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HOMILIA DEL ARZOBISPO DE SANTIAGO, MONSEÑOR FRANCISCO JAVIER ERRAZURIZ OSSA, PRONUNCIADA EN EL TE DEUM DE FIESTAS PATRIAS 2000


HOMILIA DEL TE DEUM DEL AÑO JUBILAR 2000

A continuación ofrecemos el texto completo de la homilía del Arzobispo de Santiago, monseñor Francisco Javier Errázuriz Ossa, pronunciada durante el TE DEUM de Fiestas Patrias celebrado el 18 de septiembre pasado en la Catedral Metropolitana.


Hasta los albores de nuestra vida independiente se remonta la significativa y hermosa tradición de nuestra Patria, de iniciar la celebración de cada nuevo aniversario en oración. Desde entonces elevamos la mirada y el corazón hacia el Señor de la Historia en este Templo suyo, para decirle con profunda gratitud: “Te Deum laudamus”, esto es, “A ti Señor, te alabamos”, a ti te damos gracias por el año transcurrido, y por toda la historia de nuestra nación soberana.

Gratitud, esperanza y decisiones generosas surgen del alma de nuestro pueblo en el aniversario de la Independencia y se elevan en oración y canto hacia nuestro Dios y Señor.

Son dos las circunstancias que dan un sentido especial a esta celebración. Por una parte, estamos ingresando a un nuevo milenio y a una nueva época de la historia. Por otra, celebramos un Año Santo, por cumplirse dos mil años del nacimiento de Jesús de Nazaret.

Por eso, junto con agradecer con alegría y sencillez, quisiéramos reflexionar con responsabilidad sobre los caminos de nuestra Patria al inicio del tercer milenio, teniendo presente los rasgos más nobles de nuestra cultura que tienen su origen en Jesucristo. Con estas breves reflexiones, de mi parte deseo invitarles a meditar detenidamente sobre el hoy de nuestra historia, con la ayuda de la cartografía que contiene los caminos del Evangelio. Recojamos algunos hechos, y tratemos de desentrañar su mensaje.

1. Hace unos pocos meses, densos nubarrones desencadenaron temporales, y lanzaron a los campos y a las ciudades, con enorme fuerza, cantidades de agua inagotables, que traerían vida a los sembrados, y mucha aflicción a quienes viven entre cartones, plásticos y tablas en la fragilidad de sus viviendas y poblaciones improvisadas. El país despejó la mirada. No creía que existiera la indigencia que le mostraban los comunicadores, rodeados de agua y de barro.

Mayor sorpresa se llevaron los pobladores cuando vieron llegar en su auxilio a las autoridades, a miembros de las Fuerzas Armadas y de Orden, a trabajadores de la Salud, y a una multitud de jóvenes. Venían con palas y con cantos, con medicamentos y aserrín, con frazadas y comestibles, con planchas para el techo y con una sonrisa amiga en la mirada. Eran una versión moderna del Buen Samaritano. La televisión nos llevó poco después a otros campamentos, donde jóvenes de todas las carreras y de diferentes escuelas y colegios, construían “Mediaguas en el 2000” a ancianos que viven solos, a madres cartoneras, y a familias muy pobres y desamparadas. Con entusiasmo y gran esfuerzo las levantaban sobre pilotes para que no se inundaran, compartían con los pobladores la mesa, sembraban esperanza, y crecían en humanidad, poniendo sólidos fundamentos para un nuevo pueblo solidario.

Los jóvenes que han caído en las redes de la drogadicción, y la existencia de focos de violencia juvenil, no pueden ocultarnos la visión de este fermento de juventud que quiere reconstruir el tejido social de nuestra sociedad desde su misma base. Se prepara esforzadamente en el estudio, y en los tiempos libres sale en ayuda de otros más necesitados. Se esparce por Chile en el verano, aportando su trabajo solidario, y compartiendo en misiones su fe en el Señor y en los alejados. Son los que salen al anochecer, buscando a otros jóvenes que malogran su vida con el alcohol y la droga. Se suman a ellos los que madrugan en invierno y primavera para llevar una tasa de café y un pan a los que pasan frío en la noche de la calle. Pero eso no les basta. También llegan desde todo Chile, con ánimo comprometido y con un profundo anhelo de ser coherentes con la justicia social. Así se congregan para escuchar sin prejuicio alguno a los que tienen mayores responsabilidades en nuestra Patria, y a quienes pueden enriquecerlos desde las ciencias sociales.

