POR SIEMPRE SEA ALABADO
JESUS SACRAMENTADO

Carta Pastoral del Cardenal Arzobispo de Santiago
sobre el culto al Santísimo Sacramento.


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II. POR QUE ADORAMOS LA EUCARISTIA

Eucaristía, sacramento de la presencia del Señor.

15. La Eucaristía es un sacramento de la presencia del Señor, y Jesucristo convoca, preside y enseña en ella. Los relatos del Nuevo Testamento nos muestran cómo Jesús, "la noche en que fue entregado" (1 Cor 11,23), quiso reunirse con sus discípulos para celebrar con ellos la Pascua. San Lucas, en especial, hace notar el intenso deseo de Cristo de reunirse con ellos: "Ardientemente he deseado comer con vosotros esta Pascua" (Lc 22,15).

16. En el curso de esta cena, el Señor instituye la Eucaristía: "Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros" (Lc. 22,19-20) Este es el momento cumbre de la vida de Jesús en la víspera de su muerte redentora.

17. "Haced esto en memoria mía". Desde un comienzo, la Iglesia ha sido fiel al mandato del Señor, como lo atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles (cfr. 2,42 y 46). La acción de Jesús en la Ultima Cena se ha prolongado así a lo largo de los siglos dondequiera que los cristianos se reúnan a celebrar la Eucaristía.

18. En cada Misa, es nuevamente Jesús quien nos convoca, preside y enseña. En efecto, Jesús ya está presente donde "dos o más se reúnen en su nombre" (Mt. 18-20); lo está también en el sacerdote que celebra la Eucaristía, quien actúa en la persona del mismo Señor (in persona Christi) y, sobre todo, "bajo las especies eucarísticas" ( Sacrosanctum Concilium, n. 7). Está igualmente, enseñándonos por medio de su Palabra, "pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla" (ib).


Jesucristo presente en su acción sacrificial.

19. La Iglesia definió, y así lo ha enseñado siempre, que la Eucaristía es verdadero sacrificio; es decir, que cada vez que se celebra la Santa Misa, Cristo hace presente la ofrenda de su vida al Padre por la salvación de los hombres. " En este divino sacrificio que se realiza en la Misa, este mismo Cristo, que se ofreció a sí mismo una vez de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera no cruenta" (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1367. Se citará, en adelante, CIC).

20. Aquí radica toda la eficacia de la Misa: en el valor infinito de la acción redentora de Cristo, que en ella se hace presente. De ahí la insistencia en la centralidad de la Misa en la vida de la Iglesia. Ninguna actividad pastoral, por importante que sea, puede sustituir o equiparar su valor.


Jesucristo presente como Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo.

21. En la Eucaristía Cristo ha querido unir a la Iglesia en su ofrenda redentora. En toda Misa, incluso en la celebrada por un sacerdote sin asistencia de fieles, es toda la Iglesia la que ofrece el Sacrificio con Cristo Sacerdote y se ofrece con Cristo Víctima. Al hacerlo, la Iglesia se hace acreedora del mismo amor con que el Padre responde a la ofrenda de su Hijo resucitado de entre los muertos.

22. El CIC nos recuerda que "el sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda" (n.1368) ¡Cuánta riqueza de contenido adquieren de este modo la Misa y la misma vida para los fieles que saben unir toda su existencia a la entrega redentora de Cristo! Los trabajos, oraciones, sufrimientos y alegrías de los hombres y de las mujeres son de alguna manera transformados y se convierten así en manantial abundante de gracias.

23. Siendo la Eucaristía la renovación del sacrificio de Cristo, se entiende su sentido y eficacia aún para aquellos que no pueden comulgar en esa ocasión. Ciertamente, recibiendo al Señor en la Sagrada Comunión es como se participa plenamente de los frutos y gracias de la Santa Misa. Con todo, hay personas que, por diversos motivos, no pueden comulgar ni recibir otros sacramentos. La Iglesia las exhorta a no dejar de unirse al sacrificio de Cristo en la Misa, especialmente el domingo que sigue siendo precepto para todos; pues, participando de alguna manera de su eficacia, con el auxilio de la gracia, se está manifestando al Señor el deseo de acercarse a El.

