Autor: El Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile
Fecha: 2012-09-27
País: Chile
Ciudad: Santiago

Descargar PDF

Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile

Carta Pastoral del Comité Permanente de la CECh
Santiago, 27 de septiembre de 2012

ÍNDICE


I. INTRODUCCIÓN

II. PERDÓN Y CONVERSIÓN: una Iglesia que escucha, anuncia la Palabra y sirve

a) Convertirnos y pedir perdón
b) Vivir conforme al Espíritu de Dios
c) Hacernos auténticos discípulos de Cristo
d) Discernir los signos de los tiempos para anunciar el Evangelio al hombre y a la
mujer de hoy

III. CAMBIOS DE NUESTRO TIEMPO: hechos que nos interpelan
a) Hechos positivos: el cambio como una gran oportunidad
1. Cambios tecnológicos
2. Mejor conocimiento de la naturaleza. Consecuencias para la vida humana
3. Erradicación de la ignorancia y transparencia
4. Valoración de los derechos humanos
5. Promoción de la mujer
6. Mayor conciencia ante las injustas discriminaciones
7. Exigencias de mayor libertad y participación
8. Exigencias de mayor respeto a la naturaleza
b) Hechos que crean malestares
1. Malestar ante un determinado tipo de globalización
2. Malestar ante la excesiva centralidad de lo económico
3. Malestar ante el individualismo y la soledad
4. El profundo malestar existencial
5. Deficiencias en el rol del Estado
6. Desigualdad social
7. El “lucro” desregulado
8. Efectos en la naturaleza
9. Consecuencias en la vida familiar

IV. EVANGELIZAR LA CULTURA: APORTE CRISTIANO PARA HUMANIZAR Y COMPARTIR EL DESARROLLO
1. Jesús nos ayuda a entender la dignidad de la Persona Humana
2. Jesús nos ayuda a darle sentido profundo a la vida
3. Jesús nos ayuda a remplazar el individualismo por el amor y la solidaridad
4. Jesús nos ayuda a valorar el servicio y lo gratuito
5. Jesús nos ayuda a reencontrar la verdadera libertad
6. Jesús nos ayuda a enfrentar el dolor, la debilidad y el fracaso
7. Jesús nos ayuda a dar dignidad al trabajo humano
8. Jesús nos ayuda a vivir el pluralismo y fundar sólidamente nuestros valores

V. ESPECIAL PREOCUPACIÓN POR LA FAMILIA Y LA EDUCACIÓN

VI. CONCLUSIÓN



I. INTRODUCCIÓN (*)

Motivos de esta Carta Pastoral


“La fe cristiana no es sólo una doctrina, una sabiduría, un conjunto de normas morales. La fe cristiana es un encuentro real, una relación con Jesucristo. Transmitir la fe significa crear en cada lugar y en cada tiempo las condiciones para que este encuentro entre los hombres y Jesucristo se realice” (1).

En estas palabras se encuentra la motivación fundamental de la presente Carta Pastoral que el Comité Permanente del Episcopado, en comunión con los Obispos de la Conferencia Episcopal de Chile, dirige a los fieles de la Iglesia Católica y a los hombres y mujeres de buena voluntad.

Como pastores de la Iglesia Católica nos dirigimos, en primer lugar a nuestros hermanos y hermanas en la fe, para invitarles a reflexionar juntos sobre los actuales problemas de nuestra Iglesia y sobre la ineludible misión que todos tenemos de anunciar a Jesucristo en este momento de la historia de Chile (2). Este mensaje no es para guardarlo entre nosotros. Debemos pedir perdón y al mismo tiempo, como Pedro, quisiéramos decirle a nuestro país: “no tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en el nombre de Jesucristo, levántate y camina” (3).

Para ser fieles al Evangelio y a nuestra vocación cristiana y para manifestar la actualidad del mensaje de Jesús, debemos, por una parte, trabajar en una profunda conversión de nosotros mismos y de la Iglesia, que nos lleve a ser testigos de Jesucristo, anunciándolo como “la verdad que no engaña” (Rom 5, 5) y aquel que “esclarece el misterio del hombre” (Cfr. GS 22). Y por otra, escuchar el clamor de nuestro pueblo expresado en los movimientos sociales, contribuyendo así a que se den respuestas adecuadas a sus justas demandas.

Nuestro deseo más sincero es que entre todos podamos dar un testimonio fraternal al pueblo chileno del cual somos parte y con el cual marchamos hacia nuestro destino. Particularmente, quisiéramos ser escuchados por aquellos que pueden haber sido ofendidos por nosotros. Deseamos también presentar el mensaje de Jesús a quienes tienen una mayor responsabilidad en la construcción de la sociedad. Ha sido una tradición de la Iglesia chilena colaborar en el desarrollo de su pueblo. Hace 50 años, en momentos delicados de nuestra historia, los obispos chilenos publicaron dos documentos memorables que fueron un aporte innegable para nuestro progreso como país (4). Ampliamente conocidos son la intervención del Cardenal Raúl Silva Henríquez “El alma de Chile” (5) y su ejemplo en la lucha por la justicia y los derechos humanos. Este mensaje se sitúa dentro de esa tradición. Esperamos que aquellos que se sienten que han sido marginados y excluidos del progreso escuchen nuestra voz como una muestra fraternal de cercanía y preocupación, y como un motivo de esperanza.

Gratitud

A pesar de toda nuestra debilidad no podemos dejar que agradecer a Dios y a tantos hermanos que, muchas veces de modo silencioso, están dando un testimonio impresionante de fidelidad y de servicio. Casi no hay lugar de dolor, pobreza y exclusión donde no haya hermanas y hermanos nuestros entregando su vida por los demás como lo haría Jesús.
Este año celebramos también el 50º aniversario del Concilio Vaticano II. Ese concilio nos exhorta a ser un \"instrumento de la unión de los hombres entre sí y con Dios” (6). Nos invita también a interpretar los signos de los tiempos para dar un mensaje que responda a las preguntas que el hombre y la mujer de hoy se hacen. Reafirmando la unión íntima de la Iglesia con la familia humana universal, creemos que no puede haber un problema genuinamente humano que no nos interese (7). A ello nos ayudará también la celebración del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI.

II. PERDÓN Y CONVERSIÓN: UNA IGLESIA QUE ESCUCHA, ANUNCIA LA PALABRA Y SIRVE

a) Convertirnos y pedir perdón


A nadie se le oculta que, por nuestras faltas, la Iglesia ha perdido credibilidad. No sin razón algunos han dejado de creernos. Resulta doloroso constatar que se nos ha hecho difícil trasparentar al mundo de hoy el mensaje que hemos recibido. Nuestras propias debilidades y faltas, nuestro retraso en proponer necesarias correcciones, han generado desconcierto. Nos preocupa también que muchos perciban nuestro mensaje actual como una moral de prohibiciones usada en otros tiempos, y que no nos vean proponiéndoles un ideal por el cual valga la pena jugarse la vida. Debemos asumir en este momento el llamado del Señor a una profunda conversión, para que anunciemos su Evangelio de tal manera que seamos creíbles y contribuyamos al desarrollo verdaderamente humano de nuestro país. Un desarrollo compartido con justicia y sin exclusiones.