No podemos desatender a esta juventud que se aleja de las injusticias, la violencia, los odios y las venganzas del pasado, de los discursos agresivos y de cuanto intuyen carente del respaldo de un testimonio convincente. Ella expresa el sentir de innumerables jóvenes, que quieren construir en lo cotidiano la fraternidad y la paz. A esa generación pertenece la juventud que hizo flamear sus banderas y sus esperanzas recientemente en Roma, y que aplaudió a la niña que depositó en manos del Santo Padre nuestra bandera. Lo escuchan, porque tienen sed de Dios y de humanidad. Buscan líderes espirituales que los comprendan, y tengan autoridad moral para impulsar la construcción de un mundo en el cual se sientan a gusto la justicia, la generosidad, el arte, la contemplación y la amistad. El soplo del Espíritu vivificante, que unía en la sencillez, el calor humano y la fe a quienes estuvieron en Belén, acogiendo a Jesús junto a María, ya recorre nuestra Patria e inaugura su vida nueva, dos mil años después.

2. “A ti, Señor, te alabamos”, también porque crece entre nosotros el compromiso con la vida. En el año que concluye desde las pasadas Fiestas Patrias, el Supremo Gobierno ha dado dos señales de gran relevancia. Recientemente la iniciativa de proponer al Congreso Nacional el respeto irrestricto a la vida, hasta el punto de optar por ella, derogando la pena de muerte. Y anteriormente, a comienzos de junio, en la Asamblea Especial de las Naciones Unidas sobre “La mujer en el año 2000”, manifestó ante el mundo otra de sus decisiones de la mayor trascendencia. La Sra. Ministra y Directora del Servicio Nacional de la Mujer expresó con claridad y valentía: “Quisiera afirmar ante este Foro el compromiso de Chile con la vida, contrario al aborto”. Honra al Supremo Gobierno esta declaración, eco de nuestra Constitución Política.

En verdad, quien no protege la vida humana más indefensa, quien no la respeta ni le abre el camino hacia la sociedad, no puede decir que está a favor de la vida. Tampoco a favor de la mujer, que atenta contra sí misma y se daña seriamente, a veces para toda la vida, cuando cede a la presión social y acepta abortar. Éstas, y otras graves consecuencias, provienen de opciones a favor de la cultura de la violencia y de la muerte, presentadas con disfraces de progreso, emancipación y bienestar. Son la negación de la asombrosa verdad que ya sabemos por la ciencia y la teología. En efecto, los resultados de las más recientes investigaciones nos confirman que desde el instante mismo de la concepción, existe una nueva vida humana que clama por desarrollarse y nacer, y que desde el primer momento comienza a desplegar su autonomía, su extraordinaria riqueza y su admirable originalidad. Quienes en la práctica no quieren que se reconozca su dignidad sagrada de vida humana, pasan por alto el deber básico de una sociedad de respetar y defender derechos tan elementales como el derecho a la existencia y a la libertad.

Se equivocan quienes piensan que lamentablemente somos uno de los últimos países del mundo occidental que no ha optado por el aborto. Con orgullo somos uno de los primeros países del mundo que declaró ante el Foro de las Naciones, que inicia el tercer milenio con una opción decisiva: la de abrirle camino a la cultura de la vida.

Pero optar por la cultura de la vida va mucho más lejos. Es un proyecto global para toda la sociedad. Es tener una especial solicitud, verdadero amor de predilección, por todos los que viven al margen de la existencia: por los más pobres, por los enfermos, por los que viven en soledad y por los que no encuentran empleo, por los inmigrantes, por los que han perdido su libertad, o caído en adicciones y en la desesperación. Es mejorar la calidad de la educación, de la salud, del descanso y de las relaciones humanas. Es crear nuevas fuentes de trabajo, humanizar las empresas y disminuir la brecha enorme que existe entre los más altos y los más bajos ingresos. Optar por la vida es optar por los niños y por la mujer, como también por la autoridad como instancia de apoyo subsidiario y de servicio. Optar por la vida es, irrenunciablemente, optar realmente por el “santuario de la vida”, es decir, por la familia y también por el matrimonio para siempre, y con ello, por la confianza, la ternura, la alegría y la fidelidad.

