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Vigésimo quinto aniversario de la muerte del General Carlos Prats y de su Señora
Homilía en la Catedral de Santiago,

25 de Septiembre de 1999

Queridos hermanos:

1. Cuánta calidez humana respiran los textos que el evangelista nos presenta en torno a la muerte de este amigo entrañable de Jesús que era Lázaro. Es escenario es aquella Betania donde el Señor encontró acogida de hogar durante los años exigentes de su apostolado mesiánico. Hoy, en el vigésimo quinto aniversario de la partida del General Carlos Prats y de su querida esposa Sofía Cuthbert, la atmósfera de Betania, su calidez de casa buena y su mensaje de esperanza pascual nos permiten entrar de lleno en el misterio de la muerte y resurrección del Señor de la vida y de la historia.

2. “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto. Y viéndola llorar Jesús, y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente y se turbó...” (Jn. 11,33 s.). La muerte llega como algo extraño a nuestros proyectos de felicidad terrenal. Es que al origen fuimos convocados a una existencia de paraíso, de armonía sin rupturas desgarradoras. La muerte es sentida muchas veces como una realidad que perturba ese anhelo de permanencia en el amor. Siempre es así, y más aún lo fue allá en Buenos Aires, en la oscuridad de la alta noche, de aquel 30 de septiembre de hace un cuarto de siglo. Ya entonces surgió ese entrañable reclamo en compañeros de armas, en todo Chile, y en los amigos de la familia, que acompañaban a sus hijas. Aquel que brotó del alma de otra mujer fuerte allá en Betania, cuando Marta, con la confianza que Cristo le inspiraba, exclamó: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”.

3. La fe nos dice que esa formulación condicional ya no tiene vigencia plena. La luz del Espíritu Santo nos hace comprender que el Señor siempre “está aquí”. También en lo más tenebroso del mal incomprensible. En virtud de la muerte estremecedora de Jesús Nazareno en el Gólgota, el Dios vivo siempre está en el ahora de la muerte. Y hoy está aquí en este templo catedralicio, conmovido, como en Betania. Está, consolando a los entristecidos y abriendo sepulcros para que el aire de su resurrección penetre con el frescor de la esperanza que sólo Él puede dar.


4. La partida de don Carlos y de la Sra. Sofía tiene una honda densidad humana por la calidad del amor entre ellos y sus hijas, que la acción homicida no puede eclipsar. Hay, en las biografías de ambos, y en su legado, una hermosa lealtad que nos habla del amor conyugal, de su solicitud paternal y maternal y de la gratitud de las hijas, que es ejemplar. Todo ello lo queremos recoger conscientemente como alabanza, en la más sublime entrega amorosa que es la Eucaristía de Cristo.

El estremecimiento por el corte abrupto de la mutua historia terrena, no debiera ocultarnos las cualidades de un hombre de gran valor, ni la fidelidad de aquella mujer que, en la hora decisiva del 15 de Septiembre de 1973, cuando venía del exilio, afirmó con decisión: “Quiero irme con él, porque si algo le pasa, prefiero que nos suceda a los dos”. ¿No estaba el Señor allí, en ese corazón de esposa? En verdad, la mutua compañía que se prometieron para siempre los esposos en el altar, tuvo un cabal cumplimiento esa noche en Buenos Aires. El Señor estaba allí para Don Carlos en la persona de su esposa, y estaba allí, en la cita de la fidelidad, para la Sra. Sofía en la persona de su esposo. También para las tres hijas y sus familias, la herencia quedó sellada por ese Señor que tanto demanda de los suyos, pero que acompaña y bendice con generosidad.


5. Si la vida en este mundo fuera el capítulo principal o único de nuestra existencia, los que creemos en Cristo seríamos los más desgraciados entre los hombres, según el decir de San Pablo. Pero por el don gratuito de la fe sabemos que el que muere en Cristo, en su amor de Esposo, resucitará con Él y en la casa prometida se cumplirán los más audaces sueños de plenitud que el hombre pueda imaginar. Es la misma voz de Marta de Betania la que resume esa fe consoladora: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Sí, habrá reencuentro en el Reino definitivo del Padre, donde ya no tienen lugar ni las lágrimas ni las distancias.