El llamado a evangelizar la cultura actual (8) nos obliga a entrar nosotros mismos en un profundo proceso interno de evangelización. En este sentido podemos decir que nosotros mismos somos los primeros que debemos ser evangelizados como parte de esta humanidad en marcha. Pero no sólo debemos revisar nuestros comportamientos personales sino también las estructuras de nuestra Iglesia, el modo de ejercer nuestro sacerdocio, las formas de participación, el lugar otorgado a los laicos y en especial a la mujer. Dado el momento en que vivimos, será preciso revisar nuestra predicación y nuestros sistemas educativos para ver qué valores transmitimos.

Tenemos que compartir lo que hemos recibido y ser personas abiertas a la comunidad. Por eso tenemos que aprender a pedir perdón y a perdonar. Siguiendo el ejemplo del Papa Benedicto XVI (9) hemos pedido perdón a quienes hemos ofendido y reiteramos con la más profunda verdad esa petición.

Quienes se han sentido ofendidos pueden ayudarnos a hacer el camino del reencuentro para hacer, desde allí, más transparente el Evangelio.

Se trata, en último término, de amar como Jesús, haciendo en nuestra vida y en nuestra relación con los demás lo que Él espera de cada uno de nosotros.

b) Vivir conforme al Espíritu de Dios

Para hacer creíble nuestro testimonio debemos vivir hoy conforme al espíritu de Dios. La humildad, la sencilla alegría y la esperanza deberán ser el signo de la presencia del Espíritu. Sólo así seremos testigos de Jesús. Por eso el primero debe hacerse el último y el que manda debe servir (10). La santidad ha de consistir, no tanto en el esfuerzo obsesivo por carecer de faltas, sino en un seguimiento radical de Jesús. Tenemos que meditar con especial atención la Palabra del Señor y poner el centro de nuestra oración en la gratitud a nuestro Dios y en el servicio.

Se hace necesario adecuar nuestras celebraciones litúrgicas y nuestra formas de piedad. Tenemos que recuperar el sentido festivo, comunitario, alegre, sencillo y religioso en nuestras celebraciones. Es esencial revisar el lugar central de la comunidad, que corrija una visión individualista de la fe. La eucaristía nos reúne en una mesa familiar y no hay acto más humano que el compartir en esa mesa. En la celebración de la muerte y resurrección de Jesús se expresa el centro del misterio de nuestra fe.

En una palabra, tenemos que ser testigos del amor de Dios y discípulos de Jesús. Vivir al modo de Jesús.

Al testimoniar de esta manera los valores evangélicos, no debemos mostrarnos como dueños de esos valores. Sabemos y nos alegramos que muchos de ellos son compartidos totalmente o en parte por personas de otros credos y por hombres y mujeres que no profesan nuestra fe. Nuestro Dios nos introduce en este mundo donde Él es padre de todos y sigue trabajando y sembrando sus semillas. Hemos de saber encontrar a nuestro Dios presente en todas las personas y en todas las cosas.

Deseamos escuchar con oídos nuevos la Palabra de Dios y creer en ella, viviendo y transmitiendo, en el nombre de Jesús, un proyecto atractivo pero exigente, que fundamente esperanzas y humanice.

Nuestra propia pequeñez y los problemas que hemos tenido no pueden impedirnos anunciar el mensaje del Señor. En estas graves circunstancias, como dice San Pablo: “¡Ay de nosotros si no evangelizamos!” (11).

c) Hacernos auténticos discípulos de Cristo

Por eso debemos volver a Jesús y reencontrarnos vitalmente con Él para hacernos sus verdaderos discípulos, sus seguidores. Esto significa tener sus mismos sentimientos, sus mismos afectos, su misma entrega, sus mismas actitudes ante Dios y ante nuestros semejantes (12). Como Él, debemos hacer nuestra la causa de los pobres, de los más débiles y marginados porque esa es la causa de Dios. De este modo nos aproximaremos a todo lo humano, despojados de todo sentido de poder, superioridad o suficiencia.

Es importante que en nuestras comunidades leamos y comentemos el mensaje que sobre este punto nos entregó la conferencia de obispos latinoamericanos en Aparecida (13). ¡Todos como pueblo de Dios tenemos que hacernos discípulos del Señor! Ahí está nuestra identidad…y nuestra única fuerza.

d) Discernir los signos de los tiempos para anunciar el Evangelio al hombre y la mujer de hoy

Como personas de fe creemos que el Espíritu de Dios sigue actuando en la historia, lo que nos hace mirar con esperanza el futuro (14). Sabemos que nuestra historia encontrará un día su plenitud en el Señor (15) y que todos, sin exclusiones, estamos invitados a ese encuentro. Por eso, a pesar de los desconciertos que pueden producir los cambios de cultura, y a pesar de nuestra propia debilidad, de nuestros errores y pecados, nos sentimos llamados a discernir el paso de Dios, discernir los signos de los tiempos, asumiendo las grandes oportunidades que este profundo cambio de época nos ofrece.

III. CAMBIOS DE NUESTRO TIEMPO: HECHOS QUE NOS INTERPELAN

a) Hechos positivos: el cambio como una gran oportunidad


Si bien es cierto que la rapidez de los cambios puede desorientarnos, desarticular las instituciones y remecer las culturas hasta sus mismas raíces, no es menos cierto que se abren posibilidades insospechadas en la comunicación de los pueblos y en el progreso humano. Se ofrecen hoy grandes oportunidades no sólo a la sociedad civil sino a la misma Iglesia, si con discernimiento asumimos y contribuimos a orientar estos cambios de la humanidad.

1. La humanidad ha experimentado cambios tecnológicos y científicos que permiten grandes avances en muchos aspectos de la vida humana. A menudo ellos han aliviado el trabajo y generado bienestar. Particularmente importante es el progreso experimentado en las comunicaciones, que a través de Internet y de los medios audiovisuales permiten nuevos modos de relacionarnos en una cultura globalizada. Podemos ahora. compartir lo mejor de cada cultura.

Los cambios acortan las distancias e invitan a abrir los encierros y a reforzar las instancias de colaboración internacional. Por primera vez tenemos hoy conciencia y presencia de toda la humanidad. Por eso vamos experimentando la necesidad de una autoridad internacional en lo económico y en lo político, que sea capaz de velar por el bien común de la humanidad evitando hegemonías que marginan a muchos pueblos. Así lo han sugerido los Papas y recientemente el Papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate (16).

Si como conjunto nos proponemos ser más solidarios, sería posible hoy día controlar la violencia internacional, las hambrunas, dar habitación y vestido a todos, romper la brecha entre el desarrollo y la miseria.

2. El mayor conocimiento de la naturaleza nos ha permitido enfrentar mejor las enfermedades, alargando la esperanza de vida; ha disminuido la mortalidad infantil, y se ha hecho frente a las pandemias y otros males con nuevas posibilidades.

3. Hoy estamos en condiciones de erradicar la ignorancia y mejorar el nivel de educación. Además las facilidades en las comunicaciones han contribuido a que se imponga una necesidad de transparencia que nos libera y hace posible enfrentar en mejores condiciones la corrupción y los abusos.

4. Después de muchas atrocidades y dolores, la humanidad ha tomado conciencia de la necesidad de salvaguardar los derechos humanos y la dignidad de la persona.

5. Especialmente esperanzador es el nuevo papel que debe jugar la mujer en la sociedad. Su ingreso en la política y en el trabajo abre posibilidades de humanización.

6. Del mismo modo este avance nos impulsa a rechazar toda discriminación injusta que pueda derivarse de las ideas, la raza, el sexo o el dinero.

