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TEXTO COMPLETO DE LAS PALABRAS DE ENTRADA Y LA HOMILÍA DEL CARDENAL FRANCISCO JAVIER ERRAZURIZ EN LA MISA DE ACCION DE GRACIAS POR LOS 25 AÑOS DE LA III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO.
BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE Domingo, 15 de febrero de 2004 Queridos hermanos, Nos reunimos a celebrar la Eucaristía, el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo Vivo(EA 35), la gran acción de Gracias de la Iglesia donde Cristo se nos regala como el Pan de la Vida, en este Santuario dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América Latina. Hemos peregrinado a esta Basílica, tan querida para el pueblo mexicano y de tanta significación para la evangelización de nuestro continente, desde Puebla de los Ángeles, donde nos reunimos para celebrar agradecidos los XXV años de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. A nuestra memoria viene aquel 27 de enero de 1979 en el que SS Juan Pablo II, a pocos meses de haber iniciado su Pontificado, inauguraba la Conferencia de Puebla. Resuenan en nuestro corazón sus inolvidables palabras: ¡Salve María! Cuán profundo es mi gozo porque los primeros pasos de mi peregrinaje me traen precisamente aquí. Me traen a Ti, María, en este Santuario del pueblo de México y de toda América Latina, en el que desde hace tantos siglos se ha manifestado tu maternidad. ¡Salve María! Y continuaba: pronuncio con inmenso gozo y reverencia estas palabras, tan sencillas y a la vez tan maravillosas repito estas palabras que tantos corazones guardan y tantos labios pronuncian en todo el mundo. Nosotros aquí presentes las repetimos juntos, conscientes de que éstas son las palabras con las que Dios mismo, ha saludado a Ti, la mujer prometida en el Edén, y desde la eternidad elegida como madre del Verbo, Madre de la divina Sabiduría, Madre del Hijo de Dios. ¡Salve, Madre de Dios![1] 1. El don de la Palabra de este domingo ya próximo a la Cuaresma, nos invita a renovarnos en la entrega y la confianza en el Señor de la gloria, en el Cristo de los pobres y necesitados, en el Señor de la Vida y de la Historia, a quien tan hermosamente el Evangelio llama el Camino, la Verdad y la Vida. Nos exhorta a vivir la experiencia de los bienaventurados que, peregrinos en este mundo, tienen su mirada puesta en la tierra prometida, en el cielo. Nos conduce a poner toda nuestra confianza y nuestra vida en el Señor, a abandonarnos en las manos del Padre. 2. En el monte, Jesús ha pasado la noche en oración. Ha convocado a los Doce, a los que él quiso, para que fueran sus apóstoles, cimientos de la Iglesia que él fundaba. Los ha elegido para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar(Mc 3,14). Esa hora de gracia e intimidad con Jesús será el hilo conductor que orientará la vida de Pedro y de sus compañeros. Los sellará para siempre. Estar con él será el fundamento de su vida; anunciar lo que han visto y oído, la tarea. El pequeño grupo se mezcla con la multitud que peregrina de diversos lugares hambrienta de palabras de salvación, sedienta de vida. La intuición de muchos de ellos es que ese hombre era el Cristo, la fuente de una vida nueva, el Mesías esperado. Querían verlo, tocarlo, escuchar su enseñanza y ser sanados de cuerpo y de alma. La diversidad de sus oyentes parece insinuarnos ya la Iglesia futura. 3. En este contexto el Buen Pastor, que conoce el corazón de sus ovejas, proclama el sermón de las bienaventuranzas, y enseña a sus discípulos dónde está la verdadera felicidad, dónde está la plenitud del hombre, dónde lo que lo hace verdaderamente feliz. Jesús da respuesta a las preguntas fundamentales del hombre de su tiempo y del nuestro. Explica el sentido de la pobreza del hambre, del dolor. Los enfermos, que esperanzados lo rodeaban, los hambrientos, los discípulos, los apóstoles y aun los curiosos fueron testigos de sus palabras de vida y de salvación. Fueron protagonistas del sermón que, como verdadera oración y bitácora de vida, permanece a través de los tiempos como la gran enseñanza del Señor de la Historia, que muestra el camino verdadero para alcanzar la vida eterna. Ya presagia en su mensaje la experiencia de la Pascua. Por su gracia será también nuestra Pascua. 