24. Se debe, entonces, inculcar, especialmente en la catequesis y predicación, el carácter de ofrenda y sacrificio de toda Misa, de modo que la participación de los fieles llegue a ser más "consciente, activa y fructuosa". (Sacrosanctum Concilium, n.11).


El Día del Señor.

25. La comunidad cristiana, fiel al mandato de su Señor, desde un comienzo se ha reunido para celebrar la Eucaristía, en particular "el primer día de la semana" (Hech. 20,7); es decir, el Domingo, el día siguiente al sábado, cuando Cristo resucitó.

26. En mi Carta pastoral "Revalorizar el Domingo", para santificar el Día del Señor, de 28 de agosto de 1994, me he extendido ampliamente acerca del valor de este día, no sólo desde el punto de vista religioso, sino también familiar y social.


La presencia real y permanente de Jesús bajo las especies de pan y vino.

27. La Eucaristía, decíamos al comienzo, contiene "todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo" (Presbyterorum Ordinis n.5). Nuestra fe nos enseña que Cristo está presente, ante todo, "bajo las especies eucarísticas" (Sacrosanctum Concilium, n.7). Por la consagración del pan y del vino en la Misa, Cristo se hace presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad (Cfr. Concilio de Trento, Dz.883), y esta presencia dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. "Esta presencia se denomina 'real', no a título exclusivo, como si las otras presencias no fueran reales, sino por excelencia, porque es substancial ( Mysterium fidei, n.39; Carta encíclica de Pablo VI, 3 de Septiembre de 1965).

28. Es del todo admirable, y supera nuestra humana capacidad, el que Cristo haya querido quedarse en medio de nosotros de esta singular manera. La mirada de fe del creyente descubre en el Amor la razón última de este misterio: el Amor infinito de Dios que quiso permanecer en medio de los hombres dejándoles un memorial "del amor con que nos había amado 'hasta el extremo' (Jn. 13,1)" (C.I.C., n. 1386).

29. ¿Para qué quiso Cristo permanecer en la Hostia Sagrada? Ante todo, para darse a nosotros como alimento, como lo había prometido en aquellas misteriosas palabras pronunciadas en la sinagoga de Cafarnaúm:"Quien come de mi carne y bebe de mi sangre tiene vida eterna..., porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida..." (Jn 6,54-55). Al comulgar, participamos plenamente del sacrificio de la Misa.

Las siguientes palabras de Santo Tomás de Aquino sintetizan admirablemente la fe de la Iglesia:
"Oh Sagrado Banquete
en que Cristo es nuestra comida
celebramos el memorial de su Pasión,
El alma se llena de gracia
y se nos da en prenda la Vida Eterna".

30. Pero la Iglesia ha descubierto también, con el auxilio del Espíritu Santo, que esta presencia misteriosa y real del Señor en los dones del pan y del vino, es también una invitación al culto y a la adoración. Aquí nos detendremos más, ya que ésta es la razón por la cual he escrito esta Carta.


Unión de Eucaristía y culto eucarístico, de celebración y adoración.

31. Esta singular presencia de Cristo en la Eucaristía no puede dejar de suscitar en la Iglesia, y en cada creyente en particular, sentimientos de fe, gratitud y adoración. Desde un comienzo, los fieles han expresado su fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía, mediante la reverencia y adoración con que participan en la celebración de la Misa. La Santa Misa ha sido, y sigue siendo, el acto de culto por excelencia de la religión cristiana.

32. Ahora bien, la misma fe de la Iglesia ha sentido la necesidad de preparar y prolongar la celebración eucarística mediante la adoración a Jesús en el Santísimo Sacramento. Nunca debe olvidarse esta íntima vinculación entre culto y celebración eucarística. La Hostia que adoramos ha sido consagrada en una Misa, y nuestro culto ha de suscitar en nosotros vivos deseos de celebrar la Eucaristía y de recibirla en la Comunión.

33. En otras palabras, la celebración de la Misa - en la que cada uno se ha acercado a ella, escucha la Palabra del Señor y busca responderle, acoge su presencia, se une en la acción de gracias, para ofrecer el sacrificio "vivo y santo", comulga del Cuerpo y de la Sangre de Cristo - debe llevar, también, a cada uno a acercarse, en silencio y en oración, personal o comunitariamente, a la misma Eucaristía para continuar, en la contemplación y acción de gracias, aquel gesto de adoración que se ha comenzado ya durante la celebración de la Misa.