7. Los mayores niveles de educación alcanzados ofrecen oportunidad de contribuir al progreso en dos dimensiones esenciales de lo humano: la razón y la libertad. Como consecuencia de eso la ciudadanía pide nuevos y mejores espacios de participación.

8. Se ha ido produciendo una creciente conciencia de preservar la naturaleza (17).
Por lo anterior se puede decir que es este un momento particularmente prometedor para la humanidad.

b) Hechos que crean malestares

Debemos constatar que todas esas posibilidades y aspectos positivos no han impedido que la nueva cultura de la globalización engendre también profundos malestares. Por eso hemos de estar atentos a esos malestares, para que las posibilidades que se nos ofrece con el progreso no se conviertan en una amenaza que termine por destruirnos.

A los cristianos nos preocupa, como lo ha hecho ver en múltiple oportunidades Benedicto XVI, la parcialidad y los peligros de una cultura que excluye a Dios llevándonos con eso por un camino muy deshumanizante (18). Preocupa la dinámica secularizadora de propuestas culturales que se presentan con imágenes liberadoras sin referencia a Dios y que buscan invadir la vida diaria de nuestra sociedad.

1. Malestar ante un determinado tipo de globalización

Impresiona cómo en Chile y en otras naciones de la tierra se ha manifestado un profundo malestar ante el modelo cultural que ha impuesto la globalización y que va orientando nuestras vidas y organizando las sociedades del mundo según sus criterios. Por todas partes surgen manifestaciones de \"indignados\" que piden cambios profundos en la organización internacional. En nuestro país, diversas manifestaciones y en particular un poderoso movimiento estudiantil están pidiendo reformas. En el mismo sentido se han venido expresando sectores significativos de algunas regiones, que se sienten postergadas, no escuchadas, e incluso engañadas. Ese malestar se expresa como una protesta contra los criterios orientadores impuestos por la globalización. La Iglesia no puede permanecer ajena a ese clamor.

2. Malestar ante la excesiva centralidad de lo económico

Chile ha sido uno de los países donde se ha aplicado con mayor rigidez y ortodoxia un modelo de desarrollo excesivamente centrado en los aspectos económicos y en el lucro (19). Se aceptaron ciertos criterios sin poner atención a consecuencias que hoy son rechazadas a lo ancho y largo del mundo, puesto que han sido causa de tensiones y desigualdades escandalosas entre ricos y pobres.

Por promover casi exclusivamente el desarrollo económico, se han desatendido realidades y silenciado demandas que son esenciales para una vida humana feliz. La tarea central de los gobiernos parece ser el crecimiento financiero y productivo para llegar al tan anhelado desarrollo. Tal vez hemos tenido la ilusión de que del mero desarrollo económico se desprenderían en cascada por rebase todos los bienes sociales y humanos necesarios para la vida. Ese modelo ha privilegiado de manera descompensada la centralidad del mercado, extendiéndola a todos los niveles de la vida personal y social. La libertad económica ha sido más importante que la equidad y la igualdad. La competitividad ha sido más promovida que la solidaridad social y ha llegado a ser el eje de todos los éxitos. Se ha pretendido corregir el mercado con bonos y ayudas directas descuidando la justicia y equidad en los sueldos, que es el modo de dar reconocimiento adecuado al trabajo y dignidad a los más desposeídos. Hoy escandalosamente hay en nuestro país muchos que trabajan y, sin embargo, son pobres (20).

Movidos por motivos aparentemente razonables, propios de un desarrollo económico acelerado, se postergan medidas que retardan hasta lo inaceptable una mejor distribución y una mayor integración social. Esto se da, por ejemplo, en la dificultad de revisar el sistema impositivo. El argumento de que un cambio retrasaría el crecimiento puede ser falaz, porque un paso más lento puede conseguir que nuestro andar sea más seguro y sustentable para llegar a la meta de ser un país genuinamente desarrollado y en paz.

Todo esto ha llevado a las Naciones Unidas a desarrollar un programa sobre el desarrollo humano (PNUD) que va más allá de lo económico y se preocupa también de la felicidad de los pueblos. Ahí se constata que la dimensión económica es importante pero por sí sola no basta.

3. Malestar ante el individualismo y la soledad

La economía ha ocupado una centralidad en desmedro de otras dimensiones humanas. Se han desarticulado muchas redes sociales, se ha acentuado la competitividad, se han descuidado los aspectos políticos de la realidad, se ha afectado el fondo de la vida familiar.

La participación en el consumo febril es más importante que la participación cívica o la solidaridad para la realización de las personas. Se presenta ese consumo como lo único capaz de dar reconocimiento público y felicidad. Todo se convierte en bien consumible y transable, incluida la educación. Es natural que en este cuadro los menos favorecidos en el presente se sobre endeuden hasta lo inhumano para participar del producto del desarrollo, destruyendo por ese camino el bienestar familiar e hipotecando su futuro. Se trata de una nueva forma de explotación que termina favoreciendo a los más poderosos y aislándonos.

4. El profundo malestar existencial

La sensación de inquietud y pesadumbre de muchos se expresa tal vez en pocas cosas más fuertemente que en el desordenado uso del alcohol y sobre todo en las drogas. Quienes ven imposible alcanzar su realización en los medios que la sociedad considera como signo de éxito, fácilmente se refugian en la droga. Pero curiosamente muchos que aparentemente lo tienen todo experimentan también un vacío del cual tratan de huir. En torno a la droga se ha desarrollado un mundo de violencia y corrupción muy difícil de controlar por las ingentes cantidades de dinero que mueve.

5. Deficiencias en el rol del Estado

En esta concepción del desarrollo tan fuertemente orientada por el mercado, es natural que el Estado vaya cediendo muchas de sus funciones y pierda sus instrumentos de intervención hasta convertirse sólo en un ente regulador. Incluso esta misma función reguladora se ve disminuida porque se considera finalmente que toda regulación imposibilita la eficiencia y la libertad del mercado. El Estado ha quedado con las manos atadas para la prosecución del bien común y sobre todo para la defensa de los más débiles.

Con eso, la subsidiariedad (21) que puede focalizar adecuadamente la acción estatal se entiende mal y se desarticula así la correcta relación entre lo privado y lo público. En todas las esferas de la vida se ha privilegiado excesivamente lo privado por sobre lo público. Quienes están más desfavorecidos en el mercado quedan desamparados y padecen esta ausencia del ente que debe velar por el bien común. La carencia de adecuados controles en un mundo competitivo se ha prestado a fuertes abusos, tal como lo hemos podido experimentar en nuestro medio.

En un país marcado por profundas desigualdades resulta extremadamente injusto poner al mercado como centro de asignación de todos los recursos, porque de partida participamos en ese mercado con desigualdades flagrantes. El barrio en que vivimos, el colegio y la universidad en que estudiamos, la redes sociales que tenemos, el apellido que heredamos, distorsionan radicalmente lo que en teoría debería ser un escenario donde todos tengamos las mismas oportunidades. La partida desigual y la competencia descontrolada no hacen sino ampliar la brecha cuando se llega a la meta. El resultado final es que nos encontramos en un país marcado por la inequidad.

6. Desigualdad social

En Chile el nivel de desarrollo económico alcanzado convierte a la realidad desigual en algo explosivo.