4. Hoy como ayer, ¡cuántos son los hombres y las mujeres que desesperan buscando explicaciones sólo temporales al sentido del dolor y del sufrimiento! ¡Cuántos, como lo señala el profeta Jeremías, al no poner su confianza en el Señor, han terminado siendo como un cardo en la estepa que no verá llegar el bien! ¡Cuántos, a través de la historia y de los últimos decenios, buscando respuestas, han confiado sus ilusiones y sus fuerzas a ideologías, a corrientes de pensamiento ajenas a la fe! No pocos justificaron la violencia como respuesta y solución a los flagelos de la injusticia, de la pobreza y de la marginación, que hieren dramáticamente a nuestros pueblos! La Iglesia, esforzándose por crecer en fidelidad al Señor de la vida, no ha cesado de buscar y dar respuestas, desde el depósito de la fe, a estas múltiples interrogantes, iluminando con la Palabra de Vida el acontecer de nuestro pueblo americano. Desde el Evangelio nos ha enseñado una y otra vez que el dolor y la pobreza, el llanto y la soledad, jamás serán la última palabra de la historia. La Palabra de Jesús, es palabra de Vida. Su promesa, la vida eterna, la felicidad plena, la bienaventuranza de los pobres y oprimidos, de los que lloran y son perseguidos, de los que están marginados. Ellos son los primeros llamados al banquete del Reino, a los cielos nuevos y a la tierra nueva. 5. Los apóstoles y sus sucesores, comprometidos con las causas del hombre de su tiempo y las del nuestro, sabemos que hay una experiencia en la fe que alimenta y sostiene la vida, y que nos anima en medio de nuestro peregrinar terreno para seguir hacia la casa del Padre, hacia la tierra de las bienaventuranzas. Cada día tenemos una comprensión más lúcida de que la solución plena a estos problemas del hombre brota del encuentro con Jesús, se funda en la dignidad que él nos otorgó, pasa por los medios que nos proporciona el Evangelio, y sigue por los caminos de la conversión de los corazones, de la justicia y la caridad fraternas, de la fidelidad a la Iglesia y de un anuncio profético y responsable de la integridad del mensaje de la salvación. Las Bienaventuranzas son un grito de paz y de esperanza. A los que viven en las tinieblas de tantas noches oscuras, la Iglesia los invita al amanecer de la historia en sus propias vidas. 6. Dichosos los pobres porque de vosotros es el Reino de los cielos. El Conferencia de Puebla, respondiendo a desafíos de América Latina y del Caribe, abordó desde diferentes ángulos el tema de la pobreza material y espiritual. La felicidad verdadera, profunda, está vinculada a la pobreza material, como nos lo señala claramente Lucas, y también a la pobreza espiritual, como se desprende del relato de Mateo. La Tradición de la Iglesia y la experiencia del pueblo latinoamericano nos muestran que la felicidad de los pobres no consiste en la carencia de bienes materiales, que muchas veces violenta su dignidad. Ella requiere el desapego a los bienes pasajeros, que todo hombre y toda mujer debe tener, y por la posesión y el gozo anticipado de los bienes del cielo. San Pablo concretó esta enseñanza, diciendo que la actitud del cristiano debe ser la del que usa los bienes de este mundo sin absolutizarlos, pues sólo son medios para llegar al Reino[2]. 7. También esta bienaventuranza interpela a la propia Iglesia. Como lo señala el documento de Puebla el testimonio de una Iglesia pobre puede evangelizar a los ricos que tienen su corazón apegado a las riquezas, convirtiéndolos y liberándolos de esta esclavitud y de su egoísmo[3]. Una Iglesia pobre nos alienta a no pasar de largo junto al afligido, sino a peregrinar, siguiendo los pasos de Jesús, el Buen Samaritano, y así a comprender y estar más cerca del que sufre la pobreza y la marginación, del hambriento, del drogadicto, del abandonado, del anciano, del huérfano, de la viuda, de las familias destruidas, del que no es querido ni valorado, del que está fuera de los circuitos del desarrollo, de las minorías o mayorías indígenas tantas veces alejadas de los beneficios de la sociedad, para anunciarles el tesoro de las bienaventuranzas. Queremos acoger el llamado del Señor: Todo lo que hicisteis a uno de mis hermanos, por humildes que sean, a mí me lo hicisteis (Mt. 25, 40). Es que la pobreza evangélica recorre hondadamente las raíces más profundas de la Iglesia. Recordemos que no fue fundada sobre hombres letrados y poderosos, sino sobre gente sencilla, muchos de ellos, pescadores de poca instrucción, a los cuales se les confió: id por todas las naciones, haced discípulos, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo(Mt. 28, 19). 