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LA MIGRACIÓN FEMENINA EN CHILE
Ella también está en mi casa

En la Casa de Acogida Scalabrini de Santiago pasan cada día más de cien migrantes de los cuales el 90% son mujeres, y la mayoría son peruanas. Aquí brindamos servicios de asesoramiento para sus trámites de visa y problemas laborales, orientación religiosa, escuela de asesoras de hogar, alojamiento, comedor y bolsa de trabajo. También escuchamos sus dificultades, dolores, alegrías y logros. En los dos años que trabajo con ellas he conocido muchas historias, historias que se repiten y que revelan un fenómeno creciente, que es la migración femenina: las migrantes se ven obligadas a dejar su tierra para asumir el rol de proveedoras.

Ellas llegan llenas de ilusiones, con sueños y anhelos de superación. Vienen con la audacia de la necesidad, con la fuerza de ser portadoras de vida, con el ímpetu de la juventud que no se conforma ante la falta de oportunidades. Son jóvenes, adultas, maduras, mayores, no importa la edad, se lanzan igual con valentía. Son mujeres en movimiento, en búsqueda, con ansias de crecimiento, con gran capacidad de entrega y tenacidad. Su motivación principal es la familia, sobretodo por los hijos para que ellos tengan un futuro mejor.

Ellas están en las plazas, junto a nosotros, viven entre nosotros, están en nuestras casas, crían nuestros hijos. Son parte de ese gran número de mujeres trabajadoras de casa particular. Cuidan y limpian una casa que no es la suya, educan y se preocupan de niños que no son sus hijos como si lo fueran, muchas veces continúan en los trabajos, a pesar de algunas problemáticas, por los niños, porque se encariñan con ellos. Velan el sueño de ancianos que no son sus padres y que a veces están abandonados por su propia familia, sin embargo en su cultura los ancianos son personas de respeto y veneración y por ello se entregan con abnegación a su cuidado.

Sus rostros morenos revelan la gran cuota de sacrificio y dolor ante la separación familiar. Han dejado hijos, esposo, padres, hermanos, etc. Saben que no los verán en mucho tiempo, pero consideran que vale la pena si logran darles estudios superiores, si ahorran para la casa propia. Con gran fortaleza enfrentan cada día la tristeza y soledad que conlleva su situación. El costo puede ser alto, pues algunos lazos se rompen, muchos matrimonios no se reencontrarán, los hijos que dejaron pequeños después no las reconocerán como a sus madres.

Por ello es tan importante que se sientan acogidas, bien tratadas, reconocidas en su labor. Algunas familias las acogen como una integrante más, con cariño y respeto. Saben que su trabajo es de gran responsabilidad, porque es con seres humanos, reconocen en ellas su dignidad de personas, cuidan sus horarios y se logra un buen grado de confianza y amistad hasta con la familia de la empleada. Pero aún queda mucho que hacer en este aspecto, lograr hacer conciencia de que la empleada que contratamos es una persona con deberes y derechos con la cual compartimos nuestra intimidad, la vida cotidiana en la cual se va haciendo la historia de estas mujeres migrantes.

Hna. Virginia Peña Flores
Misionera Redentorista