Las movilizaciones sociales justas en sus demandas pueden poner en peligro la gobernabilidad si no existen adecuados canales de expresión, participación y pronta solución. Ya no se acepta más que se prolonguen las diferencias injustificadas. La desigualdad se hace particularmente inmoral e inicua cuando los más pobres, aunque tengan trabajo, no reciben los salarios que les permitan vivir y mantener dignamente a sus familias.

7. El “lucro” desregulado

En este contexto social, el “lucro” desregulado, que adquiere connotaciones de usura, aparece como la raíz misma de la iniquidad, de la voracidad, del abuso, de la corrupción y en cierto modo del desgobierno (22).

No es extraño que esta concepción marque profundamente la educación, uno de los ámbitos de nuestra sociedad donde se manifiesta más claramente la inequidad. La amplia cobertura alcanzada por nuestro país en este campo ha puesto sobre el tapete las diferencias infranqueables en calidad. Por eso mismo, la educación es el ámbito donde el \"lucro\" es rechazado con mayor vehemencia. No podemos, sin embargo, tranquilizar la conciencia centrándonos sólo en el lucro o echándole la culpa de los males a la calidad de los profesores, que ciertamente tiene que mejorar. La más elemental honradez y justicia nos obliga a ir más a fondo en el análisis hasta llegar a la raíz del problema.

Preocupa que en nuestras universidades la formación de las élites esté centrada en su aporte a la productividad y en la eficiencia económica, y no en el sentido ético y en la preocupación por la calidad de la existencia humana. En la actual cultura se hace indispensable repensar al ser humano y su destino para que él pueda desempeñar su papel como sujeto de la historia y como destinatario del progreso, dando espacio al sentido más profundo de la vida humana.

8. Efectos en la naturaleza

A todo lo anterior habría que añadir que una avanzada tecnología manejada por el mercado y orientada primordialmente al crecimiento económico, puede tener efectos gravísimos para la conservación de la naturaleza que es nuestro hábitat. Esto no sólo es grave en sí mismo sino que destruye el futuro y es muy doloroso para las culturas ligadas a la tierra, como son las de los pueblos originarios de nuestro país, que consideran a la tierra como a una madre.

9. Consecuencias en la vida familiar

Los cambios actuales han tenido consecuencias serias en la vida familiar. El rol educador de la familia está afectado. Preocupa la dificultad para mantener la estabilidad de la familia.

IV. EVANGELIZAR LA CULTURA: APORTE CRISTIANO PARA HUMANIZAR Y COMPARTIR EL DESARROLLO

No nos parece cristiano quedarnos en una posición lastimera y negativa ante el presente. Nuestra misión nos invita a reconocer la globalización para contribuir a orientarla, y darle un sentido correcto que nos humanice. Por ello, frente a esta forma de globalización que hemos descrito, tenemos una doble misión. Por una parte sentimos un fuerte llamado a asumir sin miedos todo lo positivo que ella tiene, y al mismo tiempo a promover que esa globalización sea corregida en sus limitaciones para que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos. Por cierto es necesario un desarrollo económico, pero este no puede generar la destrucción de lo social. Queremos hacer de Chile un país genuinamente desarrollado, un país más fraterno, con mayor esperanza, más libre, más feliz (23).

Si Chile quiere responder al desafío presente tiene que ampliar su mirada y enfrentar su sistema político, su sistema educativo, su sistema económico y su concepto de desarrollo con una visión de conjunto como proyecto de país. Tenemos que integrarnos en la globalización sin perder nuestra identidad y nuestra alma. Debemos revisar profundamente los valores que determinan nuestras decisiones y nuestro modo de vivir. Sin perder los avances alcanzados con tantos sacrificios, es fundamental que reflexionemos entre todos esta situación a fin de realizar pronto y con cordura los cambios necesarios.

Dios se hizo hombre en Jesús. Esta lógica dela encarnación nos invita a entrar en el corazón de la humanidad y compartir con ella lo que somos y tenemos. Es un modo de contribuir al verdadero desarrollo y a la esperanza (24).

En medio de esta realidad, el mensaje cristiano ofrece todo su vigor, su belleza y su actualidad. A nosotros, que estamos inmersos en la cultura, nos da la posibilidad de convertirnos, invitando fraternal y humildemente a toda persona de buena voluntad a compartir ese tesoro.

Es responsabilidad nuestra hacer actual, comprensible y creíble a nuestros contemporáneos el mensaje de Jesús. La revelación que hemos recibido sobre Él no consiste en una serie de proposiciones racionalmente estructuradas y que repetimos de memoria. Esta revelación es para nosotros una Persona que nos mostró el rostro de Dios y su presencia en nuestra propia realidad, al mismo tiempo que nos hizo luminoso lo más profundo de lo humano. Esa revelación nos enseña, como punto central, un estilo solidario de relacionarnos, de entendernos, de amarnos y de vivir como hermanos.

Los malestares que experimentamos ante la cultura globalizada también pueden ayudarnos a volver con más precisión nuestra mirada al Maestro como a una luz y como a nuestro Salvador que nos abre a la comprensión de nuestro propio misterio (25). Los vacíos nos indican lo que andamos buscando (26).

Entre otras cosas, Jesús nos ayuda a mirar el mundo desde los pobres y los excluidos; desde su propia realidad tenemos un mensaje de esperanza para ellos y para todos. Así podemos ver nuestros propios rostros y los rostros de los demás con mirada de misericordia y bondad. Allí purificamos nuestras historias y nuestras vidas, disponiéndolas para el servicio de los hermanos y hermanas. Es en medio de los sin sentidos, de las soledades, de los falsos ídolos donde debemos discernir la Luz que brilla al fondo de toda realidad humana.

Les invitamos a releer el encuentro de Jesús con Zaqueo el publicano (27). Este hombre pequeño que había llevado una vida desordenada se cruzó en su camino con el Salvador y acogió su invitación a hospedarse con Él. Mientras todos evitaban el contacto con el pecador, Jesús se sentó a su mesa y la salvación entró en esa morada. Allí se hizo presente el perdón y la misericordia y Zaqueo entregó la mitad de sus bienes a los pobres y reparó con creces las injusticias que había cometido. El publicano pasó de la codicia a la generosidad, del egoísmo a la solidaridad, de la explotación al servicio.

LO ESENCIAL DE ESTA CARTA QUE COMPARTIMOS CON USTEDES

Puesta nuestra mirada en Jesús y en la cultura que organiza aspectos importantes de nuestras vidas, deseamos señalar algunos puntos que constituyen lo esencial de esta Carta Pastoral que estamos compartiendo con ustedes. Queremos invitar a Jesús a nuestra casa, a nuestra patria, para que entre en ella realmente la salvación.

1. Jesús nos ayuda a entender la dignidad de la Persona Humana

Uno de los grandes valores que orienta nuestra vida personal y social es la centralidad y dignidad de la persona humana.

Aunque la defensa de los derechos humanos ha hecho grandes progresos en nuestro tiempo, la cultura centrada en lo económico tiende a devaluar a la persona. Esta se convierte en \"capital humano\", en \"recurso\", en parte de un engranaje productivo educado para producir, competir y tener. Si bien se habla de la dignidad del ser humano, la cultura actual desatiende el fundamento mismo de tal dignidad y es incapaz de señalar aquello que en su raíz nos diferencia de otras especies y que nos hace sagrados. Ciertamente la dignidad no se funda sólo en el ejercicio de la razón, porque hay momentos de la vida -como la infancia tierna o la vejez extrema- en que el ejercicio de la razón se ve limitado. Un accidente o una enfermedad pueden privarnos del uso de ese don. Lo mismo se diga de la libertad. Si bien podemos estar impedidos de ejercer nuestra razón y nuestra libertad, no perdemos por eso nuestra dignidad.

