Le invitamos a vivir un momento de paz en nuestro espacio de oración.

Disponga su cuerpo y mente para reflexionar en torno a la figura de María.

Jueves 07 de Diciembre del 2017
   Momento de la Palabra

Testimonio de la vida de nuestra Iglesia

El sacerdote José Kentenich, fundador de la Familia de Schoenstatt, visitó nuestra patria entre 1947 y 1952, y quedó impactado del cariño que nuestro pueblo le profesaba a la Virgen. Mirando la imagen de la Inmaculada que corona Santiago, desde el cerro, nos dejó esta maravillosa meditación: “Ella quiere ser la gran Educadora. Su guía y su labor de Educadora nos las revela cada vez que miramos arriba, al cerro y vemos la Inmaculada. Es extraordinariamente simbólico y pleno de sentido que ella quiera erigir su taller de formación abajo, aquí, en el valle. Parece ser una concepción enteramente original de los pueblos hispánicos el ver a María como la Virgen, como la gran Inmaculada. Nuestro santuario (de Schoenstatt) quiere, sin embargo, traernos a la conciencia que no se formarán personas virginales-maternales si la Santísima Virgen, la gran educadora maternal, no ejerce su poder, en la vida del pueblo chileno” (20 de mayo de 1949).

Palabra de Dios: Lucas 1, 26-28

En el sexto mes, Dios envió al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen comprometida para casarse con un hombre llamado José, de la descendencia de David. El nombre de la virgen era María. El ángel entró a donde ella estaba y le dijo:

«¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!».

Comentario

Los “talleres en el valle” como dice el P. Kentenich, son nuestros hogares, los lugares de nuestros trabajos. Ahí se revive Nazaret, hogar y taller, donde creció Jesús, junto a María y José.

Durante este mes, hemos recorrido los misterios de nuestra fe y hemos dado gracias por el infinito amor que Dios nos tiene y que se manifiestan en Cristo, Señor de la historia. Hacia Él miramos, en Él nos sostenemos. Hacia Él nos conduce María, nuestra madre.

Queremos, con María, invitar al Señor a que se quede todos los momentos de la vida junto a nosotros. Que en ellos esté nuestro altar diario, el centro de nuestro día. Que el Padrenuestro y el Avemaría sigan marcando nuestra acción y nuestro descanso.