Opinión / Editorial

Jesús en nuestras vidas

  • ¡Cristo ha resucitado! Es la noticia que nos llena de vida y esperanza, porque nada, absolutamente nada, por deleznable que sea, tiene la victoria. Todo está llamado a renovarse en Él y por Él.

    Cristo resucitado renueva en nosotros la esperanza de una vida nueva. Jesús nos llama a vivir como Él, a encontrarlo en la vida de tantos hermanos y hermanas que sufren en el día a día. Vale la pena preguntarnos si somos capaces de reconocer ese llamado. ¿Estamos dispuestos a escuchar y reconocer a Jesús en el sufrimiento de otros? Reconocer a Jesús en nuestros hermanos y aceptar esta invitación a una vida nueva requiere abrir nuestro corazón, dejarnos interpelar, y corregir el rumbo si es preciso. Vale la pena preguntarse cuánto hay del Resucitado en nuestras vidas.

    Vivir al modo de Jesús es encarnar sus enseñanzas cotidianamente, en nuestras relaciones cotidianas con otros: en la familia, en el trabajo, con los grupos de amigos, con los vecinos. Pero también con aquellos que no conocemos, y en nuestra responsabilidad con la sociedad y el medio ambiente.

    En tiempo de Pascua, los cristianos somos testigos de ese Jesús que venció a la muerte.  Si miramos nuestro entorno y decidimos seguir sus pasos también debemos preguntarnos: ¿Dónde resucita Cristo hoy?, ¿dónde debería resucitar?, ¿con qué acciones de nuestra vida derrotamos los actos de muerte que nos rodean? La muerte puede venir en muchas formas; puede ser la falta de empatía, la injusticia y por cierto el maltrato, pero también el desánimo, la amargura y la falta de esperanza. Si seguimos el camino de la vida estamos llamados a transformarnos en agentes de cambio y construcción del Reino.

    Aceptar a Cristo resucitado en nuestras vidas es desplegarnos al máximo, salir al encuentro, movilizarnos y confiar que podemos hacer la diferencia. Integrar en vez de excluir, tender puentes en vez de muros.

    En las intenciones de oración para la Iglesia en Chile del mes de abril recordamos particularmente a quienes han sido el rostro del sufrimiento en nuestra Iglesia este último tiempo, me refiero a las víctimas de abuso. Al Señor resucitado oremos “por la sanación de dolorosas heridas. Para que, en la esperanza de la Pascua de Cristo, las víctimas de abuso sexual, de conciencia y de poder puedan encontrar en la comunidad eclesial verdad y justicia, sanación, reparación y consuelo”.

     

    + Santiago Silva Retamales
    Obispo Castrense de Chile
    Presidente de la Cech

     

 

Santiago, Miércoles 24 de Abril de 2019