6. Al sufrimiento de esta partida que recordamos lo envuelve una circunstancia que lo hace muy amargo. Un estremecedor enigma de maldad incomprensible la rodea. Se inscribe en una historia dramática de enfrentamiento entre chilenos, que terminó con muchas vidas. Bien sabemos que tales llagas han vuelto a manar su sangre en los últimos tiempos, volviendo a turbar nuestra convivencia. En efecto, Chile nos duele y su futuro aparece ante los ojos de muchos ciudadanos como una difícil montaña. La ascensión que debemos emprender hasta respirar el azul de las cumbres, requiere que todos remontemos. A cada uno el Señor le pide su aporte en este camino de aproximación. Es una senda


larga y paciente. En ella debemos conjugar, como lo hemos recordado los obispos de Chile en este mismo año, verdad, justicia, arrepentimiento, perdón y misericordia. Esta síntesis requiere una asistencia particular del Espíritu Santo que es luz y fortaleza y que nos proyecta hacia la magnanimidad de la misericordia mutua.

7. A nadie se le escapa que el asesinato cruel de quien fuese el Comandante en Jefe del Ejército de Chile entraña una gravedad mayor. Es cierto que su misión la cumplió en un período muy complejo de nuestra historia, y que como Comandante en Jefe tomó decisiones difíciles, tales como su participación en el gobierno político de aquel entonces, simpatizando con sus mejores propósitos.


Pero ninguna decisión, fuese ella acertada o errada, puede justificar un crimen como el ocurrido en Buenos Aires; tampoco otros crímenes similares. Ante las decisiones que alguien toma en conciencia, lo que cabe en este mundo, es el respeto. Nos referimos aquí a ese respeto radical por la libertad del otro, que es un temblor ético ante el espacio interior de cada uno en cada circunstancia, no invadiendo aquello que Su Santidad Juan Pablo Segundo en su Encíclica “El esplendor de la verdad” ha calificado, diciendo: ”la conciencia es el único testigo. Lo que sucede en la intimidad de la persona está oculto a la vista de los demás desde fuera. La conciencia dirige su testimonio solamente a la persona misma” (V.S. p. 57). Como lo escuchamos en la primera Lectura, si vivimos para el Señor y morimos para El, ya que somos del Señor, no le cabe al hombre juzgar la conciencia de su hermano. Todos hemos de comparecer ante el Tribunal de Dios (Cfr. Rom. 14, 8 y 10). Y El nos juzgará en vista de las obras de misericordia que hayamos realizado como peregrinos, aliviando las tribulaciones de nuestros hermanos, en su caminar hacia la casa paterna (Cfr. Mt. 25, 31 - 46).


8. Cuando el Santo Padre reflexiona sobre la vida, detiene su atención sobre el primer homicidio de la humanidad, el de Caín sobre su hermano Abel. Y recuerda las dos dimensiones que lo hacen abominable. Lo muestra como un acto de enemistad con Dios. En efecto, escribe: “Para los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antigüedad, en la sangre se encuentra la vida,” mejor aún, “la sangre es la vida” (Dt 12, 23) y la vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios: por eso, quien atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo”. Pero también lo devela como tragedia humana, escribe: Como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el parentesco “espiritual” que agrupa a los hombres en una única y gran familia donde todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal”. Y en la lógica del castigo divino, reflexiona el Papa sobre un hecho sorprendente: “Ni


siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Es justamente aquí donde se manifiesta el misterio paradójico de la justicia misericordiosa de Dios, como escribió San Ambrosio: “ Porque se había cometido un fratricidio, esto es, el más grande de los crímenes, en el momento mismo en que se introdujo el pecado, se debió desplegar la ley de la misericordia divina; (...). Dios expulsó a Caín de su presencia y, renegado por sus padres, lo desterró como al exilio de una habitación separada, por el hecho de que había pasado de la humana benignidad a la ferocidad bestial. Sin embargo, Dios no quiso castigar al homicida con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte” (Evangelium Vitae No. 8-9).


