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Un Sí para Siempre
Homilía del Cardenal Arzobispo de Santiago, Monseñor Francisco Javier Errázuriz, durante la Eucaristía con la que culminó la Procesión de la Virgen del Carmen 2003 Lc 1, 26-39 Nuestra presencia en la procesión de la Virgen del Carmen, en el Día de Oración por Chile, tiene un profundo significado. Para la gran mayoría de nosotros, recorrer estas calles, acompañando a la imagen de la Sma. Virgen es una convocatoria a la cual, año tras año, no podemos faltar. Es algo que nace desde lo más hondo de la fe, en la cual los misterios de la vida de Jesucristo son inseparables de la vida cotidiana y de la historia. Se entrelazan en esta procesión el amor entrañable a la Virgen María, con la experiencia personal de su cercanía y ayuda, que nos llena de gratitud. Se unen el amor a Chile con el compromiso de construir la Patria impulsados por el Espíritu de Jesús. Una vez al año expresamos simbólicamente esta realidad en la cual creemos. Sabemos que la Sma. Virgen, proclamada Madre nuestra por Jesucristo desde la Cruz, está muy cerca de nosotros, se preocupa de nuestras necesidades, alienta e inspira nuestra vida y nuestros proyectos. Sabemos, por así decirlo, que ella no se queda en los templos, sino que pasa junto a Jesús por las calles de nuestra gran Ciudad, que entra en las casas, que llega a los lugares de estudio y de trabajo, que nos acompaña en las alegrías y los pesares. Sabemos que acompaña nuestros pasos y el cumplimiento de nuestras tareas. Lo expresamos el Día de Oración por Chile. No sólo sale su imagen. Caminamos, peregrinamos junto a ella, como expresión de nuestra fe y de nuestra gratitud; también de nuestro compromiso. Mirando la historia de Chile, de sus familias, y nuestra propia existencia, tenemos tanto que agradecerle. Y queremos compartir su misión. Queremos construir esta Ciudad como Casa suya, en la cual se sienta a gusto y pueda presentarnos a Jesús, y decirnos francamente: Hagan lo que Él les diga. Queremos que en ella pueda acoger a todos sus hijos, particularmente a los más afligidos, para que tengan consuelo, pan, trabajo y esperanza. Entre las innumerables razones de gratitud que tenemos al celebrar la Eucaristía, esta tarde deseamos meditar en una de ellas, la más importante y decisiva. Queremos agradecerle de todo corazón su respuesta al Arcángel Gabriel en la hora de la Anunciación, su Sí a la Encarnación del Hijo del Padre. Y sabiendo que ella dio esa respuesta en nuestro nombre, deseamos decirle esta tarde que lo que más queremos es abrir nuestro corazón y nuestra vida, para que su aceptación, su Sí definitivo, tenga un eco ininterrumpido en nuestra vida, de manera que ese eco pronuncie una y otra vez la palabra Sí a los planes de Dios en todas las circunstancias de nuestra vida; también de nuestra historia como país. Sabemos que dio su respuesta en nuestro nombre. Queremos dar nuestra propia respuesta en el día a día de nuestra existencia, en su espíritu: haciendo nuestro su Sí, su manera de abrir ampliamente las puertas de nuestra alma, sin miedo, a la presencia, el amor, la Pascua y la Misión de Jesús. En una homilía sobre la Anunciación, un doctor de la Iglesia describe poéticamente ese momento en el cual Dios, el Padre y Creador de todo, esperaba la aceptación de su criatura. Del sí de María dependía, hablando humanamente, la realización de su plan de salvación, dependía su nueva iniciativa de alianza; dependía el ingreso de su propio Hijo como nuestro Pastor, nuestro Salvador y hermano. Desde la expulsión de los primeros Padres del Paraíso nunca había amanecido un día más importante que éste. Imagina en su homilía que un profundo silencio invadió a la Creación entera, y que ésta le susurraba al oído de la Virgen su anhelo de salvación y plenitud, y le pedía humildemente que no vacilara, que prontamente diera su sí a nombre de todo lo creado, que respondiera con plena disponibilidad al ofrecimiento asombroso de Dios. Y la Virgen accedió a la petición divina. No lo hizo como un impulso emocional. Se conturbó ante el impresionante saludo y ante la magnitud del propósito divino. Era muy consciente del camino de virginidad que Dios le había señalado. Por eso, en un primer momento no lograba unir la maternidad