| Nacidos para AMAR - Mons. Carlos Oviedo Cavada |

60. A la luz de la fe nosotros nos gozamos al contemplar el Cuerpo de Jesús resucitado. El que surge resplandeciente del sepulcro después de haber vencido la persecución, el rechazo, la muerte, "He aquí al hombre", dijo Pilato al exponerlo al repudio de la muchedumbre. "He aquí al hombre" dice la Iglesia al exponerlo a la adoración de la humanidad.
61. Es admirable leer los relatos de los apóstoles y evangelistas con Jesús resucitado. Ellos nos dejan claro testimonio de este Jesús, Cristo de Dios, a quien María Magdalena abraza llena de felicidad por encontrarlo resucitado, que se sienta n la mesa con los discípulos de Emaús, y que prepara una tortilla al rescoldo y pescado para el desayuno de sus apóstoles junto al lago.
62. Jesús se reúne con sus discípulos, aún temerosos e incrédulos, con las huellas de la pasión en sus manos, en sus pies y en el costado. Es el signo que reiteradamente les ofrece para que sepan que no es un fantasma sino el mismo que estuvo muerto y que ha resucitado. Este signo revela todo su realismo con el apóstol Tomás que simplemente no podía creer el testimonio de los discípulos. Por eso Jesús lo hace tocar con sus dedos las llagas de sus manos y con su mano la llaga de su costado. El Apóstol cae de rodillas y confiesa desde el fondo de su alma: "Señor mío y Dios mío..."
63. El destino de nuestro cuerpo es también resurrección. No hemos sido creados para que la vida termine o el cuerpo se pudra definitivamente en un sepulcro. Recién muerto volvemos a la tierra que lo vio nacer. Pero al final, gracias al Espíritu del Resucitado, nuestros cuerpos mortales se levantarán para siempre de la muerte. Eternamente. Y viviremos en la tierra nueva y en los cielos nuevos, amando sin ambigüedad, y pudiendo decir con el cuerpo exactamente lo que sentimos en el corazón.
64. En Jesús resucitado comprendemos también algo fundamental: las luchas sostenidas en esta parte de la historia, serán profundamente transfiguradas. Incluso las inevitables heridas que recibimos en nuestro combate por ser señores del cuerpo y del sentido. Eso aprendemos mirando las llagas gloriosas de Jesús. Antes de la resurrección sus heridas eran signos de su derrota. Después de resucitado ellas manifiestan su triunfo. Estas heridas revelan su grandeza y su identidad. Así también sucederá con nosotros: las huellas que deje en nosotros la lucha por la justicia, la lucha por el amor, y la dura lucha que damos para ser dueños de nosotros mismos. Las heridas producidas por nuestros esfuerzos para que no nos venza el egoísmo y para hacer del amor una realidad transparente, serán gloriosas. ¡Serán gloriosas! ¡Es maravilloso saberlo desde ya!
65. A la luz del Resucitado nos damos cuenta también que nuestro amor no se agota en esta parte de la historia. El amor encontrará su plena coronación sólo al final de los tiempos, cuando seamos capaces de mirar cara a cara a Dios, desde nuestro cuerpo resucitado, y entender plenamente el sentido de nuestra vida. Entonces cosecharemos también el fruto de todo lo que sembramos con amor y podremos amar eternamente sin los miedos y ataduras que hoy nos afectan.
66. Es tan importante el cuerpo de Jesús resucitado para la Santa Iglesia, que cuando queremos comulgar real y plenamente con Jesús nuestro Señor, lo hacemos con su Cuerpo y con su Sangre. Es tan nítido este mensaje que a la gran fiesta de la Eucaristía se le llama la fiesta del "Corpus Christi", del Cuerpo de Cristo. Podríamos haber hablado de comulgar en la persona de Cristo o de unirnos en su Espíritu. Nada de eso. Con supremo realismo la Iglesia adora el Cuerpo del Señor y al hacerlo declara que cada uno de nosotros es miembro viviente de ese Cuerpo, que es Cristo Jesús.
67. Hablo desde la fe en el Resucitado. Como Pastor no tengo otra palabra más esencial y más convincente. San Pablo nos ha enseñado que si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe, vana nuestra esperanza. Seríamos los más desdichados de todos los hombres. Por eso no tenemos mejor manera de comprender el misterio del amor humano, el don de nuestra sexualidad y el sentido de la amistad, que desde la perspectiva del Señor. En el está la fuente de la vida. El anima nuestra esperanza. El es la causa de nuestra alegría. El es la verdad más radical del amor que anhelamos desde la salida del sol hasta el ocaso.
Para profundizar:
Para reflexionar y conversar:
| Nacidos para AMAR - Mons. Carlos Oviedo Cavada |