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Marromeu, 9 de julio de 2002
Queridos amigos y hermanitas:
Para qué decir una cosa por otra. Ando con una pena que me pesa en los ojos y me hace arrastrar los pasos... Es que no hay plazo que no se cumpla y mi contrato con la comunidad de los Sagrados Corazones, después de cinco años llega a su fin. Han sido años de gracia sobre gracia de Dios para mí y estoy sumamente agradecido. Los meses en Matola, el año en Inhaminga y, sobre todo, los años aquí en Marromeu han sido maravillosos. No han faltado durezas y momentos difíciles, pero han sido tiempos de descubrimientos y de gestación de horizontes nuevos, de unos ojos nuevos; del espíritu de Africa con que el Señor y María me han ido seduciendo desde mi adolescencia para vivir mi lugar en la Iglesia y en el mundo como un Desafío de Amor, de Su Amor, que le da significación y colores a mis días y mis noches. Los colores de Africa, los colores de Dios en los niños y en los pobres, en las mujeres y en los viejos que me encuentro cada día. También los colores de la deuda inmensa que tiene el primer mundo con estas aldeas donde apenas si se encuentra una aspirina para aliviar los dolores. Me siento responsable de esa deuda como un niño frente a la Cruz de Nuestro Dios. No la sufro directamente porque a mí rara vez me faltan aspirinas, pero al menos quiero estar aquí y no en la fiesta de Hollywood, prefiero esta madera.
Pero más patente e inmediato que estas palabras, el hecho es que tengo que dejar Marromeu. Punto. Punto y llorado. Me alegra y consuela que el cura que viene es una gran persona, muchísimo más sabio y sobre todo más santo que este pobre Roberto. Se llama Joe y es un regalo para quienes lo acompañen. Curiosamente la primera vez que llegué a Marromeu de visita en noviembre del 97 vinimos juntos. El Señor de la Historia es un artista tejedor. Joe tenía 61 años y estaba viendo un lugar para renacer, para comenzar la misión y el ministerio pastoral nuevamente. Lo admiro. Esa vez pasamos de vuelta a la Misión de Chupanga y concelebramos la Eucaristía con Eamon, debajo de un gran árbol, y luego bautizamos por turno a 5 guagüitas leyendo con dificultad y mucha fe el ritual en chisena (Ine ndinakubaptizari na dzina ya Baba....). Luego Joe se fue a Lisboa para tratar de falar qualquer coisa y en el 99 se hizo cargo de la parroquia de Boane, cerca de Matola. Todavía no se entera bien de lo que es la lengua portuguesa (y ni hablar de las lenguas locales), pero en el idioma del servicio y de la bondad nos da cancha, tiro y lao a la mayoría. El domingo 11 de agosto, el día de la fiesta de mi amiga Santa Clara, celebraremos su bienvenida y mi despedida aquí en Marromeu. Y el domingo 18, fiesta de nuestro padre Alberto Hurtado, espero celebrar con la comunidad de Inhaminga.
El arzobispo de Beira, Dom Jaime, ha mandado una carta a nuestro arzobispo de Stgo, pidiendo que yo pueda volver a esta diócesis para seguir sirviendo como sacerdote diocesano fidei donum al pueblo asena. Es mi mayor anhelo. Considero también que es una obligación de nobleza para nuestra Iglesia de Chile que tanta ayuda ha recibido de otras diócesis hermanas, y durante tanto tiempo. En esto nuestro recordado y querido Don Carlos Oviedo dio un paso adelante y creo que no podemos arrugar ahora. También Don Francisco Javier siguió en la línea con el envío de Sergio Lorenzini el 98. Y cuánto quisiéramos que hubieran otros voluntarios..!! Sé que puedo ser yo o pueden ser otros, pero lo cierto es que en estas experiencias que hemos tenido con Sergio, aunque son en realidades distintas (él en plena ciudad de Johannesburgo y yo en la selva), en ellas el Señor nos abre ventanas para que entren otros aires y vientos a nuestra cuna y madre, la querida Iglesia de Santiago, donde están Peñalolén y Lo Hermida. En ello están nuestras esperanzas y riquezas misioneras.
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