Nos anima, como a muchos en Chile, trabajar por una sociedad sin exclusiones. No queremos sumar niños no nacidos a la lista no pequeña de personas y grupos que Chile deja fuera de su mesa, y que como ha dicho el papa Francisco son como seres "descartables". Como hemos señalado en nuestra anterior Carta Pastoral, "en una cultura donde se nos valora por las competencias y el dinero, el cristianismo nos enseña, aunque no siempre hayamos sido fieles a lo que profesamos, a defender la dignidad humana sin condiciones. Eso nos obliga a integrar al marginado, a cuidar del enfermo y a darle valor al desvalido porque son plenamente seres humanos".





Mensaje de la Conferencia Episcopal de Chile en torno al proyecto de ley sobre despenalización del aborto, Derecho humano a la vida, a una vida digna para toda persona, 25 de marzo de 2015.

Desde la vida y enseñanza de Jesús, de donde emana nuestra concepción cristiana de la persona humana, defendemos la vida de los más débiles como son el niño en el vientre de su madre, así como de los enfermos también jóvenes, de los adultos mayores debilitados por los años y el sufrimiento, a quienes en vez de una muerte buena y digna se les quiere ofrecer, una opción que jamás será solución: la decisión de quitarle o de quitarse la vida. Nos hace bien recordar el mandamiento que reserva la vida humana a Dios, sustrayéndola a la decisión del ser humano: “no matarás”.





Conferencia Episcopal de Chile, Mensaje de los Obispos al pueblo de Chile (Documento conclusivo 108ª Asamblea Plenaria CECh), 14 de noviembre de 2014.

La libertad es una calidad del alma que nos permite ser tan dueños de nosotros mismos como para hacernos capaces de morir por los otros. Dijo Jesús: “Nadie me quita la vida, yo la doy libremente” (31). Él mismo nunca fue tan libre como cuando estaba clavado en la cruz, perdonando, asumiendo y compartiendo el dolor de todos los que sufren.

En nuestra cultura exitista estamos desarmados ante el fracaso y el dolor. Se nos enseña a triunfar y nos inculcan la necesidad imperiosa de tener éxito a cualquier precio. Con eso quedamos inermes ante la debilidad. Sin embargo, tarde o temprano todos lloramos, todos tenemos miedo y sufrimos. El actual humanismo, severamente marcado por la cultura individualista, exitista y competitiva que nos impone la globalización, suele estar desarmado ante el dolor físico, moral y espiritual, ante la soledad, la vejez, la enfermedad y la muerte.

Es esencial reelaborar esta dimensión ineludible de la existencia humana. Cuanto más una cultura nos ayude a secar nuestras lágrimas sin eludirlas, más sólida será su fortaleza. Jesús en la cruz nos enseña a procesar el dolor, y su resurrección puede darle sentido al sufrimiento. No se trata de fomentar una cultura del dolor sino de una cultura que dé sentido a la existencia en todas sus dimensiones y no se limite a dar analgésicos pasajeros.





Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile, Carta Pastoral “Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile”, 27 de septiembre de 2012.