Queridos hermanos, cerca de nuestro Dios buscamos enseñanzas del pasado para construir nuestra Patria en el tercer milenio. Por eso, no nos contentemos con alzar nuestras súplicas al Señor, recordando hechos tan dolorosos como éste. Busquemos respuestas a las interrogantes que nos plantea el Santo Padre cuando escribe: “La pregunta del Señor: ‘qué has hecho’, que Caín no puede esquivar, se dirige también al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la historia de la humanidad; para que busque las múltiples causas que los generan y alimentan; y reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias que derivan de estos mismos atentados para la vida de las personas y de los pueblos.” (E.V. 10).

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:


9. El Evangelio de San Juan nos invita sobre todo a la esperanza. En efecto, nos narra que Marta fue a llamar a María, diciéndole: “El Maestro está ahí y te llama”. María, al oírlo, se levantó rápidamente, y se fue donde él. El corazón de Jesús se conmovió tanto con el dolor de ambas hermanas y de quienes las acompañaban, que también él lloró. Al llegar al lugar donde le habían puesto, mandó que sacaran la piedra que cerraba el paso a la cueva, y con voz potente, que debía penetrar hasta las profundidades de la muerte, lo llamó a la vida: “Lázaro, sal fuera!”, y el muerto resucitó.

Ya dirigió estas palabras a sus hijos Carlos y Sofía, que en el día de su bautismo habían sido llamados a vivir para Él y a morir para Él. Ya pidió a sus ángeles que retirasen la piedra que cubría su tumba, invitándolos a salir de la muerte, para participar de su felicidad y su vida. Esta es la esperanza que nos ha reunido esta mañana en la Casa de Dios.


También a nosotros nos llega el anuncio que Marta le llevó a María: “El Maestro está ahí y te llama”. El dolor puede nublar nuestra vista, e impedir que veamos al Señor, y que descubramos la cercanía de su presencia y de su benevolencia. Pero el Maestro está aquí como nuestro Camino, nuestra Resurrección y nuestra Vida. También a nosotros llega su palabra poderosa, que pide retirar la lápida de nuestra propia tumba, para que vivamos. El Señor Jesús nos invita a vivir en la esperanza y a hacer nuestros los caminos del Evangelio; nos invita, como nos decía San Pablo, a vivir y morir para el Señor, sin juzgar la conciencia de nadie; a buscar la justicia, en esta situación y en tantas otras, con paz en el corazón, sin sentimientos de venganza; a ofrecer nuestro perdón y a perdonar, puesto que queremos ser discípulos de Jesús, que vino a este mundo a perdonar, y a entregar su propia vida por nosotros.

Y desde este lugar de oración se dirige nuestra súplica al Padre de los cielos, pidiéndole que Jesucristo, que vino a este mundo a salvarnos de las ataduras del pecado y de la muerte, también retire plenamente la lápida que ha cubierto la tumba del alma de todos los que han sido los autores intelectuales y materiales de los crímenes y atentados contra la vida en nuestra Patria. Para ellos pedimos el don del arrepentimiento y de la conversión, de manera que también ellos escuchen las palabras del Maestro, que quiere liberarlos de sus ataduras y de su mortaja, para que vivan en una sociedad justa y pacífica y se reencuentren consigo mismo, con Dios y con sus hermanos.

Pero también a todos los chilenos se dirige el grito del Señor “¡Chile, sal fuera!”, sal de tu tumba. Sal de los caminos que conducen a la violencia y a la muerte. Sal de la mentira, de la aversión y de la injusticia. No olvides que el Maestro está ahí y te llama, para que hagas tuyos los caminos que conducen a la paz y a la fraternidad; al respeto de la dignidad humana, a la tolerancia con los que son diferentes, al diálogo y al mutuo enriquecimiento; a la esperanza, la misericordia y el perdón; y a las iniciativas generosas que congregan en la construcción de una sociedad justa, en el servicio y la solidaridad. Es Jesucristo que nos llama en este año dedicado al Padre de los cielos, a acoger con espíritu abierto, desde nuestro pecado y nuestras miserias, la sabiduría y la misericordia de su Padre, y a reconocernos hijos suyos y hermanos entre nosotros, hermanos justos, solidarios y reconciliados.

Así lo imploramos esta mañana, en vísperas del Tercer Milenio, por intercesión de María Santísima, Nuestra Señora de la Esperanza, de la Vida y de la Paz.





 


+ Francisco Javier Errázuriz Ossa
Arzobispo de Santiago

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