Reflexiones en torno a la infancia

No sólo actividades para el Día del Niño; también algo de reflexión.

No basta colmar a los hijos de costosos, juguetes, paseos, comodidades y bienes materiales.
Mucho más que esto, los niños nos piden apoyo, caricias, cercanía, interés y preocupación ,

“Nunca he tenido que atender a un niño porque le faltan cosas... pero sí, a quienes les falta cariño, valores, presencia cercana del padre o de la madre”. ( una psiquiatra)

El recordado Papa Juan Pablo II nos decía : “No caigan en la tentación de asegurar a los hijos las mejores condiciones materiales a costa de vuestro tiempo y de vuestra atención, que necesitan para crecer en “sabiduría, edad y gracias ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52) Si queremos defender a nuestros hijos de la corrupción y el vacío espiritual, que el mundo presenta por diversos medios, rodeadlos del calor de vuestro amor paterno y materno y dadles el ejemplo de una vida cristiana” (Discurso del Papa en Polonia , 17.16. 1997)

Todo ser humano experimenta, a lo largo de su vida, una variedad de necesidades, que si no son satisfechas adecuadamente pueden acarrearle serias dificultades y problemas. Hay necesidades que son comunes a todo ser humano ( de ser amado, reconocido, escuchado etc.) y otras que dependen de la edad o etapa cronológica que se está viviendo. La satisfacción de estas necesidades contribuyen a un sano desarrollo físico, social, afectivo y espiritual.

Así como los niños necesitan ser adecuadamente alimentados, vestidos, abrigados, y protegidos, también necesitan ser “nutridos” emocionalmente de cariño, de amor, traducido éste, en cercanía, preocupación, interés, dedicación y cuidados.

Hay amores que nutren o enriquecen y otros que debilitan, empobrecen y dañan. Un amor nutritivo de padres es aquel que conoce al hijo, sabe de sus sentimientos, de sus debilidades, de sus fortalezas, de sus talentos, de todo el potencial con que Dios lo dotó para venir al mundo y lo estimula a sacar lo mejor de sí mismo.

Un amor nutritivo es aquel que acoge al hijo como regalo de Dios y lo trata con ternura, cercanía, calidez, alegría y respeto. Y lo acepta tal como es: como un ser único, original e irrepetible, del cual no existe copia ni sustituto Se trata de reconocer a los hijos el derecho a ser ellos mismos, y no una copia desvaída de lo que nosotros somos o creemos ser. Todo hijo trae un mensaje y contiene un misterio frente al cual debemos mantenernos siempre en una actitud de sorprendido y respetuoso descubrimiento.

Un amor que enriquece es aquel que le permite al hijo hacer uso de su libertad, de su independencia, aún a riesgo de que éste se caiga, tropiece o se equivoque rotundamente. Así hemos aprendido todos los seres humanos. Es el mismo riesgo que corrió Dios cuando nos hizo seres libres y no marionetas suyas. Un amor que no anula, no somete, ni se impone por la fuerza, ni el temor.

Nuestros hijos tienen necesidad de amor por sobre todo las cosas, amor que se traduce en capacidad para escucharlos, acariciarlos, comprenderlos, valorarlos, estimularlos, y perdonarlos. Y también necesidad de un ambiente hogareño de confianza, de serenidad, de paz, de alegría, de juego, de buen humor para poder crecer sin contratiempos, sin zozobras, sin miedos. Si no lo encuentran en casa, probablemente lo buscarán lejos de nosotros.

Nuestros hijos tienen necesidad que sus padres les proporcionemos raíces y alas. Raíces que les den seguridad y sobre las cuales sientan y vivan su pertenencia a esa determinada familia y alas para volar hacia lo alto en busca de ideales, de perfección, de belleza, en busca de Dios. Provistos de raíces y alas sabrán enfrentar la vida con fe, esperanza y con amor.

En el Día del Niño
Eliana Araneda de Palet