anunciada con la manifestación anterior del querer divino. Reflexionaba con seriedad, responsablemente, la doncella de Nazaret. Pero el argumento de Gabriel fue definitivo. Era la voluntad de su Dios y Señor, para quien nada es imposible. Con resolución y dulzura Nuestra Señora de la Aceptación manifestó su apertura y disponibilidad. He aquí la esclava, la sierva del Señor, hágase en mí según lo que has expresado, mensajero de mi Dios. María fue colmada con la gracia de ser Madre de Aquel que es la Verdad, el Camino y la Vida; llegó a ser para todos nosotros, Madre de la Esperanza y la Alegría, Madre de Jesús, nuestro hermano mayor, y así Madre nuestra. El sí de María Santísima fue, al mismo tiempo, un sí al plan de Dios, un sí a Jesús, un sí a las promesas hechas a su pueblo, un sí a todos nosotros, y un sí a la humanidad nueva, de la cual, según el querer de Dios, el Pueblo de la Nueva Alianza debía ser luz, sal y levadura. En esa hora se manifestaba el amor irrevocable de Dios - Creador, Pastor, Padre y Esposo de su Pueblo que revelaba su inconmensurable fidelidad a sus designios de salvación. Había creado al hombre para que fuera hijo suyo, para que sus comunidades reflejaran el amor trinitario, para comunicarle su felicidad y su paz. A pesar de todos los extravíos y las rebeldías, Él, en su infinito amor, no se había arrepentido de sus propósitos de bien. Él, que hace llover sobre justos e injustos, y que hace salir su sol sobre buenos y malos (Mt 5,45), había decidido tomar una iniciativa irrevocable, había decidido unir a la humanidad consigo, constituyendo a su propio Hijo en el nuevo Adán, en la Cabeza del género humano. En Jesús, que es nuestra Paz, Dios estaba reconciliando el mundo consigo, y fundando la alianza de paz y fidelidad indestructible. Dios, el Esposo, esperaba la respuesta de María, que representaba a la Esposa, al Pueblo escogido y, en último término, a la humanidad entera. Ella, con mucha humildad, dio su plena aceptación. No sólo en esa hora de gracia. Se mantuvo fiel a su palabra, acompañando a Jesús y a los apóstoles, en el silencio y en la fe, en Nazaret y en las andanzas del maestro y profeta, cuando la gente corría por su bondad y sabiduría, y él no tenía tiempo suficiente para descansar y dormir. Estuvo junto a Jesús cuando las amenazas de muerte cayeron sobre él, junto a Él en la cruz y en la resurrección, junto a Él, que ya había ascendido al cielo, cuando imploraba el Espíritu y cuando acompañaba a la Iglesia naciente como madre de Juan. Cerca de Él en el cielo y en sus santuarios, en nuestras comunidades de vida consagrada y en nuestros hogares. Siempre junto a Él como Madre y Discípula suya, como Compañera y Colaboradora de Aquel que nos libera y nos comunica las palabras de vida eterna y la misma vida eterna. Pero también, junto a nosotros, como Madre, Intercesora y Educadora nuestra. Porque acoger al Hijo de Dios implicaba acogernos a nosotros, hermanos y herencia suya. Y así se preocupó de su prima Isabel, le llevó a Jesús, y con su saludo entró el Espíritu Santificador en la casa de Zacarías y en el seno de Isabel, santificando a Juan. Y el corazón de María se agitó al intuir el bochorno de los esposos de Caná. Bastaban pocas palabras: No tienen vino, y Jesús les ayudaría en su necesidad material. Y bastaban unas oraciones, simplemente ser la Orante en el Cenáculo, y el Padre y Jesús, enviarían el Espíritu Santo, Espíritu de Unidad, de Santidad y de Envío. Y la tradición de la Iglesia, e igualmente de nuestra Patria, nos dice elocuentemente cuán grande es la deuda de gratitud que tenemos con ella por su Sí en la hora de la Anunciación, por su fidelidad a Jesús y a cada uno de los miembros del Pueblo de Dios. Queridos hermanos y hermanas en el Señor, en nuestra Patria se han alzado no pocas voces que ponen en duda la posibilidad de dar un sí para toda la vida, y de mantener esa decisión para siempre. De modo alguno queremos juzgar a quienes han creído que no podían mantener esa primera decisión. Sólo quiero expresar que nuestra cultura, inspirada por el Evangelio, es una cultura que se ha enriquecido y se enriquece permanentemente con decisiones para toda la vida. Llamados a querer a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas, ¿cómo no nos vamos a decidir