La vida humana puede tener semejanzas biológicas con otros seres vivientes, pero tiene una dignidad que la pone en un lugar privilegiado en el conjunto de la creación.

Es un hecho que la aparición del cristianismo significó un progreso innegable en el modo de entender y tratar la vida humana. Para un cristiano, heredero del judaísmo, el origen de la dignidad del hombre y de la mujer radica en que ellos son imagen del Dios creador, son sus hijos predilectos, nacidos del amor y para amar. Eso nos ofrece motivos suficientes para tratar al ser humano con sumo respeto desde su origen hasta la muerte. Esta dignidad se ve realzada al constatar que Dios se hizo hombre en Jesús nuestro hermano.

En una cultura donde se nos valora por las competencias y el dinero, el cristianismo nos enseña, aunque no siempre hayamos sido fieles a lo que profesamos, a defender la dignidad humana sin condiciones.

Eso nos obliga a integrar al marginado, a cuidar del enfermo y a darle valor al desvalido porque son plenamente seres humanos.

Por eso se nos invita a tener una proximidad real con el pobre, y proponer un humanismo que no lo margine, no lo explote, que respete su dignidad y sus derechos. Precisamente porque el pobre no basa su existencia ni en la riqueza, ni en sus saberes, ni en sus títulos académicos ni en su abolengo, en él se manifiesta más puramente la dignidad del ser humano como ser humano.

La visión de la dignidad humana nos invita también a volvernos respetuosamente hacia nuestros hermanos de los pueblos originarios de nuestra patria. Ellos son nuestros hermanos y hermanas que tienen derecho a expresar, desde su perspectiva, el mensaje de amor, respeto, igualdad y paz que ofrece el Evangelio. Hagamos nuestras sus demandas justas que exigen reparar siglos de marginación e injusticia. Seamos cuidadosos para corregir nuestras propias faltas del pasado, de modo que jamás el cristianismo pueda aparecer como una fe que se les impone por la fuerza sin respetar sus culturas. El Evangelio debe enriquecerse con sus mejores tradiciones y procurar encarnarse en ellas como lo haría Jesucristo.

2. Jesús nos ayuda a darle sentido profundo a la vida

Uno de los puntos más delicados de la cultura moderna es que nos ha llenado de medios y nos ha quitado los fines. Nos ofrece objetivos a corto plazo privándonos de horizontes que orienten el conjunto de la existencia. Sabemos, sin embargo que quien no tiene fines pierde la orientación y carece de criterios para jerarquizar y elegir los medios. Con eso se daña de raíz el ejercicio de nuestra libertad. Quien no tiene fines se llena de medios y puede terminar atrapado como un esclavo de ellos con una corta mirada. Toda cultura que quiera generar seres libres, sujetos de la historia, debe proporcionar, en su centro, un fin por el cual valga la pena jugar la existencia, ordenarla y darle pleno sentido. “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se les dará por añadidura”, nos enseñó Jesús.

Por lo anterior, podemos contribuir a la felicidad del ser humano desde la perspectiva del Evangelio, aportando una visión que hace posible caminar con horizonte. Esto se hace particularmente necesario hoy ante una cultura que no quiere plantearse este problema y nos invita a vivir y gozar solo el presente, encerrándonos en un drama sin destino.

El ser humano, que a diferencia de otros vivientes, por su inteligencia puede visualizar el futuro, experimenta dramáticamente, aunque quiera negarlo, su temporalidad y sabe que es finito en medio de una añoranza profunda de trascendencia. La verdad de nuestra finitud en esta tierra está clavada en nuestras entrañas

La cultura globalizada desgraciadamente no suele dar respuestas a nuestras preguntas esenciales, las que seguirán germinando siempre desde el fondo de nuestra humanidad. Cuando tenemos un fin, un sentido, podemos enjugar nuestras lágrimas sin ocultarlas y sin mentira, darle un sentido al trabajo y superar los fracasos. Aquel que sabe para qué vive logra ordenar las victorias y las derrotas, las alegrías y las penas.

El cristianismo nos enseña la trascendencia del ser humano. Nos ofrece un horizonte que finalmente nos permite encarar el más ineludible de los obstáculos. La fe cristiana, basada en la resurrección de Jesucristo, nos hace comprender que al final está la puerta más importante, aquella que al franquearla nos permitirá encontrarnos con el rostro de Dios para vivir con Él. Solo allí se develará el misterio total de nuestra vida. Cuando se produzca ese encuentro, todos los caminos se encontrarán y adquirirán su pleno sentido.

Sabemos que para muchos de nuestros contemporáneos nuestra visión no es fácil de aceptar. Sólo un testimonio honesto y coherente de nuestra parte puede ayudar a nuestros hermanos a abrirse a un mensaje que responde a los más hondos anhelos humanos.

3. Jesús nos ayuda a remplazar el individualismo por el amor y la solidaridad

Frente a un individualismo creciente, Jesús nos enseñó que lo más humano es vivir para los demás. El resumió y completó todas las Escrituras en un mandamiento nuevo: \"ámense como yo los he amado” (28). Ahí está el secreto de toda vida social plena y el camino para la felicidad tan añorada. Nos puede asustar el “como”, porque Jesús nos amó “hasta el extremo”, sin embargo, ese “como” se manifiesta como camino que lleva a la vida.

Poco a poco hemos ido confundiendo el concepto de persona con el concepto de individuo. El individuo es un ser separado de los demás. Por el contrario, la persona es un ser que vive en relación con los otros (29). Dios y nosotros, que somos su imagen, somos personas porque vivimos en relación. Vivimos y existimos porque nos aman y porque amamos.

El confundir el profundo concepto de la persona con lo que es el individuo ha creado una sociedad de individuos, donde cada uno compite, busca su éxito y se aísla. Es una cultura que rompe solidaridades y crea soledad. Vivimos masificados, pero en una soledad creciente y brutal. La masa es un agregado de individuos mientras la comunidad es un conjunto de personas que, conservando su individualidad, se dan unos a otros. Con un individualismo donde cada uno tiene que triunfar a codazos, se despedaza la esencia social del ser humano.

Si hay algo que pertenece al núcleo de nuestra fe es la fraternidad, la solidaridad. Somos por esencia sociales y no individualistas, y eso tiene muchas consecuencias, sobre todo en la educación. Un elemento fundamental de la educación de calidad es enseñar a vivir con los otros y para los otros. Se suele hablar hoy de los derechos pero se omite enseñar también los deberes de la persona. En muchos colegios se hacen públicos los derechos de los niños, y es bueno que se haga, pero le falta el complemento de los deberes que nos hacen cuidadosos y respetuosos de los otros.

Tal vez en este contexto valga recordar de nuevo el papel de la mujer, sus innegables derechos y sus deberes, y también la importancia de la dimensión femenina en todas las actividades humanas. Aquí radica uno de los mayores y más valiosos cambios en nuestra cultura que debemos cuidar y promover. La mujer en su verdadera promoción puede ayudarnos, entre otras cosas, a asumir la dimensión del don y la delicadeza.

