso, la primera invitación es a sentarnos junto al Maestro en torno mesa de la amistad –“los llamo amigos y no siervos” – para contemplar con asombro su Rostro luminoso, para escuchar sus palabras preñadas de Vida, para sentir sus gestos de amor y celebrar su presencia siempre viva.
Esta invitación fluye directamente de la elección personal del Señor cuando, después de pasar la noche en la montaña, orando por los que iba a elegir, nos llamó, a cada uno, antes que nada para estar con El. Es decir, para ser sus amigos, tal como lo hizo con los primeros discípulos que siguieron sus pasos, a quienes invitó a entrar en su casa, gesto primordial de acogida y amistad.
En nuestra vida habitual, superados como estamos por causa de la urgencia y magnitud de la misión, no sólo nos ponemos trabajólicos – yo pecador me confieso – sino que nos miramos con ojos utilitarios y poco gratuitos. Vemos a un laico maduro y pensamos que puede encabezar una comunidad, a una cristiana amante del Señor y la pensamos catequista, a un joven generoso y lo pensamos sacerdote… Es decir, vemos a la gente y pensamos para qué podrían servir; nos reunimos y, en vez de compartir todo lo nuestro, nos dedicamos a revisar nuestros planes de acción, y terminamos valorándonos por lo que hacemos o no hacemos, y no siempre por la calidad de nuestra vida, de nuestro ser…
El llamado a ser antes que hacer es un llamado a una mayor gratuidad con nosotros mismos y con los demás: a rescatar nuestros dones y talentos que, aunque por cierto son para los otros, en primer lugar queremos asumirlos desde una mirada eucarística, agradecida, y no desde la fatiga de una entrega utilitaria. El llamado a ser antes que hacer subraya la contemplación en nuestra vida ordinaria… Es la famosa contemplación en la acción… para encontraros con el Señor en cada persona, en el acontecer y también en el corazón de cada uno de nosotros donde el Espíritu habita como en su Casa…
En fin, el llamado a ser antes que hacer es una invitación a descubrir la sacramentalidad de la vida, en todas sus manifestaciones, comenzando por reconocer al Señor en los dones de las personas que nos rodean y a re-crearnos con ellos. De lo contrario, se nos produce un divorcio peligroso, que lo conozco porque muchas veces lo he vivido: la pastoral termina siendo “mi trabajo” y busco en otras partes a mis amigos, mis amigas, a mis hermanos y hermanas. Esa actitud también se demuestra, a veces – hablo como cura – en la ansiedad con que vivimos los lunes sacerdotales, las salidas a descansar o las escapadas a algún monasterio.
Está bien y muy bien entregar la vida: es la vocación más íntima de todos nosotros… casados o solteros, ministros o consagrados. Pero, no olvidemos, es necesario entregar calidad de vida y no los harapos de alguien que se ha olvidado de disfrutar la vida con Jesús. En palabras de Aparecida:
“El llamamiento que hace Jesús, el Maestro, conlleva una gran novedad […] En la convivencia cotidiana con Jesús […] los discípulos pronto descubren dos cosas del todo originales en la relación con Jesús. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro fue Cristo quien los eligió. De otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona.[…]
Jesús revela el tipo de vinculación que Él ofrece y que espera de los suyos. No quiere una vinculación como “siervos”, porque “el siervo no conoce lo que hace su señor”. El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que su discípulo se vincule a Él como “amigo” y como “hermano”. El “amigo” ingresa a su Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia, marcando la relación con todos. El “hermano” de Jesús participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre celestial, por lo que Jesús y su discípulo comparten la misma vida que viene del Padre […] La consecuencia inmediata de este tipo de vinculación es la condición de hermanos que adquieren los miembros de su comunidad”[1].
2. El Evangelio de la alegría
Hay un segundo llamado, también fundamental: es el llamado a redescubrir el Evangelio de la alegría, del gozo, de la bienaventuranza. O sea, a redescubrir el Evangelio, la buena nueva… esa que es siempre buena y siempre nueva… para evangelizar – como se nos dice – “por desborde de gratitud y alegría”.
“Esta prioridad fundamental es la que ha presidido todos nuestros trabajos, ofreciéndolos a Dios, a nuestra Iglesia, a nuestro pueblo, a cada uno de los latinoamericanos, mientras elevamos al Espíritu Santo nuestra súplica confiada para que redescubramos la belleza y la alegría de ser cristianos. Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Este es el mejor servicio -¡su servicio!- que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones”[2].
Esta actitud primordial que está inscrita especialmente en los primeros capítulos del Evangelio, sobre todo en San Lucas: “alégrate María… alégrate Isabel… no temas María… no temas José… alégrate Zacarías… alégrense los cielos… alégrese la tierra… les anuncio una gran alegría… en la ciudad de David… Alégrate Ana… alégrate Simeón…[3]”
Es la alegría desbordante de los últimos capítulos del Evangelio, los posteriores a la Resurrección, en que todos corren a anunciar lo increíble: “hemos visto al Señor[4]”… Los discípulos lo reconocen en el tono de su voz, en la fracción del pan, en sus llagas gloriosas, en el soplo de su Espíritu… y se llenan de gozo y de estupor…
“Nuestra alegría, pues, se basa en el amor del Padre, en la participación en el misterio pascual de Jesucristo, quien por el Espíritu Santo, nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda. Esta alegría no es un sentimiento artificialmente provocado ni un estado de ánimo pasajero. El amor del Padre nos ha sido revelado en Cristo que nos ha invitado a entrar en su reino. Él nos ha enseñado a orar diciendo “Abba, Padre”.
“Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado. Con los ojos iluminados por la luz de Jesucristo resucitado, podemos y queremos contemplar al mundo, a la historia, a nuestros pueblos de América Latina y de El Caribe, y a cada una de sus personas”[5].
Es la alegría de los santos, que no está exenta de realismo ni de preocupaciones, pero está habitada por la experiencia de una presencia mayor y más potente que nos asegura que no estamos solos, que nuestra vida tiene sentido, que somos entrañablemente amados, en singular, en particular, junto a cada hermano y cada hermana de nuestra fraternidad[6].
Es la alegría que brota del perdón. Cuando nuestros pasos se han alejado de las fuentes de la vida… qué pena, qué dolor, qué angustia, qué temor… sentimos en esa lejanía. ¡ Qué paz y qué perdón, en cambio, nos regala cada absolución ! “Consolad a mi pueblo… miren mis llagas, toquen mis llagas… la paz esté con Uds.”…
De ahí esa exhortación paulina llena de sentido y de esperanza:
“Tengan siempre la alegría del Señor. Lo repito: estén alegres. Que todos reconozcan lo bondadoso que Uds. son. El Señor está cerca. No se preocupen por nada. Antes bien, presenten sus peticiones al Señor con oraciones y súplicas, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera la inteligencia humana, custodie sus corazones y sus mentes, por medio de Cristo Jesús”[7].
Más aún, la invitación de Aparecida es, a evangelizar por contagio… por el boca a boca de la alegría… por la sonrisa en los labios y el gozo de la Eucaristía… por la mano que se estrecha y la comunidad que se encuentra… Es un llamado a superar el agobio porque hemos encontrado nuestro re-poso (y no sólo nuestro descanso) en la amistad con el Señor… y como San Juan, aún en medio de la Cena y previo a la traición, hemos vuelto a reclinar la cabeza en el Señor.
3. El evangelio de la Vida
Ahora bien, cuando realizamos la experiencia de la gratuidad, de la amistad con el Señor y de la alegría de su Evangelio, lo normal es sentir el deseo interior de comunicar a otros lo que hemos visto y oído:
“Cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo”[8].
En otras palabras, la misión no es optativa: es simplemente la otra cara del discipulado. No se trata de preguntarnos si quiero o no quiero ser misionero, si quiero o no quiero dar testimonio. Por la gracia del Bautismo, de la Confirmación soy testigo, soy enviado, soy apóstol. En la escuela de los primeros discípulos la misión consiste en contar al que hemos encontrado. Es lo que hace la Samaritana y los discípulos que creyeron en la resurrección. Es el desborde de alegría de los que saben que la muerte ha sido vencida. Es la pasión de quien ha recibido una buena noticia y simplemente no la puede callar: “¡Ay de mi si no evangelizare!”…
“el discípulo, fundamentado así en la roca de la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva. En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”[9]. Esta es la tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana”[10].
¿Cuál es, entonces, el objetivo de nuestra misión ?
Como lo acabamos de decir: la misión consiste en anunciar el Nombre, la persona, el misterio, la palabra, el ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Podemos hacerlo de muchas maneras y bajo muchos aspectos. Sin embargo, la Iglesia reunida en Aparecida nos pide que hoy lo anunciemos en su rasgo más central, en su misterio pascual. Hoy queremos anunciar al Señor Jesucristo que es la Vida: mi vida, nuestra vida, vida del mundo.
Lo nuestro será dar a conocer, con amor y alegría, al Señor que es LA Vida…para que nuestros pueblos tengan vida, para que cada comunidad tenga vida, para que cada persona tenga vida y la tenga desbordante… Y hacerlo en el contexto en que se desarrolla nuestra propia vida, sin idealizar y sin esconder el dolor de lo adverso: la cruz presente en nuestra vocación y nuestro ministerio. Al revés, el anuncio de la cruz es poder de Dios para los que han creído en Jesús. Es un portento que ayuda a entender mejor por qué Jesús es la Vida del mundo: precisamente porque ha asumido la cruz y ha vencido la muerte para siempre[11].
Anteriormente, y tal vez por muchos años, desarrollamos la misión en un ambiente que nos cuidaba, aun físicamente, y que apreciaba nuestras vocaciones. Hoy lo hacemos en un contexto más secular y en muchos sentidos más adverso debido a la cultura vigente.