Pero bien lo sabemos, no hay opción por la vida que no conlleve mucha dedicación, y así mucha renuncia, en vista del bien de los demás. Es Jesucristo, en este Año Santo, quien nos dice que el Buen Pastor da su propia vida para que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia. Es ésta la calidad de vida que buscamos para el país y para los constructores de la sociedad cuando comenzamos a preparar la celebración de nuestro bicentenario. Entre nosotros no debe primar la contracultura del egoísmo y de la muerte, sino la cultura de la generosidad y de la vida.

3. Pero hay también otros hechos, que han tenido una honda repercusión en la calidad de nuestras relaciones y de nuestra convivencia, y que en este Jubileo del Nacimiento de Jesucristo reclaman la luz del Evangelio.

En el alma de los pueblos viven anhelos muy profundos, con los cuales miden su felicidad; también miden con ellos a quienes han recibido la misión de guiarlos. Entre esos sueños, hay uno que nuestro país no puede ni quiere olvidar. Su realización, cuando la creemos cercana, se nos va de las manos; y cuando la suponemos imposible, vuelve a aparecer como alcanzable. Me refiero al hondo anhelo de tratarnos con verdad y justicia, de saludarnos cordialmente, de encontrarnos con confianza y benevolencia, de recibir ayuda en la necesidad y comprensión en el error, de colaborar en las tareas de bien común, y de construir juntos la paz. Queremos desterrar de nuestra convivencia la injusticia, la enemistad, el rencor y la agresividad del odio, para que la fraternidad, la confianza y la benevolencia sean el alma de nuestro convivir. Por eso, para evocar el horizonte cristiano de este anhelo, hemos escuchado la invitación que hacía San Pablo a los cristianos de Corintio a construir sus comunidades sobre el fundamento del amor. Les escribía: “La caridad es paciente, es servicial, no es envidiosa, (...) no busca su interés, (...) no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad.”

Durante los últimos doce meses, en más de una oportunidad, Chile tuvo la alegría de constatar que se daban pasos importantes hacia ese nuevo estilo de convivencia. Todos recordamos las iniciativas generosas de personalidades que se suponía enemistadas entre sí, de desearse la paz en celebraciones como ésta. Tampoco olvidamos el acto delante de esta Catedral con que dimos inicio al Jubileo el pasado 17 de diciembre. Acrecentó la esperanza entre los chilenos. Y el corazón de nuestra Patria se alegró, al término de una campaña electoral con carácter fuertemente propositivo, y en gran medida desprovista de descalificaciones, al presenciar gestos de grandeza del candidato electo como Presidente de todos los chilenos, y la nobleza del candidato perdedor, que ofrecía su colaboración en bien de Chile. También nos sentimos más cerca de nuestras expectativas como chilenos, cuando concluyó su esforzado trabajo la Mesa de Diálogo. El amplio espectro de sus componentes ayudó a nuestro país a compartir el dolor de los familiares que han buscado infructuosamente el destino de sus deudos, víctimas de crímenes injustificables. Además, pudo formular los primeros juicios consensuados sobre el pasado, para desprender de él lecciones promisoras de un futuro respetuoso de los Derechos Humanos. La Mesa construyó sus conclusiones de la manera más sólida: en base a la confianza mutua, fruto admirable del diálogo, también entre quienes lo iniciaron con desconfianza. Por otra parte, honra a nuestras Fuerzas Armadas y de Orden el hecho de haber participado en ella y de haberse distanciado resueltamente de los crímenes que causaron tanto dolor; también su compromiso de hacer todo lo posible por buscar antecedentes que aporten la luz de la verdad sobre los detenidos desaparecidos. A estos hechos podríamos sumar muchos otros, como ser las declaraciones sinceras de numerosos políticos que confiesan su cuota de responsabilidad y su error en los hechos que condujeron al quiebre de nuestra institucionalidad democrática.

Sin embargo, por las circunstancias que todos conocemos, bruscamente se produjo un vuelco dramático. Los senderos que conducían al entendimiento, así fue la primera impresión, se convirtieron en callejones tenebrosos, sin salida. Resurgieron antiguos antagonismos, se bloqueó la voluntad de diálogo y la búsqueda de consensos, reaparecieron las recriminaciones y las agresividades, en el ámbito público y en las conversaciones privadas relampaguearon nuevamente las ofensas y las dudas sobre la confiabilidad de personas y de esenciales instituciones del Estado. Como en una erupción volcánica, con inesperada ira reaparecían las deudas del pasado. No es la primera vez que se produce un vuelco semejante. Por eso, es bueno que desprendamos conclusiones. De ellas, quisiera mencionar sólo algunas. Hay propósitos de diálogo, pero son muy frágiles. Conspira contra ellos la gravitación del pasado, que para muchos fue traumatizante. Este hecho aconseja recurrir a medidas con efecto terapéutico. Y sobre todo hacen falta decisiones irrevocables, que no dependan de las circunstancias, para promover una atmósfera rica en valores, que sea favorable a la verdad, a la justicia y a la confianza. Sin ellas faltará el espacio interior que acoja la participación de los jóvenes y que sea propicio a la vida. Seguiremos oscilando entre actitudes que destruyen la convivencia, y otras que permiten mirar con confianza hacia adelante.