Finalmente merece especial mención, en este punto, la sexualidad que en el ser humano debe alcanzar su máxima dignidad por ser expresión privilegiada del amor y manifestación del don total y responsable entre personas. Hombres y mujeres han de educar esta dimensión para que llegue a su plenitud porque ella no está totalmente regida por el instinto como en el reino animal. La cultura actual tiende a convertirla sólo en objeto de satisfacción inmediata quitándole los compromisos y la estabilidad que le son esenciales. Esto puede generar mucha soledad y afectar la solidez de las familias. Sin una visión profunda del ser humano ella puede degradarnos.

4. Jesús nos ayuda a valorar el servicio y lo gratuito

En esta sociedad centrada en lo económico, en el lucro y no pocas veces en la usura, donde todo es medido por el dinero, donde se confunde el valor con el precio, Jesús nos enseñó que lo más humano de lo humano no tiene precio, pero tiene máximo valor. Lo más humano no se compra ni se vende: se da y se recibe como un don, comenzando por la vida, la amistad y la alegría. Nadie puede comprar una sonrisa. Hoy parece ser más importante una factura comercial que una carta de amor. Una obra de arte vale por los dólares que se pagan por ella en las subastas más que por su belleza. La tarjeta de crédito ha adquirido un valor casi sagrado. La poesía se ha convertido en prosa.

El pobre por ser pobre puede entender mejor que otros esta dimensión esencial del cristianismo que es la religión de lo gratuito. La religión cristiana nos enseña que el favor de Dios se da como un regalo; ella nos recuerda que es Dios quien viene a nosotros porque nos ama. Jesús nos enseñó que su Padre nos quiere sin condiciones, que no nos ama porque nos portamos bien e hicimos nuestras tareas, sino simplemente porque nos quiere. Ahí el más débil y el pecador tienen un lugar y no son marginados.

María ocupa un lugar central en nuestra devoción porque en ella queda de manifiesto que todo es obra de Dios, gracia, regalo. La Virgen fue llena de gracia no por sus méritos sino porque Dios se prendó de ella y la amó hasta el extremo, y por eso fue bienaventurada. En ella “el Señor hizo obras grandes” porque humildemente se abrió a sus dones y ella colaboró (30).

La gratuidad, el abrirse al regalo, a gozar lo que hay que gozar como un don, es de máxima relevancia en una sociedad que todo lo calcula, todo lo mide, todo lo pesa. ¡Qué bien nos hace promover una cultura del don y de la gratuidad!

En esta sociedad pragmática y productivista no se valora ni se educa para la amistad, la contemplación, la humilde alegría, el juego, ni mucho menos para el descanso. La poesía, el arte y la belleza son expresión de esta dimensión ineludible de lo humano y lo divino. El mercado tiene poco o nada que decir frente a esta realidad.

Ligada a la visión de gratuidad frente al universal deseo de lucro, está la visión de la vida como servicio. En un mundo donde los alumnos suelen entrar a las universidades para aprender y salir para lucrar, la idea es formarlos en un humanismo que les permita entrar para aprender y salir para servir, para entregarse a los demás, a su familia y a su sociedad.
Nuestra fe no desprecia el trabajo ni el esfuerzo, pero la razón última de ese trabajo es el amor y no la codicia; es el servicio y no el poder.

5. Jesús nos ayuda a reencontrar la verdadera libertad

El excesivo individualismo, el modo como se ha fomentado el consumo y el tipo de relaciones de mercado, han tenido un grave efecto en el concepto de libertad que es tan esencial para el desarrollo integral de la persona. Se considera libre a aquel que puede hacer lo que quiere y cuando quiere, el que no tiene compromisos. Se considera libre, sobre todo, a aquel que puede elegir entre diversos productos más que aquel que es responsable de sí mismo y de los demás. Fácilmente tal libertad puede derivar en auto referencia y aislamiento.

El cristianismo, contemplando la libertad de Jesús, nos ayuda a repensar este concepto fundamental de la dignidad humana. Es claro que queremos formar un hombre y una mujer que sean libres, lúcidos ante los múltiples falsos ídolos, dictaduras, modas, presiones sociales, prejuicios, ideas e ideologías de turno. El supremo acto de libertad es el don consciente de uno mismo para que otros vivan; es hacerse responsable de sí mismo y de los otros; es no sólo reafirmar los propios derechos sino acentuar los deberes que tenemos frente al prójimo. En un mundo masificado e individualista qué difícil resulta entender la libertad como posesión de sí mismo para entregarse a los demás.

La libertad es una calidad del alma que nos permite ser tan dueños de nosotros mismos como para hacernos capaces de morir por los otros. Dijo Jesús: “Nadie me quita la vida, yo la doy libremente” (31). Él mismo nunca fue tan libre como cuando estaba clavado en la cruz, perdonando, asumiendo y compartiendo el dolor de todos los que sufren. Del mismo modo nunca es más libre un hombre o una mujer que cuando, olvidándose de sí, se entrega a su pareja y se hace responsable del otro para siempre. El compromiso, más que un límite, es una verdadera liberación.

6. Jesús nos ayuda a enfrentar el dolor, la debilidad y el fracaso

En nuestra cultura exitista estamos desarmados ante el fracaso y el dolor. Se nos enseña a triunfar y nos inculcan la necesidad imperiosa de tener éxito a cualquier precio. Con eso quedamos inermes ante la debilidad. Sin embargo, tarde o temprano todos lloramos, todos tenemos miedo y sufrimos. El actual humanismo, severamente marcado por la cultura individualista, exitista y competitiva que nos impone la globalización, suele estar desarmado ante el dolor físico, moral y espiritual, ante la soledad, la vejez, la enfermedad y la muerte.

Es esencial reelaborar esta dimensión ineludible de la existencia humana. Cuanto más una cultura nos ayude a secar nuestras lágrimas sin eludirlas, más sólida será su fortaleza. Jesús en la cruz nos enseña a procesar el dolor, y su resurrección puede darle sentido al sufrimiento. No se trata de fomentar una cultura del dolor sino de una cultura que dé sentido a la existencia en todas sus dimensiones y no se limite a dar analgésicos pasajeros.

7. Jesús nos ayuda a dar dignidad al trabajo humano

Quien comprende lo que hemos señalado antes en relación a la dignidad del ser humano puede afirmar que el trabajo, tan esencial en nuestra vida, no puede ser jamás una mera mercancía que se transa en el mercado. Ese trabajo es una forma de participación en la creación porque somos de algún modo colaboradores con Dios en su obra creadora. La empresa moderna tiene que aprender que el ser humano no participa en ella solo como un eslabón en la cadena productiva. Participa en ella como creador, como sujeto y debe obtener en justicia los frutos de su actividad.

No es comprensible que, en un país como Chile, con el nivel económico que hemos alcanzado, un trabajador que tiene un empleo estable esté más abajo de la línea de pobreza. Eso no es ético y no se condice con la dignidad humana. El salario ético no es una exigencia de la economía, es la consecuencia ética de la misma dignidad humana.

8. Jesús nos ayuda a vivir el pluralismo y fundar sólidamente nuestros valores

El cambio de época que experimentamos quebró muchas de las fundamentaciones tradicionales de nuestros valores y estos se debilitaron. Por ese motivo más que nunca se hace necesario fundamentarlos nuevamente y no presentarlos como una especie de imposición determinista de la naturaleza, o como una disposición de la autoridad, o como un residuo de la tradición sin ninguna relación con la cultura, que es tan gravitante en la conducta humana.