8. Pedro nos resume la relación entre la vida apostólica y la pobreza, diciéndole al Señor: lo hemos dejado todo y te hemos seguido(Mc 10, 28). La misión encomendada por el Maestro, que supera con creces las capacidades humanas de los hombres y las mujeres de ayer y de hoy, hemos de realizarla con los medios pobres del Evangelio, no sobrevalorando nuestra confianza ni en los medios del mundo ni en nuestras propias capacidades. Por vocación estamos llamados a entregarnos por entero en las manos del Padre, lanzando las redes hacia las profundidades que Él nos indique. No es que los adelantos de nuestro tiempo no sean una gran ayuda para la evangelización, no es que los bienes en sí mismos sean ajenos a nuestra misión. Pero siempre en el norte de nuestro peregrinar está la certeza de que es la gracia de Dios, depositada en frágiles vasos de barro, la que lleva la barca mar adentro, hacia las profundidades de nuestro milenio y del corazón humano, sin que se hunda en las tormentas. Por ello, esta bienaventuranza también es una invitación a la Iglesia, y especialmente a los sucesores de los apóstoles, a confiar en el Señor, a entregarnos en sus manos, a descansar en su amor y en su palabra, a preguntarle hacia dónde debemos lanzar las redes de la misericordia, de la palabra, del amor y de la paz, para que muchos más crean y se conviertan. La pobreza de la Iglesia es su gran fortaleza. La Iglesia es colmada de toda suerte de bendiciones, si consciente de ser la Esposa, se acostumbra a apoyarse sólo en Él como e su única Roca, y no en el poder de las influencias y del dinero. Siendo pobre, le es connatural contemplar el rostro de Cristo, también en los que sufren, desprender de sus palabras su sabiduría, y poner sólo en Él toda su confianza. El desasimiento de los bienes de este mundo también es un signo de libertad para ir donde el Señor quiere, y para ejercer sin ataduras el ministerio profético. 9. Bienaventurados los que tienen hambre. En su predicación el Señor se refiere a los hambrientos y sedientos de su tiempo, a aquellos que, al igual que hoy en nuestro continente, no tienen pan para la mesa. Y no sólo habla de ellos; se identifica con ellos. Enrostra he tenido hambre y no me disteis de comer (Mt. 25, 35). Son muchos los cristos que son víctimas de esta injusticia que avergüenza a nuestras tierras. La Iglesia, la comunidad fundada sobre los Doce, y que está llamada a hacer del mandamiento de la caridad su principio de acción, no puede dejar de anunciar a tiempo y a destiempo que los hambrientos son predilectos del Señor, y que serán saciados en la eternidad. Pero cuando abordamos este tema también resuenan en nuestros corazones las entusiastas palabras de SS. Juan Pablo II, quien nos exhortaba hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano (NMI 49). Por ello, con gran fuerza tenemos el deber insoslayable de golpear las puertas de tantos corazones, de hermanos nuestros, de autoridades, de sistemas políticos y económicos, para que ayuden a que esta bienaventuranza, que será plena sólo en el cielo, ya pueda ser pregustada en la tierra. Muchos católicos pueden contribuir a saciar el hambre de tantos con sus talentos y su creatividad, compartiendo sus bienes, abriéndole camino a una economía basada en la solidaridad, y dando trabajo. Hoy, a pesar del gran desarrollo que experimentan muchas naciones de América, nuestro continente sufre, la Iglesia sufre, con el dolor de los pobres que no tiene ni siquiera el pan para compartir. 10. Pero también en el mundo actual percibimos mucha hambre de justicia, de paz, de reconciliación, de espiritualidad que, en último término, encierra un profundo anhelo de Dios. Somos testigos de que en América Latina son muchos los que con sincero corazón buscan a Dios, quieren conocerlo, amarlo y servirlo. También constatamos que no siempre hemos dado una respuesta adecuada, y que hay grupos ajenos a nuestra fe que irrumpen en el corazón de nuestro pueblo con proposiciones ajenas a nuestra cultura, que desconocen a Cristo. Frente a este intenso y profundo hambre de cielo, en nuestro oído susurra las palabras de San Pablo ¡Ay de mi si no predicara el Evangelio!(1 Co 9, 16). La Iglesia peregrina en América tiene el deber y la misión de ir, en el nombre del Maestro, hacia las profundidades de este nuevo milenio de esperanza, al encuentro de esos hombres y mujeres para entregarles el tesoro de la Verdad, la causa de nuestra alegría, para anunciarles a Cristo Vivo. La Nueva Evangelización urge el corazón de cada bautizado para ir al encuentro del hermano para anunciarle que Cristo vive realmente, es decir, que el Hijo de Dios, que se hizo hombre, murió y resucitó es el único Salvador de todos los hombres y de todo el hombre, y que como Señor de la historia continua operando en la Iglesia y en el mundo por medio de su espíritu hasta la consumación de los siglos (EA 68). 