Sin embargo, si hiciéramos una descripción más detallada de la cultura en que vivimos, encontraríamos que muchos de sus rasgos son también tendencias de nuestra manera de ser pues nosotros somos hijos y no meros espectadores de esta cultura. Por lo mismo, los rasgos que debemos conocer del mundo que nos rodea son, en parte, los rasgos de nuestro propio corazón y de la cultura eclesiástica en que también vivimos. Se nos pega con facilidad el individualismo, la mirada utilitaria de las personas, la sensualidad ambiente, la dificultad de vivir compromisos para siempre en un mundo que subraya lo efímero, etc. Esto debe llevarnos a una sana autocrítica de la manera como vivimos nuestras vocaciones y realizamos la misión. De ahí que con mucha más fuerza necesitamos abrazar a Cristo, vida nuestra, y sumergirnos en el Evangelio de la Vida para poder anunciarla a los demás.
“La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana “en su dimensión personal, familiar, social y cultural”. Para ello, hace falta entrar en un proceso de cambio que transfigure los variados aspectos de la propia vida. Sólo así, se hará posible percibir que Jesucristo es nuestro salvador en todos los sentidos de la palabra. Sólo así, manifestaremos que la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza. Porque “Él es el Viviente, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta”. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera”[12].
En fin, para anunciar con alegría a Jesucristo Vida del mundo o, en otras palabras, para a nunciar “el Reino de la Vida” que se realiza plenamente en Jesucristo, tenemos que estar atentos a dos leyes que contribuyen a transparentar mejor nuestro anuncio.
La primera “ley” es que la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa. Por esa razón no hay auténtica vida evangélica sin comunidad, sin Iglesia. Y, como queda claro, esta comunidad requiere de dos adjetivos “fraterna” porque somos hermanos en Jesús y, por lo mismo, no nos debemos a otras categorías en que la sociedad nos divide por color, raza o condición. Pero también debe ser “justa”, para reconocer y procurar a cada cual lo que le corresponde, pero justa también en su sentido más profundo. Es decir, santa.
“Descubrimos, así, una ley profunda de la realidad: la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa. Porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos”. Ante diversas situaciones que manifiestan la ruptura entre hermanos, nos apremia que la fe católica de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños se manifieste en una vida más digna para todos. El rico magisterio social de la Iglesia nos indica que no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social[13]”.
La segunda “ley” es que la vida es la única realidad que sólo se acrecienta cuando se comparte, cuando se da, como sucede en la maternidad que no disminuye a la madre. Muy por el contrario, la enriquece, la alegra, la proyecta:
“La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás. El Evangelio nos ayuda a descubrir que un cuidado enfermizo de la propia vida atenta contra la calidad humana y cristiana de esa misma vida. Se vive mucho mejor cuando tenemos libertad interior para darlo todo: “Quien aprecie su vida terrena, la perderá”. Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión”[14].
4. En la escuela de María
El Evangelio de la gratuidad, el Evangelio de la alegría, el Evangelio de a Vida… terminan siendo una gran invitación a la misión… con estas características en su trasfondo… Estas actitudes fundamentales pueden liberarnos de un simple activismo y ayudarnos a tomar en nuestras manos nuevas formas de anunciar el Evangelio y de reformar las estructuras que ahogan en vez de transparentar la vida.
“La fuerza de este anuncio de vida será fecunda si lo hacemos con el estilo adecuado, con las actitudes del Maestro, teniendo siempre a la Eucaristía como fuente y cumbre de toda actividad misionera. Invocamos al Espíritu Santo para poder dar un testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir, como Jesús lo hizo. Él sigue convocando, sigue invitando, sigue ofreciendo incesantemente una vida digna y plena para todos. Nosotros somos ahora, en América Latina y El Caribe, sus discípulos y discípulas, llamados a navegar mar adentro para una pesca abundante. Se trata de salir de nuestra conciencia aislada y de lanzarnos, con valentía y confianza (parresía), a la misión de toda la Iglesia”.
“Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea”[15].
Esto nos lleva a detener nuestra mirada en María, primera discípula y misionera. Esta invitación conmueve el corazón de un pueblo mariano que, incluso entre agnósticos y no creyentes, confiesan su devoción y cariño. En su Escuela se ha realizado lo mejor de la evangelización desde su aparición en Guadalupe y su hallazgo en Aparecida. En su Escuela se ha fundado nuestra Patria y se han formado generaciones de creyentes desde antes de nuestra Independencia. En su Escuela queremos formar esta Iglesia discipular y misionera, agradecida y servidora de la vida. Y en su Escuela queremos dar a luz a Jesús para las generaciones actuales que buscan y buscamos cómo vivir, para qué vivir, para quién vivir.
“Detenemos la mirada en María y reconocemos en ella una imagen perfecta de la discípula misionera. Ella nos exhorta a hacer lo que Jesús nos diga (cf. Jn 2, 5) para que Él pueda derramar su vida en América Latina y El Caribe. Junto con ella, queremos estar atentos una vez más a la escucha del Maestro, y, en torno a ella, volvemos a recibir con estremecimiento el mandato misionero de su hijo: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19). Lo escuchamos como comunidad de discípulos misioneros, que hemos experimentado el encuentro vivo con Él y queremos compartir todos los días con los demás esa alegría incomparable”[16].
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