Llamados por Dios a vivir libremente conforme a un proyecto humanizador, hoy estamos invitados a formar nuestra conciencia para que sea razonable, libre, y a la vez responsable. Esto nos obliga a dar razón y justificar nuestros valores. Mucha gente no percibe la racionalidad de algunas exigencias éticas que brotan de nuestra fe. Como cristianos, fieles a una tradición que busca dar razón de su fe, queremos ofrecer un lúcido testimonio de aquello que profesamos, en un clima de respeto y de diálogo con quienes no creen en Jesucristo.

Se habla hoy de los valores sin darles una fundamentación conveniente, sin explicar por qué un valor es valioso y debe ser asumido. ¿Por qué vale la pena hasta dar la vida por ciertos valores? Para vivir en sociedad tenemos que compartir ciertos valores básicos porque no es posible vivir juntos si, por ejemplo, no estamos de acuerdo en el valor de la democracia, de la justicia o de la paz. Sin embargo podemos darles fundamentos diferentes a tales valores según nuestras diferentes visiones.

Ni el simple consenso ni las estadísticas dan fundamento suficiente a lo que estimamos valioso. El pluralismo es inmensamente positivo porque nos ayuda a convivir y nos permite asumir diversos puntos de vista, comprendiendo la complejidad de la vida y ensanchando nuestra limitada visión de ella. Ese pluralismo, hecho de respeto y no de silencios, debe ser fomentado porque nos permite buscar con otros la verdad, complementándonos. Es un modo solidario de buscar y profundizar la verdad sin relativizarla. El pluralismo agudiza nuestra razón para llegar al fundamento que hace más razonables para todos lo que proponemos como un valor, sin relativismos y sin fundamentalismos.

Un valor bien fundado nunca es relativo. Como decíamos, uno de los grandes aportes de la globalización es permitirnos una profunda relación entre culturas, religiones y modos de vivir diferentes. Este universalismo nos estimula a redescubrir hoy y acentuar algo que está en la esencia de lo católico (32). Sin embargo, si no se procesa bien podría llevarnos a un relativismo donde todo dé lo mismo. El relativismo radical destruye todo compromiso y hace imposible la vida humana. Si todo da lo mismo, nada importa realmente.

No es lo mismo el relativismo radical que el saber que uno siempre es limitado en su acercamiento a la verdad, que uno no es dueño de todas las perspectivas y que necesita la visión de otros para ser honestos en la búsqueda. Sin esta posición humilde ante la verdad, la vida humana también se hace difícil porque surgen los fanatismos, los fundamentalismos de toda especie y la intransigencia. Sin esa humildad nos creeríamos dueños absolutos de la verdad que siempre es vislumbrada parcialmente por nosotros.

Creemos en la Verdad pero sabemos que tenemos que ir acercándonos entre todos a ella más y más. La revelación de Jesús nos ayuda en el camino pero siempre, por parte nuestra, nos acercaremos a ella a partir de las visiones limitadas que tenemos. Nosotros hemos recibido una revelación en Jesucristo que nos aleja del relativismo pero no nos hace dueños exclusivos de la verdad.

Para vivir los valores, que son parte esencial de la cultura, deben ser bien definidos y sobre todo fundamentados para que lleguen a ser aceptables y se conviertan en un patrimonio compartido. Ellos son el corazón de la ética sin la cual no hay vida civilizada.

Parece sumamente importante para la credibilidad de la Iglesia dialogar hoy con las lógicas modernas, y en sus propios lenguajes para comprender mejor el Evangelio, hacerse entender, y justificar lo esencial del mensaje cristiano que queremos transmitir. Hoy no se acepta el miedo al castigo divino o el argumento de autoridad como fundamento último del valor. Dios no es irracional. Él quiere que seamos seres autónomos y libres, convencidos de la verdad de un mensaje que humaniza, que nos invita sin ambigüedades y sin recortes a emprender el desafío que lleva a la verdadera felicidad.

Tenemos que ayudarnos entre todos a ser honestos ante Dios y con nosotros mismos. Esto nos obliga a ser audaces y valientes para reconocer las debilidades de nuestra cultura actual sin caer en una ingenua adaptación a ella.

V. ESPECIAL PREOCUPACIÓN POR LA FAMILIA Y LA EDUCACIÓN

No podemos dejar de pensar en la familia que es la primera y más importante educadora. Los valores fundamentales, el amor incondicional, el respeto, la solidaridad, el espíritu de servicio originariamente se aprenden y se ejercitan en el seno de la familia. Ella es el lugar donde germina la fe profunda en Jesucristo y se hace operante en toda la vida.

Ciertamente los rápidos cambios que se están produciendo conmocionan todos los aspectos de la vida familiar. Por eso queremos que la Iglesia sea un apoyo a todas las familias en su insustituible misión de educadoras de la humanidad. Si queremos un Chile nuevo, más humano y más justo, más solidario, debemos darle una prioridad a la familia para que viva y transmita los valores que hemos señalado. Todo el sistema educativo debería apoyar a la familia en su labor de formación de la persona. Deseamos que nuestras escuelas, colegios y universidades vivan en un clima de confianza, ya que sólo en una cultura de auténtica confianza se hace posible educar. Invitamos a las comunidades educativas a proponer programas que piensen el contenido de esta Carta y fomenten la cultura de desarrollo integral, solidario y humano que hemos descrito.

VI. CONCLUSIÓN

Al terminar esta Carta Pastoral queremos señalar la necesidad de que las comunidades prosigan esta reflexión para llevarla a la vida en las familias, en la escuela, en el trabajo, en la parroquia y en los movimientos. También para que sepamos utilizar correctamente todas las posibilidades que nos ofrecen la cultura y en particular los modernos medios de comunicación, las redes sociales y la tecnología. De este modo podremos prestar un servicio a nuestro pueblo.

Nuestra fidelidad a Jesús y nuestro contacto con la cultura actual nos obligan a ir a la raíz de la fe que profesamos para reconocer y apoyar todo lo bueno y para superar aquello que no corresponde al Evangelio. La Iglesia debe resituarse en el mundo con nuevas coordenadas. Esa fe obliga a la Iglesia a tener una participación activa en asuntos de debate público que interesan a nuestra sociedad como la acogida a los migrantes, la protección de todos los que son más vulnerables, la situación en las cárceles, la lucha contra la discriminación, la defensa y promoción de los derechos humanos, el combate a la deshumanizante drogadicción, las necesarias reformas a la educación, y en general los problemas que atañen a la vida social y política. A la Iglesia corresponde estudiar esos problemas y suscitar su reflexión en la sociedad, ahondar en su comprensión, confrontarlos a la luz del valor fundamental de la dignidad de la persona que nos enseña Jesús.

Estamos en un momento muy privilegiado de nuestra historia. Estamos refundando el país y esto es muy apasionante. De aquí a diez o quince años, es posible que hayamos dado un salto cualitativo que nos permita estar entre los países desarrollados y así poder resolver los problemas mayores de justicia, trabajo, salud y una educación de calidad para todos. La buena educación no consistirá sólo en acumular saberes sino también en tener una moral sólida que haga posible la participación y la convivencia ciudadana. Tenemos que humanizar ese desarrollo y compartirlo entre todos.

Como lo hizo Zaqueo, acojamos a Jesús en nuestra “casa”, para estar con Él. Acojamos al Señor en nuestra patria para que se siente a la mesa con nosotros como lo hicieron los discípulos que, desalentados, iban camino de Emaús.

A Cristo tenemos que escucharlo, amarlo y seguirlo como verdaderos discípulos. Por Él debe recomenzar nuestro camino (33). En Él debemos reencontrar nuestra credibilidad más que en nosotros. Nuestro testimonio debe ser transparente para encarnar su Evangelio en el corazón mismo de la nueva cultura.

Le pedimos a María, la madre de Jesús, la Virgen del Carmen que nuestro pueblo ama, que nos ayude a alcanzar el progreso, a hacer los cambios sin perder el alma, sin menoscabar nuestra identidad profunda. Ella le permitió al Hijo de Dios hacerse hombre, lo educó humanamente, escuchó su palabra, estuvo junto a su cruz y humildemente ayudó con su presencia y su ejemplo a la Iglesia naciente.

Pedimos a nuestros santos Teresa de los Andes y Alberto Hurtado, y a la bienaventurada Laura Vicuña, que intercedan por nosotros para que amemos y sirvamos a Dios y a los hermanos como ellos lo hicieron.

Para todos y todas invocamos la sobreabundante bendición del Señor.

† Ricardo Ezzati Andrello
Arzobispo de Santiago
Presidente

† Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Vicepresidente

† Gonzalo Duarte García de Cortázar
Obispo de Valparaíso

† Horacio Valenzuela Abarca
Obispo de Talca

† Ignacio Ducasse Medina
Obispo de Valdivia
Secretario General


Notas a pie

(*)El texto tiene como telón de fondo varios documentos del magisterio pontificio y episcopal latinoamericano. En particular se ha tenido en cuenta:
- Concilio Vaticano II, sobre todo Lumen Gentium y Gaudium et Spes.
- Paulo VI, Populorum Progressio y Evangelii Nuntiandi.
- Juan Pablo II, Tertio milenio Ineunte; diversos documentos y homilías sobre Nueva Evangelización, y Ecclesia in America.
- Benedicto XVI, las encíclicas Caritas in Veritate, Spe Salvi y su discurso en Aparecida.
- Los documentos de Aparecida y de las anteriores Conferencias Generales del Episcopado latinoamericano.

(1) Cfr. XIII Asamblea Gral. Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Instrumentum Laboris La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, Ciudad del Vaticano, 2012.

(2) Lo hacemos con la actitud que manifestó el Papa Paulo VI en su discurso a la Asamblea de las Naciones Unidas (1965), donde con sencillez y fraternidad habló no desde el poder sino como “experto en humanidad” (ver Nos 1-3).

(3) Hechos de los Apóstoles 3, 6.

(4) Conferencia Episcopal de Chile, El deber social y político en la hora presente (septiembre de 1962) y La Iglesia y el problema del campesinado chileno (marzo de 1962).

(5) Intervención en un Seminario de CIEPLAN, 1986.

(6) Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 1.

(7) Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 1.

(8) Cfr. Paulo VI, en su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, desarrolla ampliamente el concepto de evangelización de la cultura. Antes se hablaba sólo de evangelizar a las personas. Esta enseñanza fue recogida por la IV Conferencia de los obispos de América Latina reunidos en Santo Domingo y retomada en la V Conferencia de Aparecida.

(9) Benedicto XVI, Carta a los católicos de Irlanda, 2010. Además en Australia y en otras múltiples ocasiones el Papa ha pedido perdón a las víctimas de abusos.

(10) Lucas 22,26. Cf. Juan 13, 13-17.

(11) San Pablo, I Carta a los Corintios 9, 16.

(12) San Pablo, Carta a los Filipenses 2, 1-5.

(13) Cf. Documento de Aparecida Nos 101-102: “En este momento, con incertidumbres en el corazón, nos preguntamos con Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Él es el verdadero camino hacia el Padre, quien tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16).Esta es la vida eterna: “Que te conozcan a ti el único Dios verdadero, a Jesucristo tu enviado” (Jn 17, 3). La fe en Jesús como el Hijo del Padre es la puerta de entrada a la Vida. Los discípulos de Jesús confesamos nuestra fe con las palabras de Pedro: “Tus palabras dan Vida eterna” (Jn 6, 68); “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne (cf. Jn 1, 14), verdadero Dios y verdadero hombre, prueba del amor de Dios a los hombres. Su vida es una entrega radical de sí mismo a favor de todas las personas, consumada definitivamente en su muerte y resurrección. Por ser el Cordero de Dios, Él es el Salvador. Su pasión, muerte y resurrección posibilita la superación del pecado y la vida nueva para toda la humanidad. En Él, el Padre se hace presente, porque quien conoce al Hijo conoce al Padre (cf. Jn 14, 7)”.

(14) Benedicto XVI, Spe salvi: Carta Encíclica sobre la esperanza.

(15) San Pablo, Carta a los Efesios 1,10.

(16) Cfr. Benedicto XVI, Caritas in veritate, 2009.

(17) Cfr. Área Pastoral Social Caritas de la Conferencia Episcopal de Chile, Documento de trabajo Florecerá el desierto. El don de la Creación y sus desafíos en nuestro tiempo, tarea para la Iglesia, 2012.

(18) Benedicto XVI ha desarrollado magistralmente esta idea en Encíclica Spe Salvi y en el Discurso de Aparecida.

(19) Benedicto XVI ha denunciado con clarividencia esta realidad en su encíclica sobre el genuino desarrollo humano Caritas in veritate, y en muchas otras intervenciones.

(20) La encuesta CASEN 2009 señala que el 70% de los pobres chilenos son asalariados y trabajan.

(21) Cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 185-187.

(22) Cf. Documento de Aparecida, N° 62.

(23) Estudios internacionales muestran a nuestro país como uno de los más individualistas; como el de mejor bienestar en América Latina, pero no de los más felices (Informe PNUD 2011; Estudio de la Universidad de Essex: Culture and Self-construals: Clarifying the Differences).

(24) El documento de Aparecida en su número 194 recuerda que estamos llamados \"a conocer la cultura actual para sembrar en ella la semilla del Evangelio, es decir para qué el mensaje de Jesús llegue a ser una interpelación válida, comprensible, esperanzadora y relevante para la vida del hombre y de la mujer de hoy, especialmente para los jóvenes\".

(25) “Cuando los discípulos de Emaús se sientan a la mesa y reciben de Jesucristo el pan bendecido y partido, se les abren los ojos, descubren el rostro del Resucitado, sienten en su corazón que es verdad todo lo que Él ha dicho y hecho, y que ya ha iniciado la salvación del mundo”. Benedicto XVI, Discurso inaugural en Aparecida, 13 de mayo de 2007.

(26) San Agustín, Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”.

(27) Lc 19, 1-10.

(28) Juan 13, 35. Jesús hace avanzar las enseñanzas de los profetas y su propia doctrina inicial, al poner como parámetro del amor no el amor que nos tenemos a nosotros mismos sino el modo como Él ama. Es decir, amar hasta morir por los otros.

(29) El cristianismo profundizó el concepto de persona cuando comprendió que Dios mismo, el origen de todo, es una relación amorosa entre tres que llega a ser tan profunda que forman una unidad. La filosofía cristiana trabajó el concepto de persona para explicar el misterio de la Santísima Trinidad. La persona es un ser en relación. Padre, Hijo y Espíritu son definidos como personas porque su ser es relacionarse, amarse, darse mutuamente la existencia.

(30) Lucas 1, 48-49.

(31) Juan 10, 18.

(32) “Católico” significa precisamente “universal”.

(33) Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte (2001), Nos 28-29.

Santiago de Chile, Septiembre de 2012.