11. Queridos hermanos, a 25 años de Puebla, el mundo ha tenido un vertiginoso cambio manifestado en innumerables ámbitos tales como las comunicaciones, la economía, la política, el desarrollo de la medicina, entre otros. También, en el interior de nuestra Iglesia, guiados por el sucesor de Pedro, hemos visto como la acción del Espíritu Santo ha hecho florecer el Concilio Vaticano II. El hombre se ve enfrentado así a nuevas preguntas y nuevas interrogantes. Por otro lado, las complejas situaciones a las que nos vemos enfrentados exigen de nosotros una y otra vez profundizar en las reflexiones, dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. 12. Sin embargo, a pesar de los innumerables cambios, Cristo es el mismo, ayer, hoy y siempre. De ahí que nuestro desafío, más allá de los cambios de nuestro tiempo es de crecer en nuestra configuración con el Señor. Resuenan con especial ardor las palabras del Santo Padre al finalizar el reciente Jubileo, señalándonos que la santidad es más que nunca una urgencia pastoral(NMI 30). Ya nos lo señalaba el documento de Medellín, haciendo eco del Concilio En la Iglesia todos son llamados a la santidad, tanto los que pertenecen a la Jerarquía, como los laicos y religiosos; santidad que se realiza mediante la imitación del Señor, por amor(Med. 12,1). Queridos hermanos, la santidad es la meta del camino de conversión, camino donde Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar el mismo nos enseña que el corazón de la santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros Por ello, imitar la santidad de Dios no es otra cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes(cf. EA 30) 13. Queridos hermanos en el Episcopado, a 25 años de Puebla percibimos muchos cambios, también muchas tareas pendientes. Pero, sabemos, con la certeza de la fe que esta Conferencia, como la de Río, Medellín y Santo Domingo han sido pasos y aportes concretos de esta porción de la Iglesia peregrina en América que, reflexionando sobre su problemática particular y poniendo la mirada en los rasgos característicos de nuestro pueblo, ha buscado ser fuente de impulsos para una mayor y más profunda evangelización, procurando que muchos más crean y se convierta. Este Jubileo nos renueva en la tarea de ser continuadores de esta misión, buscando siempre, en comunión con la Sede de Pedro, con nuevos métodos y con nuevo ardor, que Cristo, el Señor de la Historia, sea más conocido, que su palabra sea más predicada, que el don del bautismo pueda alcanzar a más hombres y mujeres de nuestra tierra. 14. Como lo ha dicho su Santidad, la Santísima Virgen de manera especial está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia ( ) de los pueblos de América, que por María llegaron al Encuentro del Señor (RM 21. EA 11). Y en este singular rasgo de nuestra Iglesia en América tuvo una repercusión decisiva para la Evangelización la aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac (EA 11). Desde aquel acontecimiento histórico María es para la Iglesia en esta tierra especial motivo de alegría y fuente de inspiración por ser la Estrella y la Madre de los pueblos de América(P 168). En este día de gracia y en esta basílica de las basílicas de América hago mía aquella hermosa oración que SS. Juan Pablo II dirigiera a Nuestra Señora de Guadalupe en enero de 1979, ¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro. Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores. Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra. Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena felicidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa. Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos los Obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas. Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe, y celosos dispensadores de los misterios de Dios. Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos. Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver e El, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos Sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra. Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos, Amén. [1] Juan Pablo II, homilía en la Basílica de Guadalupe, al inaugurar la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 27 de enero de 1979, 1. [2] III Conferencia General, documento de Puebla, 1148. [3] Ibidem 1156 |
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