por Él para toda la vida? Llamados a seguir los caminos de vida y de felicidad, expresados en el Decálogo, la carta que Dios nos entregó en el Monte Sinaí, ¿cómo no nos comprometeríamos con la honra y el apoyo que le debemos a nuestros padres, con el respeto a la vida, al buen nombre de los demás, y a tantos otros derechos humanos, si no es para toda la vida? Invitados por Dios a colaborar con Él en la construcción del Reino de verdad y justicia, de amor y de paz, de gracia y santidad, ¿cómo no nos vamos a comprometer para toda la vida en construir dicho Reino como colaboradores suyos? Llamados los esposos a amarse como Cristo amó, a reflejar el amor trinitario, a amar a imagen y semejanza de Dios, ¿cómo no van a querer comprometerse para siempre, hasta que la muerte, por un tiempo solamente, los separe? Invitados por Dios a gozar de la felicidad eterna, ¿cómo no nos vamos a comprometer para toda la vida con los caminos del Evangelio? Es claro, somos débiles y vulnerables, estamos amenazados por el error y el mal, nos golpea el sufrimiento, la soledad, la incomprensión y la tentación; también nos es posible caer en la indiferencia. Por algo rezamos en el Padre Nuestro: No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Y Jesús nos pide que seamos misericordiosos, que no busquemos ni vigas ni pajas en los ojos ajenos, y que no arrojemos piedras, porque no estamos sin pecado. Sin embargo, nuestro Norte es claro. Animados por la gracia de Dios, estamos llamados a hacer presente en este mundo la novedad del amor de Dios: su gratuidad, su generosidad, su perdón y su ilimitada fidelidad; en una palabra, sus designios de amor y de paz: para siempre. En un momento más vamos a presentar el pan y el vino, que Cristo convertirá en su cuerpo y su sangre, alimento de peregrinos y de constructores de la iglesia y la sociedad. Junto con el pan y el vino, ofrezcámosle nuestra decisión de caminar por este mundo como lo hizo María Santísima. Simplemente nuestra vocación nos pide seguirla a ella que nos precedió en el amor a Cristo, a la Iglesia y a los hermanos. Aprendamos de su Sí, y acerquémonos siempre a la fuente de agua viva, que vivificó su fidelidad. Cristo nos pide abrir caminos de paz, de felicidad y fidelidad, de comunión con Dios y entre las personas. Por algo llevamos el nombre de cristianos. Y no podemos olvidar que la Buena Noticia del Evangelio siempre fue anunciada como un torrente de paz y de alegría. Ofrezcámosle al Padre ser testigos de la novedad del Evangelio dondequiera que estemos: en el hogar como niños, como jóvenes, como esposos y como ancianos. En la vocación al matrimonio y al sacerdocio. En la vocación a la vida consagrada, a la docencia o a la política. En el trabajo y en el descanso. Siempre, siguiendo el camino que nos señaló María Santísima, gustando la bondad ilimitada de Dios, cultivando la amistad con Él en la oración, contemplando la sabiduría de sus caminos, dejándonos guiar por Él, siguiendo los pasos de Cristo, descubriendo la belleza del rostro de Cristo, también y especialmente el rostro sufriente del Señor, en los demás, conscientes de nuestra vocación de ser imágenes de un Dios que es amor, y convencidos de que nada es imposible para Él, cuando se trata de dar nuestro sí para cumplir su santa voluntad. Queridos hermanos y hermanas, queridas comunidades parroquiales, queridos movimientos eclesiales y nuevas comunidades, queridas comunidades de enseñanza, queridas instituciones de servicio público y asociaciones que acompañan el paso de María por nuestra Gran Ciudad, imitemos el amor a María Santísima, cordial y comprometido, de Teresita de Los Andes, del Padre Alberto Hurtado, de Laurita Vicuña y de tantos otros santos, que dio tantos frutos de santidad,. Ofrezcamos nuestra disponibilidad, nuestro sí y nuestro amor a Dios para ser los santos sacerdotes, los santos y las santas consagradas, los santos esposos, los santos jóvenes del tercer milenio, los santos comunicadores, políticos, artistas y educadores que necesita nuestra Patria. No hay otro camino que no sea el amor pleno y verdadero, el amor para siempre a Dios y a los hombres, sobre todo a los más débiles y marginados -, simplemente porque Dios nos amó primero. Amén. |
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