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Opinión / Editorial

Construyamos juntos la esperanza

  • Septiembre es tiempo de primavera y la misma naturaleza nos demuestra que siempre es posible nacer de nuevo y levantarse, pese a las dificultades . Muchas veces sentimos legítimamente que esa capacidad de renovación, que es propia de la creación de Dios, no es la adecuada o no es la suficiente. La certeza que no nos debe abandonar es que Jesucristo, fuente de vida nueva, siempre nos acompaña.

    La esperanza no es algo que llegue simplemente, puesto que requiere una gran disposición espiritual dejarnos alcanzar por el Espíritu. Lo mismo para ayudarnos mutuamente a construirla. «Dios no defrauda: si ha puesto la esperanza en nuestros corazones, no quiere destruirla con frustraciones continuas. Todo nace para florecer en una eterna primavera. Dios también nos hizo para florecer. Recuerdo ese diálogo cuando el roble pidió al almendro: Háblame de Dios. Y el almendro floreció» (Audiencia General Papa Francisco, 20 septiembre 2017).

    Construir esperanza es depositar nuestra confianza en Dios y dejarnos iluminar por Él, lo que nos permite resignificar la vida para dar un sentido profundo, desde el Espíritu, a nuestra acción cotidiana. Así, lo mismo de siempre, lo ordinario, se hace extraordinario. Y este cambio esencial pasa por poner a Cristo en cada una de nuestras decisiones y acciones. También en ser capaces de actuar para transformar nuestra realidad, pensando siempre en aquellos que más sufren.

    La vida se nos regala como un don de Dios, también de cada uno de nosotros depende que otros hermanos nuestros puedan tener, todos, una vida digna que les permita caminar, crecer, ser felices y acoger en plenitud este regalo del Señor. Estoy pensando en aquellos que sufren la pobreza, los migrantes por estar lejos de su tierra, los trabajadores con largas e invasivas jornadas y, por cierto, en los niños, niñas y jóvenes vulnerados en sus derechos. De todos estos hermanos nos enteramos, a diario, por las estadísticas que los miden, por las disposiciones oficiales, por los hechos policiales y judiciales, por los dramas al interior de la familia. Pero su sufrimiento es mucho más que episodios particulares.

    Mas allá de las prioridades que los actores políticos puedan asignar en sus programas y decisiones en relación a estos grupos humanos hay preguntas de fondo que, como sociedad chilena, debemos hacernos respecto de las condiciones estructurales para hacer sostenible la vida digna de estos grupos más vulnerables. Cabe también preguntarse qué pasos podremos dar para dignificar a los hombres y mujeres privados de libertad, y cómo nos preparamos como sociedad para enfrentar el envejecimiento y el impacto de las enfermedades, especialmente las crónicas, en cualquier etapa de la vida.

    Como cristianos nos corresponde favorecer el bien común. «Con valentía y lucidez debemos nosotros discernir los actuales signos de los tiempos. La fe profesada nos asegura que Dios entró en la historia para quedarse, para salvar, para redimir y liberar» (Orientaciones Pastorales de la CECh, nº 13).

    Pensar en el bien común, desde los valores del humanismo cristiano, nos ayuda a volver a poner en el centro de nuestras relaciones personales y cívicas el respeto a las personas por el simple hecho de ser tales, el cuidado de su vida física y espiritual y la promoción de su dignidad. No vale la pena una vida concebida desde el ensimismamimento, desde el individualismo, seguro refugio para nosotros mismos. La ofensiva individualista, esa que solo considera el interés particular sin mirar la existencia ni el dolor ajeno,  punto central de la actual crisis antropológica, está en la base de la desigualdad y del sufrimiento de los más vulnerables.

    Septiembre, tiempo de primvera, nos habla de Dios que recrea la vida, que recrea la esperanza. Vivir con esperanza nos exige involucrarnos.
     

    + Santiago Silva Retamales
    Obispo Castrense de Chile
    Presidente de la Cech

 

Santiago, Lunes 10 de Septiembre de 2018