34. A su vez, la adoración a Cristo Sacramentado debe llevar a cada uno a preparar la celebración de la Misa de una manera más profunda; es decir, el culto a la Eucaristía "fomenta las disposiciones debidas que nos permiten celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor". (Instr. Eucharisticum mysterium, n.50, Congregación de Ritos, 25 de mayo de 1967). Entonces, celebración eucarística y culto eucarístico no se pueden separar; ambos, a su vez, están orientados a que cada uno de los que celebran la Eucaristía y la adoran "se unan a Cristo y a su sacrificio" (ibid. n.3) y así ofreciendo con Cristo su vida al Padre saquen de este trato admirable un nuevo ardor para su fe, esperanza y caridad ( Cfr. ibid. n. 50).


La tradición de la Iglesia

35. Ya los primeros cristianos tenían la costumbre de reservar las especies consagradas, para poder llevar la Comunión a los enfermos y ausentes de la celebración. Muy pronto, "por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa al Señor presente bajos las especies eucarísticas" (CIC, n. 1579).

36. Si recorremos los 20 siglos de la Iglesia, ¡cuánto despliegue de fervor eucarístico descubrimos en la piedad del pueblo cristiano, en la vida sacerdotal y religiosa, en la vida de los santos, en la enseñanza de los grandes doctores, en el testimonio de las variadas formas del arte y de la liturgia! Sobresale Santo Tomás de Aquino, quien ha expresado con tanta belleza la piedad eucarística en su himno "Adoro te devote":
"Te adoro con fervor, Deidad oculta,
que estás bajo estas formas escondida,
a Tí mi corazón se rinde entero,
y desfallece todo si Te mira".

Frutos de santidad

37. El Santo Padre nos enseña que el "culto eucarístico constituye el alma de toda la vida cristiana" (Carta Dominicae Cenae, n.5). Todos los fieles, en virtud de su bautismo, están llamados a la perfección de la vida cristiana que es la santidad, como hemos expuesto en la Introducción (n. 1). La santidad, no es otra cosa que la perfección de la caridad, la vivencia radical del mandamiento del amor a Dios y al prójimo. ¿ Y dónde hemos de encontrar la fuente de la caridad sino en el Sacramento del Amor que es la Eucaristía? La Eucaristía significa, hace presente y realiza la caridad. (Carta Dominicae cenae, n.5)

38. La gran fuerza de todos los santos ha sido el culto al Santísimo Sacramento. Las obras de apostolado y caridad que admiramos en el Beato Alberto Hurtado, la alegría en el seguimiento al Señor que resplandece en Santa Teresa de los Andes y la heroicidad del sacrificio de la Beata Laura Vicuña, no son sino la irradiación natural del encuentro diario con Jesús en la Comunión, prolongado en largos ratos de intimidad ante el Sagrario. El Padre Damián de Veuster o de Molokai, recientemente beatificado por el Santo Padre, decía: "El Santísimo Sacramento es la verdadera fuerza para todos nosotros. Sin la presencia continua de nuestro Divino Maestro en el altar de mis pobres capillas, jamás hubiera podido perseverar en quedarme con los leprosos de Molokai".


Una espiritualidad eucarística

39. Es mi deseo de Pastor entonces que la Eucaristía impregne y sea el centro de la vida de toda comunidad cristiana y de todo fiel de nuestra Iglesia arquidiocesana. Me permito parafrasear las palabras que el Papa dirigiera a los sacerdotes en su visita a Chile, el 1º de Abril de 1987: un cristiano vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su Misa. Misa olvidada o descuidada, vida cristiana en peligro; devoción eucarística viva, cristiano fervoroso y conquistador de almas.

40. Una renovada espiritualidad eucarística debe, pues, animar todas las actividades de nuestra Iglesia; y esta espiritualidad no es otra que la vivencia de la caridad. La Eucaristía, al recordarnos la entrega de Cristo por todo ser humano, nos impulsará a amar y servir a todos los hombres, en especial a los más pobres y sufrientes. La Madre Teresa de Calcuta constituye en nuestro tiempo un testimonio elocuente de esta verdad al recordarnos que nadie puede postrarse para servir a su prójimo en la calle si primero no se postra ante el Santísimo Sacramento, ante Jesús en la Eucaristía.



 
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