En este año jubilar, recurramos a las enseñanzas y los ejemplos de Jesucristo, cuando constatamos estas luces y estas sombras en nuestra convivencia. Son muchas, pero meditemos brevemente en una de ellas, en la parábola del Buen Samaritano. Con ella, Jesús dio respuesta a la pregunta que acababa de hacerle un estudioso de la Ley. Con ella, también puede dar respuesta a estas interrogantes.

En el texto evangélico el fariseo, después de ponerse de acuerdo con Jesús sobre la importancia de amar al prójimo como a uno mismo, le pregunta: “Y ¿quién es mi prójimo?” Con frecuencia planteamos la misma pregunta entre nosotros. Pero, ¿quién es mi prójimo, ese prójimo al cual debo amar como a mí mismo, es decir, al cual debo dar lo que quisiera que otros me den y con el cual debo evitar lo que no quisiera para mí? ¿Es mi amigo? ¿Son mis familiares? ¿Es quien me acompaña con la misma opción política? ¿ Son los que comparten mi nacionalidad, mi fe religiosa, mis intereses de grupo? ¿Quién es mi prójimo? ¿A quién debo amar como a mí mismo?

“Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de malhechores...” Con estas palabras Jesús apaciguó el corazón de quien había llegado a él con el ánimo de ponerlo a prueba. Y la enseñanza fue muy clara: No te preguntes quién es tu prójimo, como si unos lo fueran y otros no; no hagas esa discriminación, como si debieras amar a unos y desentenderte de otros. Se tú prójimo para los demás. Aunque no compartan tus convicciones ni pertenezcan a tu pueblo – no olvides que el samaritano era de otro pueblo, con el cual los israelitas no solían tratar – acércate al que te necesita, siente compasión por sus heridas, alíviale su dolor, pon a su disposición tu propia cabalgadura, llévalo donde pueda ser mejor atendido, y ofrece tu dinero para que así sea. Se tú misericordioso con el necesitado; ámalo como tú te amas a ti mismo. Adelántate, aproxímate a él, sin discriminar a nadie, ni siquiera a tus enemigos. Ama a los demás y habla de ellos, como tú quieres que te amen y hablen de ti. Dales confianza, como tú la esperas de los demás. Busca su bien, como tú deseas que otros busquen el tuyo. Colabora con sus proyectos constructivos, como tú anhelas que colaboren con los tuyos. Esta iniciativa que Jesús propone, nos lleva a adelantarnos en pedir perdón y en perdonar, porque así quisiéramos que lo hagan con nosotros. También a exaltar las bondades y los logros de los demás, y no sus errores y sus vicios. Como asimismo a mirar más la viga en el ojo propio y no la paja en el ajeno, y a convertirnos en compañeros de camino, que se apoyan mutuamente y llegan a ser bendición par los demás.

Concluyo, deseando a Vuestra Excelencia, como Presidente de la República, y a todo Chile en este nuevo aniversario de la Independencia, en unión con los obispos, pastores y ministros que participan en esta Oración por la Patria, que podamos abrirle amplios espacios a este espíritu, y propiciar en todo el país una actitud de diálogo y de confianza, de colaboración y entendimiento. A ello contribuirán millones de chilenos y chilenas que se acercan a dialogar con su Dios para aprender de Jesucristo esta manera de construir la convivencia en los hogares, en los lugares de estudio y de trabajo, en las poblaciones y los campamentos, en todas partes.

La realización de este sueño permitirá que miremos los últimos cincuenta años de nuestra historia con serenidad y gratitud, pero también con corazón arrepentido y deseoso de aprender; que valoremos el presente como una oportunidad única que Dios nos da de trabajar unidos en el desarrollo humano de toda la sociedad, de las regiones del país y de cada chileno, especialmente de los más marginados; y que enfrentemos el futuro con paz, creatividad y mucha esperanza.

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