Iglesia.cl - Conferencia Episcopal de Chile

Comentarios del Evangelio Dominical


Domingo 22 de Mayo de 2022

Jn 14,23-29
La paz les dejo, mi paz les doy

El Evangelio de este Domingo VI de Pascua está tomado de los discursos de despedida de Jesús en la última cena con sus discípulos. Llama la atención inmediatamente la dimensión trinitaria de sus palabras. Sabemos que, con la razón natural, el ser humano puede llegar a afirmar la existencia de Dios, pero no puede ir más allá; sabemos que, antes de Cristo, Dios se reveló a su pueblo Israel como el Dios Uno, «Dios compasivo y clemente, lento a la cólera y rico en misericordia y fidelidad» (Ex 34,6); pero la revelación total del Dios Uno y Trino la tenemos sólo a través de Jesucristo. Y el Evangelio de hoy es uno de los momentos esenciales de esa revelación.

El Evangelio de hoy comienza con una oración condicional de Jesús: «Si alguien me ama…». Antes de continuar con la frase principal, Jesús define al que cumple esa condición: «Guardará mi Palabra». De esta manera responde a la pregunta de Judas que suscita estas declaraciones de Jesús: «¿Qué ocurre para que Tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). Es que el mundo no lo ama; es más, el mundo lo odia, como lo advierte a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes» (Jn 15,18). El odio del mundo se discierne en que no lo escucha y no guarda su Palabra. El amor a Él, que Jesús pone como condición, debe llegar hasta dar la vida por Él, como quiso verificar con su triple pregunta a Pedro: «Simón, ¿me amas más que todo?» (Jn 21,15.16.17).

Dada esta condición, Jesús continúa con la frase principal: «Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él». El sujeto del primer verbo es «Mi Padre». Bien sabemos nosotros de quién habla Jesús, pero pongamonos en el caso de los discípulos que lo escuchaban y de los judíos en general: «Mi Padre es quien me glorifica, de quien ustedes dicen: "Él es nuestro Dios"» (Jn 8,54). Jesús entonces llama «mi Padre», al Dios de Israel, el mismo que, por medio de los profetas, dice: «No hay otro dios, fuera de mí, Dios justo y salvador, no hay otro fuera de mí» (Is 45,21; 46,9). Pero en los dos verbos siguientes Jesús amplía el sujeto al pronombre de primera persona plural: «Nosotros»: «Vendremos a él y haremos morada en él». Jesús y su Padre, que es Dios, están en el mismo nivel y pueden ser unidos en el mismo pronombre personal «nosotros». La acción descrita la cumplen ambos. Sabemos que el Salmo 110 es el más citado en el Nuevo Testamento y que Jesús lo declara como dicho sobre sí mismo: «Dijo el Señor (YHWH) a mi Señor: “Sientate a mi derecha”» (Sal 110,1), es decir, al mismo nivel mío (cf. Mt 26,64).

¿Cómo podemos entender que Dios mismo, el Creador del universo, el infinito, más aun, el Padre y el Hijo, puedan hacer morada en un ser humano, que es poco más que nada? Es la pregunta que debió surgir ya en la mente de los discípulos. No podemos responder a esta pregunta; dejemos que responda el mismo Jesús: «Les he dicho estas cosas estando con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, Él les enseñará todo y les recordará todo lo que Yo les he dicho». Es importante observar que en el texto original el sustantivo «Paráclito» es masculino; en cambio, el sustantivo «Espíritu» es neutro; por eso, es importante conservar el pronombre personal «Él», que está en el original y subrayado, para que se entienda que se habla de una Persona. El Espíritu Santo es una Persona. Sólo Él puede responder a la pregunta formulada. No hay vocabulario para eso; responde con su acción en el corazón del que ama a Jesús.

Así respondió en el corazón de San Pablo concediendole una unión tan estrecha con Jesús hasta el punto de exclamar: «Ya no vivo yo; vive en mí Cristo» (Gal 2,20). Nada hay más propio y más íntimo a cada uno que su propio «yo», tanto que no se puede ni siquiera objetivar para poder analizarlo. Ese es el lugar que ocupa Cristo en Pablo. Allí establece su habitación junto con el Padre y el Espíritu Santo. En el corazón de San Pablo y en todos los santos y fieles que aman a Jesús se reproduce el misterio trinitario: movido por el Espíritu Santo, en unión con Cristo, clama a Dios «Abbá, Padre».

La frase siguiente de Jesús la repetimos cada vez que celebramos la Eucaristía: «La paz les dejo; mi paz les doy». Jesús precisa que se trata de «mi paz», porque consiste en lo que ha dicho, a saber, tener el corazón la inhabitación de la Santísima Trinidad. En hebreo «paz» se dice «shalom» y significa: «Estar pleno en todo sentido». El ser humano no está pleno mientras no se cumple en él la condición de hijo de Dios y esto no acontece sin la venida a él del Hijo y el Espíritu Santo: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo nacido de mujer… para que recibieramos la filiación (se entiende, respecto de su Padre) … Envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “Abba, Padre”» (cf. Gal 4,4-6). El que, inducido por el Espíritu, puede clamar en su corazón: «Abbá», ese posee la paz de Cristo.

Todo esto podemos decirlo ahora, porque el Espíritu Santo fue enviado y obró en el corazón de los discípulos la inhabitación de la Santísima Trinidad y ellos pudieron expresar su experiencia, como lo hace San Pablo y, como lo hace, sobre todo, San Juan en estos textos. De esta manera, se cumplió lo prometido por Jesús: «Les enseñará todo y les recordará todo lo que Yo les he dicho». Si no hubiera sido así ni siquiera habríamos conservado esas palabras de Jesús.

No habrá verdadera paz en el mundo si no son muchos los hombres y mujeres que aman a Cristo y tienen en sus corazones a la Santísima Trinidad. Por eso, el clamor por la paz debe ser un clamor por la evangelización: «Hagan discípulos bautizandolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 20,19).

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles